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El salón eléctrico

¡Camarero! La cuenta, por favor

No está de más recordar que el camarero/a encarna la versión moderna del sirviente de toda la vida, un espejismo que permite a las clases no privilegiadas disfrutar fugazmente del lujo de tener un criado a su servicio

Pilar Ruiz 19/04/2022

<p>El guateque.</p>

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“No hay camareros para trabajar en hostelería: ¿Falta de ganas o malas condiciones?” Este titular de Antena 3 (12 Abril de 2022) reproduce con sin par gracejo la interrogación retórica que ha colmado horas de información patria sobre la nueva moda de las huelgas patronales y una más de las muchas polémicas-bulo que suministra la ultra diestra que madruga, sobre todo, para levantar chiringuitos. A pesar de que los caseteros damnificados ya desconvocaron el supuesto paro, siguen dándole al molinillo. Van a por lo suyo ya sea mintiendo, amenazando, echando al fuego los derechos laborales y los libros de Historia si estos no cuentan gestas imperiales. Y lo que es peor, amenazan con vestir de faralaes –terror ultrafolclórico– si se hace cumplir el Estatuto de los Trabajadores. ¿Cómo osan? Vaya, la jornada máxima semanal de 40 horas rige desde 1919, no es cosa del contubernio gubernamental. Pero da igual, medios variopintos y de todo pelaje prestaron pantallas y alcachofas a los hosteleros llorones –siempre hombres, misterio genético– que acusan al personal de insumiso y holgazán. Taberneros jabalunos, convertidos por arte de magia mediática en lustrosos empresarios del I+D+i de la tapita y la nochemeconfunde, salen en tromba para defender las trompas, el dinerillo de la caja B y la explotación. Sin rubor. Como los agricultores indignados con la reforma laboral y los inspectores de trabajo que envía una ministra del ramo o los ganaderos que asaltaron el ayuntamiento de Lorca. ¿Ley? ¿Qué ley? Desmontado el enésimo pollo –veremos qué se inventan la próxima vez– no está de más recordar que el camarero/a encarna la versión moderna del sirviente de toda la vida, un espejismo que permite a las clases no privilegiadas disfrutar fugazmente del lujo de tener un criado a su servicio. Relegados a meros comparsas en la vida real, tienen su equivalente en la ficción cinematográfica: figuración sin frase, personajes precarios siempre a punto de ser despedidos de la secuencia. Pero qué sería del cine de Hollywood sin la imagen de las camareras que sirven café –americano, por supuesto– en esos bares o diners que tan bien fotografían en cualquier género. Y en Tarantino.

Bares, qué lugares.

Por supuesto, esos invisibles o simpáticos o bordes esclavos de alquiler pueden ocultar una vida oscura y delictiva, como bien señalan sus patronos. Vean si no El cartero siempre llama dos veces; la historia caliente y trágica del homeless reconvertido en camarero capaz de matar por culpa de la mujer –faltaría más– del dueño de un bar de carretera. Seguro que recuerdan bien la segunda versión de la novela de Cain: de 1981 con Bob Rafelson a los mandos, Nicholson y Lange y una de las escenas de polvo –harinoso– más famosas de la historia del cine. Pero la primera es de 1946 (Tay Garnett), también famosa por el debut de Lana Turner como símbolo sexual y porque la caza de brujas del macartismo en Hollywood hizo justicia más allá de la ficción acabando con la carrera del protagonista, John Garfield, cuando este se negó a delatar a sus amigos rojeras. 

Sirviendo copas al estilo del cine negro.

Proponemos titular alternativo a las cadenas generalistas: “Camareros: ¿son todos criminales?”. Según el cine, podría ser. Resultaría lógico que algún miembro del sector currele sintiera una envidia malsana al percibir cierta injusticia social entre sus condiciones de vida y la de sus ociosos señores, como en El sirviente (1963). El trío Losey, Pinter y Bogarde desmenuza las relaciones de poder poniendo en cuestión el sistema de clases; temazo para la tradición literaria y fílmica de los británicos, inventores del clasismo con clase. Lo mismo que la magnífica Lo que queda del día (James Ivory, 1993), basada en una novela de Kazuo Ishiguro –nada fácil de adaptar– sobre la ineptitud y crueldad de las clases dirigentes y su correspondencia en los siervos dirigidos. El amo del mayordomo Hopkins es un lord racista, incapaz y profundamente idiota, fiel reflejo del establishment del país donde la alcurnia genética unida a la propiedad –siglos para enriquecerse tuvieron estos pollos– te ponen en la cúspide social aunque seas un retarder. Lo terrible de ello, como bien retrata la película, es la influencia que ejercen sobre lo que ellos llaman clases “subalternas”, ejemplificadas en ese criado reprimido que se cree sensato por obedecer la norma hasta la obsesión. El patético esclavo que no sabe ni quiere ser ciudadano, poniéndoselo en bandeja a quienes no creen en la democracia.

