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Gota fría: la zona cero de las catástrofes son los pobres

Un viaje a la Vega Baja del Segura, donde la Confederación Hidrográfica ignoró hace dos años informes sobre el riesgo de desbordamientos del río

Aníbal Malvar 2/10/2019

<p>La Vega Baja del Segura tras el paso de la gota fría. </p>

La Vega Baja del Segura tras el paso de la gota fría. 

A.M.

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“Papá, ¿verdad que a ti el río te habla? Cuando se salió, a ti te lo dejó avisado, ¿verdad, papá?”. La niña de siete años no está soltando ninguna gracieta infantil. A su papá, guarda fluvial, el río le habla. “Aquí el río nos habla a todos. Si quieres escucharlo. Los habitantes de la Vega Baja, al río le llamamos El Padre”. El río es el Segura, hoy padre furioso que se acaba de rebelar inundando toda la comarca, destruyendo cosechas y viviendas, arrastrando coches y derribando muros. El paso de la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos), la gota fría, ha dejado seis muertos en toda España. En Almoradí (Alicante), zona cero de las inundaciones, no ha muerto nadie, gracias a Dios, dice la gente.

Pero en la Vega Baja no solo habla el río. Hace dos años y medio ya se sabía que El Padre y su furia no estaban suficientemente contenidos. El 16 de enero de 2017, el titular del Juzgado Privativo de Aguas del Azuz de Alfeitamí, Carlos Barrera García, había cursado advertencia escrita a la Confederación Hidrográfica del Segura: “Con motivo de las torrenciales lluvias acaecidas en los días 16, 17 y 18 del pasado diciembre, se han producido daños en las infraestructuras del río Segura […] que demandan la adopción de medidas urgentes para su reparación”. El documento detallaba los desperfectos, haciendo especial hincapié en el peligro que suponía el cauce a su paso bajo el puente que une Almoradí con Algorfa. Nadie hizo caso al juez Barrera, y hoy el puente ya no existe y ese punto es conocido como la zona cero del desastre. 

Días después, El Padre discurre tranquilo y aparentemente inofensivo bajo lo que queda del viaducto. A la vera, algunas casas con aspecto de ruina antigua y figuras de barro con forma de coche en extrañas posturas: “De ruinas antiguas nada. Hasta la semana pasada, en esas casas vivía gente”, aclara un conductor de grúa que aplasta tierra, o eso parece, allí donde el asfalto de la carretera ha desaparecido.

La Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores calcula daños en la cosecha de la provincia de Alicante por 305 millones, a los que hay que sumar un impacto en exportaciones de 245 millones y un incuantificable derrame en infraestructuras agrícolas

Al entrar al barrio de San Pancracio, entre viviendas bajas y bloques de pisos sociales, varios vecinos aún sacan colchones, electrodomésticos y ropa a la acera para que se los lleven los de la recogida. Otros intentan resucitar los motores de sus vehículos embarrados: furgonetas, coches y pequeños tractores. A las puertas de la mezquita, musulmanes de gesto impenetrable invitan al periodista a ver lo que ha quedado de su templo, y agradecen con una sonrisa el detalle de descalzarse antes de pisar el enmoquetado bajo el cual todavía mana el agua de El Padre. La calle está construida sobre un antiguo canal. Muchas edificaciones de la Vega Baja se asientan sobre una capa freática que fluye apenas tres metros bajo el asfalto. En España, existen unas 50.000 edificaciones erigidas sobre cauces y zonas con riesgo de inundación que incumplen todas las normativas. Hay gente que no lo llama imprudencia, sino especulación.

Domingo, 22 años, casado y con un bebé, vacía su hogar en la acera: muebles, sillones, la televisión, la nevera. “Lo he perdido todo”, anuncia la frase que más veces va a escuchar repetida el periodista a su paso por Almoradí. Y, parafraseando a Clint Eastwood, no solo ha perdido todo lo que tenía, sino también todo lo que podría llegar a tener. Al menos durante un año. Porque Domingo vive de “cortar el limón, la naranja y la mandarina”, y la DANA no ha dejado un solo cítrico en la Vega que “cortar”. No va a haber trabajo para Domingo este año. 

Casa de un vecino de la Vega Baja del Segura tras el desastre. 

Mientras lo cuenta, la Generalitat Valenciana ha aprobado una inversión de 60 millones de euros para paliar los daños en la Vega Baja. La Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores calcula daños directos en la cosecha de la provincia de Alicante por 305 millones de euros, a los que hay que sumar un impacto en exportaciones de 245 millones y un todavía incuantificable derrame en infraestructuras agrícolas. El sindicato pide 500 millones inmediatos en ayudas directas para la gente del campo.

En la mañana del viernes, la plaza de Almoradí parece un distópico examen de selectividad, en el que decenas de hombres y mujeres de todas las edades y colores rellenan abstrusos papeles con bolígrafos de pulso difícil y miradas reconcentradas. Bajo el sombrajo de los árboles, se sientan en los bancos, en las terrazas de los bares y en unas sillas anárquicas y sin dueño que no se sabe quién ha diseminado entre el ayuntamiento y la iglesia blanca, de vago estilo colonial, ante la que dos docenas de adolescentes se manifiestan, con más pudor que fiereza, contra el cambio climático. Rosario García, 67 años, protesta de tanto papel.

