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NUEVA RESPONSABILIDAD

Cuerpo común y soberanía tecnológica

Pronto los algoritmos sabrán antes que nosotros mismos lo que vamos a hacer. No es que estén vigilando nuestro futuro, sino que están condicionando nuestro presente

Antonio Lafuente 29/06/2020

<p>Obra de la serie 'Aislamientos' (1967-1985)</p>

Obra de la serie 'Aislamientos' (1967-1985)

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Tener un cuerpo propio nunca ha sido fácil. Siempre hubo feroces intereses para dominarlo y esclavizarlo. La supresión de la esclavitud, la prohibición de experimentos con humanos o la conquista de derecho a voto son tres ejemplos que nunca deberíamos olvidar. Siempre hubo todo tipo de escaramuzas retóricas que trataron de legitimar estas y otras formas de dominio del cuerpo de las mujeres, los negros, los adversarios, los locos o los pobres. Siempre hubo, en definitiva, discursos hegemónicos que no se escandalizaban ante la desigualdad.

Cada día aparecen nuevas asimetrías que combatir. Algunas de ellas resuenan más nítidamente con lo que (nos) pasa en tiempos de pandemia. Y ahora que se aceleró la internet de los cuerpos (internet of bodies, IoB) emergen riesgos de nuevas dependencias que se nos imponen como inevitables si queremos preservar la salud. Y, en fin, tenemos dudas sobre la forma que está adoptando ese nuevo cuerpo digital hegemónico, siempre frente a la pantalla y siempre productivo. Ahora doblemente productivo, pues produce resultados que justifican un salario y proporciona los datos que lo constituyen como cuerpo digital. Un cuerpo que se ha desplegado por las redes y que precisa salir del estado de sonambulismo tecnológico, donde somos usados por todo lo que usamos.

Esta reclusión revelaba dos cosas: la dependencia que el sistema tiene de los cuerpos que lo hacen funcionar; y que nuestra conciencia ya era digital

En el mundo todavía reciente de la emergencia del SIDA, otra pandemia con la que aprendimos a convivir, hay que recordar los momentos en los que un diagnóstico se convirtió en una sentencia de muerte y que afortunadamente no aceptaron como inevitable. Se movilizaron y consiguieron logros de los que todos somos ahora beneficiarios. El caso que más emocionante es el de Alcohólicos Anónimos: gentes que, abandonadas por el mercado y el estado, se reúnen para buscar sus propios remedios en un proceso de aprendizaje donde descubren la necesidad de renunciar a la fantasía del yo para encontrar en el grupo, mediante la conversación, la comprensión y la energía con las que cambiar de estilo de vida. Los autistas son otro colectivo increíble. Categorizados como enfermos han construido la noción de neurodiversidad para reclamar una configuración neuronal propia que les hace diferentes, pero no pacientes. Al igual que los funcionalmente diversos, como llama el Foro de Vida Independiente y Divertad a las personas con discapacidad, han llegado a la conclusión de  que no son discapacitadas las personas, sino discapacitantes nuestras sociedades. No quieren ser curados, basta con que les aceptemos en su diferencia sin tomarlos por ciudadanos de segunda, ni naturalizar su desigualdad.

