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El salón eléctrico

Cine de urnas, la secuela

Incluso en la gran pantalla, encontramos aguafiestas con intenciones aviesas, gente empeñada en levantarle las faldas al juego electoral para mostrar sus entretelas menos decentes

Pilar Ruiz 1/10/2019

<p>Robert Redford en 'El candidato' (Michael Ritchie, 1972).</p>

Robert Redford en 'El candidato' (Michael Ritchie, 1972).

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Vuelta a las urnas. Enfado. Indignación. Si cree que su voto no vale para nada, si está convencido de que los políticos se burlan de usted, siempre le queda disfrutar de la fiesta de la democracia desde la ficción con el cine “de urnas”, subgénero del cine político y a veces secreto, oculto entre las muchas temáticas de otros géneros, de los llamados mayores, del thriller al wéstern, incluso el terror. A pesar de la saturación, no se abstenga: las películas que cuentan los entresijos del sistema de gobierno democrático pueden resultar fascinantes, pavorosas, fantásticas e incluso épicas.  

En el podio de los grandes cineastas fascinados por el poder está Orson Welles: la narración en imágenes del fracaso de la campaña de Kane en las elecciones a gobernador (Ciudadano Kane, 1941) inaugura con aura de mito el cine “de urnas”.

Compartiendo podio con Welles está John Ford: en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), basada en la novela de Dorothy M. Johnson, cuenta la política en forma de wéstern pero con un final sin cargas de caballería salvadoras y en el que triunfa la mentira convertida en leyenda: el poder de la propaganda nunca se contó mejor. Sin tiros y a cara descubierta aborda Robert Rossen El Político (All the king's men, 1949). El ascenso al cielo de las urnas y la caída en la corrupción de un político populista tiene remake (Steven Zaillian, 2006): el tema nunca pasa de moda. Desgraciadamente.

La épica política en su versión más oscura y turbia es cosa de John Frankenheimer, neoyorquino hijo de judío alemán y católica irlandesa, veterano de la guerra de Corea, miembro de la “generación de la televisión” junto a Sidney Lumet, Robert Mulligan, Arthur Penn o Robert Altman y padre del thriller político moderno. Con El mensajero del miedo (1962) cimenta uno de los mitos preferidos de la guerra fría: el terrorista “interior”, en este caso, un héroe de guerra reprogramado para asesinar en plena campaña a uno de los candidatos a la Casa Blanca. Cuenta la leyenda que no se estrenó a causa del atentado a Kennedy, y lo cierto es que la realidad tocaba demasiado a la ficción, pero el retraso se debió a los caprichos de Frank Sinatra (amigo de juergas de JFK, por cierto). El tema parece dar de sí porque la historia escrita por el novelista Richard Condon tiene infinidad de remakes más o menos declarados. Quizá la guerra fría nunca terminó.

Cocos y comecocos comunistas en El mensajero del miedo.

Cocos y comecocos comunistas en El mensajero del miedo.

El testigo del cine “de urnas” lo recoge la generación inmediatamente posterior, mucho más crítica con el sistema electoral: estamos en los 70, después de una guerra chunga (Vietnam) y muchos hippies, así que este temazo no podía escaparse de las garras de la Nueva Ola Americana. El candidato (Michael Ritchie, 1972) fue un empeño personal de Robert Redford.

“En vísperas de las elecciones presidenciales de 1968, Redford estaba viendo la televisión. Los dos candidatos, Richard Nixon y Hubert Humphrey, utilizaban mensajes en el último minuto para dar a sus candidaturas el impulso definitivo. A medida que Redford iba cambiando los canales, se sentía más aterrado: ‘Lo que vi me asustó. Era asombroso. Resultaba todo muy falso, y sin embargo, la gente se lo estaba tragando’” (Todas las películas de Robert Redford, James Spada, 1994).

El candidato aún mantiene el punto transgresor en fondo y forma de aroma setentero con final inquietante: “¿Ahora qué hacemos?”. Claro que con un guapo electoral –carta siempre ganadora– como Robert Redford ya sabemos que el día después da lo mismo: todo seguirá como siempre. 

Después de los 70 y con el paréntesis Reagan –el exactor era más del Séptimo de Caballería– las urnas norteamericanas casi desaparecen de las pantallas para renacer de las cenizas del cliché: interminables biopics y pseudo thrillers con lobbies malignos, candidatos metepatas, periodistas jodones y la inevitable amante asesinadita (que diría Miguel Mihura), intercambiable por becaria de buen ver. Esto último, sobre todo a partir de Clinton, como en Primary Colors (Mike Nichols, 1998). Hay excepciones. Algunos outsiders alertan de los enemigos de la democracia camuflando mensajes –la pantalla como “mensajero del miedo”– en películas que no parecen políticas, como La zona muerta (1983), de otro gran inclasificable: David Cronenberg. La adaptación de la novela de Stephen King nos cuenta unas elecciones aterradoras –como no podía ser menos– con el psicópata candidato Greg Stillson interpretado por Martin Sheen, finalmente desenmascarado por un vidente, inquietante y magnífico Christopher Walken convertido en terrorista necesario.

Los memes asociando a Stillson con Trump son incontables.

Los memes asociando a Stillson con Trump son incontables.

Del reverso tenebroso al lado guay de la democracia, el mismo Sheen fue capaz de convertirse en el presidente cuasi-perfecto, con premio Nobel incluido, en El ala oeste de la Casa Blanca (NBC, 1999-2006). Serie antológica, modélica y casi emparentada con la fantasía del cuento de hadas, creada por un demócrata entusiasta como Aaron Sorkin, quien lloró a mansalva el día en que Trump ganó las elecciones. No se lo podía creer. 

En el extremo opuesto a Sorkin encontramos a David Mamet, guionista de la acidísima sátira La cortina de humo (Barry Levinson, 1997): su repartazo da un recital de cinismo incrustado en diálogos mametianos, de esos que cortan como un diamante afilado en un Pulitzer, con Hollywood como enorme pergeñador de fake news: mejor inventarse una guerra de película que perder una reelección. Y, alejado de los cauces trillados por unos y otros, John Sayles siempre ha mostrado su pata izquierda: el director de las fronteras y el mestizaje, además de reputadísimo script doctor (no confundir con spin doctor, cuidado) trabajó en su juventud como obrero y tuvo como maestro a Roger Corman; cosas que marcan. En Silver City (2004) muestra unas elecciones a gobernador nacidas de la simbiosis letal entre poder político y poder financiero, inmobiliario e industrial: entre ambos, contaminan hasta matar inmigrantes, medio ambiente, derechos laborales y libertad de prensa, todo en uno.

Pero la sobredosis gringa de caucus, primarias y presidenciales llega a cansar más que una secuela electoral. ¿Es que no hay más elecciones que las estadounidenses para criticar? La tradición narrativa británica lleva siempre a Shakespeare, el poeta de todo, también del poder y sus secuelas en la caterva de príncipes y reyes injustos, criminales o tiranos –salvo Henry V y solo por haber sido “educado” por un pícaro lujurioso y ladrón como Falstaff–. Quizá el bardo no podría imaginar la manipulación de los votantes en Brexit (Toby Haynes, 2019) pero sí a la populista genocida encarnada por Emma Thompson en la serie Years and years (BBC, 2019) y al amoral Francis Urquhart de la Inglaterra thatcherista en House of cards (BBC, 1990) mucho más interesante que el desmesurado remake estadounidense de idéntico título. La independencia creativa y económica de la BBC sigue siendo un modelo de libertad y pluralidad de pensamiento que produce envidia a medio mundo: hay cosas que no las toca ni el brexit.  

Más allá –mucho más– de la narrativa electoral anglosajona, El gatopardo (1963) es una obra maestra por infinidad de razones y una frase antológica a pesar de la inane polémica sobre si un militante del PCI como Visconti tergiversó la lectura de la novela del aristócrata Lampedusa. Los más fieros polemistas suelen olvidar que Luchino Visconti di Modrone era, además de comunista, conde de Lonate Pozzolo y descendiente directo de los Príncipes de Milán, entre ellos el papa Gregorio X (1230-1276): el Biscione –emblema de la familia desde hace un milenio– se traga sin masticar un duque siciliano. Por otro lado, la disquisición sobre si El Gatopardo es un panfleto comunista en vez de una elegía aristocrática resulta inútil: siendo Italia todo es posible, incluso que sea ambas cosas y algunas más. O ninguna de ellas. Lo imposible es comparar la política italiana con la española: “troppo semplice” suelen decirnos, en tono de mofa.

Realpolitik marca Italia o gatopardismo.

Realpolitik marca Italia o gatopardismo.

Hay que reconocer que en España la complejidad del cine “de urnas” ha tenido poco predicamento: a decir verdad no hay mucha tradición electoral y la fiesta democrática aún inspira respeto. Aunque ciertos versos sueltos sí que se atrevieron con el espinoso tema, como Eloy de la Iglesia inaugurando una transición política con vuelta de tuerca en clave quinqui-gay: El diputado (1978) narra la historia de un político públicamente comunista pero homosexual en el armario y amenazado por chaperos de la extrema derecha; una metáfora inopinada de la clandestinidad durante ese franquismo que hoy día algunos encuentran muy tolerante con la disidencia. Lo de la ocultación gay entre el rojerío sonará raro a los millennials, pero el propio cineasta tuvo problemas para ingresar en aquel PCE de los tiempos clandestinos: la cúpula recibió su petición con reticencia, temerosa de que se les fuera a “llenar el partido de maricones”, frase literalmente histórica. Al soberbio Visconti, de homosexualidad evidente, ni el camarada Togliatti le hubiera podido espetar cosa semejante; una prueba más de que Italia es diferente.

Incluso en el cine, encontramos aguafiestas con intenciones aviesas, gente empeñada en levantarle las faldas al juego electoral para mostrar sus entretelas menos decentes, no hay más que ver ciertas películas para caer en la tentadora abstención. Pero no crean que pueden escapar: si no van a las urnas, las urnas irán a ustedes. La realidad, como nos cuenta la ficción, siempre es política. 

Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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1 comentario(s)

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  1. JOSE RAMON HEVIA FERNANDEZ

    Estimo que, entre otras, faltan por mencionar "El mejor Hombre" dirigida por Franklin Schaffner (injustamente olvidado extraordinario director) en 1964 y "Los idus de marzo" dirigida por George Clooney en 2011. La primera, además de un retrato despiadado de una lucha política en la que todo vale, apunta una solución que hemos visto en este país varias veces...no hago spolier. Y además trabaja hasta Gore Vidal. la segunda no es menos despiadada y confirma que el famoso actor es un director ciertamente notable.

    Hace 1 año 6 meses

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