1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Antonio Orejudo / Doctor en Filología hispánica y escritor

“Borrar o no”

Luis Magrinyà Madrid , 19/05/2017

<p>El escritor Antonio Orejudo.</p>

El escritor Antonio Orejudo.

Cedida por la editorial

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

-----------------------------------------------------------------------------------------------------

Antonio Orejudo (Madrid, 1963) es doctor en Filología Hispánica (hizo la tesis sobre Antonio de Guevara y el género epistolar en el Renacimiento), ha sido profesor de Literatura Española en universidades de Estados Unidos, investigador en la de Ámsterdam y ahora profesor titular en la de Almería. Vive en Málaga. Entre 2012 y 2013 publicó en Diario Kafka una serie de artículos sobre los clásicos de la literatura española que se cuentan entre las cumbres de la pedagogía y del reseñismo pop (aquí un ejemplo). Su primera novela, Fabulosas narraciones por historias, es de 1996, y desde entonces –significativamente, sin prisas− ha escrito cuatro más: Ventajas de viajar en tren (2000), Reconstrucción (2005), Un momento de descanso (2011) y Los Cinco y yo (2017), que es la que aquí nos ocupa. En ésta el narrador refuta “la idea de que una novela es una secreción del talento. No. Una novela es como completar una enciclopedia por fascículos: se requiere voluntad, perseverancia y esfuerzo”. Recientemente ha declarado que está “hasta los huevos del humor”. Una de sus canciones preferidas es Cream, de Prince, y la última película que ha visto es Leviatán, de Andréi Zviáguintsev, y le ha gustado.

He estado a punto de poner en la bio que tu grupo sanguíneo es 0-, pero como es algo que dice el narrador de tu novela, al igual que dice que ha abandonado la literatura para dedicarse a precavidas operaciones financieras, no sé si es verdad o no. Si lo es, dime, ¿cómo sabes tu grupo sanguíneo? Yo no sé el mío.

Lo sé porque mi padre trabajaba en la Cruz Roja, y allí no concebían que una persona pudiera salir a la calle sin saber su grupo sanguíneo. El mío verdadero no es 0-, sino 0+.

Te he oído decir que no sabes muy bien qué es la autoficción y que, en todo caso, tu novela sería pseudoautoficción. Yo tampoco tengo mucha idea, pero parece que no es ya la clásica novela de fondo autobiográfico tipo David Copperfield o tantas otras. Todo apunta a que es un género con sus propios rasgos, bien aceptado en estas últimas décadas por las instituciones literarias (incluido el mercado), en el que hay un tipo con algunos conocimientos de Historia y Literatura que, a fuerza de jugar al escondite o –en la variante “seria”− de dolerse del destino del Hombre, acaba componiendo un autorretrato en el que queda muy bien. Sea un yo en estado líquido, sólido o gaseoso, parece un enésimo intento de romantizar la figura del escritor, y da igual que se trate de un tipo tan desagradable como Carrère, porque queda “valiente”. Yo no veo nada de esto en Los Cinco y yo, pese a ese yo presente desde el título. Si me apuras, casi lo que veo es una parodia.

El modelo de Los Cinco y yo no es David Copperfield o Carrère, sino las Confesiones de San Agustín. El libro es en cierto modo un acto de contrición; por eso el escritor que aparece allí no queda tan bien como los escritores de la autoficción. Toni es un pecador arrepentido. Otro modelo muy presente han sido las Epístolas de Petrarca, una obra fascinante, que ha servido a sus biógrafos para trazar sus andanzas incluso después de que se supiera que Petrarca trabajaba sus sinceras cartas como un novelista su narración: cambiando datos (grupo sanguíneo 0- por 0+), modificando el orden en el que se escribieron, sustituyendo los destinatarios reales por otros, rehaciéndolas…

Una de mis mayores aspiraciones es escribir alguna vez una novela de miedo; una novela que sólo dé miedo, una novela cuya lectura sea una experiencia vital para el lector, no una exhibición de maestría

No es frecuente que un yo escritor se presente desde el principio como producto generacional, como muestra histórica y sociológica; que hable sin tapujos ni satisfacción de la persecución del éxito, del ansia de “formar parte de los grupos elegidos”, de “resentimiento social” y de “vías de expresión artística o, si se quiere, de medro social a través del arte”; o que se identifique no con un cándido o aguerrido aventurero sino con un tipo soberbio −Quintín Barnard, el padre de Georgina de Los Cinco− que cree que “la Fortuna estaba en deuda con él” y que tiene una “vulgar obsesión por el dinero”. ¿Qué se siente al clavar clavos en el ataúd del romanticismo y del mito del escritor puro?

