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Stéphane Peterhansel: el hombre tras la arena

El piloto francés lleva doce victorias en lo que antaño fue el Dakar. Seis sobre dos ruedas, seis sobre cuatro, ganando etapas de Europa, África y América. Y anhela el desempate

Marcos Pereda 30/12/2016

<p>Hombre de arena.</p>

Hombre de arena.

FURIBUNDO

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Dice una leyenda con retinglar celta que los niños de Gales son visitados al acostarse por el hombre de arena. El hombre de arena es alto, pálido, va vestido siempre de negro, y lleva en sus manos un puñado de polvo que sopla sobre los ojos de los zagales cuando empiezan a dormirse. En esos granos van contenidos todos los sueños. Por eso, cuando nos despertamos, nos encontramos trocitos de arena reseca en las comisuras de los párpados. Nosotros pensamos que son legañas, pero en realidad estamos muy equivocados. Son cachitos de los sueños que no nos ha dado tiempo a soñar por esa noche.

Resulta sencillo pensar en Stéphane Peterhansel pinzándose la nariz recién despertado, con la inmensa luz del Sahel colándose aquí y allá, recogiéndose de sus lagrimales trocitos de arena reseca. Y sonriendo, claro. Porque forman parte de él.

Cuando Thierry Sabine se perdió en el desierto del Ténéré durante el Rally Costa de Marfil-Costa Azul, Stéphane Peterhansel tenía trece años, y era campeón de Francia de monopatín. El muchacho del Franco Condado se mostraba valiente, decidido en cada acrobacia, arriesgado para inventar nuevas figuras, para alcanzar más velocidad que nadie. Poco podía saber que ese extravío de un Sabine a quien no conocía iba a marcar su vida. Y, también, a modificar por completo sus pautas de comportamiento.

Aquel Dakar fue, dicen, el más duro de la historia, más de 12.000 kilómetros en 18 días, con muchos pasajes de navegación a ciegas

Año 1988, y Stéphane Peterhansel va vestido de azul Yamaha. Pero no importa, porque su silueta empieza a confundirse con el desierto, con las dunas. En su rostro marcado por el sol se cuelan grietas llenas de recuerdos y amaneceres. También de algunas malas decisiones. Aquel Dakar fue, dicen, el más duro de la historia, más de 12.000 kilómetros en 18 días, con muchos pasajes de navegación a ciegas. Y, sobre todo, con una serie de genios que iban a transformar la forma de entender esa competición. Fundamentalmente dos, a los que Peterhansel miraba con admiración de joven que lo tiene todo por aprender. De un lado estaba Ari Vatanen, el chiflado finlandés capaz de pilotar con una sola mano, y que quizá no era el que mejor se orientaba en mitad de la nada, pero seguro que era el que más a fondo entraba en aquel cambio de rasante que encerraba quién sabe qué misterios. No en vano había corrido en rallies con las bestias sedientas de sangre que llamaban los Grupo B. La otra pata de este equipo era Jean Todt, el tipo cerebral que después haría invencible al Ferrari de Schumacher en la F1. Aquel 1988 quien venció en el Lago Rosa fue Kankkunen, otro de la vieja guardia de los rallies, pero Peterhansel solo tenía ojos para Vatanen, Todt y su Peugeot. Su mirar, arenoso, reflejaba ilusiones. También mucha, mucha ambición.

De todas formas, el joven de Vesoul corría sobre dos ruedas en aquella época. Y lo hacía de forma completamente diferente a su perfil en la actualidad. Pregunten a cualquiera sobre Peterhansel. Destacarán de él su sangre fría, su capacidad para orientarse adecuadamente, su estrategia, su solidez en cualquier circunstancia. Pero en aquel 1988 no era así. Porque Stéphane también fue joven, y alocado, y le encantaba saltar por las dunas. Y caerse, perderse, llegar a horas de la cabeza. “Tuve que aprender a cambiar mi pilotaje. No es solo fuerza, hay que saber que con el riesgo puedes ganar únicamente unos minutos pero perder después un mundo. Es mucho más productiva la regularidad, ir siempre al límite, pero sin pasarse de él”.

Tres inviernos después pone en práctica todo lo aprendido, y vence el primero de sus Dakar. Tiene 26 años. En total ha ganado doce ediciones de la prueba, seis en motocicleta y seis en coche. Ha vencido etapas en Europa, África y América. Se ha impuesto en ediciones que salían desde París, Granada, Dakar, Clermont-Ferrand, Barcelona, Lisboa, Mar de Plata, Lima y Buenos Aires. Subió al pódium como ganador en Dakar, Ciudad del Cabo, Lima, Santiago y Rosario. Pilotó para Yamaha, Mitsubishi, Mini y Peugeot. La historia de la prueba se cuenta a partir de su palmarés. Buena parte de la geopolítica moderna también puede rastrearse en esos nombres, en esos vaivenes.

Y, para triunfar, Stéphane decidió convertirse en arena. La arena no es violenta, no es agresiva, desgasta poco a poco, de forma inclemente. Pero, a la larga, nada se le puede oponer. Así es su técnica. Precisa, certera. También pícara, con un punto de socarronería desvergonzada. Como cuando ignora deliberadamente un punto de paso oficial llevando a Arcarons a su rueda, y más tarde finge quedarse del ritmo del catalán, vuelve sobre sus rodadas, y signa. Su rival no lo hizo, con la consiguiente sanción. O cuando endereza él mismo, martillo en mano, una pieza de su moto en 1995, dañada después de caerse en mitad de un pedregal.

Pero en 1998 Peterhansel se ha cansado. Ha ganado en seis ocasiones, siempre a lomos de su Yamaha, mono azul sobre el amarillo de las dunas. Más que nadie. Y se agota. No tiene objetivos a corto plazo, no tiene motivación. Hasta que se le ocurre una. Imitar a Hubert Auriol y ganar el Dakar en motos y en coche. Sí, eso puede estar bien.

En 1998 Peterhansel se ha cansado. Ha ganado en seis ocasiones, siempre a lomos de su Yamaha, mono azul sobre el amarillo de las dunas. Más que nadie. Y se agota

El olor que desprende la tierra cuando llueve después de mucho tiempo sin hacerlo se llama petricor. Es penetrante, acre, es uno de esos aromas que tienen sabor, color, que traen recuerdos y sonidos y promesas. A veces, en las largas noches del desierto, cuando la temperatura se desploma como si huyese del infierno, Peterhansel siente el petricor, que le acompaña también cuando vuelve a Francia, arrancado casi a la fuerza de su verdadero hábitat. Lo que está ahora aparcado frente a su tienda es una bestia de cuatro ruedas y cientos de caballos. No importa, las sensaciones son las mismas. Mantener lo que se tiene, dejarse guiar por la intuición en la siguiente duna, en el próximo cruce. No confiar ciegamente en los navegadores, volver al pasado, a mapas, a sensaciones. Cuando todos podían perderse para siempre en aquella inmensidad. Cuando, de hecho, algunos lo hacían.

En el coche Peterhansel vuelve a ganar. Le cuesta unos años adaptarse. Si en motos ha conquistado seis ediciones de las diez que corrió, con las cuatro ruedas su ratio es peor. Pero, aun así, impresiona. Vence una, dos, tres veces al volante de un Montero. Siempre en África. Luego repite en Sudamérica otras dos, con un Mini. Pero anhela más, quiere la leyenda. Volver a sus sueños de juventud, a lo que tanto le impresionó la primera vez que acudió a la prueba.

“Cuando comencé a competir en el Dakar Peugeot era el equipo de moda. Me acercaba a su campamento, conversaba con los mecánicos, a veces tenía la suerte de charlar con el mismísimo Vatanen”. Lo que expresaba era diferente. Había vencido seis veces a lomos de una moto japonesa, tres con un coche alemán y otras dos con otro británico. Le tocaba, pues, al francés. Azul Peugeot, leones por el desierto. Y una gloria que quedaba cada vez más lejos. El salto de Peterhansel a Peugeot era una jugada arriesgada, era probar con una marca que veía sus mejores días muy lejos, tanto que podía contar esa distancia en décadas. Pero qué más daba. El cerebral Stéphane se dejó llevar esta vez por el corazón. Deuda de sangre, o mera mitomanía. Intentar reeditar los éxitos de aquellos a quienes admiró cuando aún era un chaval arrojado e inocente. Cerrar el círculo, de alguna forma. Tardó un año en tomarle la medida al coche. Al segundo, claro, ganó. Con sus armas de siempre, con su sabiduría, su tranquilidad en los desiertos (esta vez lagos salados, páramos a tres mil metros, pistas de piedras donde se corre más que nunca). Ya lleva doce victorias en lo que antaño fue el Dakar. Seis sobre dos ruedas, seis sobre cuatro. Y anhela el desempate.

Peterhansel sonríe, mientras el hombre de arena sopla sobre sus ojos recién dormidos. Hoy soñará. Con el desierto, claro. Y será feliz.

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Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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2 comentario(s)

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  1. Marcos Pereda

    Muchas gracias por el comentario...porque realmente no lo sabía, pensaba que Mini seguía siendo inglés...joder, y vivo a unos kilómetros de Dani Sordo, jejeje Y sí...Peterhansel es un personajazo....

    Hace 4 años 10 meses

  2. Andrés DP

    Increíble todo lo que hay por contar de Monsieur Dakar. Sería genial que escribieras un artículo sobre Vladímir Chaguin, otra leyenda del Rally. Una errata Marcos, en una parte del artículo escribes esto: "Había vencido seis veces a lomos de una moto japonesa, tres con un coche alemán y otras dos con otro británico. Le tocaba, pues, al francés". Creo que te refieres a 6 veces con una moto Japonesa (Yamaha), tres con un coche Japonés (Mitsubishi) y otras dos con un coche Alemán (Mini, a pesar de haber sido originario de la Gran Bretaña, desde hace varios años hace parte del grupo BMW, por lo cual es un coche Alemán, al igual que el equipo del Dákar). Solo eso, un saludo.

    Hace 4 años 11 meses

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