1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

HERENCIA

La luz de las vanguardias

Sobre el camino trazado por las vanguardias hasta convertirse en una institución y una herencia

Juan Bonilla 20/09/2020

<p>Vicente Huidobro.</p>

Vicente Huidobro.

Wikimedia Commons

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

En 1920, al reseñar Por el atajo, último libro del colombiano Luis Carlos López, Alberto Hidalgo escribe que la América modernista sólo ha dado dos poetas inevitables: Rubén Darío y el propio López, y que éste es el único capaz de haber sobrevivido al nicaragüense gracias a que su humor y su capacidad para volver poético lo cotidiano lo ha convertido en maestro de una corriente –en la que ya brincan el mexicano López Velarde o el argentino Fernández Moreno– que, sin embargo, ha tropezado con un solo inconveniente definitivo: “Vivimos instantes de honda renovación. Se está operando la mayor revolución poética de que haya memoria. Nuevas formas, nuevas maneras de sentir, están echando por tierra los elementos básicos de la estética usual en lo más inveterado, lo que parecía inconmovible. Antiguamente las escuelas literarias nacían un poco, un poco mucho, sobre los escombros de la que terminaba. Hoy el cambio es absoluto, total, puesto que se está modificando el instrumento: el verso. ¡Acaso hasta la palabra será proscripta de la poesía! Los vientos de esta evolución están llegando ya a América. Y o se está con la época o se calla: tal debería ser la ley”.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

Hidalgo era, por entonces, un joven demasiado ardoroso –tanto en el halago como en el exabrupto– y acaso haya que perdonarle las exageraciones: pero llevaba tiempo en esa revolución de la que daba noticia. Sin haber salido de su Arequipa natal, había oído las campanas del futurismo, tenía noticias de los delirios dadaístas, y había publicado en 1916 un cuadernito titulado: Arenga al Emperador de Alemania, futurista en su fondo de motores veloces y violencia liberadora pero con el oído aún contaminado de la música de Rubén. Para componer su figura de adelantado vio enseguida que hacían falta dos movimientos, que eran precisamente los movimientos realizados por aquellos a los que, en Francia, en Italia y en Rusia, tenía por modelos vanguardistas: 1) la demolición de toda herencia, 2) la construcción de un nuevo edificio. La primera de las etapas la había llevado a cabo con plausible energía: no dejó sin bastozano ningún nombre de lo que llamaba “La Antigüedad”, es decir, compraba a los futuristas la idea de que había que renunciar, abolir o vender el pasado (hasta el punto de que, para hacer dinero, el futurismo proponía vender todos los tesoros artísticos de Italia para que quedara una planicie sobre la que construir la nueva era: no en vano no era un movimiento literario, sino una fe, y por tanto en su proyecto eran indispensables los arquitectos, los artesanos, los modistas, los pintores, los cineastas, todos quienes colaboraran en la tarea de tratar de convertir la vida en una obra de arte). También abominaba de la mujer: este punto siempre se ha malentendido interesadamente, denunciando la misoginia vanguardista. Ese punto del primer manifiesto futurista pretendía, justamente, lo contrario: liberar a cada mujer del concepto “mujer” –obviamente ideado por los machos–, que guardaba para ellas unas señas de identidad –“el sexo débil” y toda esa morralla– que debían ser destruidas para igualarlas a los hombres como constructoras del tiempo nuevo. Por supuesto, proyecto tan radical como ese tuvo sus adeptos ciegos y sus adeptos sensatos. De ahí que en toda la feria del vanguardismo se diesen casos de autores radicales y autores moderados. La guerra al orden burgués se bifurcó en varias sendas muy distintas pero hermanadas por el enemigo común: esa “antigüedad” a la que se refería Hidalgo, el cementerio donde, como mucho, se podían prestar respetos a los viejos autores y donde había un panteón para Rubén Darío, a quien más adelante, ya en los años treinta, Coronel Urtecho le escribiría una espléndida oda en la que explicaba la necesidad de los jóvenes vanguardistas de matar al padre: el parricidio era necesario, pero también un reconocimiento de la paternidad del gran autor de Prosas profanas.  