Siempre me ha molestado la mistificación de los escritores. Yo empecé a perderles el respeto en una Feria del Libro de Madrid. Tenía entonces quince años y había ido a pedirle una firma a Mario Benedetti, cuyos cuentos acaba de descubrir. Como no tenía dinero para comprar su último libro, compré una novela titulada Gracias por el fuego, cuyo precio sí podía pagar. Esperaba que Benedetti se pusiera en pie, me abrazara y viera en el brillo de mis ojos una prueba fehaciente de mi talento. Pero ni siquiera levantó la cabeza, se limitó a escribir “Para Antonio cordialmente”. Fue mi primera decepción con los escritores. Luego vendrían otras. Yo mismo me he decepcionado a mí mismo muchas veces. Con todo, no ha sido mi intención clavar clavos en ningún ataúd. No tengo espíritu redentor. Lo que sí he sentido es la euforia que acompaña una confesión bien hecha, con su examen de conciencia, su dolor de los pecados, su propósito de enmienda y el cumplimiento de la penitencia.

Vaya, ¿entonces no es un saludable entierro? ¿Más bien una operación de limpieza? ¿Una purificación efectiva?

Sí, una lavativa, un enema. Pero prefiero tu lectura. La intención del autor está sobrevalorada.

Hay en el libro una grave constatación de que para escribir pueden ser necesarias las virtudes del “coleccionista de fascículos: la disciplina y la fuerza de voluntad”; y, por otro lado –y esto es muy interesante− por cierta fe en una experiencia de lectura “preliteraria”, que busca en los libros no forma ni sentido sino “realidades alternativas”, incluso "una manera de vivir" o de salir de excursión…

Esa lectura preliteraria fue la que yo hice con aquellos primeros libros de Los Cinco. Nunca fui consciente —y si lo fui, nunca me interesó demasiado— de que aquellas aventuras estaban escritas por alguien. A eso contribuía la rareza de un nombre como el de Enid Blyton, que ni siquiera parecía nombre. Lo más parecido a esa experiencia preliteraria de la lectura es el trance en el que entra mi hijo cuando se sumerge en un videojuego. Él tampoco es consciente de quién ha creado aquello, ni le importa; la autoría para él carece de importancia. Lo único que existe es su experiencia de jugador. Yo entonces no era un lector, era un jugador. Para mí, como lector, eso es irrecuperable. Y como escritor creo que también. Yo escribo en buena medida para otros escritores, para lectores que son potencialmente, o de hecho, escritores. Este olvido de la lectura preliteraria nos ha alejado de los lectores y ha convertido la lectura en una actividad residual. El fenómeno no es reciente: cuando el multimillonario marqués de Santillana escribe una obra admirando la pobreza del sabio Bías sin renunciar a su riqueza está creando un artefacto literario dirigido a los lectores-escritores. Esta insinceridad, repetida a lo largo de los siglos, ha ido erosionando la credibilidad del discurso literario. Una de mis mayores aspiraciones es escribir alguna vez una novela de miedo; una novela que sólo dé miedo, una novela cuya lectura sea una experiencia vital para el lector, no una exhibición de maestría.

Como decía, tu narrador se presenta desde el principio como un producto de su generación, que es la tuya y, creo, también la mía. Pero la mirada sobre nuestra generación, demasiado joven en la muerte de Franco y demasiado vieja en la Gran Recesión, es bastante triste. El libro nos presenta como un hatajo imperdonablemente numeroso de zombis irrelevantes y acomodaticios, sin ningún “protagonismo histórico”, y que nunca ha ocupado posiciones de poder, eclipsada por la generación anterior o posterior. No sé si estoy del todo de acuerdo con esto último. Por una parte, quizá no ha habido líderes en nuestra generación, pero sí ministros, banqueros, estrellas de cine y televisión, chefs y gente con la sartén por el mango. En la novela se destaca ciertamente esta pasión, a veces camuflada, por el enriquecimiento. Pero también ha habido figuras literarias (políticas en cuanto crean gusto y opinión) realmente influyentes… aunque casi siempre, es verdad, “vendidas” a los valores de la generación anterior (novelitas sobre la guerra civil y la posguerra, o con asesinatos, por ejemplo), que es la que realmente dirigió la Transición y facilitó fortunas. Pero es todo muy raro, ¿no? Esa apropiación de valores importados de otras generaciones… Y sigue ocurriendo: mira a los treintañeros de Podemos, que podrían ser nuestros hijos, cantando L’estaca

