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El continuum

¿Tú también sientes que el tiempo pasa más deprisa?

Debemos detener el ciclo producir-consumir que nos engulle irremediablemente para fundar una nueva forma de organizar las distintas etapas vitales y dotarlas de sentido

Alejandro Pérez Polo 17/02/2021

Pxhere

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Decía Einstein que el tiempo es una ilusión persistente. Para los físicos, el tiempo siempre ha supuesto un enorme desafío ya que pese a existir la sensación del paso del tiempo y hacer mediciones en relación con el mismo, no existe ninguna propiedad o ley física que explique el tiempo como un fluir. La relatividad general ya rompió a principios del siglo XX cualquier fantasía en torno a un reloj cósmico, como pudimos disfrutar en la película Interstellar.

La física moderna nos dice que el espacio-tiempo es un bloque absoluto y que cualquier experiencia personal en relación con el paso del tiempo se reduce a eso, a una experiencia subjetiva que nos hace creer que el tiempo pasa. La ciencia, por lo tanto, lo deja claro: el tiempo y su experiencia responde a una formulación de nuestra mente. 

El tiempo es una experiencia subjetiva. Y como sabemos, lo subjetivo humano está configurado por el colectivo. De hecho, el lenguaje es el que permite pensarnos y éste es intrínsicamente social además de preexistir a nuestra conformación del Yo individual. El tiempo, por lo tanto, es una experiencia subjetiva que expresa nuestra forma de organizarnos como sociedad. 

Creo que no soy el único que este año de confinamiento y covid se le ha pasado volando. El tiempo se ha acelerado y estamos experimentando una comprensión del espacio-tiempo que nos lleva a decir cosas del estilo “¡pero si parece que fuera ayer!”. Decíamos que el tiempo expresa nuestra forma de expresarnos como sociedad. Y sí, la covid ha supuesto poner la sexta marcha de un proceso de fondo que viene produciéndose desde hace muchas décadas: la aniquilación del espacio-tiempo en el capitalismo contemporáneo. 

El problema no es que el tiempo acelere, sino que el tiempo se dispersa y se atomiza para hacer desaparecer la ordenación del tiempo en nuestra cultura

El primero en conceptualizar la aniquilación del espacio a través del tiempo fue Marx. Esta idea fue recogida y desarrollada por teóricos como Harvey y Virilio. La tesis principal es que para dinamizar los intercambios comerciales y acelerar la producción de valor en nuestro sistema era necesario reducir los tiempos de producción y distribución de mercancías, acercando y destruyendo las distancias geográficas. De esta forma, desde el telégrafo hasta los ferrocarriles pasando por sus actualizaciones contemporáneos (internet, alta velocidad, aviones…) buscan sobre todo ganar la carrera por la velocidad. Más velocidad se traduce en más intercambios y por lo tanto en más beneficios. Del mismo modo, quien logra mayor velocidad logra mejores posiciones en cualquier mercado. Virilio tiene una imagen muy gráfica para definir esta importancia de la velocidad: la diferencia entre una caricia y una bofetada es de velocidad aplicada a la mano.

Sin embargo, el problema del tiempo va más allá de que el tiempo engulla al espacio. Los físicos ya hablan de que espacio-tiempo es un bloque y no hay aniquilación del uno sobre el otro sin que exista una aniquilación de ambos a la vez.

La aceleración en la producción y distribución de mercancías, acortando sus tiempos, provoca también que desaparezca el propio paso del tiempo provocando una liberación de los sucesos temporales.

Es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han el que abrió una nueva vía de investigación en su ensayo El Aroma del tiempo. El problema no es que el tiempo acelere, sino que el tiempo se dispersa y se atomiza para hacer desaparecer la ordenación del tiempo en nuestra cultura. 

Cuando ordenábamos el tiempo teníamos un tiempo lineal donde entre un suceso y otro mediaba una duración. Una duración que permitía separar etapas vitales (y colectivas) y que nos permitía saborear el paso del tiempo. Esta duración temporal estaba encuadrada mediante rituales. De esta forma, desde el nacimiento hasta la muerte teníamos varios ritos que separaban nuestras etapas vitales. 

Todo es un continuum que responde al imperativo del ciclo producir-consumir. Nada puede interrumpir el ciclo de la producción y el consumo en el capitalismo

La religión y la cultura popular han sido los grandes organizadores de esas etapas: bautismo, matrimonio, muerte (funeral) en el caso del catolicismo. Esta forma de organizar el tiempo da un sentido al tiempo vivido, separando etapas: infancia, juventud, adultez y vejez. A nivel cultural, etapas como la de estudiante o la de trabajador estaban bien definidas. Si nos fijamos, hoy se habla de “formación continua”, la educación ni empieza ni termina nunca. Hacemos másters o cursos con más de 30 años. Llevamos gorras y escuchamos trap con 40. Y esta lógica se aplica a todas las esferas de la vida.

Cuando el tiempo se dispersa y se atomiza lo que emerge es la desaparición de los principios y finales. No hay trascendencia, no hay origen ni final. Todo es un continuum que responde al imperativo del ciclo producir-consumir. Nada puede interrumpir el ciclo de la producción y el consumo en el capitalismo y el tiempo era una barrera a este ciclo. 

La muerte sería el punto final a nuestra existencia, pero cada vez se oculta más en nuestro día a día. Durante la crisis de la covid, se prohibió asistir a los entierros y se invisibilizó notablemente los rituales en torno a las muertes de nuestros conciudadanos. Los casos de muertes se han reducido a la estadística, pero desprovistos de su empaque ritualizado que nos recordaría que siempre hay un final.

En un sistema que obliga a la positividad absoluta (“sé sano”, “esfuérzate más y todo saldrá bien” ...), se elimina todo elemento que pueda suponer un contrapeso negativo. La muerte es el contrapeso absoluto, pero también el resto de las acciones que implican un final. Sea el final de una relación amorosa o sea el fin de una etapa vital. Nada empieza ni termina porque todo debe ser un fluido constante. En este fluido constante, lo que se sucede son los presentes y no hay tensión entre pasado y futuro. Se amontonan los hechos en un presente total que además se traspone a lugares como la cascada de información o las redes sociales.

Una cuestión curiosa es que, para los más jóvenes hoy, no existe realmente una diferenciación entre un pasado cercano y uno lejano. El “suceso” de la transición, el del 15M o el de la guerra civil se enmarcan en un mismo lugar: un pasado indeterminado e inconexo. Tampoco hay un horizonte a futuro porque no hay un sentido que ligue ese pasado con el presente y que te proyecte hacia ese futuro. La sensación de vacío se intensifica y sus efectos ya se observan: uno de cada dos jóvenes confiesa haber sufrido ansiedad. 

La solución pasa por reordenar nuestro tiempo en base a las ritualizaciones que nos permitan recordar nuestro pasado y proyectarnos al futuro

Todos estos elementos pueden verse con más radicalidad en este año de pandemia. Durante este año, hemos vivido una secuencia ininterrumpida de vivencias pero no hay una experiencia global. Tampoco hemos podido vivir con normalidad esos ritos que ejercen de umbral entre un momento y otro (cumpleaños, fiestas mayores, fin de año, cena de nochebuena..) y hemos podido experimentar por lo tanto lo que supone una única sucesión dispersa de vivencias que se repiten día a día sin que sepamos bien de dónde viene ni adónde nos lleva y que, en esa repetición, nos han hecho perder la sensación del paso del tiempo que ya estaba ahí. 

Todo pasa de forma rápida porque no hay posibilidad de demora y eso lo que hace en realidad es acortar nuestras vidas pues no sentimos el paso del tiempo. Para solucionar esto, no basta con las reivindicaciones de la izquierda de “ralentizar” el tiempo o ir más lento en todo (ejemplo de las ciudades lentas). 

La solución pasa por reordenar nuestro tiempo en base a las ritualizaciones que nos permitan volver a recuperar la separación de etapas, que nos permitan recordar nuestro pasado, ofrecerle un sentido histórico y proyectarnos al futuro. Es decir, detener el ciclo producir-consumir que nos engulle irremediablemente para fundar una nueva forma de organizar las distintas etapas vitales, dotarlas de sentido, recuperando la idea de principio y final de los acontecimientos y sucesos. Aquí hay que reintroducir también el tratamiento de la muerte, cada vez más desdibujada y que exige de nuevos rituales y visibilización cultural.

Volver a disfrutar de ese aroma del tiempo pasa por volver a recuperar la duración, generar nuevas formas de umbrales entre un momento y otro.  Y podríamos empezar explicándonos de verdad cómo hemos vivido el acontecimiento más brutal de los últimos tiempos: la covid-19, en vez de seguir en ese torbellino de ansiedad que solo espera que todo pase lo más rápido posible.  

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Alejandro Pérez Polo es politólogo. Máster en Filosofía política y Postgrado en Economía.

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Alejandro Pérez Polo

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