Wyndham Lewis le explicó a Marinetti por qué en Londres el futurismo no iba a tener influencia: “Aquí llevamos décadas montándonos en ascensores, no son objetos poéticos para nosotros”

Todo para conseguir no solo una lírica nueva, sino también una nueva forma de vivir –en esto, ay, los poetas iban por detrás: esa nueva forma de vivir ya se notaba en las calles de cualquier gran ciudad, la estaban produciendo la tecnología y la velocidad; los poetas nuevos se limitaban, de hecho, a acompasar sus pulsos al de ese tiempo nuevo en el que, obviamente, los saloncitos donde se recitaban rimas más o menos sentimentales eran un anacronismo que no podía representar a la poesía en esa nueva era. Cuando Marinetti fue a Londres a fundar el futurismo inglés se encontró con la personalidad de un coloso al que apenas pudo intimidar: Wyndham Lewis. Memorablemente, este le explicó a Marinetti por qué en Londres el futurismo no iba a conseguir que se hicieran odas a los ascensores o los trenes: “Aquí llevamos décadas montándonos en ascensores, no son objetos poéticos para nosotros”. De ahí su explicación de que el futurismo sólo tuviera posibilidades de hipnotizar a poetas y artistas provincianos. Y llevaba razón: era bastante más fácil que el futurismo obtuviera adhesiones en Palermo que en Nueva York, en Arequipa que en Berlín, en Jalapa que en Buenos Aires.

La radicalidad visible en la premonición de Hidalgo de que se iniciaba una época en la que hasta la palabra quedaría “proscripta” de la poesía, tuvo, sin dudas, incontables adeptos, pero la mera posibilidad de su propio triunfo –y su presión primera, “las palabras en libertad”, que a fuer de ofrecer hermosos frutos tipográficos apenas produjo poesía auténtica– hubiera dejado sin oficio a los poetas. Muchos de ellos tomaron de esa radicalidad algunas herramientas –la liberación del verso con respecto a las formas tradicionales, que de todos modos tampoco era nueva, la exploración de nuevos mecanismos retóricos, la conciencia de que se debía transformar en poético lo que hasta entonces no estaba prestigiado por los poetas (de ahí la denominación de antipoesía para algunas piezas que no por ello dejaban de ser poesía)–, pero las amoldaron a diferentes necesidades. Una de las más sobresalientes en América fue la producción vanguardista aplicada al canto de la propia identidad: no tenía por qué ser el folklore el que erigiera –al expresarlas– las identidades, sino que el poema liberado de los vanguardistas podía, en efecto, ser el vehículo idóneo para encapsular esas necesidades de expresión. De ahí que no tardaran en surgir, entre los innumerables grupos de avanzada que se dieron en todo el continente, algunos que depararon una suerte de poesía indigenista –en expresión de Mariátegui, corregido más adelante por un colaborador de Amauta que pedía la denominación de “poesía andinista”. Entre ellos, el más destacado se localizó en Puno gracias a las ediciones del Boletín Titikaka. Se producía una radiante paradoja, pues si una de las marcas de la vanguardia era su cosmopolitismo, no dejaba de ser extraño que sus tácticas, su retórica, sus afanes experimentales se emplearan en el canto y exaltación de lo local. Antropofagia llamarían a esa figura en Brasil: había que devorar y digerir los descubrimientos de la vanguardia europea para producir vanguardia autóctona. Metáforas vertiginosas, juegos tipográficos, descoyuntamiento de la frase se pusieron al servicio de la causa. Poetas como Emilio Armaza con el libro Falo, o José Varallanos con El hombre del Ande que asesinó su esperanza, y Alejandro Peralta con Ande produjeron un tesoro poético en el que la vanguardia adquiría tintes muy personales y reconocibles, mostrando que podía servir a muy distintas motivaciones con el préstamo de sus descubrimientos formales. Ese telurismo fue una de las más evidentes aportaciones de América a lo que ya se llamaba “movimiento internacional”, pues si evidentemente el canto a la Cosmópolis no podía diferir mucho ya se hiciera en Madrid (Viaducto, de González Ruano) o Ciudad de México (Urbe, de Maples Arce), la personalísima combinación que se producía al maridar el mundo andino con los recursos vanguardistas resultaba en composiciones de nítida personalidad.