–La escritura de la casa, papeles de los bancos, desperfectos, qué sé yo. Nos piden tantos papeles... Si el agua se lo ha llevado todo. 

–¿Usted vivió las inundaciones de 1987?

–Pues claro. Y entonces también lo perdimos todo, pero yo no sé si a mi marido, que en paz descanse, le pidieron tanto papel.

–¿Fueron suficientes las ayudas de entonces?

–Para comprar colchones y algún electrodoméstico de segunda mano. Para eso sí, pero poco más.

La renta bruta per cápita media de Almoradí, zona cero de las inundaciones alicantinas, 20.542 habitantes según el último censo, es de 18.158 euros. Pero a los barrios ricos y a las grandes empresas de los polígonos industriales también ha llegado la venganza de El Padre.

–Yo no te digo que me alegre, ¿eh? Pero es distinto perder el único colchón que tienes para dormir a que el agua te arruine los cochecicos del garaje.

Con cierta indiscreción, el periodista indaga los sueldos y pensiones de los que desfilan frente al ayuntamiento a tramitar las ayudas. Nadie se reconoce por encima del mileurismo.

–A mis 67 años sigo trabajando en la cocina de un restaurante –dice Rosario–. No me puedo jubilar. Con la pensión que me toca, no quiero irme yo ahora a la miseria. Y tengo a mi madre, que vive en El Saladar con 94 años. La tuvieron que sacar de casa, a la pobre, con la inundación. Y de su casa, ay, solo las paredicas se han salvado.

En el ayuntamiento, todavía no alcanzan a cuantificar pérdidas. 

–Los técnicos de urbanismo aún están visitando casa por casa a ver lo que se ha perdido –explica el concejal de Comunicación José Antonio Latorre (Partido Popular, que ha gobernado durante 29 años de democracia, por seis del PSOE y cuatro de UCD).

–¿Cuántos técnicos municipales?

–Cuatro. Al margen de servicios sociales y otra gente, claro. 

–Las asociaciones de agricultores hablan de pérdidas de unos 500 millones, por lo bajo.

–Eso también está tirado, así, a voleo –responde el concejal.

–El juez de aguas, y asociaciones, como Segura Transparente y otras organizaciones ecologistas, habían advertido de que esto podía suceder.

–Y también se ha denunciado desde el ayuntamiento. En el río no se ha invertido desde hace muchísimos años en la Vega Baja.

–La Confederación Hidrográfica aprobó el saneamiento del río en 2017, me dicen los vecinos. Y no se ha hecho nada.

–Nada. 

–¿Y ustedes no tienen posibilidad de actuar? ¿No pueden tocar el río?

–Qué va. Te pongo un detalle: si nosotros hacemos una limpieza de cañas de una parte del camino para poder pasar, te puede caer una denuncia. Sí podemos pedirlo. Y se ha pedido en más de una ocasión. Pero no nos han hecho caso.

María Jesús Pérez Galant estuvo a punto de ser alcaldesa de Almoradí en 2017. Dos años antes, PSOE e IU habían arrebatado la alcaldía a los populares y pactado un gobierno de alternancia que solo se cumplió en el bienio socialista. Una moción de censura la privó del bastón de mando a nada de gobernar. En El Saladar, una de las pedanías de Almoradí más pobres y castigadas por la venía, se la conoce por Mariaje, y va repartiendo besos y abrazos e información e indignaciones con la gente. El agua se estancó en El Saladar a más de un metro de altura durante los días de naufragio. En un bancal cercano, un hombre explica al periodista que el agua se levantó hasta metro y medio por encima de la tierra en un par de horas.

Miriam y sus hijos no pueden recibir en su hogar. Ya no tienen hogar. Están indagando grietas en la casa baja de los padres de su marido, que todavía está medianamente habitable. Allí se han trasladado.

–Oye, Miriam. Flipo un poco. Que os dais muchos besos y abrazos, y habláis de esto como si no hubiera pasado nada. Lo he notado en toda la gente a la que pregunto.

–Yo creo que lo tenemos contenido. ¿Qué le vas a hacer? Y lo otro… Mira, con estas cosas, te das cuenta de repente de cómo es de buena la gente con la que vives, incluso gente con la que apenas te cruzabas el saludo. Maravillosa.

Miriam ya ha tomado una decisión después de haber perdido su casa: 

–Yo ya no voy a vivir más aquí. Voy a ir arreglando mi casa poquito a poquito, como vaya pudiendo. Y después me voy.

–¿Y el trabajo?

–No trabajo. Estoy al cuidado de mi hijo pequeño [Dani, 18 años], que tiene un síndrome. A mi pareja le permitieron faltar una semana entera a la empresa. El jefe se portó de maravilla. Pero el lunes ya tuvo que empezar a trabajar. Porque la empresa se ha retrasado mucho en los encargos.

Naiara, su hija de 22 años, no quiere acompañarnos a ver la vieja casa familiar, repintada por una mancha de humedad que asciende un metro sobre el suelo. 

–Yo sigo sin querer entrar a mi casa. Son todos los recuerdos de toda mi vida. No son los muebles, las cosas. Cuando entré, yo intentaba no romperme, ser fuerte. Pero su marido [el de su madre], me mandó a tender ropa mojada. Eso bien. Pero yo también saqué todo lo de su mesilla de noche, por si había algo. Hace años, como no le gustan los regalos, le habíamos escrito unas cartas de cumpleaños, ¿vale? Y fue ver esas cartas y eso fue lo que me rompió a mí. El ver que se habían perdido tantos recuerdos. Eso es lo que me destroza.

–¿Estás de acuerdo con tu madre en huir de aquí?

–En irme del barrio, sí. Se le ha pedido a la confederación que esto se arregle, pero el agua siempre peta por los mismos sitios. Siempre nos afecta a los mismos, y yo no estoy dispuesta a vivir esto cada tres años.

En la casa que Naiara no quiere visitar ya casi no hay muebles. La lavadora se la encontraron flotando en el cuarto de baño cuando entraron por primera vez después de la riada. En una pared del diminuto salón, aún cuelgan fotos antiguas de abuelos y antepasados sepia: “Mi hija Naiara la llamaba la pared de los muertos”, dice la madre.

–¿Y tú, Dani, qué es lo que sentiste cuando entraste en tu casa por primera vez después de la riada?

–Desolación. Sentí desolación.

Y después nos conduce hacia otro cuarto para mostrarnos lo que pudieron salvar: libros, un par de cientos de libros apilados que enseña muy orgulloso. Y una guitarra a secar encima de una estantería. La guitarra de su hermana. Y uno se pregunta, con cierta envidia, qué síndrome puede tener ese niño grande de 18 años que rescata guitarras y libros en una inundación. 

Su hermana Naiara, la que no quiere volver a la casa familiar para no encontrar recuerdos, sustenta la teoría de que el ingeniero jefe desvió el desborde del Segura en dos ocasiones para proteger los polígonos industriales, donde está el dinero, y arrojó el agua sin remordimientos hacia las pedanías pobres de Hermandades y el Saladar.

–El río se rompió de cara a las Maromas, una zona industrial. Eso había que protegerlo, porque ahí es donde hay dinero. Luego se rompió por otro lado, hacia la autopista. Y cuando ya lo habían tapado por ese lado, sabiendo que iba a volver a reventar, lo que hicieron fue un dique para desviarlo y ahogar a una de las pedanías pobres. Tú vas a las Heredades y es gente como nosotros. He hablado con ellos. Me decía un chico de allí: si el agua hubiera venido de forma natural, me daría pena. Pero nos han ahogado. Los de Heredades tienen la misma mala leche que nosotros. Cuando llegó allí la alcaldesa para ver los daños, se tuvo que ir en cinco minutos. 

–Al final, la zona cero son, somos los pobres.

–Si quieres, puedes ponerlo así.

El guarda fluvial al que el río le habla, según su hija de siete años, estaba allí cuando se desvió la crecida y no está muy de acuerdo con Naiara. Él no da su nombre porque todo es política, y entre la verdad y la política siempre te juegas el puesto de trabajo. “La primera rotura salía enchufada hacia el polígono industrial de Almoradí, eso es verdad. La segunda iba hacia la carretera AP7, no directamente al pueblo, y enseguida el agua pudo con la vía rápida. La decisión de desviar la tercera rotura, la que va hacia la pedanía de Heredades, la toma el ingeniero jefe de la Confederación Hidrográfica, que no llega hasta 24 horas después. Hasta que no se puso al frente el jefe de bomberos de la Comunidad Autónoma, no existió un mando coordinado, eso es cierto. Pero nadie tiene la culpa y todos tenemos la culpa: esto es multicausal”.

El guarda fluvial al que el río le habla cuenta también que “todas las civilizaciones que se fueron asentando aquí, desde el calcolítico hasta los griegos y los romanos, edificaron en las colinas, no en el llano inundable. Es en los últimos siglos cuando se ocupa el llano, no temiendo la furia de un río condenado a rebelarse. Parece que hemos querido domesticar a la naturaleza, y la naturaleza no se domestica. Por mucha tecnología que tengamos”.

–La solución, entonces, es destruir todo el entramado de especulación urbanística. El ladrillo, el asfalto… Y volver a dejar al paisaje.

–Eso es una utopía. Busca en el ejemplo holandés. ¿Por qué no ampliar el cauce del río? Habrá que expropiar casas, aunque sea impopular, y aumentar el cauce de los 250 metros cúbicos por segundo de ahora, a los 500. 

–No te metas en cosas técnicas, que no soy nada experto. Yo vine aquí a preguntar si la zona cero de las catástrofes naturales son siempre los pobres.

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