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JULIO PACHECO Y ROSA GARCÍA ALCÓN / QUERELLANTES POR CRÍMENES DEL FRANQUISMO

“La admisión a trámite de la demanda demuestra que sí se pueden juzgar los crímenes del franquismo”

Ritama Muñoz-Rojas 15/07/2023

<p>Julio Pacheco y Rosa García Alcón. <strong>/ Fotografía cedida por los entrevistados</strong></p>

Julio Pacheco y Rosa García Alcón. / Fotografía cedida por los entrevistados

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Son cerca de cien las querellas que, desde 2017, han ido presentando las víctimas del franquismo por torturas, que son crímenes de lesa humanidad, contra miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado durante la dictadura. Lo insólito es que tan solo una de esas cien demandas había logrado llegar a ser admitida a trámite. Esto ocurría el pasado mes de mayo. Por fin, las víctimas del franquismo, agrupadas en torno al apoyo que les viene dando la Coordinadora Estatal de Apoyo a la Querella Argentina contra Crímenes del Franquismo (CEAQUA), veían luz; por fin, la posibilidad de sentar en el banquillo a los policías o militares que, amparados por la dictadura y sus dirigentes, torturaron y mataron a los opositores. Por fin una alegría que, lamentablemente, ha durado menos de dos meses.

La querella de Julio Pacheco, detenido junto a su pareja, Rosa García Alcón, en agosto de 1975, había logrado pasar los filtros para ser admitida a trámite. Primer paso, toma de declaración a los dos para comenzar la fase de instrucción. Primer paso abortado el pasado 14 de julio, porque la judicatura ha decidido que se lo tiene que pensar mejor. Es la traducción de las excusas que han dado los jueces para suspender el inicio del proceso. “Es una falta de respeto, es una crueldad la forma en que nos tratan; es una rabia la que se siente y una impotencia. Estamos acostumbrados, pero no deja de ser muy, muy doloroso. Pero seguiremos, claro que seguiremos. Es el problema que tienen ellos, que nosotros somos muy resistentes”, comentaba Rosa, que además es ahora presidenta de La Comuna de Presxs del Franquismo, a CTXT al conocer la suspensión del proceso.

En esta entrevista con Julio Pacheco y Rosa García Alcón, ambos militantes en 1975 de la Federación Universitaria Democrática de España, cercana al FRAP, nos hablan de su detención y su llegada a la Dirección General de Seguridad de Madrid en pleno apogeo de los célebres torturadores de la policía franquista, como Billy el Niño, alias del comisario Antonio González Pacheco; o como Roberto Conesa, que también había sido colaborador de la Gestapo nazi y del dictador Leónidas Trujillo; hemos sabido ahora que andaba por ahí también un comisario famoso por sus prácticas corruptas, sucias y delictivas como investigador y espía, acusado y condenado por cohecho, organización criminal y blanqueo de capitales. Lo que hasta ahora no se sabía tanto es que a la lista de méritos del excomisario José Manuel Villarejo hay que añadir la de torturador durante el franquismo.

Él es uno de los tres expolicías a los que Julio Pacheco estaba a punto de sentar en el banquillo cuando, en un inesperado viraje de última hora, la judicatura ha decidido pensárselo mejor y suspender el avance del proceso porque se trata de una cuestión “que tiene muchas aristas”. Tal cual.

La entrevista se realizó a principios de junio, cuando las noticias eran buenas porque por fin se abría la vía judicial para amparar a las víctimas del franquismo.

¿Bajo qué criterios se han ido desestimando, desde 2017, las querellas contra los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado durante la dictadura por crímenes de lesa humanidad, por torturas?

Julio: En la mayoría por no considerarlo como delito de lesa humanidad, y por tanto, las querellas habrían prescrito; en otros casos sí que las han considerado como delito de lesa humanidad, pero es que en España, hasta 2004, no aparece en el Código Penal ese delito y, por tanto, las demandas anteriores a esa fecha prescriben por el principio de irretroactividad de la ley. En algunos casos también han hecho caso a la Ley de Amnistía. Fabián Salvioli, relator especial de las Naciones Unidas para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, siempre ha dicho que hay suficiente legislación para hacer frente a estos crímenes del franquismo. Y eso es lo que ha hecho esta jueza, tirar de legislación que ya existe.

¿Por qué sí ha prosperado esta querella?

J.: Porque se ciñe a la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Es un paso muy importante, porque nunca había ocurrido esto, y se demuestra que todos los argumentos que nos habían dado para decir que no se podían juzgar los crímenes del franquismo son falsos, porque sí que hay posibilidades; lo que pasa es que no hay voluntad política, y ése es el problema. Ahora, a ver qué dice la Fiscalía, que se tiene que pronunciar. Todo es un proceso que está en su primera fase, pero es un paso importante porque nunca se había dado. Sí que se habían admitido algunas querellas por jueces que eran suplentes, pero cuando llegó el titular, las retiró.

¿Podría tener algún papel en este proceso la Ley de Memoria Democrática?

Rosa y Julio: Esa es la idea, claro que sí. Según la Ley de Memoria Democrática, el fiscal tiene varios atributos y uno de ellos es investigar los crímenes del franquismo, y ahí, por supuesto, está la tortura. Sería muy fuerte que, con esa ley en la mano, el fiscal se opusiera. Pero cosas fuertes ya hemos visto, como, por ejemplo, que el Senado se haya negado a introducir el principio de legalidad internacional en el Código Penal; y también se había negado antes el Congreso de los Diputados con los votos del PSOE, del PP y de Vox; era una propuesta de EH Bildu.

Me encañonaron, me esposaron, me bajaron, me metieron en un coche y me llevaron a la DGS

Julio, ¿por qué le detuvieron?

J.: Porque pertenecía a la FUDE (Federación Universitaria Democrática de España), que dependía del FRAP; me detuvieron el 24 de agosto de 1975 en mi casa, sabían dónde vivía y me fueron a buscar. A las once de la noche llamaron a la puerta y ahí estaban. Me encañonaron, me esposaron, me bajaron, me metieron en un coche y me llevaron a la DGS (Dirección General de Seguridad), en la Puerta del Sol. Sin mediar palabra, sin preguntarme nada, me pusieron la pistola en la cara y no preguntaron nada. Se ve que llevaban días vigilando la casa.

Y le llevaron a la Puerta del Sol.

J.: Sí, y allí me tuvieron siete días bajo torturas, amenazas de muerte… Vamos, lo habitual en aquella época.

Siete días detenido bajo torturas; eso es una detención ilegal.

J.: Claro, sí; nos aplicaban la ley antiterrorista, pero mal. No consta que estuviese detenido hasta el día 28 de agosto; es decir, estuve tres días en los despachos secuestrado. Ellos te lo decían, “estás en nuestras manos, no consta en ningún sitio que estás detenido”. Al cuarto día me bajaron al calabozo, me hicieron la ficha, las fotos, las huellas.

¿Cuándo fue la primera vez que le asistió un abogado?

J.: En la cárcel. Después de los cuatro días de aislamiento que pasé en una celda de castigo. Luego pasé a la sexta galería reformatorio de Carabanchel, que es donde estábamos todos los acusados de terrorismo. Al cabo de una semana ya llegó un abogado.

¿Cuál era su función en el FRAP?

J.: Yo era secretario político de Madrid de la FUDE. Mi detención fue después del atentado contra el teniente de la guardia civil, Antonio Pose. Después de eso se pusieron muy duros; en la sexta galería de Carabanchel éramos casi setenta personas, todas acusadas por terrorismo.

Y al cabo de mucho tiempo cae en la cuenta de que uno de sus torturadores era Villarejo.

J.: Sí. Cuando empezó todo el tema de las cloacas y aparecía su imagen en los medios, nos dimos cuenta de que Villarejo se parecía mucho a uno al que llamábamos El Alemán, porque tenía la cara cuadrada, muy roja, con muy poco pelo, y que era uno de los que nos torturaba, de los que nos pegaba; y como su imagen no paraba de salir, dijimos: “Pero bueno, si éste es El Alemán”.

Nos dimos cuenta de que Villarejo se parecía mucho a uno al que llamábamos El Alemán

R.: Además, Pablo Alcántara, un joven historiador que escribió su tesis doctoral sobre la policía secreta de Franco, informa de que Villarejo había sido de la [brigada] ‘político social’, y que además recibió una compensación de 25.000 pesetas de entonces por las detenciones del verano del 75 de miembros del FRAP, junto a Conesa; o sea, todo cuadraba. Pero fue cuando empezó a salir su foto en los medios cuando nos dimos cuenta de que él era nuestro torturador. Con la investigación de Alcántara, además de otros documentos, nos querellamos contra Villarejo y tres policías más.

¿Villarejo era de los que pegaba o solo preguntaba?

J.: Él era torturador, era uno de los que pegaba; había otros que solo preguntaban, pero Villarejo era de los que pegaba. A mí él nunca me preguntó nada, pero en las ruedas era de los que nos pegaba.

¿Cuándo le detienen a usted, Rosa?

R.: A mí me detienen el mismo día que a él. Yo había ido a verle, ya éramos pareja, y cuando iba por la calle para coger el autobús de vuelta a casa de mis padres, sentí que corrían detrás de mí. Me pararon dos chicos jóvenes, de mi edad, yo tenía 18 años. Me pidieron la identificación, y yo pensé que me estaban tomando el pelo, que estaban de broma, pero no lo estaban porque dijeron “sí, sí, es ella”. Me metieron en el coche. Ellos lo que no querían era detenerme en casa, para que no hubiera testigos, y así te podían tener, como nos tuvieron, varios días en la DGS sin registrar. Es decir, no constaba que tú estabas ahí detenida, era un secuestro. No nos registraron en la DGS hasta el tercer día, lo cual era ilegal, claro.

Vamos, que les detienen el mismo día y coinciden en la DGS.

R.: A Julio le detuvieron en su casa. Pasamos siete días los dos en la Puerta del Sol, cada uno en un despacho y en calabozos. Y siempre estuvimos con las esposas puestas; Julio por detrás y yo por delante.

J.: Estábamos a la vez, pero no nos veíamos, salvo cuando me enseñaron a Rosa mientras la torturaban para presionarme.

Julio Pacheco y Rosa García Alcón. / Cedidas por los entrevistados

Cuando hablan de los despachos, se refieren al cuarto de las torturas, ¿no?

R.: Sí, había distintos despachos. A mí me habían sacado a la calle, me sacaron dos veces, y cuando volvía de una de esas vueltas vi a Julio, pero no me dejaron decirle nada; le vi rodeado de policías, esposado con las manos detrás, sin zapatos y sin cinturón.

Explíquenos qué era eso de sacarle de la DGS para dar una vuelta.

R.: Eso era para amedrentar, para meter miedo. Una de las veces iba en el coche Billy el Niño y tres policías más, y me iban amenazando: que si me iban a llevar a la Casa de Campo, amenazaban con violarme, con dejarme por ahí tirada, que mis padres no iban a saber nunca dónde estaba y esas cosas. Ellos sabían que eso se había hecho en España, todos lo sabíamos. A mí lo que más me preocupaba eran mis padres y mis hermanos, que no supieran dónde estaba. Y ellos fueron los que más sufrieron, porque los pobres estuvieron siete días sin saber nada de mí, buscándome. Iban a los hospitales, fueron a la DGS y les dijeron que yo allí no estaba, ésa era otra forma de torturarte.

A mí me recibió Billy el niño, y luego me acompañó en las vueltas estas por Madrid. A mí me torturó él; te ponía la pistola en la cabeza, ése era su método, era muy histriónico, mucho.

Fueron miles y miles de personas las que pasaron por ahí, miles y miles de personas torturadas. Nosotros podemos contarlo, otros no.

Amenazaban con violarme, con dejarme por ahí tirada, que mis padres no iban a saber nunca dónde estaba

¿Cuánto tiempo estuvieron en la cárcel?

R.: Los dos estuvimos los mismos días, entramos el 1 de septiembre y salimos el 3 de diciembre del 75. Estábamos en el mismo proceso; a él le acusaban de terrorismo y a mí de colaboración con el terrorismo. Primero nos procesó la jurisdicción militar, y trajeron al juez militar a la DGS de la Puerta del Sol, no fuimos nosotros al juzgado. En el despacho en que está Isabel Díaz Ayuso, allí estaba el juez militar, tomándonos declaración; a él le pedían 30 años de prisión, y a mí, 20. Al poco tiempo se murió Franco y eso fue nuestra salvación, porque salió el primer indulto.

Éramos todas jóvenes o muy jóvenes; del FRAP llegamos a ser más de treinta, estábamos organizadas en una comuna.

¿Qué eran las comunas de la cárcel?

R.: Era una forma de solidaridad; la comuna era un grupo en el que se compartía todo lo que tenías. Hay que tener en cuenta que algunas teníamos cerca a la familia, que nos podía atender, pero había gente que no. Entonces, de lo que se trataba era de suplir esa falta; y las madres, como lo sabían, mandaban comida para un regimiento. También nos ayudaban con el dinero; en la cárcel no se usaba dinero, se usaban unos vales que se llamaban condumio, así que eso también se compartía, porque tenías que comprar cosas como champú, compresas, cosas necesarias que tenías que pagar, porque ahí solo te daban el rancho y agua. Lo normal es que en una comuna estuvieran personas del mismo grupo político. Y tampoco les gustaba mucho que nos juntáramos con las comunes, porque nosotras estábamos acostumbradas a reclamar, a protestar, y no les interesaba que las “contagiáramos”.

Otra cosa que hacíamos eran escritos; cuando entraba una presa y notábamos que llevaba más días de la cuenta en una celda de aislamiento, escribíamos al director de la cárcel.

Y vivió en Yeserías los asesinatos del 27 de septiembre del 75 y la muerte de Franco.

R.: Pasé el 27 de septiembre en la cárcel, con la mujer de Sánchez Bravo, Silvia Carretero, y estaba la compañera de José Humberto Baena. A Silvia le permitieron ir a pasar la noche a Carabanchel, porque estaban casados, pero a Maruxa no. La noche fue muy dura, muy dura. Pero es verdad que éramos jóvenes y tratábamos de divertirnos en la medida de lo posible. Cuando murió Franco hicimos una fiesta. Teníamos derecho a un vaso de vino o cerveza al día; lo cogimos todo, nos lo llevamos a las habitaciones y estuvimos de juerga hasta las tantas. Vinieron varias a llamarnos la atención, pero no hubo manera. Fue muy bonito, pero es que había momentos bonitos, hacíamos muchas cosas. Hacíamos manualidades y se lo pasábamos a las madres para que las vendieran y sacar algo de dinero, estudiábamos, leíamos y hasta hacíamos bromas en el patio; por ejemplo, imitábamos los saltos de las manifestaciones, y unas hacían de policía y otras de manifestantes e íbamos por el patio gritando “¡libertad, libertad!”. En una de esas nos apuntó el de la garita y nos dijo que nos metiéramos más para dentro. Y una le dice: “¡Cómo que más para dentro, pero si ya estamos dentro!”. Es que es verdad, estábamos en la cárcel, así que podíamos hablar lo que quisiéramos de política, con tranquilidad, porque ya estábamos dentro.

Julio, ¿ustedes celebraron el 20N del 75 en Carabanchel?

J.: No, el régimen de la sexta galería era muy cerrado, porque nos consideraban terroristas. Se llamaba Sexta Reformatorio. Los de los PCE y los partidos estaban en la tercera [galería]. Nosotros estábamos en celdas individuales; pasábamos la mayoría del tiempo encerrados en las celdas. Podíamos salir una hora al día al patio nada más. Era un régimen completamente distinto, de aislamiento. Nos enteramos de la muerte de Franco, pero era imposible celebrarlo, porque estábamos en celdas separadas. Recuerdo que uno muy optimista ese día iba diciendo “¡ya estamos en la calle!”, pero no, allí no se pudo celebrar nada, estábamos bajo un régimen muy duro.

R.: Cuando salimos, nuestros padres tuvieron que pagar 60.000 pesetas, nos tuvimos que ir a vivir fuera de Madrid, porque estábamos fichados, porque teníamos un juicio pendiente y estábamos siempre en peligro de que nos detuvieran.

¿Incluso muerto Franco?

R. : Que se hubiera muerto Franco no significó absolutamente nada. Siguió durante muchos años la misma línea, o peor, incluso. Seguíamos perseguidos.

Son cerca de cien las querellas que, desde 2017, han ido presentando las víctimas del franquismo por torturas, que son crímenes de lesa humanidad, contra miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado durante la dictadura. Lo insólito es que tan solo una de esas cien demandas había logrado llegar a ser...

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Autora >

Ritama Muñoz-Rojas

Periodista y licenciada en Derecho. Autora de 'Poco a poco os hablaré de todo. Historia del exilio en Nueva York de la familia De los Ríos Giner, Urruti'.

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