Nunca hemos hecho tertulia alrededor de un mayor, ni siquiera nos hemos mostrado muy interesados en asociarnos alrededor de una idea o un proyecto

Los valores de la transición siguen estando vigentes. Los miembros de nuestra generación que han llegado lo han hecho, como tú dices, aceptando esas reglas del juego, esos valores, esos gustos literarios, esos juicios o prejuicios de la generación anterior. Yo los he mirado con la misma envidia con la que miraba a mis primos mayores cuando los padres los dejaban sentarse en la mesa con los adultos. Nadie cuestionaba la autoridad de los adultos; todo lo contrario: queríamos formar parte de ellos, no queríamos sustituirlos: queríamos ser adultos en compañía de aquellos adultos, a los que admirábamos, porque era valor añadido a la condición adulto. Esto es lo que cuestionan los primitos más pequeños, los de Podemos: la autoridad de esos adultos. Quieren sustituirlos, ser los nuevos adultos. Lo que es descorazonador, tienes razón, es que esa legítima ambición (que nosotros ni siquiera tuvimos) no vaya acompañada de una renovación del repertorio musical. Por lo menos, podrían haber optado por la versión de L’estacade Toni Peret & DJ Richard & Johnny Bass.

Jo, esta versión scouse no la conocía. ¡Qué buena! ¿Crees que ellos la considerarían cultura popular?

No sé si la considerarían cultura popular o arte degenerado; pero en todo caso, no los veo yo cerrando con ella Vistalegre III.

La novela termina tremendamente (juro que es uno de esos finales que corta la respiración) con un sangrante “Y no se habló más del asunto” seguido de diez líneas de típicos manjares de Los Cinco, cuando se comprueba la gran cantidad de dividendos que puede generar la complicidad con ese capitalismo “decente” (o sea, indecente) que propugna un personaje. Eso nos señala a todos, pero yo aún tengo la esperanza de que en nuestra generación pueda haberse dado un genuino desinterés por el poder, un complicado pero no tan inocuo ensayo de vivir deliberadamente, en la medida de lo posible, a espaldas de él… ¿Soy demasiado optimista?

No sé hasta qué punto ha sido desinterés y hasta qué punto ha sido resignación. Yo comprendí muy pronto que en España no había sitio. Y no hablo de poder. El poder ni se me pasaba por la cabeza cuando terminé la carrera. Hablo de trabajo, de sustento. Parece que los treintañeros actuales, La-Generación-Mejor-Preparada-De-La-Historia-De-España, han sido los primeros emigrantes de clase media. Cuando yo terminé la universidad en 1986 había un 25% de paro. Con Felipe González a los mandos, y muchos de mis compañeros de clase tuvieron que marcharse fuera. Uno de ellos se marchó a Tanzania a enseñar español, y sigue por ahí, dando vueltas. Otro, que se quedó, trabajó de buzonero un tiempo. Yo me marché a Estados Unidos, pero no porque las grandes potencias se rifaran mi talento, sino porque no tenía alternativa. Ahora bien, lo que sí veo en muchos de los que tienen mi edad es una renuncia, quizás por pereza, a los usos un poco serviles que requiere la relación con el poder. Por ejemplo: nunca hemos hecho tertulia alrededor de un mayor, ni siquiera nos hemos mostrado muy interesados en asociarnos alrededor de una idea o un proyecto.

Uhm… Es cierto que no hemos formado un grupo pero es que formar un grupo a lo mejor nos parecía muy de camarilla de la generación anterior. Por otro lado, ¿realmente crees que tú y yo, por poner un ejemplo, hemos renunciado a pasillear para entrar en la Real Academia Española, a cenar en la bodeguilla ayer o a comer con el comisario Villarejo hoy, o a ganar el Planeta –y quien dice el Planeta dice cualquier best seller de receta− por resignación o pereza?

