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ANÁLISIS

EH Bildu, el cambio de los tiempos y el tiempo de los cambios

La coalición vasca conecta con esa parte de la sociedad progresista a la que no le gusta la política convencional, y que, al mismo tiempo, quiere ver a sus representantes políticos en la centralidad

Ion Ansa Mendizabal 3/06/2023

<p><em>Los y las líderes de EH Bildu, durante el acto de cierre de campaña antes de las elecciones del 28M.</em> / <strong>EH Bildu</strong></p>

Los y las líderes de EH Bildu, durante el acto de cierre de campaña antes de las elecciones del 28M. / EH Bildu

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Escribió Andréi Tarkovski, cineasta soviético y escultor en el tiempo: “Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad”. Hablaba, cómo no, de cine, pero la referencia bien podría pertenecer a un manual de estrategia política. Es el manual que parece que ha leído la izquierda soberanista vasca para tratar de ocupar la centralidad política del país. Veamos cómo.

Bildu nace de la unión de voluntades ganadoras, en medio de las tormentas sociales y políticas que afectan a Occidente y otras regiones en 2011. Es importante entender el optimismo constructivo con el que se crea la coalición: quien analice, como ya se ha hecho en más de una ocasión, la génesis de Bildu como la consecuencia de una derrota o de una necesidad defensiva, no entenderá nada de lo que ha venido ocurriendo después, y pocas claves tendrá de lo que pueda acontecer mañana. Bildu surge y se encuentra con una sociedad vasca receptiva, como si llevara tiempo esperándola. Una sociedad que está dispuesta a darle grandes responsabilidades e importantes cuotas de poder institucional. Bildu nace ganando.

Bildu surge y se encuentra con una sociedad vasca receptiva, como si llevara tiempo esperándola

La coalición se construye en un momento histórico determinado, un momento en el que muchas capas y segmentos de la sociedad necesitan ser representadas. Pero Bildu, además de un tiempo, también es un lugar: una unión de tradiciones políticas, un triángulo de relatos que, con su sola unión, generan uno nuevo: la Izquierda Abertzale, cuyo cambio de estrategia es mucho más que la superación de las consecuencias del conflicto e implica el desarrollo de una ofensiva constructiva; Eusko Alkartasuna, cuya plana mayor es parte fundamental de la articulación institucional vasca, desde los paseos y conversaciones en Moncloa entre Adolfo Suárez y el lehendakari Garaikoetxea en los años 70 del siglo pasado, hasta su papel importantísimo en la ampliación de derechos sociales en sus largas etapas en el gobierno vasco; Alternatiba, que viene de la tradición de Ezker Batua (IU) y que, junto con su cultura política aporta un enriquecimiento al relato de un país inclusivo en términos nacionales; y Aralar, que comparte buena parte de la cosmovisión de la Izquierda Abertzale y suma, a su vez, la experiencia de su propio recorrido.

Esta complejidad es la clave del éxito de la fórmula. El lema de su primera campaña es sustantivo: “Bildu gara bildu” (“Nos hemos unido, somos Bildu”). Las visiones reduccionistas, por lo tanto, quedan descartadas para explicar este fenómeno social, político y cultural que hoy se llama EH Bildu. Esta unión, como ya hemos adelantado, significa más que sus partes. Las sumas multiplican cuando lo que confluye son más que unas siglas. La intuición estratégica de los actores que crean la coalición no hubiera funcionado si no hubiera conectado con los cambios que ya se estaban produciendo en la propia sociedad vasca. En ese sentido, Bildu es un ejemplo remarcable de innovación política y de la adecuación de lo político a un sentimiento colectivo de reclamación de cambios.

EH Bildu, así, se posiciona como un instrumento al servicio de la creación de una democracia vasca: su tarea es transformadora y constructiva, y sus ambiciones, claro está, trascienden las posibilidades del momento, pero, a su vez, las hacen avanzar. Esto es algo prometedor, sin duda, pero es más fácil decirlo que hacerlo. Como la secuencia de Tarkovski, el plano se hace aburrido. Pero hay más: los cambios demandados por la sociedad no siempre encuentran reflejo en la actuación política de EH Bildu. Las expectativas no se cumplen, porque incluso a los actores que fundan la coalición les cuesta a veces seguir el paso de la sociedad que les ha apoyado. Es normal. Los cambios sociales son difíciles de interpretar cuando son contemporáneos y el problema es cualitativo: cuando las cosas no siempre iban como esperaban, los dirigentes de EH Bildu se hacían la pregunta ¿qué es lo que la gente espera de nosotros y nosotras?

