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Sangría fría (III)

Sobre las vacaciones y las plantas

Seis escenas de verano de dos señoras perplejas

Carlos García de la Vega 30/07/2021

<p>Mari y Concha a la fresca en el patio.</p>

Mari y Concha a la fresca en el patio.

Pedripol

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CONCHA. ––Qué buena mano tienes para las plantas, Mari. Tienes el patio que parece un vergel. 

MARI. ––La verdad es que está bonito, sí. Es que es lo que más me relaja, pasarme el tiempo cuidando de ellas, estando pendiente de que estén bien.  

CONCHA. ––A mí siempre se me ha dado fatal, que si las riego mucho, que si poco, nunca he conseguido hacerme con su forma de vivir. Para mí son como un jeroglífico.

MARI. ––Eso lo notan porque te están observando todo el rato, saben si las cuidas porque te gustan o por obligación. 

CONCHA. ––Escucha: no te pongas mística.

MARI. ––¡Te lo digo en serio! Ellas siempre están dando señales de si les falta agua, de si les sobra, de si el sol directo les hace daño o de si están en un sitio demasiado oscuro. Lo van diciendo todo. Lo van manifestando todo. Yo sé cuándo una planta está contenta o cuándo está triste. 

CONCHA. ––¿Y cómo sabes qué te están pidiendo? Para mí es imposible descifrarlo. 

MARI. ––Seguramente no se te han dado bien porque perciben tu ansiedad con ellas. Se te debió morir la primera, ahogada viva, y, de ahí en adelante, todo ha sido dar por hecho que te iba a pasar eso siempre. 

CONCHA. ––No me has respondido: ¿cómo narices descifras lo que te están pidiendo las plantas? No piden nada, por Dios. Las plantas no hablan. 

MARI. ––Mujer, claro que no te dicen exactamente lo que tienes que hacer con ellas. El truco siempre es cambiar la estrategia cuando empiezas a notar que algo va mal. Para eso, solo tienes que recordar qué es lo que has hecho o no hecho con ellas antes. A partir de ahí, es improvisar, no hay una receta fija: cambiarlas de sitio, cambiarles la tierra, trasplantarlas a una maceta más grande, más o menos agua…

CONCHA. ––A ciegas. 

MARI. ––Como cocinar, Concha. ¿Tú cocinas pesando los ingredientes, siguiendo los pasos de una receta o vas actuando según avanzas con el guiso? 

CONCHA. ––A ojo, claro.

MARI. ––Pues esto es lo mismo. Es cuestión de disfrutarlo, de no tenerle miedo. 

CONCHA. ––Supongo que eso se podría aplicar a cualquier cosa de la vida. Evitar lo que no disfrutas, evitar lo que te da miedo. 

MARI. ––Hay veces que, en realidad, lo que tienes que hacer es un pequeño esfuerzo para convertir algo rutinario, molesto o que te asusta en algo feliz. Y creo que el truco es convertirlo en algo litúrgico.

CONCHA. ––El problema es no saber encontrar ese resorte, no ser capaz de escapar del hastío. 

MARI. ––Precisamente cuidar de mis plantas siempre ha sido eso. Cuando había algún problema con los niños, con la casa, con el dinero, estaba tranquila porque sabía que tenía mi refugio aquí, en el patio. Que, con la manguera, la regadera, las tijeras de podar y a veces, muy pocas, que no me gusta drogarlas, con fertilizante, yo tenía mi pequeño reino.

CONCHA. ––Ahora que lo dices, yo sí tenía una liturgia con las cosas de la casa. 

MARI. ––Cuéntame.

CONCHA. ––¡Planchar! (dice susurrando mirando al frente, como si acabara de romper una cuarta pared imaginaria). Me relajaba muchísimo. Era mi momento feliz. Ahora viviendo sola casi no hay ropa y no puedo estar mucho rato de pie. Pero aquellas montañas y montañas de ropa, sobre todo en invierno, eran como si me tomara un caldito bien caliente, me reconfortaba muchísimo. 

MARI. ––Fíjate tú. 

CONCHA. ––Claro que la plancha tiene algo expeditivo, como inmediato. Pasar la plancha y que se noten los resultados es instantáneo. Eso justo es lo que me daba placer. 

MARI. ––Pues qué alegría que tú también tengas tu liturgia. 

CONCHA. ––Cada loca con su tema (ríen).

MARI. ––Con las plantas es todo lo contrario. Lo que más hipnotizada me deja es darme cuenta de sus cambios tan mínimos. Aprender la forma de brotar de cada una: unas desde el centro, otras desde los tallos… Me sigue pareciendo magia que un brote salga de la nada y de repente se convierta en algo real, ¿sabes? 