La personalísima combinación que se producía al maridar el mundo andino con los recursos vanguardistas resultaba en composiciones de nítida personalidad 

Otro factor contó lo suyo para que los más jóvenes poetas adoptaran, según la expresión de Hidalgo, la voz de la época en lugar de callarse. Los representantes mayores de algunos ismos habían sido capaces de llegar al poder, lo que no dejaba de ser un aliciente notable. Tanto los cubofuturistas rusos como los futuristas italianos –en calidad de vates de sus respectivos aliados políticos: bolcheviques en Rusia, fascistas en Italia– se convertirían, bien que por un periodo breve de tiempo en un caso y en calidad de meros comparsas en el otro, en “poetas de Estado”. Para descabalgar a la vieja poesía institucional y derribar su edificio caduco, ¿qué mejor modo había que llegar al poder? No es de extrañar que tras algunas de las operaciones más ambiciosas vinculadas con la vanguardia americana se encontrasen ideólogos y agentes culturales de la talla de Vasconcelos –cuyo libro Ideología de acción ilustró César Moro, y patrocinó el muralismo mexicano y contó con poetas estridentistas para toda clase de acciones– y Mariátegui, fundador de la importantísima revista Amauta, desde la que tramó, según precioso título de una exposición que le dedicaron en México y Madrid, “redes de vanguardia” con toda América. En el texto de presentación decía: “Esta revista, en el campo intelectual, no representa un grupo. Representa, más bien, un movimiento, un espíritu. En el Perú se siente desde hace algún tiempo una corriente, cada día más vigorosa y definida, de renovación. A los fautores de esta renovación se les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios, etc. La historia no los ha bautizado definitivamente todavía”. Cedió en su revista sitio inclusos a piezas que despreciaba. Por ejemplo, publicó la Oda al bidet de Giménez Caballero, pero le añadió una nota en la que afeaba firmemente al vanguardista español por utilizar su talento en un esteticismo malsano que consideraba decadente, es decir, aquello de lo que precisamente una actitud de vanguardia debía huir.

Por toda América, desde finales de la década de los diez, se multiplicaron grupos y revistas de jóvenes vanguardistas que se adscribían a uno u otro ismo. Se dio el caso de que un diario chileno abrió una página semanal dedicada al dadaísmo. En lugares como Chiclayo o Guayaquil vibró la tensión vanguardista. La atención que suscitaban se dividía naturalmente en partidarios vinculados a ellos y enemigos feroces, articulistas de opinión, representantes de las instituciones amenazadas, academicistas que con sobrada pomposidad los despreciaban. Pero esos jóvenes que a mediados de los años veinte ya eran, por decirlo así, “nativos vanguardistas”, tenían algo que sus predecesores apenas habían tenido: una tradición. Ya formaban parte de una segunda generación de vanguardia y ya contaban con Poemas árticos y Tour Eiffel de Huidobro, con Trilce de Vallejo, con Fervor de Buenos Aires de Borges, con Veinte poemas para ser leídos en un tranvía de Girondo, con Paulicéia Desvairada de Mario de Andrade, con Química del espíritu de Hidalgo, entre otros grandes libros de la vanguardia americana inaugural. Tenían incluso, piedra de toque del movimiento, una antología confeccionada por Alberto Hidalgo, aunque firmada por Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y el propio Hidalgo. El Indice de la nueva poesía americana quería ser un recopilatorio de las mejores jugadas que hasta el año 1925 había producido la vanguardia en América y en español: según su frase inaugural, las distancias habían sido asesinadas y no era necesario hacer divisiones nacionales para presentar la cabalgata de poetas –que sólo se agrupaban por naciones en el índice. “El vanguardismo poético latinoamericano surge de esta antología”, dice categórico Mirko Lauer, el prologuista de la reedición (2007). Sin duda exagera, pero aun en la exageración acierta a tasar la importancia que tuvo la antología en la consagración del movimiento vanguardista y, por tanto, en la producción de nuevos talentos. Los jóvenes que empezaban a escribir hacia mediados de los años veinte ya no necesitaban volverse hasta Rubén, entre el nicaragüense y ellos se habían interpuesto nuevos maestros, la época había encontrado su voz y, por hacer bueno el mandato de Hidalgo, o se estaba con ella o era mejor callarse.

El “ismo” más tardío producido en Europa fue también el más fértil ganando adeptos –sobre todo en el terreno de la pintura, pero no sólo, como no sólo en América, también en España, en Checoslovaquia o en Japón. El surrealismo lanzó su primer manifiesto en 1924, pero desde mucho antes había ido calentando motores –cosa lógica, que también sucedió con el futurismo, pues los primeros poemas futuristas, como Distruzione de Marinetti, son anteriores al manifiesto de 1909. Las extensiones del surrealismo, en mayor o menor medida, cubren el siglo XX y son innumerables los poetas y narradores que le deben algo. Forjó una tradición, de ahí que no pueda ser más acertada la definición que ofreció Octavio Paz para la modernidad: “La tradición de la ruptura”. En América su primera cumbre –dispensando a Trilce de sus destellos surrealistas, que llevan a Valeria Bocanegra a tildarlo de “surrealista antes del surrealismo”– es Residencia en la tierra, de Pablo Neruda, publicado en España en 1934. Pero en 1935 se produce otro hito de la vanguardia americana. La publicación de la Antología de poesía chilena nueva de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim. Acerca de la importancia de ese libro Niall Bians escribió: “La originalidad deslumbrante –más importante, quizás, el deslumbrante afán de originalidad– de los poetas antologados se encarnó, de una manera monumental, en las páginas de este libro. Cada escritor precedió sus textos poéticos con una breve introducción, lo cual acentuó la intencionalidad fundacional de los compiladores. La búsqueda de un lenguaje nuevo y la creación de mundos textuales nuevos y autónomos, se unían, en los más importantes de estos poetas –Huidobro, de Rokha, Neruda, pero también Díaz Casanueva y Rosamel del Valle– a una visión sacralizada del poeta como creador, como ser privilegiado capaz de desentrañar verdades o esencias desconocidas, ocultas bajo la confusión aparencial del mundo. Más allá de la importancia estrictamente literaria de la antología, su impacto en el campo literario se debe también a una serie de polémicas que suscitó. 1935 es el año que condenó la poesía chilena, de un modo definitivo, al fratricidio literario entre los tres escritores de mayor peso: Huidobro, de Rokha y Neruda. Una mezcla de rivalidades y discrepancias estéticas y políticas, un protagonismo exacerbado, y una incompatibilidad total al nivel personal imantó el campo literario chileno en tres polos violentamente segregados, participantes en una guerrilla literaria sin cuartel. Fue una lucha de tres grandes egos, demasiado grandes para convivir en paz en el exiguo campo poético de su país. Los poetas jóvenes que comenzaron a escribir a finales de los años treinta, entraron en un campo literario dominado por la Antología y por la presencia de los tres poetas de la guerrilla literaria. En palabras de Leonidas Morales: “Fueran o no conscientes de ello, para los jóvenes la tarea consistía primariamente en un desafío: derrotar con otras fórmulas, y sin negar la grandeza del adversario, el ‘barroquismo’, el énfasis cósmico, el gigantismo de los poetas anteriores (Huidobro, Neruda, de Rokha). De algún modo, mientras los guerrilleros seguían –y seguirían hasta el fin– luchando ferozmente entre sí, los escritores más jóvenes podían ver lo que había en común en ellos, una poesía precursora tricéfala de una fuerza avasalladora”.