En mi caso no es una renuncia ética. Yo no he pasilleado por una mezcla de pereza y soberbia: siempre he vivido muy lejos de la capital y desplazarse hasta allí es una lata. Además, carezco de humildad para hacer la pelota. En cuanto a escribir un best seller… ¡qué más quisiera yo que vender tantos ejemplares como Dan Brown! Lo he intentado. Incluso he llegado a terminar un borrador, así, de aire policíaco, escrito con el único propósito de hacer lo que quiere la gente, como diría un militante de Podemos. Pero luego te pones a revisarlo, te entran los escrúpulos literarios, lo corriges y lo estropeas todo.

Yo no me refería al desinterés por el poder necesariamente como una postura ética, pero, ya que hablamos de ética, dime: ¿la ética del coleccionista de fascículos puede dirigirse a que toda esa “voluntad, perseverancia y esfuerzo” no se noten? Tus libros siempre me han parecido de una claridad envidiable, con una prosa en la que nunca chirría nada y una soltura que parece que te sale sola. ¿No te parece que ese estilo es algo ingrato? Seguimos adulando una tradición que valora ante todo que el estilo se note…

Que me diga eso el autor de Estilo rico, estilo pobre es un espaldarazo a mi desvelo por que el estilo no se note, que como sabes es lo más difícil a la hora de escribir. Se requiere mucha voluntad, mucha perseverancia y mucho esfuerzo para borrar lo literario de la literatura. Para mí el lenguaje es una herramienta, un medio, no un fin. Esa tradición según la cual un texto bien escrito es aquel que se nota que está escrito sigue viva porque hay muchos poetas y muchos filósofos escribiendo novelas; las escriben así, sin entrenamiento, sin adaptar su musculatura a la nueva prueba. Es como si un velocista corriera la maratón sin haberse preparado. A mí me parece que para escribir una novela es necesario renunciar a la voluntad de estilo, y eso requiere una humildad que no suele estar al alcance de los poetas ni de los filósofos, mucho más reacios que los novelistas a desaparecer de su escritura. Me gusta además ese estilo conversacional, esos giros orales que hacen a los libros tan cercanos.

Otra cosa que te envidio mucho es esa facilidad para pasar de un plano a otro. En Los Cinco y yo se pasa del presente al pasado, y de la realidad del narrador a la glosa de una novela escrita por otro, con la mayor naturalidad, sin ruidos ni estorbos. ¿Eso cómo se consigue? Dímelo, que quiero imitarlo.

Yo se lo he copiado a Philip Roth y a Saul Bellow. Mientras escribía esta novela he abierto muchas veces sus libros fijándome sólo en eso, en los giros que utilizaban para hacer esas transiciones, que he envidiado siempre mucho. Son transiciones muy conversacionales: cuando hablamos estamos todo el tiempo yendo de un lugar a otro, del presente al pasado, del pasado al chascarrillo, del chascarrillo a la reflexión y de ahí a la glosa. En la oralidad hay más libertad de movimientos.

Cuando hablamos estamos todo el tiempo yendo de un lugar a otro, del presente al pasado, del pasado al chascarrillo, del chascarrillo a la reflexión y de ahí a la glosa

Dime algo sobre esta frase de la novela: “Siempre me ha costado elegir y renunciar”.

Pues que admiro mucho las mentes ejecutivas que reciben información, la analizan, valoran riesgos y toman decisiones. Y todo en cuestión de segundos. Yo soy incapaz. Puedo recibir información, puedo analizarla y valorar los pros y los contras de las diferentes soluciones, pero luego me cuesta mucho decidirme, elegir y renunciar. Como tengo mucha capacidad de proyección, soy capaz de vivir anticipadamente lo que pasará si tomo la decisión A y lo que sucederá si tomo la decisión B. Y las dos posibilidades me parecen apetecibles o catastróficas. Es la frase de un indeciso. Y esto se aplica también a la escritura, un trabajo en el que constantemente tienes que estar tomando decisiones: borrar o no. De cada una de mis novelas guardo centenares de versiones con las variantes que la redacción definitiva desechó.