Y sin embargo, el modelo que triunfa popularmente no es ese sino su contrario. No hay más que ver el exitazo de la serie Downton Abbey (2010), culebrón finolis más que inspirado en aquella Arriba y abajo (1971) de similares virtudes, faltas y cadena televisiva: Granada ITV, nacida en 1955 para competir con la BBC. Esto va de casoplón arriba, cocina abajo sin ascensor social que valga. Algunos exagerados creen que de las ruinas morales de estas caspas medievales salen cosillas poco glamurosas como la decadencia del Imperio Británico o el Brexit, incluso un majadero como Boris Johnson. (Por estos lares, los parásitos de alcurnia también ejercen y se llevan comisiones… Pero como diría Billy Wilder, “eso es otra historia”).    

A diferencia del ejemplo anterior, Gosford Park (2001) está llena de rencor de clase, pero claro; sale del caletre de un norteamericano, esa gente de las colonias traidoras. Como el buen rebelde y tocapelotas que fue siempre, Robert Altman mira por el retrovisor a una gloria del cine, La regla del juego (1939) de Jean Renoir, mientras cuenta la vendetta de los esclavos-criados contra su señorón en una parodia de misterio al estilo Agatha Christie. Dedicado a los buscadores de spoilers: todo el crimen está relacionado con la violación de una criada por su libidinoso jefe. Lo sentimos, pero había que decirlo. Porque las criadas tienen capítulo aparte: además de la explotación laboral de sus congéneres masculinos y de ser peor pagadas, sufren el continuo acoso y manoseo de sus jefes; o espabilan –sinónimo de consentir– o las echan a la calle o les hacen un bombo ilegítimo. Solo en el cine, por supuesto. Como en la fallida Albert Nobbs (García, 2011), Glenn Close tiene que disfrazarse de señor para sobrevivir como criado fiel, fallando a todas luces. Y en el subgénero orientales perversos, La criada (Kim Ki-young,1960) malicia coreana anterior a El sirviente, recuperada gracias al éxito de la oscarizada Parásitos (Bon Joong-hu, 2019) por su temática similar: criados contra señores y sálvese quien pueda.

Clases parásitas dándose la buena vida.

Y un recuerdo aquí para toda la pléyade de mayordomos, criadas, doncellas, cocineros, chóferes y ayudas de cámara de Lubistch. Siempre más conservadores y reaccionarios que sus amos, lo demuestran en divertidísimos diálogos de películas geniales como Angel (1937), El pecado de Cluny Brown (1946) o Ninotchka (1939), con ese valet reaccionario que desprecia a la bolchevique que quiere liberarle. 

Héroe de los propietarios que se quedan detrás de la barra junto a sus empleados es el protagonista de Una historia de violencia (Cronenberg, 2005). Porque te lo has currado, cultura del esfuerzo y tal; cuando de pronto, al resistirse a un atraco en su negocio, el pacífico dueño de una cafetería de pueblo se revela como un criminal. Por cierto; ¿nadie se pregunta de dónde sacó este matón pentito la pasta para montar su chiringo? Nada, solo ficción; eso de blanquear dinero sucio a través de la hostelería no ha pasado nunca en la realidad. Una de esas películas en las que el divino Viggo Mortensen se hace mortal para habitar entre nosotros junto a William Hurt (In memoriam) como el hermano terrible. Interpretaciones tan intensas como la dirección del canadiense Cronenberg, uno de esos cineastas empeñadísimos en escarbar en los males contemporáneos.  

“La violencia norteamericana tiene muchos rostros y se manifiesta de muchas formas: la genocida, la sancionada por los magnates y gobernadores, la de la frontera, la organizada, la de las mafias, la del honorable miembro de la comunidad que se ve obligado a usarla cuando su familia se ve atacada, la del vaquero... Lo que yo pretendo es mostrar los efectos traumáticos no sólo de utilizarla sino también de sus repercusiones. Es más significativa que la violencia misma, la importancia mítica que se le ha proporcionado. Y la manera en la que los políticos hacen uso de ella”.

David Cronenberg (entrevista en El cultural, 2005). 

Pero si hay un camarero estrella en la historia de las imágenes en movimiento ese es el de El guateque (1968), interpretado por un Steve Franken digno sucesor de los grandes cómicos físicos del cine mudo, de Keaton a Lloyd. Para tiempos tristes, lo mejor es consumir esta píldora de paraíso y suministrarse una buena dosis de felicidad en vena con la enorme comedia del maestro Blake Edwards, especialista en rodar las mejores fiestas del cine. Un disfrute que supera con creces el de mil cañas y tapas, más barato, respetuoso con el medio ambiente y el descanso de los vecinos; tampoco sube el colesterol ni lava dinero negro ni genera esclavos modernos. Ya saben: más guateques y menos chiringuitos. Sale a cuenta.     

“No hay camareros para trabajar en hostelería: ¿Falta de ganas o malas condiciones?” Este titular de Antena 3 (12 Abril de 2022) reproduce con sin par gracejo la interrogación retórica que ha colmado horas de información patria sobre la nueva moda de las huelgas patronales y una más de las muchas polémicas-bulo...

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Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió tres novelas: "El Corazón del caimán", "La danza de la serpiente" (Ediciones B) y "El jardín de los espejos". (Roca, 2020).

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