1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Ausencias y extravíos (Y VI)

Ausencia de responsabilidad y extravío de la esperanza

La libertad se da en un entorno de límites y fragilidades. El ejercicio de la libertad requiere consciencia de aquello ante lo que no tenemos elección, de las necesidades. No hay libertad sin responsabilizarnos de su garantía para todas

Yayo Herrero 20/08/2021

<p>Imagen de la película <em>Frankenstein</em> (1931), de James Whale.</p>

Imagen de la película Frankenstein (1931), de James Whale.

Youtube

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

En 1818, Mary Shelley escribió el mito que, para mí, mejor refleja nuestro momento: Frankenstein o el moderno Prometeo. En él contaba la historia de Viktor Frankenstein, un estudioso que soñaba infundir vida a un ser creado por él mismo. 

Viktor recorrió morgues, cementerios y mataderos, escogiendo órganos y miembros perfectos y bien formados. Consiguió su propósito, pero cuando logró animar a la criatura, el resultado le horrorizó. No se correspondía con lo que él había ideado. El ser era torpe, torvo y desgalichado. Aterrorizado y decepcionado, Viktor huyó, desentendiéndose de su propia creación.

Frankenstein fue una historia muy mal tratada durante mucho tiempo. En películas u obras de teatro, cómicas o trágicas, la criatura era representada como tontorrona, balbuceante y carente de humanidad. En muchas ocasiones, la obra fue reducida a un cuento con moraleja. Avisaba de los peligros que podía causar la experimentación si se transgredían ciertos límites.

Pero eso no es lo que contó la jovencísima Mary Shelley –hija de Mary Wollstonecraft y marcada por el pensamiento de su madre– en su obra. Shelley no le recrimina a Frankenstein que quisiera crear vida. Le reprocha que no se haga cargo de ella. Frankenstein es una historia sobre la falta de responsabilidad. 

La culpa es triste y paralizante y genera ansiedad. La responsabilidad es fuerza, potencia y capacidad de hacer

La criatura abandonada –ni siquiera llega a recibir un nombre– tiene, sin embargo, inteligencia y sed de afectos. Aprende de forma autodidacta y adquiere consciencia de su propia naturaleza cuando experimenta el rechazo y el abandono. Las consecuencias de que Viktor no se haga cargo del ser sin nombre las sufren otras personas. Su amigo, su hermano o su novia. Viktor calla, incluso, cuando su sirvienta es acusada y condenada injustamente por el asesinato de su hermano. Todo su entorno sucumbe asesinado por la criatura. El odio y resentimiento la transforman en un monstruo que quiere castigar a su creador arrebatándole lo mismo que a él le ha sido negado: el amor. 

La criatura de Frankenstein es un monstruo del desamor. 

Mary Shelley avanzó, de una forma lúcida y premonitoria, el gran problema de nuestro tiempo. La sociedad de la desmesura que se desresponsabiliza de las consecuencias de sus actos, que huye de los problemas y conflictos y se desespera cuando le estallan en la cara. 

La palabra responsabilidad viene del sustantivo latino responsabilitas que, a su vez, tiene su origen en el verbo respondo, respondere. Responsabilidad es la cualidad de ser capaz de responder a un compromiso, de cumplir lo convenido, de asumir las consecuencias de las acciones y la obligación de resarcir o reparar material o moralmente a quien ha sido dañado.

Responsabilidad no es lo mismo que culpa. La culpa es el sentimiento de malestar que nace de la acusación y el castigo por algo que hemos o que no hemos hecho, por algo que somos o que no somos. Frankenstein no es responsable. Solo se siente culpable. 

Recuerdo, cuando era niña, ver rezar a mi abuela. De rodillas. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Se me quedaron grabadas esas palabras que decía en voz baja, mientras se daba golpecitos en el pecho. Yo pensaba, con lo buena que es mi abuela qué puede haber hecho para sentir una culpa tan grande... Unos años más tarde, la primera vez que mi hija se fijó en un confesionario me preguntó qué era. Le expliqué y le pareció rarísimo que alguien contase allí, en secreto, las cosas malas que había hecho y el cura que había dentro, que no había recibido directamente las malas acciones, fuese el que pudiera o no perdonarlas. Ella, a sus cinco años, pensaba que tenía que perdonar quien hubiera sido dañado y, previamente, había que intentar reparar lo malo que se había hecho y comprometerse a no repetirlo. 

El neoliberalismo cultural impulsa la disolución de los lazos que nos obligan a hacernos cargo de otros

A veces sentimos culpa por no cumplir las expectativas que nos imponen otros, o nosotros mismos. Culpables por ser gordas, por ser viejas, culpables por no encajar en el mundo… Culpable por ser pobre o no tener trabajo, culpable por ‘provocar’ a tu violador o al maltratador, culpable por haber nacido en un ‘país atrasado’, culpable por no poder pagar la casa o la luz. Sentirnos culpables por cosas que escapan a nuestro control individual genera dolor, impotencia y sumisión. Quienes se sienten culpables de no ser o no actuar conforme a lo que se espera de ellos, con frecuencia callan o buscan el perdón y la aquiescencia de quien creen que tiene el poder de otorgarlo. 

La responsabilidad es muy diferente a la culpa.

Podemos sentirnos responsables de situaciones de las que no nos percibimos culpables. Responsables de que no haya desahucios, de que no haya violaciones ni maltratos, responsables de la acogida de quienes vienen de otros lugares, responsables de evitar el saqueo de otros territorios, responsables de que se garanticen nuestros derechos y los de otras personas, responsables de que todas las personas tengan alimento, calor en el invierno y un centro de salud al que acudir cuando enferman, responsables del respeto a los animales.

La culpa es triste y paralizante y genera ansiedad. La responsabilidad es fuerza, potencia y capacidad de hacer. 

Ser responsable es erigirse en agente que se hace cargo y toma parte en lo que sucede alrededor; es saber que tienes la capacidad y el deber de decir o hacer algo, de sentirte inmiscuido en lo que ves alrededor. Ser responsable es la condición previa para tener poder, en el sentido de ser capaz junto con otros. Sentir responsabilidad es imprescindible para ser sujeto político. La garantía de derechos es la voluntad colectiva de hacernos cargo unos de otros. La vida, físicamente, no se sostiene si no se asumen responsabilidades. 

Hay cosas que no podemos elegir. No podemos elegir no formar parte de la trama de la vida. No podemos elegir –si es que queremos mantener la vida– vivir sin agua, sin luz del sol, sin tierra viva, sin plantas que hagan la fotosíntesis. No podemos elegir vivir sin que nadie nos cuide, sobre todo en algunos momentos del ciclo vital. La libertad se da en un entorno de límites y fragilidades. Nunca se pasa del reino de la necesidad al reino de la libertad. Los cuerpos solo dejan de tener necesidades cuando están muertos. El ejercicio de la libertad requiere, por tanto, consciencia de aquello ante lo que no tenemos elección, de las necesidades. No hay libertad sin responsabilizarnos de su garantía para todas.

Hay quien concibe la libertad como el escaqueo de la responsabilidad. Vamos a llamar privilegio a las ventajas que se obtienen sobre las desventajas de otros. Por ejemplo, un privilegio de libro es el del sujeto patriarcal encarnado mayoritariamente en cuerpos de hombres, pero no solo, que vive libre de responsabilidades y cargas, disponible para el mercado, gracias a que hay otras que, de forma pagada o gratuita, sostienen la carga que supone ocuparse de todos esos individuos ‘libres’. Otro privilegio mayúsculo es el de ‘disfrutar’ de huellas ecológicas desmedidas a costa de otros territorios. El capitalismo –neoliberal o de Estado– es el intento cada vez más salvaje de mantener privilegios para pocos, prometiendo, sin embargo, su extensión a todos. Quien no consigue el éxito, es culpable de su propio fracaso o puede señalar a otros culpables. 

Cuando Ana Tijoux, Alba Flores y Clara Peya estrenaron el tema Mujer Frontera dedicado a las jornaleras de Huelva, esta última decía en una entrevista “todos mis privilegios son una responsabilidad”. Creo que tiene razón y es un error de bulto confundir derechos –que pueden y deben ser extendidos– con privilegios, que lo son precisamente porque excluyen a otros.

Los y las jóvenes a las que se supone que había que proteger de los mensajes duros fueron los que nombraron y nos gritaron la realidad a la cara

No quiero confundir responsabilidad y sacrificio. La cuidadora inmolada y sacrificada ante aquellos a quienes cuida no es una persona responsable –en el sentido que estamos describiendo– sino una persona explotada. El cuidado de todas las vidas en un planeta con límites requiere corresponsabilidad, no sacrificio. 

Creo que vivimos un momento marcado por el exceso de culpa y la ausencia de responsabilidad. El neoliberalismo cultural impulsa la disolución de los lazos que nos obligan a hacernos cargo de otros. Hay que pensar qué precio se paga por librarse de la responsabilidad y a quién le toca pagarlo.

Lacan hablaba de la ética de los solteros. No se refería obviamente al estado civil, ni solo a los hombres, sino a una disposición mental en la que nos liberamos desprendiéndonos cada vez de más compromisos y vínculos. Empresarios de nosotros mismos. Sin cargas ni obligaciones. Una actitud que solo exige lealtad hacia uno mismo y su deseo. La libertad es no tener que responder ni rendir cuentas ante nadie. Un privilegio.

La ausencia de responsabilidad huele que apesta a desamor. 

La crisis ecosocial es un monstruo del desamor. Es la consecuencia del desajuste espacial y temporal de un orden irresponsable, narcisista y “soltero”. Cambio climático, agotamiento de materiales y energía, deterioro y cambio de los ciclos naturales, desigualdades atroces, expulsiones, violencias machistas, racistas, especistas, capacitistas… 

“Es deprimente ver los informativos”, se dice con frecuencia. El futuro se convierte en algo amenazador cuando no vemos cómo hacernos responsables de los malestares del presente y cómo repararlos. Solo podemos sentirnos culpables o culpar a otros de la inevitabilidad de la catástrofe.

La ausencia de responsabilidad extravía la esperanza.

Esperanza. Podemos entenderla como el estado de ánimo optimista que se da cuando creemos que algo que nos preocupa se va a resolver favorablemente. Si ese es el tipo de esperanza que necesitamos para afrontar la ansiedad que genera la crisis ecosocial, vamos un poco de culo. A poco que escuchemos los informes que proporciona la comunidad científica, leamos la información que sale a diario en las noticias, y la contrastemos con la mayor parte de las respuestas que se están dando, es obvio que estas son claramente insuficientes, e incluso están desajustadas, para la magnitud de lo que se pretende atajar. Una parte de nuestro ser quiere creer que todo va a ir bien y la otra sabe perfectamente que no va a ser así. Oscilamos entre momentos tipo bicho-bola –me hago una pelotilla y me olvido del tema– y momentos de ansiedad. 

En ausencia de responsabilidad y comunidad política en la que organizarse, la esperanza extraviada confía en que otros agentes produzcan lo que deseamos. Incluso, espera soluciones de los mismos que crearon los problemas y durante mucho tiempo los negaron. Espera que los intereses económicos que esquilmaron los territorios ahora se preocupen del bienestar de todos; espera que el oligopolio eléctrico que expulsa personas en los lugares de extracción de minerales y corta la luz a quien no puede pagarla sea el que impulsa una transición energética que ponga las necesidades de la gente en el centro; espera que los gobiernos que desamparan y hacen una política criminal en las fronteras, que no han sido capaces de impulsar la verdad, la justicia y la reparación de crímenes horrendos, sean los que, motu proprio, lancen los cambios necesarios.

A mí esa esperanza me desespera. 

Joanna Macy y Chris Johnstone en Esperanza activa escribieron un auténtico tratado sobre la recuperación de la responsabilidad y la agencia y la reorientación de la esperanza. La esperanza activa concierne al deseo y a la responsabilidad. ¿Qué querríamos que sucediera ante las incertidumbres que atravesamos? Pensar lo que querríamos que sucediese y ponerse en marcha para que sea posible. Generar poder.

Dicen Macy y Johnstone que la esperanza activa exige, en primer lugar, hacerse una idea lo más precisa posible de la realidad, aunque sea pasando un mal trago. El desmoronamiento de las promesas de progreso es amargo y genera malestar, pero la activación de la preocupación ante él desmoronamiento es crucial. Hemos aprendido de los colectivos activistas en torno a la salud mental la importancia de saltar por encima de los tabúes que esconden el malestar. Solo cuando la alarma suena, se puede declarar la emergencia. Eso fue lo que hizo Fridays for Future. Los y las jóvenes a las que se supone que había que proteger de los mensajes duros fueron los que nombraron y nos gritaron la realidad a la cara.  

Siempre me ha repateado el “te lo dije”. Pero hay que tener memoria para recordar que los males de nuestro tiempo fueron anunciados. No puedo dejar de agradecer el trabajo incansable de muchas personas que han renunciado a muchas cosas, que han sido maltratadas por incómodas, cenizas, catastrofistas… Incluso, a veces, ridiculizadas. Tenían, tienen razón. Yo aprendí de ellas. De forma más o menos dura, según el estilo de cada cual, nos ayudaron a comprender lo que nos agobiaba. No nos mintieron y confiaron en nuestra capacidad de ser responsables, de seguir esperanzados sin engaños. Son personas cuya capacidad de amor a la vida es tan enorme como su tremenda competencia científica. 

No hablar de estas cosas es no dar la oportunidad a la gente de que se haga responsable de sus propias vidas. Decidir qué es lo que los demás pueden o no soportar es una forma de elitismo. Otra cosa es que debamos crear espacios de confianza en donde se pueda compartir el miedo, la incertidumbre o la decepción. Hacerle hueco al dolor y a la indignación es crucial para desarrollar una esperanza activa.

En segundo lugar, hay que pensar y organizarse para intentar transformar una política y una economía destinadas al fracaso –desde el punto de vista de la sostenibilidad de la vida– en una economía y política sustentadoras y comprometidas con la recuperación de nuestro mundo. 

Se requieren acciones que contengan y minimicen el daño. Cada avance en un artículo de una ley, cada paso que se da para proteger lo que queda, ya sea biodiversidad, aire, agua, suelo y a la vez contrarrestar la degradación y precariedad del tejido social. La detención de cada potencial destrozo cuenta, porque las vidas hay que rehacerlas en lugares concretos. Defender cada kilómetro cuadrado de suelo vivo, cada fuente de agua, cada casa que habita una familia, cada centro de salud, es aumentar posibilidades de vida. 

Nadie le meterá mano, a la escala que es necesario, a las empresas, si no hay una masa crítica suficiente que se haga responsable de exigirlo

También hay que imaginar cómo organizar nuestras propias existencias de otro modo. Sistemas y prácticas que sostengan la vida, una autodefensa frente a quienes pasan de todo menos del dinero. El movimiento en defensa de la vivienda, la sanidad y la educación pública, los movimientos contra la pobreza energética, las experiencias alternativas en la producción de alimentos, la banca ética, la defensa de la renta básica universal, la cooperación… Hace falta la política institucional para que los derechos alcancen a todas, pero si no conseguimos que las instituciones de forma generalizada se hagan responsables de la gente, puede que lo único que tengamos sea los que seamos capaces de poner en pie. 

En una cultura de desmesurado crecimiento se siente repugnancia al pensar en la desaceleración, el freno, el descenso, la suficiencia. Pero eso es justamente lo que debemos hacer. El repertorio de pretextos es interminable. “Mientras no se le meta mano a las empresas, yo no hago nada”, “a la gente solo le tienes que decir cuánto le va a bajar la factura de la luz, lo demás no le importa”, “¿cómo le vamos a decir a la gente pobre que no se vaya de vacaciones?”, “¿le vas a hablar de decrecimiento de la materialidad de la economía al habitante de un país empobrecido?”. A ver, nadie le meterá mano, a la escala que es necesario, a las empresas, si no hay una masa crítica suficiente que se haga responsable de exigirlo. Es obvio que muchas personas no deciden movidas solo por su intereses económicos y, a veces, lo hacen incluso autoperjudicándose. Habrá que preguntarse por qué. Hay que pararse a mirar quién es el que corta la luz o deja sin vacaciones a la gente. Ya os digo yo que no somos nosotras. Y no, no le voy a decir a la gente desposeída que no debe aspirar a que sus derechos se cubran, pero sí me digo a mí misma, y a muchos otros como yo –que no somos el 1% rico– que tenemos privilegios de todo tipo que se erigen sobre la subalternidad de otros. 

Las instituciones son importantes pero hay que tener en cuenta que los partidos políticos que concurren a las elecciones no serán los que abanderen las soluciones incómodas e incomprendidas. Como ha reconocido con honestidad algún amigo querido, lo que sería necesario para la supervivencia y bienestar de la mayoría es hoy suicida electoralmente. Si no conseguimos desde fuera de las instituciones un salto de conciencia, no habrá quienes lleguen a ellas comprometidos con programas basados en el inevitable decrecimiento material, en la suficiencia, el reparto y cuidado de la vida.

Una investigación de Maria J. Stepahn y Érica Chenoweth evidencia que es raro que fracase una acción colectiva que haya logrado involucrar en sus picos de movilización a un 3,5% de la población. Muchas lo han logrado con menos. 

Tenemos experiencia vital de haber salido adelante en situaciones de colapso. Tenemos experiencia vital de embarcarnos con esperanza en proyectos que no tienen garantizado el éxito. Por ejemplo, cuando tenemos hijas, que nacen crudas, torpes y vulnerables y perduran gracias a la responsabilidad y el compromiso con ellas. 

Hacerse responsable de esta tarea no tiene que ser triste. Podemos ser conscientes del expolio y el destrozo del mundo y, a la vez, sentirnos a salvo y a gusto en una comunidad organizada. No son cosas incompatibles. Estoy abierta a la posibilidad de que las cosas salgan bien. 

Dice Lewis Mumford que “con cada invento o cada organización, con cada nueva propuesta política o económica, hemos de atrevernos a preguntar: ¿se ha concebido con amor y va a perseguir fines de amor? Únicamente cuando el amor se ponga a la cabeza, la Tierra, y la vida sobre ella, volverán a ser seguras. Y no lo serán hasta entonces”. 

Responsabilidad y esperanza activa contra los monstruos del desamor.

En 1818, Mary Shelley escribió el mito que, para mí, mejor refleja nuestro momento: Frankenstein o el moderno Prometeo. En él contaba la historia de Viktor Frankenstein, un estudioso que soñaba infundir vida a un ser creado por él mismo. 

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

Yayo Herrero

Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí