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MERCADO EDITORIAL

Literatura y edición en el capitalismo tardío: noticias del colapso por venir

¿Sirve de algo leer en sociedades donde el ascensor social está averiado y la cultura reducida a mero ornamento?

Rubén A. Arribas 26/12/2024

<p><em>Escogiendo libro</em> (Librería Lello, Portugal).</p>

Escogiendo libro (Librería Lello, Portugal).

Jorge Franganillo

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A principios de abril de 2019, se celebraron en Madrid las jornadas Desplazar los Límites, que reunieron a un puñado de pequeñas editoriales procedentes de sitios tan dispares como Chile, Suiza, Turquía, Marruecos, Bulgaria o España. De lo que se trataba era de vislumbrar qué pinta tenía y cómo se construía la representatividad social en el campo literario; es decir, preguntarse sobre quién dominaba el cotarro y por qué. Al parecer, era un tema sobre el que se investigaba y se escribía poco.

Así, en un par de días, escuchamos media docena de mesas de lo más heterogéneas. Los temas propuestos abarcaron desde consideraciones básicas sobre el ecosistema del libro, la falta de interés político por las bibliotecas públicas o la cultura, hasta reflexiones sobre la exitosa edición anarquista previa a la Guerra Civil, así como la importancia de promover experiencias editoriales a partir del asociacionismo o la figura de la autoría colectiva. También escuchamos varios puntos de vista sobre lo que significaba editar en países donde el analfabetismo, la asfixia cultural promovida por las élites o la persecución política desempeñaban un papel relevante.

De todos modos, mi gran descubrimiento fue lo muy en serio que se toman en Francia estudiar las relaciones entre economía y literatura. Esto será una obviedad para quienes hayan leído en profundidad a Pierre Bourdieu; pero, como ese no era mi caso, me resultó muy instructiva la mesa “Acceso a la producción cultural: consideraciones desde la sociología de la cultura y de la literatura”, donde Sophie Noël presentó los resultados de su investigación con unas treinta editoriales francesas. Si yo entendí bien, esa investigación está incluida en L'Édition indépendante critique. Engagements politiques et intellectuels, un ensayo publicado en 2012 (reeditado en 2021 y sin traducción aún al español).

Desde su perspectiva académica, esta doctora en Sociología de la cultura confirmó la premisa mayor de las jornadas: se estudia y se debate poco sobre el asunto de la representatividad. De hecho, a ella le resultó complicado avanzar con su investigación debido, sobre todo, a dos razones: la aversión editorial a proporcionar datos económicos y la pose despreciativa de los editores cuando se los solicitaba. En general, la mayoría de entrevistados –casi todos varones con titulaciones superiores– despreciaba hablar del aspecto comercial y prefería hacerlo sobre arte, ideas, etcétera. La opacidad es una de las características que distingue al sector editorial, afirmó Nöel.

Asimismo, esta especialista en edición independiente subrayó que los editores de las clases acomodadas –la mayoría– solían dar “una visión encantada” de la edición y razonaban su éxito a través de un relato algo difuso, borroso, donde el azar explicaba cuestiones más bien relacionadas con las posibilidades asociadas a su clase social, su educación o el patrimonio familiar. Así, que algunos hubieran podido aguantar cuatro o cinco años con el negocio en pérdidas tenía más que ver con que habían heredado el piso donde ejercían su actividad comercial o habían recibido un dinero familiar a fondo perdido que con la casualidad. Pero, claro, evitaban hablar de eso porque quedaba feo.

Por el contrario, los editores procedentes de las clases populares –apenas la cuarta parte de los entrevistados– eran más concretos en su relato y explicaban con detalle cómo habían sorteado los obstáculos. Además, estos editores eran más proclives a dar cabida al libro político y de acción militante en sus catálogos. En cambio, el típico editor burgués, explicó Sophie Nöel, tendía a debatirse entre lo comercial, lo intelectual y la vanguardia, a la par que eludía lo político. Nada muy distinto, señalaron desde el público, de lo que ocurría en España.

Por debajo del SMI

Uno podría pensar que lo que pasa en Francia solo les incumbe a quienes viven allí. Sin embargo, como señaló el agente literario argentino Guillermo Schavelzon en su blog, al hilo de los resultados que arrojaba el barómetro que medía las relaciones entre los autores y las editoriales franceses en 2023, “latinoamericanos y españoles tenemos a Francia como modelo cultural y editorial”. Es decir: si las cosas van mal en el país vecino, solo podemos esperar algo peor en el mundo hispano.

De los datos que extracta Schavelzon del barómetro, elijo tres que ilustran la situación actual de las escritoras y los escritores franceses. Uno: la mitad no entiende los contratos que tienen que firmar y necesitan asesoramiento externo. Dos: la mitad considera que las editoriales no rinden cuentas con claridad. Y tres: solo una cuarta parte declara tener relaciones satisfactorias con su editorial. Una maravilla, ¿no?

Pues, bien, agrego un cuarto dato, este procedente del ensayo El fetiche y la pluma. Literatura y edición en el capitalismo tardío (Trama, 2024), de las francesas Inès Sol y Hélène Ling: “En definitiva, los escritores viven en condiciones precarias: el 40% de ellos gana menos del salario mínimo interprofesional, mientras que la media de los ingresos se reduce año tras año, lo que agranda la brecha económica y mediática con los mejor pagados, como ocurre en muchos sectores de todo el mundo”. Por tanto, la mayoría de quienes se dedican a la escritura forman parte de lo que Sol y Ling llaman el “neoproletariado de la cadena del libro”.

Haríamos bien en desacralizar la industria editorial y dedicar más espacio a hablar de sus miserias

El oligopolio y la lógica de la rentabilidad

A la vista de esos datos, se impone una primera conclusión: haríamos bien en desacralizar la industria editorial y dedicar más espacio a hablar de sus miserias. Del ensayo de Sol y Ling se desprende que la trituradora es la metáfora que mejor explica la actual implosión del mercado. Un dato: en 2015, se hicieron pulpa de papel unos 142 millones de ejemplares en Francia. Otro dato: en mayo de 2020, la editorial española Errata Naturae difundió el manifiesto “Jinetes en la tormenta”, donde aseguraba que “más o menos uno de cada tres libros que llega a las librerías acaba siendo devuelto y, en última instancia, guillotinado”. Conclusión: el sistema editorial es tan ineficiente como antiecológico.

Según el filósofo alemán Günther Anders, como recuerdan Sol y Ling, este mecanismo desbocado de producción y destrucción pone de manifiesto “la obsolescencia programada de los textos literarios”. Hoy la literatura es un producto de consumo altamente perecedero; pasados seis meses, muchos títulos desaparecen de las librerías, y ya solo sabemos de ellos porque dejan un rastro espectral en forma de ISBN, un ejemplar depositado en la Biblioteca Nacional o son mencionados por una web que permite imprimirlos bajo demanda. La inmensa mayoría de lo que se publica pasa inadvertido, pues siempre hay un manojo de novedades que está desplazando la atención del manojo de novedades que se publicó ayer. Y así a diario, todo el año.

Las razones que explican la implosión del sector editorial son muchas y variadas, argumentan Sol y Ling. Una de las más importantes es la estructura empresarial, bastante parecida a la del sector agroalimentario: unas pocas multinacionales dominan una cantidad enorme de marcas –sellos– y copan buena parte de la facturación del mercado. Un oligopolio, vamos.

A eso hay que agregar que el sector editorial está siendo colonizado por fondos de inversión y otros actores cuyo interés central no es la literatura, sino maximizar el beneficio económico. Eso se traduce en que las editoriales de gran tamaño terminan trabajando con márgenes elevados –incluso del 15% por libro en Francia–, pero también con la presión de que su volumen de facturación sea mayor anualmente. La misma lógica capitalista que se aplica a la venta de latas de sardinas, teléfonos móviles o productos bancarios se aplica a las novelas, cuentos, poemarios o ensayos. De locos, claro. Por esa razón, sostienen Sol y Ling, citando a Virginie Despentes, hoy se publica lo que se vende, y no lo que genera debate.

Para muestra, el botón del grupo LVMH, que entró en 2013 en la mítica Gallimard, de la que controla un 10%. Detrás de ese acrónimo tan aséptico, figuran Louis Vuitton, Christian Dior, TAG Heuer, Moët & Chandon o Givenchy, cuyo nombre aparece asociado ahora a los de Marguerite Duras, Maurice Blanchot, Annie Ernaux, Nathalie Sarraute o Albert Camus. Ese es el poder del dinero, que además es doble. Por un lado, aprovecha el glamour literario para publicitar sus marcas; por otro, como socio inversor atento a sus dividendos, puede influir en lo que publica la editorial. Quizá obedezca a eso que Gallimard haya publicado sendos libros de lujo para Christian Dior y Louis Vuitton, amén de la biografía del fundador de esta última marca.

Asimismo, los directivos de las grandes editoriales –esas que dominan dos tercios del mercado–, según explica Guillermo Schavelzon en su blog, descubrieron que, pese a la inteligencia artificial y los algoritmos, es muy complicado predecir qué libro funcionará bien, y menos aún cuál será un éxito. Por eso, ante la presión de los inversores y accionistas para aumentar sus ganancias, terminaron eligiendo “crecer comprando editoriales, la manera rápida de sumar facturación sin aumentar los gastos, lo que ha tenido muchos efectos colaterales en la idea de éxito y calidad, sin que esto mejore sustancialmente la rentabilidad”. En fin, todo digno de series económicas como Succession o Industry.

El súper como librería

Tampoco conviene olvidar, como explican Sol y Ling, que hay actores económicos que se mueven por intereses estratégicos y políticos. Algunos, después de adquirir medios de comunicación con los que fabricar opinión, intentan hacer lo mismo con los imaginarios y compran editoriales. Al final del baile, compraventa va, compraventa viene, algunos grupos consiguen controlar total o parcialmente sellos editoriales, distribuidoras, medios de comunicación y puntos de venta. Cada tanto algún actor pequeño se queja de esa competencia desleal, pero le sirve de poco; como nos está enseñando el sector eléctrico español, los oligopolios tienen mucho poder.

Mientras tanto, y digan lo que digan la Constitución francesa o la española, el capitalismo especula a sus anchas con el alquiler, en especial en el centro de las grandes ciudades. En consecuencia, no hay mes que no leamos la noticia de que una librería ha entrado en dificultades o que cierra porque el precio del alquiler es abusivo. Así, el centro de las ciudades se va despoblando de librerías pequeñas y con independencia de criterio –y, en general, de pequeño comercio– para dejar su espacio a franquicias, grandes superficies y alquileres turísticos. El neoliberalismo era esto: convertir el centro de la ciudad en un parque temático donde sobramos todos menos los turistas y el empresariado que se lucra con ellos.

Otro dato: un tercio de los libros que compran los franceses proceden de la FNAC, el supermercado Leclerc y otros puntos de venta polifuncionales. Si a eso le agregamos la parte correspondiente Amazon, la pregunta da miedo: ¿cuántos libros compran en las librerías? En España, seguramente, no estaremos mucho mejor.

Un tercio de los libros que compran los franceses proceden de la FNAC, el supermercado Leclerc y otros puntos de venta polifuncionales

Hacia el apocalipsis

Por último, merece la pena reflexionar sobre la situación paradójica que atraviesa el mercado editorial. Por un lado, las estadísticas señalan que la sociedad lee cada vez menos y que solo unos pocos títulos alcanzan una cifra de ventas significativa (a lo que yo añadiría otra cuestión: la baja comprensión lectora de buena parte de la población). Por otro, existe una superabundancia de títulos ofertados, a tal punto que hace años que es imposible seguir la actualidad editorial; de tan abrumadora, podríamos decir que se limita a oscilar entre el modo avalancha y el modo tsunami en función de la época del año.

¿De qué hablamos cuando hablamos de publicar mucho? Por ejemplo, de que, como escribió Sergio C. Fanjul, Planeta saca unos 2.100 libros al año y Penguin unos 1.780. Frente a ese volumen, poco pueden hacer tantísimas editoriales que editan entre media docena y una veintena de títulos al año. Detrás de esta alocada hiperproducción editorial de las multinacionales –que arrastra a las demás editoriales–, Sol y Ling ven una desesperada estrategia comercial por ganar visibilidad en un mundo donde captar la atención es muy complicado, la gente tiene poco dinero que gastar y las cifras del negocio se deterioran año tras año. De manera algo simplificada, el plan editorial consiste en jugar con muchos boletos al Euromillones y esperar a dar la campanada con algún título.

En cualquier caso, el problema va más allá de la dichosa economía, que todo lo fagocita, incluso del impacto medioambiental. Como señalan Sol y Ling, la cuestión es que estamos ante un cambio de paradigma, y ese cambio es a peor. Tanto es así que muchas personas vinculadas al sector del libro –editoriales, librerías, escritores, crítica, profesorado, etc.– afirman estar perdiendo el sentido de su oficio. Al punto que estas dos ensayistas francesas plantean que hay que volver a contestarse preguntas como “¿Por qué leer literatura?, es decir, ¿por qué leer?”.

Si tomamos a Donald Trump y sus mensajes inconexos como síntoma de una época, la pregunta que ellas plantean no es baladí: ¿sirve de algo hoy la literatura? Es más: ¿sirve de algo leer en sociedades donde el ascensor social está averiado, la cultura está reducida a mero ornamento y la burguesía se favorece de la herencia familiar para perpetuar sus intereses?

Según Sol y Ling, “la ruptura ya se ha producido: la era del tardocapitalismo ha hecho su trabajo, imponiendo sus propios criterios y dispersando los demás”. Acaso ni siquiera sea posible “salvar la lectura de libros”, aseguran, frente a la economía digital de la atención”, por lo que parece inevitable el inicio de una nueva era: la postextual. En ella, frente al infinito de la producción autorial, ya ni siquiera hablaremos de la literatura sin editores que vaticinó André Schiffrin, sino que lo haremos de “una literatura sin lectores”.

De tan desolador y apocalíptico que me resulta el pronóstico, necesito pensar que aún queda alguna alternativa. Retrocedo mentalmente a las jornadas de Desplazar los Límites y me pregunto si la clave está en fundar un modelo nuevo al margen del burgués, como hicieron los anarquistas españoles y explica Alejandro Civantos en Leer en rojo. Auge y caída del libro obrero (1917-1931). Me pregunto también si propuestas como la de la editorial argentina Nudista, que funciona como una suerte de Spotify o Netflix literario, son parte de la respuesta. Y así pienso en algunas ideas más, pero todas me parecen poca cosa en comparación con la magnitud del desastre... De hecho, empiezo a sospechar que David Foster Wallace se pasó de optimista cuando dijo aquello de que la literatura era la nueva música clásica. A este ritmo, ni eso.

A principios de abril de 2019, se celebraron en Madrid las jornadas Desplazar los Límites, que reunieron a un puñado de pequeñas editoriales procedentes de sitios tan dispares como Chile, Suiza, Turquía, Marruecos, Bulgaria o...

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1 comentario(s)

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  1. Marcoafrika

    Como lo que estaba escribiendo ha desaparecido de repente, tendré que resumir...me asombra que todavía existan editoriales porque me asombra que alguien lea todavía. Estamos cerca del final, del gran resplandor que no del gran esplendor...en que estaría yo pensando. Quizás las cucarachas, futuros pobladores de la roca planetaria llamada Tierra, aprendan a leer...

    Hace 12 horas 49 minutos

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