Los cuatro casos esbozados, y un sin fin más de movilizaciones activas en nuestro mundo, tienen varias cosas en común. Una, la más obvia, nos muestra la potencia de la inteligencia colectiva o, en otros términos, la capacidad que tenemos para auto organizarnos y tomar las riendas de nuestra propia vida; la segunda evoca la importancia del conocimiento experiencial, ese que está en los cuerpos y que tiene que ver con los que nos pasa y lo que hacemos con otros. Un conocimiento que es fluido, híbrido y precario, pero también contrastado, porque a nadie les importa más que a los concernidos la calidad y robustez de sus convicciones.  La tercera tiene que ver con la habilidad para encontrar las palabras con las que decir lo que han vivido pero no sabían nombrar. Un relato compartido que les representa por igual y que no es fruto de un consenso. Ese conocimiento no cae del cielo ni sale de ocurrencias más o menos brillantes, sino que es fruto de un esfuerzo colectivo y tenaz. Nace por haber sabido constituirse en una comunidad de confianza que deviene de aprendizaje y de afectos. En los cuatro casos mencionados supieron encontrar palabras con las que intercambiar experiencias, entender su singularidad y nombrar sus rasgos específicos. Han tenido que darle forma a un cuerpo del que antes ni podían hablar. Han creado un cuerpo común: un cuerpo que es experimental, colaborativo, abierto, situado, inalienable. Un cuerpo entre todos que es funcional y que han sabido sanar. No serán las últimas rebeliones contra un cuerpo normalizado que tiende a juzgar cualquier diferencia como una enfermedad. Aquí lo dejamos. Nuestro propósito ahora es fijar la atención a otro cuerpo en ciernes construido con datos y no con hechos, mediado por sensores y no instrumentos, modelizado para su gestión con inteligencia artificial y no en sesiones clínicas, donde los ingenieros, diseñadores y expertos en propiedad intelectual reemplazan a los bioquímicos, médicos  y enfermeras. 

Me impresionó un texto reciente de Santiago Alba Rico que explicaba la rareza de los tiempos presentes porque asistimos al primer evento global, algo que nunca antes habíamos experimentado. Y es que, en efecto, de pronto se vaciaron las calles y se nos mostraron como un decorado ornamental, un constructo fotogénico, un teatro vacío. Las gentes fueron confinadas bajo una misma amenaza y con parecidos temores. Y esta reclusión que éramos revelaba al menos dos cosas: una, la dependencia que el sistema tiene de los cuerpos que lo hacen funcionar; dos, el descubrimiento de que nuestra conciencia como especie ya era digital.

Vivimos en situación de internamiento físico y externamiento virtual. Agobiados por la enorme cantidad de tiempo que consumen las tareas domésticas y el teletrabajo, hemos sentido la importancia de los cuidados mutuos, incluidos los telecuidados. Somos interdependientes de una manera que es tan desconocida como imposible de delegar y eso explica que una parte considerable de lo que venga después, eso que eufemísticamente llamamos “nueva normalidad”, tendremos que (re)construirlo entre nosotros. Lo que nos ofrecen, mediado por las prácticas exigidas de distancia social, suena a modernidad rota, desaborida y deshilachada. Es como si tuviéramos que recomponerlo todo: las relaciones laborales, las relaciones educativas, las relaciones sanitarias y las relaciones familiares.  Creíamos que todo funcionaba, pero ahora ya nada parece fiable. Todo está sujeto con cuatro hilos: frágil, inestable y extraño. Algo tendremos que hacer para convertir esos restos en artefactos reciclados de los que enamorarse y con los construir un mundo hospitalario. Que lo tengamos que hacer, como siempre, entre nosotros, no quiere decir que deba ser contra el estado.

La urbe rebelde, la que no aceptaba quedarse en casa resignada ante un diagnóstico, también se nos hizo digital. Se improvisaron infraestructuras y se imitaron conductas. En su conjunto se trataba de experimentos digitales de innovación social. En los primeros días del confinamiento surgieron todo tipo de iniciativas que, como frenalacurva.net, querían hacerse cargo de la situación. Muchas trataban de ser eficientes supliendo la falta de mascarillas o respiradores, y otras querían poner de pie una red de apoyo mutuo que conectara a voluntarios con personas necesitadas a las que, por ejemplo, hacerles la compra. Querían imitar las formas de organización que funcionan entre los colectivos ciudadanos independientes. Había voluntad de escucha, autonomía y experimentación. Todo sucedía en la red, pero replicando prácticas urbanas sanadoras y exitosas.

Los grandes emporios digitales están construyendo una ciudad a la medida de sus intereses y al alcance de sus sensores y algoritmos

El derecho a ciudad se trasladaba al mundo virtual, dando voz y presencia a quienes no la tenían. Se trataba de hacer más igualitaria esa nueva urbe digital que se expande sin límites por la nube a base de infraestructuras, sensores, datos y algoritmos. De pronto descubrimos que la smart city, que sólo la mencionábamos para evocar prácticas especulativas y de vigilancia, era ya una posibilidad urgente que tocaba desarrollar sin demora. No es fácil organizarse para ganar capacidad de interlocución con los que deciden, y es normal que lo hagamos por internet porque el coste es mínimo en términos de tiempo y dinero.

