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Vida digna

Dime qué libertad defiendes y te diré quién eres

En dos meses habrá elecciones y volveremos a escuchar por parte de la derecha que “ser libre” es no poner trabas al lucro. Es necesario recuperar la libertad que aboga por una sociedad justa y sostenible

Vicente López 3/04/2023

<p>Manifestación por la sanidad pública en Madrid el 13 de noviembre de 2022.</p>

Manifestación por la sanidad pública en Madrid el 13 de noviembre de 2022.

twitter.com/FRAVM

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Que el concepto de libertad es difuso, es evidente. No hay más que ver que hasta la derecha, más o menos extrema, lo utiliza ahora en su ideario político. La falacia “comunismo o libertad” que utilizó el PP en las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid resume con claridad este hecho. Solo hay que informarse mínimamente para darse cuenta de que comunismo y libertad no son conceptos contradictorios. Más bien al contrario, el comunismo es una utopía que, recordémoslo, dibuja una sociedad de iguales, sin clases sociales, donde cada hombre y mujer será libre. 

Lo que sí es una certeza es que, echando mano de la memoria, las únicas políticas de corte social y laboral que han mejorado o extendido las libertades individuales y colectivas en nuestro país, como es el caso del derecho al aborto, al matrimonio homosexual, a las ayudas para la población dependiente, a la extensión de los derechos laborales (solo aplicable a la última reforma realizada), a la libre determinación del género… han venido siempre de la mano de los gobiernos progresistas. Jamás la derecha española ha incrementado libertad alguna; más bien al contrario, sus políticas siempre las han restringido.  

Jamás la derecha española ha incrementado libertad alguna; más bien al contrario

Espero que esta cacareada libertad que se expresa desde la derecha política no se refiera (o sí) únicamente a la “libertad para contagiar” que visibilizamos en las actuaciones contra los decretos realizados por el gobierno para evitar los contagios (y las muertes) por la covid. Desde luego tampoco parece que supongan un aumento de libertades aquellas políticas que, como la llamada ley mordaza, el endurecimiento de las políticas de inmigración o la propia disminución de los recursos públicos destinados para tener derecho a una sanidad, una educación, o unos servicios sociales de calidad y con carácter universal, limitan directa o indirectamente el ejercicio de derechos fundamentales de la mayor parte de la ciudadanía. En este sentido, la libertad que prima para el liberalismo económico y político en el que se arropan las derechas se refiere exclusivamente a la mayor “libertad” que pueden disfrutar unas personas que, con capacidad económica suficiente, puedan acceder, entre otros, a mejores servicios sanitarios o educativos que el resto. Publicitan el derecho a una “libertad” cuyo sentido último es dinamizar las desigualdades, las jerarquías sociales. Los tozudos hechos indicarían que más bien las políticas realizadas por la derecha política siempre han tenido una concepción de “i-libertad” hacia las mayorías sociales. 

La Real Academia de la Lengua Española señala dos acepciones a la palabra libertad: la primera nos remite a esa “facultad y derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad”; y la segunda a ese “estado o condición de la persona que es libre, que no está en la cárcel ni sometida a la voluntad de otro, ni está constreñida por una obligación, deber, disciplina, etc”. En ambos casos, como vemos, el concepto libertad se auto-limita, quedando restringido tanto por el hecho de que ser libres conlleva la responsabilidad en los actos que cada uno de nosotros tiene dentro de una sociedad, como por el hecho de que las mayores cotas de libertad se consiguen cuando se rompen, aunque sea parcialmente, las cadenas de sometimiento que padece por distintos motivos distintos colectivos sociales.  Y no hay que olvidar que es una evidencia que actuar de forma totalmente libre es, sencillamente, una entelequia: la libertad absoluta no existe.

J. Paul Sartre señalaba que “mi libertad acaba donde empieza la de los demás”. Lo que da forma a la libertad de cada cual son, por lo tanto, los demás. El propio Rawls, al hablar del concepto de justicia social, destacaba como elemento esencial de esta, la capacidad para alcanzar el máximo de libertad compatible también con los demás. La libertad se convierte en pilar básico de la justicia social y de la dignidad de las personas. Y no olvidemos que no existe razón ética alguna para que todos los seres humanos que habitamos este planeta no podamos gozar del mismo margen de libertad. El individuo y su libertad no preexisten, a pesar de la máxima (neo) liberal, a la sociedad, sino que existen gracias a ella. 

El individuo y su libertad no preexisten a la sociedad, sino que existen gracias a ella

La venerada libertad por lo tanto requiere, como hemos visto en la definición, la eliminación de la autoridad despótica. A nadie se le escapa que, por ejemplo, un trabajador o trabajadora pasa gran parte de su vida dentro de una organización, la empresa, donde la capacidad de acción está tremendamente restringida; o que los ciudadanos y ciudadanas están bajo un estrecho cerco de normas punitivas y normas morales que limitan su capacidad de acción, y cuya génesis, siempre conflictiva, viene determinada por el reparto desigual del poder que tiene lugar en cada realidad social. Como señala el filósofo José Luis Ramírez, más que difusa, la palabra libertad es ante todo ideológica, en el sentido de concepto cambiante; y nos remite a un estado de situación idealizado que, por el contrario, solo puede tomar formar en cada contexto social, en el que se determinan las jerarquías y, por lo tanto, las libertades de las que podemos disfrutar de facto. 

Por ello es insoslayable al hablar de libertad, referirse a las relaciones de poder que transitan en todos los procesos sociales y que, al fin y al cabo, determinan la mayor o menor autonomía que se permite en cada uno de los sistemas sociales que, como señala Mario Bunge, componen el cuerpo social. Toda realidad social se cose con el hilo del poder y las puntadas del conflicto; y estos determinan los distintos grados de libertad de los que gozamos en cada espacio social en los que toma forma nuestra existencia. La libertad por lo tanto se asocia a un proceso de lucha constante para que todas las personas, sea cual sea su identidad de género, de clase social o étnica, tengan derecho a esa capacidad de elección responsable socialmente. Luchar por la libertad es, contrariamente a lo que señala la derecha política, sinónimo de lucha contra las distintas formas de represión y servidumbre. 

Luchar por la libertad es luchar contra la represión y la servidumbre

Por ello los gritos de libertad que siempre ha reivindicado la izquierda han estado unidos a la ruptura radical de aquellas cadenas de poder que subyugan a ciertos colectivos; y al aseguramiento, como señala Amartya Sen, de esas libertades reales de las que debería gozar toda la humanidad. Dos de los movimientos sociales más importantes en la actualidad como son el feminismo y el ecologismo se definen precisamente por ese carácter liberalizador. Y recordemos que el propio movimiento obrero se construye precisamente de esta forma, como contestación a la dominación del capital sobre el trabajo. La relación laboral es, sin lugar a dudas, un ejemplo claro de esa asimetría de poder, en este caso, entre la persona del empresario y la persona trabajadora.

Que yo recuerde nunca ha habido un movimiento de liberación colectiva impulsado por la ideología conservadora. Nunca. Es más, una parte importante de la derecha política española sigue dulcificando todavía el franquismo o respaldando los movimientos de ultraderecha que emergen en la actualidad. La razón de esta posición contra la libertad es bastante sencilla: sus acciones políticas han tenido (y tienen) como objetivo esencial mantener el statu quo existente y, con ello, los desequilibrios de poder (y de libertad) que lo caracterizan. 

La derecha más o menos extrema retuerce el término libertad, desdibujándolo, con el único propósito de reforzar algo tan poco liberalizador como son las estructuras jerárquicas que transitan en cada época histórica. La libertad de la que hablan ni tiene en cuenta a los demás (es irresponsable socialmente), ni el sometimiento que practican unos grupos sociales frente a otros para asegurar su dominio. 

