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tribuna

¿Por qué toman las calles las derechas?

Hoy Vox es un escollo para que gobierne la derecha en España. Lo que se juega en las movilizaciones es la reconstrucción de la hegemonía del PP para desplazar a la extrema derecha y obtener así mayorías absolutas

Pablo Carmona / Nuria Alabao 16/11/2023

<p>Protestas en las inmediaciones de la calle Ferraz en noviembre de 2023. / <strong>Wikipedia</strong></p>

Protestas en las inmediaciones de la calle Ferraz en noviembre de 2023. / Wikipedia

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Por ahora han sido trece días de concentraciones frente a la sede del Partido Socialista en Madrid donde la creatividad de los movilizados ha desarrollado lemas como “menos policía, más inquisición” o “Torquemada, era un camarada”. La derecha toma la calle produciendo imágenes que oscilan entre los frikis de Qanon que tomaron el Capitolio de Washington y el castizo patrio: banderas franquistas o con el águila bicéfala de los Austrias –que curiosamente comparten con los independentistas más ultras–, rezos de rodillas por la grandeza España, muñecas hinchables e incluso conatos de barricadas. Se han creado también nuevas modas entre las huestes cayetanas: el encapuchado sin capucha, esto es, alguien que quiere cubrirse la cara mientras trata de preservar su cuidadoso peinado, flequillo o tupé. La policía, algo confusa, se ha debatido entre repeler las escaramuzas cargando como acostumbran o pedirles amablemente que dejen de tirar piedras –ha pasado–. 

Anécdotas aparte, estamos ante la mayor algarada de los últimos tiempos protagonizada por las derechas. Unos hablan de un 15M impulsado por gentes que prefieren dormir en sus camas, otros de una revuelta neonazi que pone en jaque la democracia. Pero ni una cosa ni la otra. Aquí ensayamos una tentativa de explicación: ¿quiénes se están movilizando, y qué se juega la derecha mediática y parlamentaria en las revueltas?

Por el momento, la punta de lanza de estas movilizaciones son concentraciones de entre 2.000 y 8.000 personas centradas en la sede del Partido Socialista en Madrid

Es cierto que las movilizaciones y los disturbios de los últimos días pueden enlazar con cierta tradición del insurreccionalismo liberal conservador del siglo XIX, también con los famosos pronunciamientos militares que les acompañaron, e incluso con la tradición golpista que acompañó a la historia de España durante el siglo XX. Pero faltan demasiadas cosas: no hay notas en el Parlamento que exijan su disolución con batallones de la Guardia Civil en la puerta –como sucedió en la Primera República–, tampoco una insurrección masiva, disturbios o desórdenes generalizados que pongan en jaque el sistema. Por el momento, la punta de lanza de estas movilizaciones son concentraciones de entre 2.000 y 8.000 personas que, hasta ahora, se centran en la sede del Partido Socialista en Madrid, aunque también han convocado en el Congreso durante la investidura, por ejemplo, los jóvenes de Vox cuya organización Revuelta parece creada ad hoc para este tipo de convocatorias. 

Pero por la calle Ferraz estos días han desfilado todo tipo de tendencias. Entre ellas hay grupos de extrema derecha tradicional como Democracia Nacional –brazo en alto y bandera franquista incluidas–, los famosos cayetanos de jersey, fachaleco, camisa y con todos y cada uno de sus pelos en su sitio –fieles votantes del PP y de Vox– y también jóvenes ultraliberales, capitaneados por Rubén Gisbert y su Junta Democrática, que también han apostado por redirigir la desobediencia hacia el Congreso. Las jóvenes huestes reaccionarias y cayetanas que tiran contenedores se han revelado como levantiscas e indisciplinadas. Además de contra el Gobierno, se han enfrentado a la policía nacional, gran sacrilegio de estas movilizaciones de la derecha; atacar a la misma policía “sacrificada” que tuvo que dormir en el barco conocido como Piolín para reprimir la consulta independentista en Cataluña. 

Si algo han logrado estas nuevas generaciones de la derecha callejera ha sido alejarse de las manifestaciones ceremoniales de la Plaza de Colón y de los cortejos multitudinarios que enfrentaron a la derecha contra las leyes progresistas de los gobiernos de Zapatero. Al menos desde aquella primera fase de ensayo neocon del PP hasta ahora, parece que las bases sociales de eso que podríamos llamar la derecha liberal-conservadora y la derecha reaccionaria han ganado en osadía y en autonomía. Pero seamos cautos. Las movilizaciones no exhiben la unidad sin más de la derecha frente al progresismo o el nacionalismo catalán. Como en toda disputa con cierto calado, hay variedad de posiciones en liza. 

Lo más importante que se está jugando en estas movilizaciones es la reconfiguración y posicionamiento de los partidos de la derecha. Recordemos de dónde venimos. En las pasadas elecciones de julio, el Partido Popular subió 47 escaños y Vox perdió 19. El PP quedaba como líder indiscutible de la derecha y vencedor de las elecciones con 136 escaños. Sin embargo, no pudo gobernar ni lo hará en este contexto y mientras su socio sea Vox, ya que nunca conseguirá el apoyo de los partidos conservadores nacionalistas que podrían darle la llave del gobierno. Ante este panorama, en el que el partido ultra pierde posiciones, parece que podría tener mayores oportunidades de reposicionarse entre el electorado de derechas cuanto más radicales y ambiciosas fueran las movilizaciones, pero la realidad no ha sido así. 

En el caso de Vox, la descripción es clara, se ha pasado de frenada. El partido ultra ha jugado a la inflación discursiva y a la producción de imágenes hiperbólicas llamando “golpe de Estado” a cada paso del gobierno, “dictador” a Pedro Sánchez, y animando verbalmente a la insurrección que ahora se está produciendo –Hazte Oír ha sacado a pasear un autobús con un montaje de Pedro Sánchez caracterizado como Hitler–. Pero ahora que esa insurrección está siendo empujada en sus formas más extremas por los neofascistas y demuestra cierta autonomía y radicalización de sus bases, han jugado la carta de calmar los ánimos y llamar a la no-violencia. Para Vox una cosa es coquetear y compartir expresiones o simbología franquista y otra muy distinta hacerse cargo de las consecuencias políticas que eso tiene. Tras quedarse a media salida, se ha intentado judicializar la cuestión o llamar a la huelga general a través de su sindicato Solidaridad, dos operaciones que han quedado en nada por el momento. Una porque el Tribunal Superior no ha admitido sus demandas y otra porque su sindicato carece de implantación. 

Por rocambolesco que suene, lo lógico para un partido con este discurso insurreccional hubiera sido salirse de la Constitución, pedir la intervención del rey en calidad de jefe de las Fuerzas Armadas y empujar la revuelta. Sin embargo, no ha sucedido así. Tanto Vox como los medios de la derecha más dura –Okdiario, Libertad Digital o La Razón– llevan los mismos días de la revuelta intentando agitar y a la vez calmar los ánimos para que las protestas no se desborden. Han participado de todo el lenguaje de época habitual contra los disturbios callejeros llamando “violentos”, “locos exaltados” e incluso “borrachos” a quienes pretendían ir más allá en las movilizaciones. Esto es, han intentado reconducir la protesta, pacificarla, subordinarla a la simple acumulación de legitimidades de sus partidos y a sus líderes. Y parece que lo han conseguido. El marco de la revuelta se sigue circunscribiendo al ámbito parlamentario de representación, por eso la convocatoria en el Congreso no ha tenido demasiado éxito.

Las consecuencias en la derecha a partir de aquí han sido claras. Con Vox en la encrucijada de necesitar estirar al máximo la agitación callejera y a la vez encauzar y calmar la protesta, quien ha despuntado ha sido de nuevo el Partido Popular. Erigido en el mejor representante posible de la derecha, apostó por una movilización masiva el domingo 12 de noviembre que fue un éxito de participación con cientos de miles de personas en las calles y que le permitió recuperar buena parte de la iniciativa callejera robada por Vox en años pasados. En la Puerta del Sol Isabel Diaz Ayuso y Alberto Nuñez Feijóo escenificaron la verdadera batalla de fondo: una batalla de Estado. De un lado, la traducción del conflicto a un problema de basculación del poder parlamentario y electoral –el PP es el que puede parar esto en las urnas–, del otro, la apertura de un frente institucional contra el gobierno desde las Comunidades Autónomas gobernadas por el PP a la cabeza y donde el Madrid de los neocon ayusistas estarían a la cabeza. 

Para la derecha, como se argumenta desde Libertad Digital, esta insurrección no pone en juego el problema de la dictadura o el golpe de Estado

Para la derecha, como se argumenta desde Libertad Digital, esta insurrección no pone en juego el problema de la dictadura o el golpe de Estado. Lo que se dirime aquí es la reconstrucción de la hegemonía popular en la derecha, y cómo conseguir la mayoría absoluta del PP necesaria para lograrlo. Y eso pasa por ensayar una nueva fase de movilización de la derecha. 

Por último cabe destacar que con estos acontecimientos no solo sale reforzado el PP. Pedro Sánchez apenas se cree la suerte que ha tenido con estas algaradas ultras y las imágenes bizarras que están produciendo que legitiman la amnistía: “Todo antes que que gobiernen estos”. Como sucede a menudo con las protestas callejeras, aunque tengan cierto grado de autonomía siempre podrán ser instrumentalizadas para imponer el relato de cada actor en liza. Paradójicamente, aunque sean contra el PSOE, este partido es el mayor beneficiario de las revueltas. Y la suma de todo, mientras cierta estabilidad económica lo permita, camina en una sola dirección: el reforzamiento del bipartidismo.

Por ahora han sido trece días de concentraciones frente a la sede del Partido Socialista en Madrid donde la creatividad de los movilizados ha desarrollado lemas como “menos policía, más inquisición” o “Torquemada, era un camarada”. La derecha toma la calle produciendo imágenes que oscilan entre los frikis de...

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Nuria Alabao

Es periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

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