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Javier Álvarez / Cantautor

“Se tarda mucho en llegar a uno mismo”

Miguel Ángel Ortega Lucas 18/11/2018

<p>Javier Álvarez.</p>

Javier Álvarez.

Jerónimo Álvarez

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“Se tarda mucho en conocer a un hombre”, cantaba Damien Rice. “Se tarda mucho en reír, se tarda un tren en llorar”, cantaba Dylan.

Pero quizás, un día, “de repente, el mar”:  

–...Yo he tenido la suerte de tener tres parejas, una chica y dos chicos. Diez años la última relación, pero en realidad quince porque no nos dejábamos, no se soltaba. Yo he vivido ya el amor de mi vida, y es una sensación de tocar felicidad muy potente. Pero si me tuviera que quedar con algo, es con ahora, que estoy solo. Estar solo bien es la sensación más placentera que puede haber. Porque lo tienes todo.

–Quizá porque habrás aprendido en los últimos tiempos a no depender del amor de nadie para ser tú.

–Sí, sí... Probablemente el camino es éste. Se tarda mucho en llegar a uno mismo. El camino del ser humano es nacer y morir. Y digamos que se trata de llegar a ti mismo. Hay gente que llega más tarde o más temprano, pero creo que todos llegamos a nosotros mismos. Al menos nacemos y morimos: o sea que por cojones llegamos. La muerte debe de tener algo de resolución, quieras o no. Somos nosotros los que no sabemos bien cómo tomar las cosas... Mira qué filosóficos nos hemos puesto ya tan pronto...

Javier Álvarez Fernández (Madrid, 1969) puede ponerse filosófico o escatológico, dar las piruetas mentales que surjan, de la soledad a sus asuntos más triviales, porque es la claridad pura. Refleja todo y no rechaza nada: lo que ve y lo que siente, lo que le gusta y lo que no; su vida entera, reverberando jovial sobre su rostro de muchacho crecido hasta la edad del porvenir, que era ésta: “Cuanto menos necesites, más feliz; cuanto menos tengas, más ligero”. Javier Álvarez está exultante, que también influye, esta tarde en que nos recibe en el apartamento del centro de Madrid en el que vive desde hace un tiempo, aunque tampoco es suyo sino de una amiga que cambió de país (“Las crisis me han llevado a estar en una casa alquilada con lo mínimo imprescindible. Eso me da una riqueza bestial”). Su alegría de los últimos tiempos, y de hoy en concreto, tiene que ver con lo que él llama maternidad: es viernes, 26 de octubre, y acaba de publicar su primer disco en nueve años, 10.

Matizamos enseguida: el primer larga duración concebido como tal para el gran público, porque durante estos años la música no le abandonó: sencillamente, estaba en otras cosas. Bifurcándose por caminos mucho más tortuosos pero necesarios para llegar aquí, a esta sonrisa invencible cincelada a martillazos: “Benditas sean las crisis”, dice mientras prepara una infusión para dos, sin teína. Porque hace tiempo que el cantante no prueba “nada que acabe en ina”.

Lo que estaba por venir para Javier Álvarez, casi media vida exacta después del petardazo que le encumbró a la celebridad musical con sólo 25 años, y que le empujó a un abismo de simétricas proporciones apenas un año después, era esto. Aquello que Cavafis cantaba sobre Ítaca: que ésta no estaba ahí afuera, en los graderíos de las plazas de toros, en las listas de los no sé cuántos principales, sino más lejos y más cerca, no afuera sino adentro. Javier Álvarez (1995) fue, es, una obra redonda. Esto lo dice sin problemas su mismo responsable, al que gusta repetir, zumbón, “no tengo abuela y soy medio gilipollas”. Más gilipollas sería la falsa modestia de no reconocer una verdad incontestable: este muchacho parió, sin darse cuenta, uno de los discos más perfectos y perdurables de la música en nuestro ámbito. No tiene un pelo de tonto ni de gilipollas Javier Álvarez, dueño, por lo demás, de una educación exquisita, tan transparente como él mismo; por eso mismo, es incapaz de engañarse. Mira ahora a aquel que fue, el chaval que pasó sin término medio de cantar en el parque del Retiro a traspasar un huracán, como a una suerte de hermano pequeño al que mirar con admiración y caridad, reconociéndose a veinte siglos luz. Pero no se arrepiente: su música tenía que llegar al mundo. Y él, de rebote, pasar algunas temporadas en el infierno.

Este muchacho, al que diagnosticaron como superdotado en el colegio y que ya hablaba perfectamente a los 9 meses de nacer, es una persona normal, (súper) dotada con una inteligencia elástica, y con un instinto para la música que sólo cabe llamar orgánico. Aprendió cinco acordes con la guitarra hacia la primavera de 1992. Ese verano empezó a ir al metro y al Retiro, a cantar versiones y a deslizar de manera casi clandestina algunas composiciones propias que iban surgiendo. Dos años después grababa su disco homónimo con tratamiento de estrella. La guitarra fue apenas el instrumento con que poner en pie las melodías que le reventaban por dentro, traídas ya de serie: “Es que todos somos artistas pero no todos lo sabemos. Yo sé que soy artista gracias a que se cruzó una guitarra en mi camino. Y sigo sin ser nada buen guitarrista: yo soy cantante, la guitarra es mi segundo instrumento, el que me ayuda armónicamente a posicionarme”.