CONCHA. ––Saber no sé, pero creo que te sigo. 

MARI. ––Es un poco psicodélico (ríe). Que no sé bien qué significa, pero para mí esa palabra son mis plantas. Percibir a cámara lenta, un poco alucinada, cómo se transforman, cómo evolucionan, cómo se mueven. 

CONCHA. ––Madre mía, Mari, no bebas más sangría. (Ríen las dos).

MARI. ––Lo que más rabia me daba cuando nos íbamos a la casa del pueblo de mi marido todo el mes de agosto era dejar las plantas en manos de alguna vecina. Cuando volvía esto era un desastre. 

CONCHA. ––Seguro que no tan grave como si me las hubieses dejado a mí… (la mira socarrona).

MARI. ––No lo hubiese hecho, que yo te quiero mucho, pero a mis plantas creo que un poco más. (Le guiña un ojo para cambiar de tema). Yo no sé a ti, pero a mí las vacaciones de entonces nunca me parecieron vacaciones. El único sentido que tenían era por los niños, que podían estar más libres que aquí y bañarse en el río y demás. Pero para mí era solo un cambio de escenario. Y, encima, mucho más incómodo que el de casa. El mismo trabajo o más que durante el año y con una sensación de que todo el mundo estaba pasándoselo bien menos yo. 

CONCHA. ––Era lo que había. 

MARI. ––Ahora es todo mucho más variable, no hacen esas salidas tan largas. Van como fraccionando vacaciones y cogiendo fines de semanas y puentes, y están todo el día viajando, en casas rurales, en apartamentos que alquilan entre varias familias… ¿Te imaginas eso en nuestra época? 

CONCHA. ––Impensable. 

MARI. ––Y eso de cogerse tantos aviones al año. Que a veces los billetes les salen más baratos que un taxi de punta a punta de una gran capital. ¿Te parece razonable? 

CONCHA. ––Para nada. Que si dices que lo tienes que hacer por trabajo, pues pobre persona, qué vida tan miserable. Pero lo de meterse por gusto en un aeropuerto…

MARI. ––Eso es, de aquí para allá, venga a andar, el control ese tan desagradable, luego más andar. Esperar y esperar, la fila de la embarcación, el autobús, sentarte en esos asientos tan estrechos, y a Dios gracias que no te den ganas de ir al aseo durante el vuelo. Una vez me llevó a Tenerife mi hijo mayor y ya le dije que nunca más. Que no me gustaba sentirme como ganado. 

CONCHA. ––Y luego este afán que tienen ahora de llenarse el tiempo libre de cosas. Parece que un fin de semana no es un fin de semana si no tiene trescientas actividades. Y las vacaciones igual. 

MARI. ––Es que da la sensación de que no disfrutan las cosas, porque pasan de un sitio a otro, de una cosa a otra tan rápidamente, que una piensa: ¿se estarán enterando de algo? 

CONCHA. ––Claro, es como si tuviesen miedo a quedarse quietos.

MARI. ––Y no reconocer quiénes son después de años de tanto meneo. 

CONCHA. ––De mis nietos lo entiendo. Yo creo que no son del todo humanos, que al haber nacido con la leche esta del internet, asomados a la pantallita del teléfono o de la tableta, son capaces de estar en diez sitios a la vez. 

MARI. ––¡Eso sí que son vacaciones perpetuas! 

CONCHA. ––Pero la generación de nuestros hijos… han perdido todo lo bueno que teníamos nosotros y cuando intentan alcanzar a sus hijos en lo de los cacharritos acaban por resultar ridículos. Y lo peor es que han aplicado esa forma de vivir a todo lo demás de su vida. Están todo el rato pasando de pantalla con el dedito lacio, como si nada les dejara satisfechos. 

MARI. ––No tienen sosiego. 

CONCHA. ––(Chasquea la lengua tres veces mientras niega con la cabeza). No lo tienen.

CONCHA. ––Qué buena mano tienes para las plantas, Mari. Tienes el patio que parece un vergel. 

MARI. ––La verdad es que está bonito, sí. Es que es lo que más me relaja, pasarme el tiempo cuidando de ellas, estando pendiente de que estén bien.  

CONCHA. ––A mí siempre se me ha dado fatal, que si...

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Autor >

Carlos García de la Vega

Carlos García de la Vega (Málaga, 1977) es gestor cultural y musicólogo. Desde siempre se ha dedicado a hacer posible que la música suceda y a repensar la forma de contar su historia. En CTXT también le interesan los temas LGTBI+ y de la gestión cultural de lo común.

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