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Gramática rojiparda

Hundir la flota

Hay muchos elementos ridículos en el discurso de Tatiana Ballesteros, y también algunas falsedades. Pero no deberíamos minusvalorar el hecho de que, fuera de los ambientes más politizados, se percibe como políticamente neutro

Xandru Fernández 7/03/2021

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Hemos hablado mucho, demasiado, de esa mujer que pide un capitán para el barco a la deriva que es España. Metáforas marineras, las favoritas del discurso político desde que existe tal cosa. Desde Teognis, o Alceo, o algún otro oscuro lírico de la Antigüedad griega. Poetas metidos a consejeros políticos. Como Monedero. Se entiende que una sociedad como la griega, que vivía en el mar y para el mar, considerase la marinería un modelo experimental mucho más interesante para la reflexión política que, por ejemplo, el pastoreo (aunque Platón, sin ir más lejos, usa ambos). Se entiende menos que el símil (o la alegoría, ya no sé) continúe apareciendo en pleno siglo XXI, cuando para la mayoría de nosotros es más normal navegar por internet que surcando las olas. Rajoy era mucho de remar, lo mismo que el rey emérito, que a fuerza de darle al remo, marinero de sueños cargado de luces, llegó hasta el Golfo Pérsico. Así también Tatiana Ballesteros, la mujer que quiere un capitán.

Decir, en un universo de tierra adentro como el nuestro, que España necesita un capitán equivale a proclamar que los regímenes políticos de mando unipersonal, como las dictaduras militares o las monarquías absolutas, son más proclives al acierto que los regímenes democráticos, donde el poder es de unos pocos y la responsabilidad es de todos. Lo cual sería repugnante y preocupante si fuera verdad. La verdad es que sí, en una democracia el poder lo tienen unos pocos, pero la responsabilidad no es de todos, y si Tatiana Ballesteros puede hacer como si lo fuera es porque nosotros, su público, nos lo hemos creído. Hemos consentido demasiadas veces que las responsabilidades políticas se bañen en el lodo comunal de las elecciones, como si el ser elegido diputado o senador te eximiera de responsabilidad por todas las fechorías cometidas o consentidas en el pasado. Las urnas han hablado, decimos. Si el pueblo quiere gobernantes corruptos, legisladores corruptos o alcaldes corruptos, decimos, no podemos ignorar su voluntad soberana. Lo contrario sería limitar el derecho al sufragio. Al sufragio pasivo. Y cualquiera puede ser elegido, es su derecho, para hacer horas extras en la sala de máquinas de la nave del Estado. Y hasta para llevar el timón. Cuatro años. O tres. O doce. Da igual que lo haga con pericia o que se estrelle contra las rocas.

Quizá también debería preocuparnos el entusiasmo con que buena parte de la izquierda ha acogido el vídeo de Tatiana Ballesteros y su viralización inmediata

Ya hemos vuelto al símil náutico. Como si lo entendiéramos. Tatiana Ballesteros no lo entiende porque no piensa en barcos. El capitán podría serlo de un yate, pero también de una compañía de soldados. Las metáforas militares encajan mejor con lo que una tiene en mente cuando se lanza a despotricar contra los políticos y los que los han elegido. Pero al capitán hay que elegirlo, de una forma u otra. No habrá que votarlo, pero habrá que decidir a quién le encomendamos la misión histórica de pilotar etcétera. No hay una enmienda constitucional para eso, que yo sepa. Al buen capitán lo reconoce nuestra memoria lectora, que para eso hemos leído novelas de aventuras, donde los capitanes abundan mucho más que los sargentos y los comandantes: Un capitán de quince años, Capitanes intrépidos, El capitán Alatriste. Mitología de posguerra, de campamentos de la OJE y flechas y pelayos. A Tatiana Ballesteros la vinculan con Falange, lo que sin duda es preocupante, pero no por ella, sino por el hecho de que aún exista Falange en pleno siglo XXI. Un vestigio de los años cuarenta del siglo XX, esa década en la que cualquier europeo elegiría vivir si le dieran la oportunidad de viajar al pasado.