Cuesta poco, pero sale caro. Interactuar en la red tiene un precio: poner nuestra vida a disposición de los grandes emporios digitales, esos señores de la red que están construyendo una ciudad a la medida de sus intereses y al alcance de sus sensores y algoritmos. Quienes están preocupados por esta deriva hacia la refeudalización del mundo han encontrado esperanza en la noción de soberanía tecnológica. La ciudadanía pierde el control de su ciudad si no adquiere una cierta capacidad para intervenir en el diseño de los sensores y los algoritmos, algo que sólo puede conseguir si las infraestructuras son de código abierto y están debidamente documentadas. Sólo así podríamos rediseñarlas para que sean garantes de los derechos que nos constituyen como ciudadanos, entre los que debemos incluir el derecho a decidir, el derecho a la privacidad o el derecho a la intimidad.

Nuestro cuerpo está siendo monitorizado de forma intensiva y lo será más en el futuro. Puede que lo tengamos que abrir más siguiendo órdenes estatales, como ya sucede ahora en China y Corea por mor de la pandemia. La internet de los cuerpos (IoB) será una parte clave del ya mencionado arsenal de recursos a disposición de la internet de las cosas. Internados, la frontera entre lo público y lo privado se hace mucho más fluida. El entorno urbano y corporal tienden a confundirse.  Ser ciudadano y estar en/la red se hacen casi sinónimos. Volveremos a las calles, pero son pocos los que confían en que todo será como antes. Lo que nos pasa es un ensayo general de lo por venir. Urge entonces entender mejor ese derecho a la ciudad digital (right to digital city). 

Los movimientos ciudadanos de la última década aprendieron a renunciar a los grandes discursos de cambio para convertir la creación de un huerto, el pedaleo en las calles, la distribución de proximidad o el taller de producción maker (costura, reparación o impresión 3D) en las herramientas para la construcción de nuevas formas de sociabilidad basadas en las prácticas colaborativas, abiertas y situadas. Son las mismas prácticas humildes y eficientes que movilizaron los grupos de concernidos por un estigma que afectaba a su cuerpo y que, en general, nacieron como una rebelión hacia un diagnóstico. En todos los casos, el derecho a ciudad se convertía en el derecho de los colectivos diversos a imaginar y materializar distintos estilos de vidaHacer ciudad era (casi) lo mismo que hacer cuerpo. Para hacer ciudad se imitaron las formas exitosas de quienes fueron capaces de sanar(se) construyendo un cuerpo común.

Hubo que diseñar una política de datos que nos ha convertido en donantes sin saber qué consecuencias puede tener esta cesión de una parte de nuestra identidad

La soberanía sobre el cuerpo, el derecho a tener un cuerpo propio, que siempre fue unos de los focos de atención feministas, también tendrá que adaptarse. Un siglo de avances para conquistar cotas relevantes de soberanía corporal obligan ahora a tomarnos muy en serio cualquier acción orientada a robustecer (o debilitar) políticas de soberanía tecnológica. Pronto los algoritmos sabrán antes que nosotros mismos lo que vamos a hacer. No es que estén vigilando nuestro futuro, sino que están condicionando nuestro presente para que, llegado el momento, nos comportemos tal como imaginaron los diseñadores; al igual que en otras épocas sin necesidad de darnos órdenes hacíamos lo que el cura, el padre o el jefe esperaban de nosotros.