La intuición estratégica no coincide siempre con las necesidades tácticas.  Lo relevante es sacar las conclusiones que importan. Pero EH Bildu tiene que asumir, como cualquier otro actor político, que siempre existirá un decalaje entre lo que se hace y lo que se espera que se haga. El tiempo es tendencia, no linealidad. En una escena de cualquier obra de Bergman, en su aparente quietud, hay más acción que en cualquier superproducción norteamericana. Esto es subrayable, porque, al margen de negatividades burocráticas intrínsecas a toda construcción organizativa, si en algo ha acertado aquella unión “de diferentes” es en no dar grandes tumbos, ni hacer grandes giros de guion. Los flashbacks ocasionales han sido compensados con resultados materiales que justifican su trayectoria y su relevancia futuras.

La vocación de EH Bildu es la de gobernar

Dos ejemplos –no los únicos– son la aprobación de la ley municipal vasca en 2015 o el acuerdo para la ley de educación vasca en 2022. Al margen de su contenido político, estos acuerdos contienen un mensaje político: la vocación de EH Bildu es la de gobernar. La conquista de la centralidad tiene tres dimensiones espaciales: la municipal, donde EH Bildu extiende su poder popular y territorial a través de ayuntamientos cada vez más grandes, de valles y de comarcas donde se asienta como clara fuerza hegemónica a través de una geografía más y más amplia; la regional, que se traduce en su influencia en diputaciones forales, Gobierno de Navarra, Parlamento Vasco y la Mancomunidad de Iparralde (con su marca EH Bai); y la estatal, donde el sentido de la oportunidad le ha valido para instrumentalizar el gobierno de Sánchez en forma de beneficio político.

Sorprende, a estas alturas, que determinado análisis madrileño sobre la realidad vasca insista en otorgar a Ayuso la clave del éxito de EH Bildu. Si el lector conserva aún alguna duda al respecto, analicemos ahora las cuatro fortalezas sobre las que se asientan las victorias de EH Bildu: la fortaleza territorial, la fortaleza generacional, la fortaleza cultural y la fortaleza organizativa.

De la primera ya hemos hablado y es importante. Mientras sus competidores son fuertes en unos territorios y débiles en otros, EH Bildu es la opción que más se extiende por toda la geografía vasca. Basta con mirar un mapa de resultados electorales en los 7 territorios (incluidos los 3 de Iparralde). Las ciudades medias y grandes (en escala vasca) es donde mejor tendencia tiene, y en el Occidente Vasco (Bilbao y su área de influencia), que ha sido su asignatura histórica pendiente, empieza a remontar, aunque le quede mucho margen de mejora ante un PNV claramente superior. El sur de Navarra o la conurbación de Baiona, Angelu y Biarritz, son los territorios que aún se le resisten.

La fortaleza generacional es una evidencia: se puede hablar, casi, y al menos en la CAV, de dos países generacionales. El país del PNV, por encima de los 45, y el de EH Bildu, por debajo de esa edad. Es una variable poderosa, aunque la hayamos reducido aquí casi al absurdo. ¿Qué significa en términos políticos? Que los segmentos que empujan e impulsan el cambio político son jóvenes, con todo lo que eso aporta a la marca de EH Bildu. La otra cara de esta realidad son los segmentos y organizaciones juveniles que son hostiles a la coalición, que la relacionan con el sistema y con el poder.

EH Bildu es, cada vez más, como marca, un espejo donde a mucha gente le gusta mirarse

EH Bildu conecta, desde un punto de vista cultural, con esa parte de la sociedad progresista, de izquierdas, a la que no le gusta la política convencional (con matices) y que, al mismo tiempo, le gusta ver a sus representantes políticos en la centralidad, les gusta ganar (obvio). Creen en la diversidad y son claramente favorables a la normalización del euskera, a las políticas feministas o a la transición ecológica. La imagen que lleva años trabajando la coalición se dirige a esos segmentos. Y lo hace de forma suave, sin invadir ni agredir comunicativamente. La importancia de esta conexión es enorme, porque EH Bildu es, cada vez más, como marca, un espejo donde a mucha gente le gusta mirarse. La alianza entre clases populares y ciertos segmentos de clases medias que deben sostener el cambio político necesita, en todo caso, de un engrase mayor. Al mismo tiempo, genera rechazo por los mismos motivos por los que genera simpatías, y no solo por los que se suelen mencionar en muchos anacrónicos análisis.

La fortaleza organizativa es histórica, aunque en la actualidad es un factor diferenciador más por carencias ajenas que por méritos propios. Con todo, EH Bildu es capaz de aunar en pueblos y barrios un considerable número de personas, militantes y simpatizantes, que trabajan en instituciones locales, en movimientos sociales, en instituciones culturales, económicas o comunicativas. Esta fuerza, aunque menguada por diversas causas estructurales e internas, es clave para entender todas las fortalezas anteriores. EH Bildu nos enseña que, después de todo, la organización sigue siendo la variable fundamental de todo proyecto político.

¿Cómo se relaciona todo esto con lo que está ocurriendo hoy en la política vasca? Para empezar, constatamos que el sistema de partidos vasco ha cambiado sustancialmente. Ha cambiado, y hay que dejarlo claro, porque ha entrado Bildu (y luego Podemos), pero, sobre todo, porque gran parte de la sociedad ha querido que entrara Bildu. No es EH Bildu quien trae el famoso “cambio de ciclo”, sino que EH Bildu es la prueba viva de ese cambio de ciclo, cuyo inicio es temporalmente anterior a la creación de la propia coalición. EH Bildu es un espacio para un tiempo. Y es, como fenómeno político, una combinación: por un lado, es la consecuencia de un cambio, y por otro es aspirante a generar nuevos cambios. Este diálogo es lo que explica su existencia, sus avances y sus retrocesos.

No es EH Bildu quien trae el famoso “cambio de ciclo”, sino que EH Bildu es la prueba viva de ese cambio de ciclo

Durante décadas, el sistema de partidos estuvo polarizado, con un PNV ocupando el centro al estilo de la Democracia Cristiana italiana. A la Izquierda Abertzale le tocaba el papel del PCI: era capaz incluso de ganar elecciones, pero nunca de gobernar. Con EH Bildu, la cosa cambia. O puede cambiar, para ser más precisos. Ahora, el eje de la política vasca es “continuidad o cambio”. El PNV es el partido político con mayor inteligencia posicional que existe, quizá, en el mundo conocido. Es, además, un gran intérprete del pulso social. El PNV es pragmático, es capaz y tiene grandes figuras políticas. Por lo tanto, EH Bildu está obligada, si quiere disputarle las alianzas y el poder institucional al PNV, a ser extremadamente competitiva. Solo un desgaste del modelo de gestión (que empezamos a ver) combinado con una sólida alternativa política (que también empezamos a ver) posibilitará la victoria del cambio frente al continuismo. La partida está abierta y para nada resuelta.

Nos quedan las estrategias políticas. Las decisiones que EH Bildu tomará e influirán, puede que decisivamente, en el conjunto del sistema político. Habrá que dejarlas para analizarlas en otra ocasión. Tarkovski prometió que, si la secuencia continuaba, aumentaría el interés, y que si continuaba más produciría una nueva intensidad y calidad. ¿Ocurrirá? No está escrito que, mientras la primavera del 2011 se apaga en el mundo, pueda continuar viva en nuestro país. Si tiempo y espacio se relacionarán de forma que se acelere o desacelere la velocidad de los cambios. Lo que podemos saber de lo poco que podemos saber es que el cambio político necesita continuidad. ¿No es una paradoja estimulante?

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Ion Ansa Mendizabal es experto en comunicación, análisis político y consultoría.

Escribió Andréi Tarkovski, cineasta soviético y escultor en el tiempo: “Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad”. Hablaba, cómo no, de cine, pero la...

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Ion Ansa Mendizabal

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3 comentario(s)

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  1. txominb62

    Un buen ejercicio didáctico.

    Hace 1 año

  2. Enrique

    Artículo excesivamente laudatorio. Parace más propaganda que análisis.

    Hace 1 año

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