Quizá también debería preocuparnos el entusiasmo con que buena parte de la izquierda ha acogido el vídeo de Tatiana Ballesteros y su viralización inmediata. No, no han leído mal, he escrito “entusiasmo”. Ese estado de ánimo que, según Anthony Ashley Cooper, tercer conde de Shaftesbury, requiere el contrapeso del “buen humor” y la “libertad de ingenio”, de lo contrario se convierte en una enfermedad para el alma y una carga para la sociedad. Las críticas al discurso de Tatiana Ballesteros han consistido sobre todo en pasionales denuncias de las vinculaciones políticas y profesionales de su protagonista y, con menor frecuencia, en soporíferos ejercicios de semiótica amateur; después, con la misma celeridad unos y otros críticos se han desentendido del asunto como si, al haber conjurado el peligro en la teoría, hubiera desaparecido también en la práctica. El peligro, a saber: la posibilidad de que el pueblo, engañado, seducido o anestesiado (o las tres cosas), se lanzara a la calle en busca de ese capitán falangista, en plan revolución naranja o similar. Visto que el entusiasmo nacionalballesterista no ha cuajado en un maidan ibérico, el entusiasmo de la izquierda se ha enfriado en la misma proporción. Lo cual no es un consuelo, pues ni uno ni otro pasan la prueba que Shaftesbury proponía para decidir si un brote de entusiasmo era aceptable socialmente o condenable: la prueba del ridículo.

Hay muchos elementos ridículos en el discurso de Tatiana Ballesteros, y también, como han señalado (y bien que han hecho) muchos analistas de izquierda, algunas falsedades, pero no deberíamos minusvalorar el hecho de que, fuera de los ambientes más politizados (y aun en estos), se lo percibe como un discurso políticamente neutro, de sentido común, acorde con las vivencias de una mayoría que no por no salir en los medios deja de existir y de estar harta. La antipolítica contra la que claman nuestros intelectuales áulicos es, de hecho, un estado de ánimo, una convicción instilada por los mismos partidos políticos que se dicen víctimas de ese discurso. Seguramente era una exageración hablar de “la gente” y de “la casta”, como hizo Podemos en sus primeros tiempos, y seguramente había en ese vocabulario un coqueteo indisimulado y peligroso con entusiasmos antipolíticos, pero es suicida negar que hay un estado de ánimo en el que burbujean el hastío, la indiferencia, el hartazgo, la pesadumbre, la anomia, todos los demonios hostiles a la política y a las soluciones políticas.

Aquí todos podemos equivocarnos, especialmente cuando las encuestas dejan de ser instrumentos de análisis social y se convierten en estudios de mercado de los partidos-empresa, pero precisamente por eso, cuando en el paisaje mediático aparece un discurso como el de Tatiana Ballesteros, nos queda solamente la prueba del ridículo. Solo que el ridículo es una convención social, y ojo con cómo construimos nuestras vergüenzas privadas, pues pudiera ser que lo ridículo a nuestros ojos sea tendencia mañana en las pasarelas de moda de la política. Nadie ve en el horizonte a ningún capitán de los tercios de Flandes dispuesto a tomar la Moncloa por asalto, pero quizá es que no miramos al horizonte correcto. A lo mejor tenemos que imaginarnos al capitán sentado ya en su despacho en la Zarzuela y preguntarnos si esa imagen pasa la prueba del ridículo. No sea que nos hayamos creído que el barco a la deriva era el del Estado cuando, en realidad, de lo que aquí se habla es de la monarquía.

Tenemos un problema real con la Casa Real, y seguir ignorándolo es contrario al sentido común, al sentido del ridículo y al sentido del humor. Tal y como está, la Casa Real ya no nos vale ni para hacer chistes, que era, no lo olvidemos, una de sus más preciadas cualidades hasta no hace mucho. Ahora mismo, cualquier chiste que involucre al rey emérito, al rey meritorio, a cualquiera de las dos reinas o a sus hijas, las de cualquiera de ellas, roza el sarcasmo, que es la antesala de la muerte social para cualquier humorista, aquí o en Mongolia. Son demasiada gente en esa Casa y ninguno de sus habitantes es muy de remar a las órdenes de otro. Y es demasiado tiempo el que han pasado jugando a los barcos para que a nadie se le haya ocurrido que la solución sea hundir la flota. Con Villarejo suelto, puede ser cuestión de días.

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