El coronavirus nos ayuda a entender mejor hacia dónde vamos. La pandemia funciona como espejo donde mirarnos y encontrar la imagen que nos negábamos. Igual que el estado decretó la alarma y asumió poderes extraordinarios que le permitieron restringir la movilidad o nacionalizar hospitales, fábricas y hoteles, también se procedió a tratar los datos de los pacientes como bienes expropiables. Los resultados de los test o pruebas clínicas tienen un valor epidemiológico decisivo para la construcción de políticas públicas. Así que entendemos esa conducta gubernamental. Todos, con nuestros  aplausos, participación solidaria y datos clínicos, estamos orgullosos de contribuir a la buena gestión del problema. Para poder abordar los desafíos del presente hubo que diseñar una política de datos que nos ha convertido en donantes sin saber bien qué está pasando o qué consecuencias pueda tener esta cesión de una parte de nuestra identidad. No sabemos dónde están alojados, quién tendrá acceso, para que finalidad serán usados. No sabemos nada, salvo que se ha modelizado ad hoc un cuerpo informacional, basado en nuestros datos y que constituye un modelo más o menos simplificado de lo que somos.

Es preciso insistir una vez más: esos datos no deberían ser tratados como cosas alienables o simples excrecencias corporales, sino como una extensión de nuestro cuerpo.  Aunque estén anonimizados son tan importantes para nosotros como el mapa de la ciudad que habitamos. Un algoritmo bien diseñado puede decidir la ruta por la que enviar el tráfico, los lugares donde resaltar incidencias o los sitios más atractivos, convirtiendo la ciudad en un espacio en venta, abierto a la especulación inmobiliaria o la manipulación política. Todo indica que necesitamos trabajar más y mejor una suerte de nueva gramática de la soberanía. El coronavirus ha mostrado la importancia de esas cartografías, como también nuestra dependencia del big data y de los riesgos asociados al uso (o mal uso) de esa información.

Ser susceptibles de suministrar datos, como conocer una noticia, parir un hijo o usar una lengua, no nos convierte en sus dueños, sino en sus responsables

Declarar privados esos datos no parece una buena alternativa, porque eso nos prefigura como propietarios y, en la práctica, creará un mercado tan repugnante como el de órganos. Más que nuestra propiedad, que desplaza el problema hacia la cuestión de cómo y a quién transferirlos, deberíamos verlos como una nueva responsabilidad, algo que nos corresponde cuidar lejos de los monopolios que está generando la propiedad intelectual.  Lo más decisivo no parece ser el lugar dónde los depositemos, dado que se pueden replicar y hacer accesibles desde y para diferentes usos.  Lo importante no es dónde los ponemos, sino cómo los archivamos, validamos o transmitimos. Imaginarlos integrando un data commons, un procomún digital, equivale a pensarlos como un derecho y no como un servicio.

Como los órganos y tejidos, los datos también son una propiedad moral hasta que son extraídos, momento en el que tendrían que convertirse en un bien común. Eso significa que son accesibles con las condiciones que estipulen las comunidades de donde surgen, porque esa materia prima solo tiene un valor significativo cuando engloba a toda la comunidad de concernidos y nadie puede auto excluirse. A los datos le pasa algo parecido a lo que sucede con las vacunas: funcionan bien cuando todo el mundo las utiliza, pues la salida de un grupo de esta responsabilidad altruista no perjudica a los “polizontes” pero sí deprime la inmunidad comunitaria. Ser susceptibles de suministrar datos, como conocer una noticia, parir un hijo o usar una lengua, no nos convierte en sus dueños, sino en sus responsables.  Tenemos que cuidarlos para evitar que se conviertan en bienes amenazados o peligrosos.

El derecho a ciudad ha sido imaginado como la herramienta capaz de articular la presencia de voces discrepantes y de minorías excluidas en la gobernanza de lo público.  Nunca fue fácil organizar esa conversación. La pregunta que ahora necesitamos hacernos tiene que ver con la posibilidad de un derecho similar que interpele a la ciudad digital, pues será con big data como se tomarán decisiones que afectarán a la sanidad, la movilidad, la fiscalidad, la seguridad o cualquier otro aspecto de nuestra existencia. A veces nos cuesta mucho trabajo imaginar la relación entre lo que pasa en un laboratorio y lo que pasa en la vida, pero si yo fuera pájaro debería preocuparme y mucho por lo que dicen los ornitólogos, porque llegará el día en el que se diseñarán políticas para pájaros basadas en esos saberes.  Pobres los pájaros, pues cuando se enteren de lo que (les) está pasando ya será demasiado tarde.

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Antonio Lafuente. Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC, Madrid).

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