En este momento histórico, donde prevalece el sistema capitalista, la estabilidad de la pirámide social depende del funcionamiento de un mercado que debe asegurar el proceso de acumulación y concentración de la riqueza. Las servidumbres (y no libertades) que se derivan de ello deben ser, por lo tanto, compatibles con ese egoísmo rampante que define al homo oeconomicus. Por esta razón el pensamiento hegemónico necesita re-conceptualizar el término desde una perspectiva que incorpore y fortalezca las dinámicas individualizantes y mercantilizadoras, aquellas que aseguran el sometimiento de la mayoría social al beneficio económico y al consumo compulsivo. Una dinámica que no es nueva y que se ha ido consolidando desde la revolución industrial y, de forma más importante, con la extensión global de las políticas llamadas neoliberales. 

Están transformando el concepto. No hay duda. Hoy se impone, desde el poder político, económico y mediático, pero también por desgracia por parte de una izquierda más pragmática, más posibilista, la idea de libertad negativa, frente a la libertad positiva, en términos de Isaiah Berlin. La libertad que fija su objetivo en quitar las trabas a la acción individual, aunque suponga un perjuicio social claro, frente a aquella que centra sus esfuerzos en fortalecer las condiciones que en último extremo permiten al individuo poder vivir su vida, junto a la de los demás, en libertad.  

La libertad que se impone, por desgracia, va unida, entre otras a la libertad de empresa frente al derecho de las y los trabajadores, incluso al derecho a la salud; a la capacidad de contaminar siempre que lo puedas pagar, aunque esta reduzca nuestra propia viabilidad como especie; a la que permite ser explotado o autoexplotarse bajo el cínico paraguas del mercado; a la que prioriza el bienestar individual frente al colectivo; a la que clama contra los impuestos y pauperiza los servicios públicos universales; a la que venera solo el éxito económico y olvida, como señala Dejours, la explotación y el fracaso que este genera. Una libertad guiada por el egoísmo y el deseo compulsivo de los individuos que requiere para su construcción el sometimiento de otros seres humanos y de la propia Naturaleza. 

Y esta es la única re-construcción del concepto libertad que resulta compatible con el proceso de acumulación de capital globalizado y que, por lo tanto, legitima la pobreza, la extralimitación, la explotación y las desigualdades sociales. La otra libertad, la que necesita de la eliminación del poder arbitrario, la que prioriza las condiciones materiales y sociales para que todas las personas puedan elegir su forma de vida, siempre que esta sea responsable socialmente, la que piensa en una sociedad libre de servidumbres no es válida para el sistema económico imperante que prioriza el beneficio privado a la dignidad de las personas.   

Por esta razón la derecha política ataca de forma despiadada al movimiento feminista, al ecologismo, al sindicalismo… o a cualquier otro movimiento colectivo de carácter emancipador. Aniquilar el patriarcado, la explotación laboral o una forma de vida que esquilma los recursos del planeta resulta contraproducente para una ideología cuya única razón de ser es mantener los privilegios de una minoría social.

En unos meses habrá elecciones municipales, autonómicas y estatales.  Volveremos a escuchar por parte de la derecha política más o menos extrema que “ser libre” es no poner trabas al afán de lucro ilimitado, al consumo compulsivo o al ejercicio del poder que cada cual alcanza en función de unos supuestos “méritos” individuales. Un “ser libre” que irá unido a un mayor sometimiento de los y las trabajadoras, que reforzará el poder patriarcal o que priorizará la extralimitación frente a la consecución de una huella ecológica compatible con la vida. La libertad de unos pocos, los que detentan el poder económico, que emerge gracias a la dominación y la falta de libertad del resto de la sociedad.

Es necesario recuperar ese sentido de libertad que aboga por una sociedad más justa, democrática y sostenible, donde las personas puedan construir su vida sin sometimientos a un poder arbitrario, de una forma responsable con los demás y con lo que nos rodea. Es necesario que la Política valore la esencia comunitaria e igualitaria que palpita en las entrañas de esta palabra y refuerce los movimientos de liberación de una sociedad sumida y sometida al dictado del poder económico, de la economía de mercado. 

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Vicente López es director de la Fundación 1º de Mayo.

Que el concepto de libertad es difuso, es evidente. No hay más que ver que hasta la derecha, más o menos extrema, lo utiliza ahora en su ideario político. La falacia “comunismo o libertad” que utilizó el PP en las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid resume con claridad este hecho. Solo hay que...

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Vicente López

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