Para el momento en que se publica esa antología, que culmina de algún modo una serie de antologías nacionales entre las que destacan la maravillosa Exposición de la actual poesía argentina de César Tiempo y P.J. Vignale (1928) y la no menos célebre Antología de la poesía mexicana moderna de Jorge Cuesta (1927), el surrealismo ha entrado en crisis. La revista mexicana Romance, vinculada al exilio español, hizo una encuesta en la que se preguntaba tendenciosamente a diversos autores: “¿Cómo definiría las características de la literatura posterior al surrealismo?”. Era una pregunta con trampa porque daba por muerto al movimiento. Pero es interesante leer la respuesta de un jovencísimo Octavio Paz: “El arte barroco –como el neoclásico, aunque en otro sentido– subrayan el elemento expresivo, el elemento lenguaje, por una especie de desconfianza en la eficacia de la palabra. La mentira invisible del arte sano se sustituye por una mentira que se sabe mentira. Todo el mundo está ‘en el secreto’. El engaño total y trágico se convirtió en engaño virtuoso. Y a este virtuosismo de la sensualidad fatigada y de la expresión gastada no sucedió una salud, sino un frenesí. El romanticismo huye de la lucha que en el arte libran la verdad y la mentira, la experiencia y la palabra, el romanticismo, más que la desconfianza de la razón es la desconfianza en el lenguaje y, más que la victoria de los sentimientos, la derrota de la expresión. El surrealismo no ha hecho más que continuar lo que el romanticismo inició; ahora, abandonado por las ‘musas moderadoras’ –las musas del lenguaje–, ha caído en la literatura. Es decir, en un lenguaje hecho de lugares comunes”. 

También ofrecería Paz armas contra el surrealismo publicando en la revista Taller el texto “Demagogos de la poesía” del guatemalteco Cardoza y Aragón, autor de dos espléndidos libros de vanguardia, Luna Park y Maelstrom, en el que se lee, según L.M. Schneider, una afirmación más completa de las ideas de Paz: “El surrealismo ha insistido en un aspecto abominable de la tarea poética, ha caído en la literatura y ha trocado por juegos banales y supercherías el secular afán del hombre por librarse de lo convencional, de la rutina, hasta alcanzar una libertad sin límites. Los nauseabundos y convencionales recursos del surrealismo lo llevan a divertir a la gente y a convertirse en una academia en la que priva el insulto, la vulgaridad, la inexactitud. Y en última instancia son sólo degeneración pretenciosa de la actividad romántica del siglo XIX”.

Más tarde, al opinar André Bretón que el mejor poeta de América era Octavio Paz, la valoración del surrealismo del joven impetuoso cambiaría notablemente. Pero en cualquier caso esa es otra historia: la vanguardia hacía mucho que se había convertido ella misma en una tradición, es decir un faro capacitado para dar aviso o marcar un rumbo. Pero los barcos que detectaran y utilizasen esa luz no pueden ser considerados, a su vez, el faro que los guía. Aunque su guerra se mantuviera de modo más o menos aparente contra las instituciones y las herencias recibidas y la vida falsificada –produciendo, en algunos casos, notables resultados literarios– resultaba difícil no aceptar que esa luz, la de la mayor revolución poética de la que hablaba Hidalgo, se había convertido ya en institución y herencia.

La pandemia ha golpeado duro a CTXT. Si puedes, haz una donación aquí o suscríbete aquí

Autor >

Juan Bonilla

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí