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Campaña electoral

La memecracia y otros virus. Una explicación del 23-J

Silvia Intxaurrondo y Zapatero, más cómodo que nunca y que nadie, fueron una especie de “basta ya” que hizo removerse a no pocos ciudadanos. Pero el remate simbólico fue algo más inesperado aún: 'Perro Sanxe'

Miguel Pasquau Liaño 26/07/2023

<p>Pedro Sánchez, en el mitin de fin de campaña del PSOE, junto a su mujer, Begoña Gómez, que lleva una chapa que dice 'Perra Sanxe'. / <strong>Eva Ercolaense (PSOE)</strong></p>

Pedro Sánchez, en el mitin de fin de campaña del PSOE, junto a su mujer, Begoña Gómez, que lleva una chapa que dice 'Perra Sanxe'. / Eva Ercolaense (PSOE)

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Hubo un momento, a finales de marzo de 2020, en que quedaron trazadas las líneas estratégicas de la oposición en esta pasada legislatura. Lo recordarán. Sánchez había declarado el Estado de alarma, que fue convalidado por el Congreso de manera abrumadora (PP y Vox incluidos). Nadie, por cierto, objetó nada sobre la constitucionalidad de la medida que luego un TC dividido declaró inconstitucional a instancias de un partido que la apremió y apoyó. En el acta de sesiones queda reflejado incluso cómo Vox se ponía a disposición del presidente Sánchez para la gestión de la pandemia invocando la necesidad de unidad, y cómo se aludía a que Vox venía pidiendo el Estado de alarma desde fechas anteriores. El PP de Casado también apoyó la medida por responsabilidad. Las pocas abstenciones estuvieron motivadas por algún problema competencial entre Estado y Comunidades. El protagonista, aquellos días, era el virus.

Pasaron los primeros días de pandemia, y algo cambió. Sánchez abundó en su visibilidad como autoridad al frente de la “guerra” contra la pandemia, y la oposición se dio cuenta de que la ocasión podría acabar convirtiéndolo en un líder político “nacional”: la autoridad en tiempos de crisis aglutina, y eso lo sabe bien la derecha. Y a partir del octavo o décimo día del confinamiento, comenzó la bronca. 

No cuesta imaginar que hubo preocupación, incluso vértigo, por el protagonismo que estaba adquiriendo Sánchez, y por cómo éste podría aprovecharlo políticamente; tampoco cuesta imaginar que en un apresurado think-thank de una semana, se trazaron (no sé dónde, pero juraría que no sólo en sedes de partidos) estrategias para neutralizarlo, disipar el ambiente de unanimidad social e introducir deliberadamente la confrontación política en la vivencia cotidiana de la pandemia. Llegaron las críticas por el retraso en la declaración del Estado de alarma para preservar el 8M, aparecieron fotos de ataúdes, se derramaron los memes sobre el afónico doctor Simón (era imprescindible presentarlo como un muñeco gubernamental para que los golpes dolieran al Gobierno) y, pese a que las medidas adoptadas estaban cabalmente alineadas con las de casi todos los gobiernos (exceptuemos, por su notoriedad, Gran Bretaña, Brasil y Estados Unidos), cada español se convertía en científico y epidemiólogo con recetas variopintas. 

El escenario quedó planteado de un modo claro: un enfrentamiento basado no ya en aspectos de gestión y políticas, sino en términos de legitimidad

Pero todo eso era preparatorio de lo que había de llegar: el relato del golpe de Estado del gobierno socialcomunista para acaparar poder, importar las políticas chavistas y suprimir el funcionamiento normal de las instituciones, llamando a los españoles a rebelarse, por urgencia democrática, contra el “secuestro domiciliario” y de la misma democracia. De los aplausos al personal sanitario a las ocho de la tarde (alguien la bautizó con expresión afortunada, “la hora de gracias”), se pasó a las caceroladas contra el Gobierno.

Con diferentes contenidos, modulados en función de cómo evolucionaron los acontecimientos, se persistió en la estrategia trazada, que en definitiva perseguía instalar la percepción de que el Gobierno era legal pero ilegítimo, y además torpe. Y de esa percha se colgó todo lo que admitiera. Incluso la palabra asesino. El virus mismo debió quedar sorprendido: ¿quién es este Sánchez del que todo el mundo habla?

No voy a prolongar esa línea, ustedes la conocen y la pueden recordar bien, y valorarla a su manera. Lo cierto es que el escenario quedó planteado de un modo claro: un enfrentamiento basado no ya en aspectos de gestión y políticas, sino en términos de legitimidad. Y ya se sabe que frente a un Gobierno ilegítimo, todo está permitido. Incluso invocaciones al Rey y al Ejército. También el gobierno de Hitler fue legal, llegó a argumentarse. Primero lo dijeron los más audaces y estrafalarios, pero pronto otros cabalgaron sobre esa alfombra.

No fueron tanto las declaraciones de los políticos en el Congreso, como una pertinaz lluvia caída de programas de televisión, prensa y mensajes preparados para circular con eficacia por las redes sociales. El caso es que una parte de la ciudadanía, no sé si mayoritaria, pero desde luego sí sonora, acabó convencida de la urgencia de acabar con un Gobierno que amenazaba la democracia y la Constitución. Cualquiera se atrevía a poner reparos y relativizar el asunto: enseguida te adjudicaban la etiqueta de colaboracionista y de buscar un cargo. Nos aproximábamos a un escenario de “legítima defensa” de la Constitución, que es lo que se invoca siempre desde el involucionismo.

Verán, no tengo duda de que lo que se pretendía no era una involución o un atajo constitucional: en realidad lo que se buscaba era, bajo la petición de dimisión y disolución de las Cortes (tan claramente improsperable, dada la estabilidad del Gobierno), neutralizar el “bonus” político que la crisis de la pandemia podría ofrecer a Sánchez, y poner ya a España en modo campaña electoral, porque si no se alimentaba la sensación de precipicio, igual la gente se acostumbraba a que le gobernase cuatro u ocho años la izquierda. Fue así cómo nació el antisanchismo, con la inestimable ayuda de algunos veteranos socialistas que habían perdido voz en su partido, no salieron en la foto porque se habían movido, y distinguieron entre socialismo y sanchismo. Quizás el propio tacticismo compulsivo de Sánchez contribuyó también a ello, pero eso da para otro artículo.

Los ciudadanos, conscientes o no, hemos comido mucha basura mediática en esta legislatura, y de lo que se come se cría

La calidad del debate político ha caído en esta legislatura por debajo del barro. ¿Sí o no? Quizás sea un fenómeno universal, pero aquí hay notas específicas. Seguramente aquí fue a iniciativa de la oposición (y sus acompañamientos mediáticos), espoleada por el sincomplejismo de Vox; pero desde el Gobierno y las fuerzas que lo apoyaban no se contestó con altura: se aceptó el terreno de juego y los goles recíprocos batían records de zafiedad. Desde el Gobierno se perdió la oportunidad de liderar comportamientos ejemplares en la comunicación pública, que muchos habríamos agradecido. El caso es que los ciudadanos, conscientes o no, hemos comido mucha basura mediática (por no poner otra palabra más grosera) en esta legislatura, y de lo que se come se cría. Hemos avanzando un buen tramo estos años hacia la ciudadanía-basura. No, quizás, individualmente, pero sí cuando hablamos de política. No hay más que repasar los grupos de whatsapp de amigos en los que asoma la política por el reenvío de un meme, un mensaje con muchas admiraciones que empieza con el “no lo verás en los medios”, o un bulo. ¿No ha formado parte esto de nuestra vida cotidiana, más que nunca, estos años?

En esos términos estaba planteada la batalla electoral que habría de comenzar con las municipales y concluir con las generales. Estas armas fueron las que se afilaron. En ese terreno de juego estaba atrapado el país. El Gobierno quería convencerse a sí mismo de que determinadas medidas inequívocamente presentables (subida del salario mínimo, ERTEs, protección de inquilinos, reforma laboral, transición energética, vacunación masiva, escudo social, etc.) serían suficientes para que muchos ciudadanos, pensando en sus intereses, acabasen apoyándolo. Pero enfrente se conjuraron para cubrirlas con una manta tejida con otros materiales de más fácil consumo: indultos, sedición, violadores en la calle, bilduetarras, libre disponibilidad de género, ayudas a inmigrantes cuyo apellido empieza por “Abd”, pucherazos varios y sanchismo. Sin duda, una perspectiva que circulaba de manera mucho más rápida y refulgente por redes sociales. Sobre todo si venía acompañada con memes.

Algo se torció, sin embargo, la última semana, justo cuando Moisés parecía estar ya llegando a la tierra prometida. Las encuestas probablemente tenían, entonces, un sustrato real. El cara a cara Feijóo/Sánchez, rotundamente ganado por Feijóo (o perdido por Sánchez), creó un ambiente de oleada popular que algunos ya hemos vivido en otras ocasiones. Yo llegué a creer en los casi 160 escaños del PP. Pero, ¿cómo iban a prever las encuestas lo que ocurrió después? 

Silvia Intxaurrondo (“no, mis datos son correctos”) y Zapatero, tan apreciado por los votantes del PSOE como por los de Sumar, más cómodo que nunca y que nadie, más feliz que el gruñón González, fueron una especie de “basta ya” que hizo removerse a no pocos ciudadanos que se limitaban a protegerse del alud de “guerras culturales” en las que no querían entrar por pereza, y de lemas que no dejaban crecer la hierba. Pero el remate simbólico, según me han dicho, lo que acabó por desmentir a la demoscopia, fue algo más inesperado aún: Perro Sanxe. No Pedro, Perro. Alguien debió tener, casi a última hora, la idea de darle la vuelta a esa campaña faltona y convertirla en gasolina electoral para Sánchez. Imagino que el fenómeno del “contra-meme”, o el “meme bumerán” político se estudiará en Ciencias de la Información (o, me temo, en Marketing): el humor cambió de bando y se hizo alegre.

Put the blame on Intxaurrondo, Zapatero y Perro Sanxe. El caso es que funcionó y provocó una contra-oleada, discreta pero eficaz. Sumar encontró entonces algún hueco para colocar cuatro o cinco propuestas y empatar con Vox. Y al final no fue Txapote quien votó, sino unos cuantos más de los que se habían previsto.

Ojalá sea verdad lo que dice un amigo: que los escarmientos hacen rectificar.

Hubo un momento, a finales de marzo de 2020, en que quedaron trazadas las líneas estratégicas de la oposición en esta pasada legislatura. Lo recordarán. Sánchez había declarado el Estado de alarma, que fue convalidado por el Congreso de manera abrumadora (PP y Vox incluidos). Nadie, por cierto, objetó nada sobre...

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Autor >

Miguel Pasquau Liaño

(Úbeda, 1959) Es magistrado, profesor de Derecho y novelista. Jurista de oficio y escritor por afición, ha firmado más de un centenar de artículos de prensa y es autor del blog "Es peligroso asomarse". http://www.migueldeesponera.blogspot.com/

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3 comentario(s)

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  1. francisco-munoz-gutierrez

    ¿Es esto una broma siniestra o un síntoma? ¿Puede un juez ser progresista? Yo entiendo que no; que es una contradicción en sus propios términos. Sin embargo, en la España de los misticismos del “gran centro emancipatorio” se mezclan derechas e izquierdas en una especie de conjuro de bola mágica en la que algunos ven en el «buen verdugo» al misericordioso libertador. Cada día que pasa después de las elecciones del 23J la opinolandia española sufre de un extraño trastorno de personalidad múltiple ya descrito en el siglo XIX por Louis Stevenson en su famosa novela sobre «El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hide». Un trastorno que parece devenir por emulsión a fuego lento de esa otra novela epistolar de 1818 en la que Mary Shelley nos describía a «Frankenstein o el moderno Prometeo». Los dos líderes de nuestras derechas imperiales no sabrán inglés, pero sucumben como mendrugos a las fantasías de la literatura inglesa, y hasta se declaran salvapatrias con tal potingue es sus neuronas. Y ahora el juez más progresista de todos los progresistas de Andalucía, que lo nombró el PSOE por mandato parlamentario, nos trae aquí su verdad alternativa envuelta en un relato novelado en la ambigüedad de los pares y nones. No es un análisis, es un relato de «circunstancias» con apariencia de «hechos» con mochila interpretativa. Como siempre, el arte del relato no está en lo que dice, sino en lo que oculta bajo la alfombra, y «debajo del barro». Cierto que hemos comido mucha basura mediática, tanta que durante estos años hemos avanzado hacia las instituciones–basura, con una justicia bloqueada en las alturas con el CGPJ y a nivel de calle con las huelgas salvajes claramente dirigidas contra el gobierno, justo en año electoral. De esto no hubo memes, pero si muchas lágrimas desesperadas. Así, mientras la familia Jeckyll (Feijóo, Abascal y descendencia) esnifaban la «reconquista de los cielos», Frankenstein revivía con tanta descarga eléctrica hasta el punto de “engordar” unos quilitos. Si. Frankenstein somos todos, no solo Intxaurrondo y Zapatero, somos todos los que no hemos votado a los esquizofrénicos de la familia Jeckyll. Es hora ya de que en España recobremos la salud mental desterrando el engaño y restableciendo la verdad, la honestidad y la realidad. ¡¡¡Frankenstein, si puede!!!

    Hace 10 meses 19 días

  2. corduba79

    https://www.diariocordoba.com/cultura/2023/07/27/mente-cordobesa-detras-meme-perro-sanxe-90373428.html

    Hace 10 meses 20 días

  3. agustin-ruiz-martin

    Ten cuidado con el perro su intención ha sido clara desde que llegó ten cuidado con el perro está a punto de saltar a morder BARRICADA

    Hace 10 meses 21 días

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