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Análisis

Rehenes en la frontera

La decisión de Trump de separar familias migrantes es un acto de burocracia. Solo que esta vez llevada hasta las últimas consecuencias: la deshumanización y criminalización de ‘el otro’

Diego E. Barros Chicago , 20/06/2018

<p>Protesta contra las políticas migratorias en el muro que separa México de Estado Unidos. 2017</p>

Protesta contra las políticas migratorias en el muro que separa México de Estado Unidos. 2017

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Cuando nos juntamos los domingos para jugar al fútbol siempre saludo a A. con un qué tal. A. sabe que no es un ‘qué’ al uso y siempre contesta con una sonrisa que contagia optimismo y, desde su envidiable (para un ateo) “fe en dios”, suele repetirme que “si haces bien, nada malo debes esperar”. También me dice: “es mejor no salir de la ciudad, ya sabes”. Por si acaso. La ciudad es Chicago y A. es mi amigo. Es manager en un restaurante del barrio en el que vivimos, tiene dos hijas americanas, lleva más de veinte años en el país. No tiene papeles. “No estoy preocupado”, dice siempre. No lo sé.

Chicago es una “ciudad santuario”. De esas que tanto incomodan a la Administración Trump, en especial a Jeff Sessions, fiscal general, que divide sus intervenciones en a) usar la Biblia para justificar políticas de dudosa moralidad (Sessions es de Alabama, por lo que su experiencia en usar la-palabra-de-dios como coartada para justificar segregación racial y/o linchamientos le viene de herencia); y b) fustigar a las ciudades que, como Chicago, se han manifestado contrarias a las políticas migratorias de Trump y se han negado a poner a disposición del ICE recursos en su particular caza al indocumentado. Eso no implica que la ciudad no sea escenario de las andanzas de esta gestapillo en la que Trump ha convertido al U.S. Customs and Immigration Enforcement.

Me han pedido un texto rápido sobre la enésima crisis provocada por la Administración Trump, esta vez, con niños inmigrantes como protagonistas. No se puede decir que no estábamos avisados. Me he pasado los dos últimos años escribiendo en CTXT sobre el candidato Trump y sobre el presidente Trump. Sobre sus políticas, y sobre lo que se ha roto con Trump. Si bien su victoria nos pilló a todos con el pie cambiado, no se puede decir que no estuviéramos avisados. Por sus palabras durante la campaña en USA, y por las palabras –y actos– de otros fuera de las fronteras estadounidenses –un fuerte saludo a los países de la UE.

Es posible que el problema sea que llevamos tantos años banalizando sobre lo que es fascismo que, cuando por fin lo tenemos delante, estamos tan desconcertados que no sabemos reconocerlo. Ni siquiera ponerle nombre.

Yo vivo en un país donde cada noche una televisión nacional, la de más audiencia del país, destila fascismo en prime time. Por orden, Tucker Carlson, Laura Ingraham y Sean Hannity se suceden en la pantalla para esparcir basura a un nivel que haría que se le saltaran las lágrimas al propio Joseph Goebbels.

Todo comienza con una imagen. Siempre lo hace. En una solitaria playa turca o en una inhóspita pista de arena en la frontera entre México y EE.UU. Esta vez, la imagen ha sido la de una niña de unos dos o tres años, llorando, de pie, mientras su madre es cacheada por un agente de inmigración. Hay una segunda versión de la misma imagen. En ella, la madre saca los cordones de las zapatillas de su hija, que sigue llorando. Se lo han ordenado los agentes de la migra. Procedimiento estándar; a la cárcel no se entra con cordones. Para evitar suicidios.

Es pura burocracia. El mal siempre tiene naturaleza burocrática, como nos enseñó Hannah Arendt en 1963.

Es burocracia y es también un asunto personal. Lo es porque vivo aquí. Porque pago mis impuestos aquí. Porque tengo hijos americanos de la edad de la niña que llora en la fotografía antes de ser separada de su madre. Por eso es personal. Por eso es difícil no escribir desde las entrañas.

Pero me han pedido que trate de explicar. Lo intentaré, pero no prometo nada.

Decía que es pura burocracia. Lo sabe Trump (si es que sabe algo, en realidad no le importa nada más que Trump) y lo saben quienes están detrás de la implementación de la nueva política de “tolerancia cero”. Se trata de Stephen Miller, un supremacista blanco que como consejero político senior y escritor de discursos tiene la oreja de Trump; y Jeff Sessions, la voz de un amo con el que necesita congraciarse, habida cuenta de que ha sido incapaz de parar la investigación sobre la conexión rusa que se cierne sobre excolaboradores del presidente.

En el fondo, las cabezas pensantes de esta nueva política (explicaré ahora por qué es nueva) saben que no es nada personal –un poco también, la cabra tira al monte–, just business. Y no les importa que se sepa. No es casual que esta enésima crisis migratoria haya coincidido con la salida de EE.UU. del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “Hipócritas”, llamó la sartén al cazo ayer por boca de Nikki Haley, embajadora de EE.UU. ante la ONU. Dicen que Rusia aspira a ocupar la vacante. Todo queda en casa.

Saben los estrategas de la Casa Blanca que es solo negocios aunque la mayoría de los estadounidenses está en contra de esta política, especialmente de la medida extrema de separar a los padres de sus hijos en el momento de cruzar la frontera (66% frente al 27%)

Saben los estrategas de la Casa Blanca que es solo negocios aunque la mayoría de los estadounidenses está en contra de esta política, especialmente de la medida extrema de separar a los padres de sus hijos en el momento de cruzar la frontera (66% frente al 27%). Pero si algo caracteriza a esta Administración es su obsesión por cumplir la palabra dada y entregar lo que prometieron: gobiernan única y exclusivamente para los suyos y por los suyos –los votantes republicanos (55% a favor frente a 35% en contra) están encantados–. De entre ellos, los más duros; solo hay que darse una vuelta por los foros de la blanqueada (“alt-right”) ultraderecha racista y supremacista estadounidense.

Pero repito, es la burocracia. Solo que esta vez llevada hasta las últimas consecuencias. Habrán leído miles de análisis estos días así que intentaré ser breve.

Ha habido separación familiar antes y confinamiento de menores, sí. Hasta 2006, era común que la policía migratoria detuviera por separado a padres e hijos, según recoge un informe del American Immigration Council. Pero no hay ninguna ley que obligue al Gobierno, como falsamente afirma Trump, a romper familias. Aquel mismo año el Congreso obligó a liberar a las familias o mantenerlas juntas bajo custodia de las autoridades.

Trump ha decidido separar familias saltándose todas las limitaciones y procedimientos previos. Es decir, ningún migrante podía estar internado (mientras se llevaba a cabo su entrada en el sistema, identificación, su caso pasaba a las autoridades, etc.) más de 21 días. Pasado ese tiempo, eran puestos en libertad en espera de que un tribunal dictaminase sobre su caso. En lo que respecta a menores, lo mismo: mientras no se reunían con sus padres, eran entregados a familiares, si los tuvieran dentro del país, o puestos a disposición del sistema solo hasta volver a ser entregados a sus padres.

Lo que está haciendo Trump, y esa es la novedad, lo que lo cambia TODO, es tratar a sus padres como criminales. Detenerlos por tiempo indefinido y, como contrapartida, tratar a sus hijos como huérfanos, dejarlos en manos del sistema, también por tiempo indefinido, sin importar las circunstancias personales y familiares de esos menores. Al separar a las familias y tratar a los mayores de edad como criminales, el límite de 21 días ya no existe.

De nuevo las imágenes entran en escena. Somos así, el ser humano solo responde a impulsos emocionales y nada más emocional que un niño tras una alambrada. La imagen que ha circulado estos días por las redes sociales es la de dos niñas inmigrantes tumbadas en el suelo en una pequeña sala con rejas metálicas. La fotografía es de junio de 2014 en un centro de detención en Nogales (Arizona), durante la masiva llegada de menores inmigrantes, solos o acompañados, a EE.UU. Inicialmente, la Administración Obama trató de mantener a las familias juntas en centros de detención especiales, pero un juez de California dictaminó que eso violaba la prohibición de tener a menores en instalaciones similares a una cárcel. El Gobierno decidió liberar a las familias mientras esperaban dentro de EE.UU. a su vista judicial. Según datos de la FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, en sus siglas en inglés) unos 24.000 menores no acompañados entraron en EE.UU. durante el año 2013, y más del doble –52.000– sólo entre enero y junio de 2014, fecha de la imagen de marras.

El domingo, las autoridades difundieron fotografías de un centro de detención en McAllen (Texas) donde están los inmigrantes en los primeros días tras ser aprehendidos en la frontera. Se ven grandes salas con rejas en las que aparecen niños tumbados en lo que parecen colchonetas el suelo, junto a otras salas con adultos y menores juntos. También se están creando campos temporales con tiendas donde alojar a los niños, como el de Tornillo, Texas. Tampoco esto es nuevo, ya pasó en la crisis de 2014.

¿Cuál es el destino de estos niños? Nadie lo sabe con seguridad. Dado que la reunión con sus padres es imposible, pasarán al sistema. Las autoridades han señalado que “la prioridad” es entregarlos a familiares y sponsors si no pueden ser deportados (la mayoría no). El problema es que muchos de esos familiares en el país son, a su vez, indocumentados, por lo que no es difícil pensar que el Gobierno esté usando a los niños como cebo para atraer a inmigrantes que, una vez descubiertos, pueden ser a su vez susceptibles de expulsión.

La mayor queja hasta el momento es que las autoridades no le dicen a los padres dónde están sus hijos, algo que niegan desde Inmigración.

no es difícil pensar que el Gobierno esté usando a los niños como cebo para atraer a inmigrantes que, una vez descubiertos, pueden ser a su vez susceptibles de expulsión

¿Podrán los padres, si son puestos en libertad, recuperar a sus hijos? Nadie se atreve a contestar a esa pregunta. “ICE hará todo lo posible para reunir a niños y padres una vez que el caso de estos haya sido adjudicado a un juez”, ha señalado esta semana un portavoz de Inmigración. Si finalmente son deportado, los padres pueden solicitar que sus hijos se vayan con ellos, o, incluso, decidir dejar al niño en los EE.UU. como reclamo inmigratorio, mantiene ICE. El problema es que, como recoge esta pieza de The New Yorker, abogados y activistas migratorios señalan que no existe un proceso formal o un protocolo claro para rastrear a padres e hijos dentro de un sistema célebre por su funcionamiento caótico; caótico hasta el punto de no saber en qué centro está internado el menor. De hecho, The New York Times ya ha reportado algún caso de padres que han sido expulsados del país sin sus hijos.

Es decir, lo que lo ha cambiado todo es que esta medida no era antes un fin en sí mismo sino más bien una medida excepcional, tomada en circunstancias excepcionales y limitada de manera muy explícita por los tribunales. Así, el problema no es tanto la separación familiar (que lo es, pero tenía una explicación y un plazo determinado), sino la criminalización de los migrantes, mayores de edad o no. Han “violado la ley”, por lo tanto son tratados como criminales. Se trata de la guinda del pastel que lleva años cocinando Trump: la deshumanización de “el otro”. De ahí que se mezcle constantemente, en boca del presidente, el crimen y la inmigración, las bandas como la Mara Salvatrucha y la violencia en las ciudades, los niños y los “animales”, los asesinos, los violadores y los traficantes de drogas que hay que mantener fuera a toda costa.

Esta política se basa en un pensamiento quimérico: la disuasión, que no es más que una manera eufemística de llamar al miedo.

Se trata de que los migrantes deban afrontar un hipotético miedo –otro–, la pérdida, la separación de sus hijos, y, de esta forma, desistan de su intención de llegar a tierras estadounidenses. En cierto modo es una versión 3.0 del europeo “efecto llamada”, en este caso, una falacia. No existe tal efecto –de existir, somos nosotros mismos, en nuestras opulentas sociedades, mostrándonos a la cara mala del mundo a través de los televisores–, sino más bien un instinto tan humano como el de supervivencia y perpetuación de la especie. Migrar en busca de una vida mejor. Migrar para sobrevivir.

La mayoría de los migrantes que sueñan con alcanzar la frontera sur de EE.UU. lo hacen porque pocas o ninguna otra opción tienen. México, Guatemala, El Salvador y Honduras son los países de procedencia mayoritarios. Vienen escapando de la conjunción pobreza-violencia y muchos de ellos, fundamentalmente centroamericanos, deberían tener acceso a los procedimientos de asilo. Eso es también lo que trata de detener Trump tomando a los niños como rehenes, ya que la ley impide la deportación directa de menores que no sean naturales de Canadá o México. Si eres tratado como un criminal, no hay posibilidad de acceder a los procedimientos de asilo.

Porque no se despisten. Esto es, en el fondo, una batalla política en dos direcciones. Por un lado, jugar la carta de la opinión pública. Por otro, presionar a los legisladores, Republicanos, pero sobre todo Demócratas, para que le den lo que quiere: dinero para el famoso muro y un endurecimiento de la actual legislación migratoria. De momento hay dos planes encima de la mesa y ninguna esperanza de que vayan a salir adelante. De darse la circunstancia de que alguno superara el voto de la Cámara de Representantes, fenecería en el Senado donde Trump necesita al menos los votos de nueve Demócratas.

Entre tanto, y aun los intentos de última hora más las voces que le piden que recule, Trump está usando a niños como rehenes en una estrategia que nadie sabe hasta dónde conducirá.

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Autor >

Diego E. Barros

Estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Es profesor de Literatura Comparada en Saint Xavier University, Chicago.

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