Hace un año, fue el músico y productor The New Raemon quien se cruzó en su camino para reposicionarlo, una de esas casualidades felices que urde la vida en el momento preciso. El resultado de esa unión es un disco “classic Javier Álvarez”, dice, con el que ha refinado su mantra de “menos es más”. También fue un reto para él, alguien que cree de manera ortodoxa en “las musas”, componer con fecha límite impuesta por su colaborador. “Pero, dicho esto, la poesía, el arte, la inspiración, podrían estar muchísimo más presentes en nuestra vida si nos educáramos de otra manera. Si nos enseñaran libertad de expresión; soledad; juego; buen humor; inspiración... ¡Intuición! ¿Por qué matemáticas sí e intuición no?... Sexo, por favor, que los niños deberían saber qué es”.

–¿Cómo eras en el colegio?

–En una reunión de antiguos alumnos me dijeron que era el abogado de los pleitos pobres. Siempre tenía que protestar. En cualquier caso, me aburría… Pero pertenezco a una familia que adoro. Tengo unos padres cojonudos. En casa ha habido tolerancia, educación real y respeto. Y yo lo llevo a mi música. Cuando he hecho canciones que han suscitado polémica, como con Padre, si te fijas, es de las más respetuosas. Es una broma pero está escrita en primera persona: “Padre, soy pajillero, maricón y drogadicto, / bakalaero, okupa, rojo, puta y bizco, / punki, negro y de Alcorcón...”. Y en el estribillo digo: “Absolución”. Ahí no me meto con nadie. Viene a cuento porque me parece muy importante que tu discurso sea tuyo, absolutamente libre, que te represente pero siempre con respeto y educación. Como aquello de T. S. Eliot de que la humildad es interminable; pues el respeto también. Ahí nos entendemos. Porque si yo digo que no a la intolerancia, desde el otro lado, entonces caigo en lo mismo. Cuando descubrí esto me di cuenta de por qué los nazis me daban tanta grima: ¡porque yo también puedo ser así de intolerante! Tienes que llegar a darte cuenta de quién eres. Porque es muy fácil decir ‘qué hijos de puta ésos, pero yo soy buenísimo’... Mi primer single, La edad del porvenir, es una canción que habla de este plural. Desde donde la canto no hay que cambiar una coma, pero lo que quería decir ahí es que nos dictamos estas normas nosotros mismos. La responsabilidad es nuestra. Yo le debo esto a mis padres, que básicamente me han enseñado a ser libres. Nos decían a mi hermano [Jerónimo Álvarez, autor de las fotos para esta entrevista] y a mí desde pequeños que hay que tener respeto a todo el mundo, pero también que todo el mundo tiene que respetarte a ti.

Ser Michael Jackson

En el verano de 1992, con España creyendo creerse (y re-crearse) a sí misma en la modernidad, un chavalín del barrio madrileño de Cuatro Caminos, de vida cuasi ascética, melómano obsesivo y estudiante de Filología Inglesa (aburridísimo ya de esa vaina), se echó a la calle a cantar las cuatro canciones que sabía. En el Retiro, al que comenzó a acudir casi todas las tardes, el corrillo de gente que se paraba a escucharle fue in crescendo... “Tanto que se enteró un cazatalentos. La industria lo olió”. “En aquel momento estaba con una chica, que me dijo en el Retiro un día, entre canción y canción: ‘Javi, ¿tú eres consciente de dónde te metes? Y le dije ‘sí’. Porque con todo lo niñato que era, yo sabía que una multinacional era la boca del lobo. Pero tenía clarísimo que tenía que publicar mis discos y compartirlos con la gente. Y me alegro muchísimo de que mi primer disco saliera y que sea lo que es. Para eso había que hacerlo de esa manera... Cuando llego al Retiro y empiezo a cantar, digo que le den por saco a las últimas asignaturas de la carrera. Empecé a encontrarme conmigo allí”.

“...Siempre he tenido una luz interior que me ha guiado de una manera intuitiva, hasta en momentos de muchísima dificultad... El segundo disco (Javier Álvarez Dos, 1996) lo grabé empastillado, al salir del primer brote psicótico, compuesto entre la locura y la cordura. Y el siguiente (Tres, 1998), en pleno subidón de fiesta por encontrarme con la noche, como una adolescencia que no había vivido. No me cogía grandes pedos al principio, pero fue suficiente para que mi sensibilidad se alterara de manera excesiva. Todo lo que me pasó fue muy grande: en agosto del 92 bajé a tocar al metro, en la primavera del 93 ya estoy con esto de si grabo un disco, y en el 94 están grabando Ana Belén y Víctor Manuel una canción escrita por mí... Es decir, mi disco iba a salir a tope, en dos años. Eso es imposible de digerir. Muy bestia.

–¿Qué sucedió?

–Pues que acabé en un psiquiátrico. Normal... El disco se publica en enero del 95 y tiene un año de vida, que paso cantando sin parar. [Disco de platino de los de antes: recibió por él, entre otros, el Premio Ondas al autor revelación]. Y al año justo, clavado, entro en el psiquiátrico.

–¿Lo detonó algo?

–Empecé a sentirme muy mal, un estrés muy bestia. Y llevaba ya tiempo con paranoias, manía persecutoria... Tenía un sentido.

–El mundo queriendo siempre algo de ti de un día para otro, ¿no? Un ambiente vampírico.

–Fue una puta revolución. Yo no tengo abuela y soy medio gilipollas, pero mi disco primero es una obra maestra. Reconocida por la crítica y casi todo el  mundo. Lo digo porque lo asumo, porque la última vez que lo escuché, hace un par de años, con los cascos, dije: ¿cómo?... Cómo con 24 años soy capaz de crearlo, componerlo... Lo produjo Suso Sáiz pero yo me inventé los arreglos, las voces... Pero lo que me hace muy feliz es que la vida me ha puesto aquí, es el camino que he elegido yo. De igual manera que saqué el disco, no me lo creí entonces. No me dio la gana en ese momento, cuando sonaba en los 40 principales y a la industria le dio por empujarlo. No es sólo que me viniera grande, sino que hubo un momento en que me dije: ¿quiero triunfar así? Porque yo quería tener una vida normal. La que tengo ahora, en el centro de Madrid. Me encanta ser una persona conocida, pero un ciudadano más. Eso era muy importante para mí. Implicaba renunciar... no sé si me explico. Una cosa es que yo sea capaz de reconocer la importancia de mi obra, y otra que mi obra tiene una importancia relativa en mi vida. Yo soy mucho más. Yo soy Javier Álvarez Fernández, que es más importante. Es lo más importante que me ha pasado, llevar esta vida, porque todos mis discos me han hecho sentirme muy pleno, respetado y reconocido, pero me siento ciudadano antes que artista.

–Todo el mundo quiere triunfar, pero no se sabe cuál sería el precio.

–Claro. Yo quería ser de mayor Michael Jackson... y lo sigo queriendo ser. Pero teniendo muy claro que la vida de Michael Jackson era una mierda. Hoy sé que lo bueno le sucedía en el escenario, pero su vida en general tenía muy poco de bueno... En esencia he sido siempre yo, y he tenido claro que el camino era mío. Que había que sortear lo que venía pero que de alguna manera el horizonte lo he tenido siempre muy claro. Eso es una suerte que tengo y estoy muy agradecido, porque ha habido momentos de todo tipo, de dureza y de maravilla, pero de alguna manera el camino había que hacerlo y no había más huevos que hacerlo así. Ha costado más o menos pero mis discos, todos, son un reflejo bastante perfecto de mi discurso. Hoy celebramos que sale mi disco a la venta, y ha sido ver la portada... Estoy tan orgulloso. Pero no sólo como cualquier madre. Tiene sus fallos, obviamente, pero está muy currado. Me responsabilizo de cada coma.   

–¿Qué has aprendido de tus épocas más negras?

–Que siempre hay luz. Y yo siempre lo sabía. A lo que más agradecido estoy, y me gusta decirlo así, es que hay que vivir los momentos oscuros; no pasa nada. Incluso disfrutarlos, que es lo jodido. En aquella época me levantaba a veces con ganas de no vivir... que no es lo mismo que tener ganas de morirse. Yo morirme nunca, pero ganas de vivir, entonces, pocas. Pero incluso recién levantado y con resaca miraba al horizonte y decía ‘Gracias’. Sin querer vivir, decir ‘Gracias’ era el síntoma de que todo iba bien. En mi locura, yo pensaba ‘esto es muy bueno’. Y no me he equivocado. Soy quien soy gracias a eso. A que en mi sombra –en los recuerdos más bestiales que tengo en el psiquiátrico o con mi familia–, siempre hay habido luz, ha habido risa, ha habido ganas. Eso es lo que quiero compartir. Que, al final, si lo fomentas y lo riegas puedes morirte pero de risa. Te puedes ir al otro mundo riéndote o llorando; está en ti. Está en nosotros. No está en los políticos ni en los jefes ni en los esclavos. Está en todos. Siempre he tenido este discurso pero siento que la era está a mi favor. Es como: tío, que no te despistes. Viva la alegría. Porque lo otro también, pero para qué. La vida es alegría y es tristeza, pero a la tristeza dale lo justo. La pena ya está, no le des más. Es como...: vamos que nos vamos.

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‘10’, el nuevo disco de Javier Álvarez, se presenta el 19 de noviembre, en el Teatro Lara de Madrid. 

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Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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