Y algo sobre esta otra: “El sufrimiento se atenúa con más sufrimiento”.

No hay mucho que decir: el malestar disminuye cuando el dolor lo sepulta, y este sólo desaparece si tienes la suerte de vivir una experiencia terrorífica. Sucede lo mismo con el placer.

En cierto momento el narrador siente “de nuevo el deseo de escribir” pero inmediatamente se corrige: “no fueron ganas de escribir, sino el deseo de que la obra estuviera hecha”. Me identifico mucho con esa sensación, porque escribir-escribir es un rollo, ¿no?

Es la parte más aburrida de la escritura: escribir. Porque escribir no es sólo escribir. Escribir es sólo una mínima parte del trabajo. Antes hay que leer, y luego, después de escribir, corregir, borrar, cambiar de lugar, fundir personajes, unificar tramas, simplificar argumentos. Eso me encanta. Pero inventar…. inventar es un tostón.

A mí solo me gustan realmente el momento en que se me ocurre una idea o historia que doy por buena y el momento en que digo: “Ya está, el libro está listo, ¡por fin!”.

Lo mío es peor: yo siento que el libro está listo, ¡por fin!, en el momento en el que se me ocurre la idea. Y a continuación viene el desengaño: me doy cuenta de que no, de que hay que coger el pico y la pala. Tengo fama de escribir poco, porque tardo mucho en publicar, pero yo soy muy de pico y pala.

El gran personaje de Los Cinco y yo es seguramente Rafael Reig. Sin embargo, en la novela que él ha escrito sobre la historia de Los Cinco ya adultos, a ti te saca “un poco neurótico, obsesionado con la muerte” y te da un pobre papel de guía turístico. Por tu parte, tú lo haces curarse de un alzhéimer precoz gracias a un tratamiento Big Farma de más que sospechosa ética. ¿Qué hay entre Rafael Reig y tú?

Hay una vieja amistad a prueba de bomba y también una vieja rivalidad a prueba de bomba. Nos admiramos y nos tememos. O por lo menos nos temíamos. Cuando éramos más jóvenes los dos pensábamos que el genio era el otro, y eso nos atormentaba. Ahora que ya hemos comprendido que el genio no es ninguno de los dos vivimos más tranquilos.

Ya para terminar… He contado en la novela hasta ocho referencias a libros o artículos no escritos o no publicados por el narrador, desde un ensayo político “incendiario” contra las compañías telefónicas hasta un Elogio de la mediocridad o El club de la gente que siempre se pone en lo peor. Tengo la sensación de que alguno de estos inéditos acaban escribiéndose en la novela. Pero hay dos cosas sí escritas de las que me gustaría leer al menos un fragmento: o bien del “prospecto de autor” de las gotas FLYaWAY contra el miedo a volar, o bien de la correspondencia entre Enid Blyton y Magda Goebbels. ¿Puedo pedirte que nos enseñes un pasaje de uno u otro texto?

De la correspondencia entre Enid Blyton y Magda Goebbels permíteme que no te adelante nada porque se está elaborando una edición crítica. En cuanto al prospecto de autor de FLYaWAY, algo se adelanta en la novela. Los prospectos son todo un género literario, y me parece un hallazgo que a alguien se le haya ocurrido incluir en ellos la primera persona. En el que yo elaboré, contaba mi experiencia personal con los aviones, el nacimiento del miedo y el modo en el que estas gotas han modificado completamente mi experiencia no sólo en los aviones, sino también en los aeropuertos. En el prospecto hay una parte final en la que hablo del uso recreativo de esta droga, nada desdeñable.

Oye, no me líes, que yo me lo creo todo. ¿La correspondencia entre Enid Blyton y Magda Goebbels existe de verdad? Y ¿Blyton le escribía en ese estilo que tú tan bien imitas, tipo “Nos arremolinamos alrededor del pozo y nos quedamos contemplándolo en silencio”?

Gracias a Enid Blyton, aprendí que en un diálogo los personajes podían espetar, corroborar y fruncir el ceño. En cuanto a la correspondencia entre Blyton y Goebbels…  qué más da que sea verdad o mentira, si resulta verosímil. ¡Los Cinco y yo es una novela!

Bueno. Muchas gracias.

Autor >

Luis Magrinyà

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí