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TRIBUNA

Por qué la lucha por la vivienda es una lucha feminista

Del mismo modo que los trabajos asalariados requieren un centro de producción, los trabajos reproductivos demandan un centro de reproducción para realizarse, en este caso, la casa

Rebeca Martínez 20/03/2019

<p>Concentración en la calle Argumosa 11, contra el desahucio de cuatro familias a finales de febrero de 2019 en Madrid. </p>

Concentración en la calle Argumosa 11, contra el desahucio de cuatro familias a finales de febrero de 2019 en Madrid. 

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Cualquiera que se haya pasado por una asamblea del movimiento de la vivienda o por un desahucio ha podido comprobar que entre las afectadas siempre hay una mayoría de mujeres. No hay una explicación única para este fenómeno y muchas de ellas son ya bastante conocidas. ¿Por qué se produce esto?

Las mujeres tenemos más dificultades para acceder a una vivienda porque en general tenemos contratos laborales más precarios –más tasa de temporalidad y jornadas parciales– y esto tiene enormes repercusiones en nuestras vidas. A menudo, dependemos de otras personas –pareja, padres o familiares– para poder costearnos una vivienda y aún así, y dado su elevado precio, es necesario hacer muchos malabares vitales para mantenerla y poder pagar los suministros básicos. Es cierto que hay factores sociales que se lo ponen más difícil a unas mujeres que a otras. La clase es un factor determinante en este sentido, pero hay otros. Por ejemplo, las mujeres inmigrantes lo tienen más complicado a la hora de conseguir un hogar digno y estable. Así como las mujeres que han sufrido la violencia machista o las que son madres solteras entre otras muchas situaciones que están atravesadas por la cuestión de género.

Pero además de la dificultad de acceso, hay otros motivos por los que la problemática de vivienda tiene rostro de mujer. Debido al desigual reparto de las tareas domésticas, las mujeres son quienes tradicionalmente han empleado más tiempo y recursos para realizar las tareas de los cuidados en sus hogares, aceptando, no solo el rol de cuidadora, sino también el de “cliente del Estado”, puesto que son ellas quienes en la mayoría de las familias reclaman los subsidios y las –escasas– ayudas sociales. Por tanto, cuando estas no existen o no llegan, también son las primeras en organizarse para dar salida a su problema. Digamos que, a la hora de defender la casa y lo que hay dentro de ella, son las mujeres las primeras que se arremangan y las que ponen su cuerpo para salvaguardarla, porque es el espacio donde se desarrolla y se mantiene la vida. Para muchas, todavía es espacio de su realización personal y donde se desarrollan buena parte de sus tareas cotidianas.

Cuando las mujeres se incorporaron de manera masiva al mercado asalariado, su rol en la casa no cambió mucho. El feminismo nos ha ayudado a comprender la interacción entre el trabajo productivo y el trabajo reproductivo en el modelo de producción capitalista y a esclarecer el juego de dobles jornadas que soportan la mayoría de las mujeres para sacar las tareas de cuidados adelante. Además, ha contribuido a arrojar luz sobre la crisis de los cuidados en las sociedades neoliberales y cómo esta afecta mayormente a las mujeres inmigrantes que trabajan en este sector con acuerdos contractuales inhumanos en muchos casos. En definitiva, el feminismo ha señalado que las actividades de cuidados son también trabajo y que, el no ser consideradas como tal, ha constituido la base de la explotación de las mujeres. 

Asumir que los cuidados son un trabajo lleva implícito reconocer que estas tareas necesitan un lugar donde desarrollarse. Del mismo modo que los trabajos asalariados requieren un centro de producción, los trabajos reproductivos demandan un centro de reproducción para realizarse, en este caso, la casa. La casa es ese lugar donde nos alimentamos, nos vestimos, amamos a nuestros seres queridos, nos formamos, nos curamos y descansamos. Y si bien el movimiento feminista demanda la necesidad de crear espacios públicos fuera del hogar donde poder colectivizar estas tareas, es muy difícil (¿acaso deseable?) sacar de la vivienda todas estas actividades vitales. La vivienda, para el mantenimiento de las personas, lo es todo, y solo puede ser negada como derecho por un sistema depredador –“esa cosa escandalosa”, que decía Haraway–, que no atiende la vida ni las condiciones necesarias para que pueda darse.

Hace poco, cuatro vecinas del bloque de Argumosa en el barrio de Lavapiés de Madrid fueron desahuciadas a la fuerza. No son las únicas.  En la Comunidad de Madrid se producen decenas de casos diariamente, pero sí constituyen un ejemplo de la capacidad que tienen las instancias jurídicas, políticas y mediáticas para coordinarse y salvaguardar los intereses económicos de una propiedad buitre –Proindivisos– que compró este bloque e impuso a las familias subidas del alquiler de hasta un 300%. En Lavapiés, el interés de las inmobiliarias está en la sustitución de la población tradicional de clases populares por una de mayor poder adquisitivo que sea capaz de pagar los precios que aumentan la rentabilidad de sus inversiones.

Pese a la resistencia organizada, la mañana del desalojo se produjo lo que tanto habíamos temido en los últimos meses, que estas mujeres, Pepi, Rosi, Juani y Mayra, con hijos pequeños, con uno con diversidad funcional, se quedaran sin casa. Ganó la propiedad en un esquema donde se legitima el uso de la violencia contra las vecinas.   

En casos como el de Argumosa es frecuente escuchar en el espacio público y mediático que no hay motivos para la resistencia y que las vecinas podían irse a otro sitio a vivir: que más da. Y sí que nos da. Porque una casa no es algo intercambiable de la noche a la mañana. Los lazos que se establecen en ella y en el barrio donde se está, la vida de las personas que la habitan, no pueden ser lanzados a otro lugar como si fueran bolas de papel, y mucho menos cuando el motivo por el que se produce este desalojo es la avaricia de una propiedad que quiere sacar más beneficio a partir de lo que es un derecho básico. La casa no es un lugar cualquiera, es el centro de la reproducción, que tampoco es una cosa cualquiera, y por esta razón la lucha por el derecho a la vivienda debe ser prioritaria para el movimiento feminista.

Otorgarle a la vivienda su valor como centro de la reproducción no significa eximir ni a los hombres ni al Estado de su responsabilidad y tampoco aceptar el modelo de familia impuesto actualmente. Más bien al contrario. Este enfoque abre perspectivas interesantes al movimiento feminista para seguir empujando hacia la erradicación del desigual reparto de lo doméstico y que las mujeres dejen de ser las cuidadoras por excelencia.

Establecer como central el eje casa-reproducción-vida nos permite, en primer lugar, señalar el hogar como un espacio político donde organizar el conflicto entre el frente de la vida y el frente “escandaloso” que la niega y el sitio desde donde, además, podemos transformar la manera en que nos relacionarnos. Porque es desde ahí desde donde podemos poner patas arriba las relaciones interpersonales entre mujeres y entre estas y los hombres, donde explorar nuevas formas de cuidar, radicalmente diferentes, más comunitarias, que reten al individualismo neoliberal. También sirve para esclarecer algunos puntos de la agenda del movimiento de la vivienda, ayudándonos a discernir entre las migajas y lo importante. 

El Gobierno de Sánchez, junto a Unidos Podemos, ha aprobado recientemente un pack de reformas urgentes sobre la vivienda y el mercado del alquiler. El decreto incluye medidas para ampliar el periodo de los contratos y algunas modificaciones superficiales sobre los tiempos de aviso del fin del contrato, pero no incluye ningún tope para los precios de la renta, pese a que es una reivindicación fundamental del movimiento por la vivienda. No cabe duda de que las medidas aprobadas son muy necesarias para paliar la precariedad habitacional que se soporta actualmente. Sin embargo, cuando lo que situamos en el centro es que se reconozca la centralidad del trabajo reproductivo y del hogar donde se realiza, estas propuestas parecen migajas.

Las mujeres y los proyectos vitales que sostienen no solo necesitan contratos de alquiler baratos y poder quedarse en una misma casa durante un tiempo superior a la miseria de cinco años. Requieren, además, que cuando los intereses de una propiedad buitre se enfrente a los suyos, estos puedan ser tenidos en cuenta. Que ante el afán especulador del capital, el bloque organizado compuesto por instancias jurídicas, políticas y mediáticas las proteja a ellas. Y necesitan también un plan de vivienda con perspectiva de género que contribuya a una transformación profunda del sistema de cuidados que tienen lugar en ella. Visto así, la estrategia del movimiento de la vivienda puede adquirir nuevos colores. 

Durante el ciclo de las huelgas de mujeres, el movimiento feminista ha cosechado muchos logros en relación con lo reproductivo. El concepto de huelga se ha resignificado para siempre al convocarse paros, no solo en el empleo asalariado, también en los cuidados. Al hacer esto, el feminismo ha conseguido que se politicen estas tareas y ha dotado al movimiento de una radicalidad ausente en las perspectivas feministas liberales. El pasado 8 de marzo, el feminismo español consiguió mostrar de nuevo su capacidad para convocar manifestaciones multitudinarias por toda la geografía española, lo que le confiere un poder organizativo notable. Sin embargo, lo que puede decidir su alcance en el próximo curso será la capacidad que demuestre para encauzar toda esta fuerza hacia frentes de lucha concretos: el sindicalismo de sectores laborales feminizados –residencias, trabajo doméstico, camareras de piso, trabajadoras del campo–, es uno, y sin duda otro es el de las importantes batallas que se produzcan en el ámbito de la vivienda.

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Rebeca Martínez es militante feminista y del movimiento por la vivienda. @rebearrivederci

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