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La vita nuova

Epoqueando

La confusión es una disciplina propia de la era Trump. Iliberal. Un indicativo de que Trump no es solo Trump. Es una era

Guillem Martínez 13/02/2022

<p>Manifestación antivacunas en Ottawa. </p>

Manifestación antivacunas en Ottawa. 

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1- Estados Unidos dice que la guerra es inminente. El mensaje coincide en el tiempo con la final de la Super Bowl. Tanto que no se sabe si, en efecto, es parte de la Super Bowl, ese acto en el que cabe cualquier hecho comunicativo, salvo, al parecer, una teta. Lo que nos lleva a la pregunta, dos puntos, ¿estamos al borde de la guerra, o estamos al borde de la Super Bowl?

2- Lo dramático es que no hay respuesta. Estados Unidos ha retirado a su cuerpo diplomático de Kiev. Con varias horas de retraso también lo han hecho algunos Estados de la UE –no todos, pocos; Francia, en el momento en el que escribo estas líneas, sigue pasando–. Un indicativo de que en ese bloque se comunican poco y por los telediarios. En modo Super Bowl y no por teléfono rojo. Rusia, a su vez, también ha evacuado a sus diplomáticos. Biden da por hecha la guerra. Empezaría, según él, el miércoles. Como empiezan las guerras en un chiste de Gila. Dos días después de la Super Bowl, ese otro chiste de Gila. Pero el asesor de seguridad de la Casa Blanca no lo ve tan claro, al punto que ha dejado en el aire el hecho de que no le consta ninguna decisión de Putin de tirarse a la piscina. Glups.

3- Sobre la piscina. Una guerra es un negocio oscuro. Es decir, lo es, a tutiplén, pero en la oscuridad. El saco roto de pérdidas de dinero público en Irak y Afganistán supuso un botín en grandes negocios privados. Ignoramos por completo, en este sentido, cuál es la especia en este Arrakis. Rusia, dice la gente que sabe, perdería mucho, hasta el extremo de que Putin podría perderlo todo. Y Europa vería comprometida su recuperación post-covid. Y algo más profundo y más inestable e insondable. Tras el peak del petróleo –el cenit, el momento de mayor extracción, y aquel en el que desciende su producción; fue, socorro, en 2005– y a la espera del peak del gas –se prevé en esta década; estamos de despedida del gas, lo que hablaría de esta posible guerra como de un despilfarro histórico–, tirarse a un conflicto armado en Europa es jugar con las cosas de comer. Se sabe lo que se juega Estados Unidos. Pero lo que no se entiende es la modalidad del juego elegido. La Super Bowl. La pasión, la desinformación. Esto es, la comunicación empleada. Absolutamente confusa. Al punto de que la confusión debe de ser el único objeto pretendido. La confusión es una disciplina propia de la era Trump. Iliberal. Un indicativo de que Trump no es solo Trump. Es una era.

4- La época, como la arena en la playa, lo impregna todo. Cuando uno va a la playa, o a su época, sabe que se la encontrará en el bocata. Hola. Me llamo Martínez y hago artículos sobre la época. He empezado con la guerra/la Super Bowl. El resto va a ser un ir del afuera al adentro. Empiezo por el afuera. Pero, antes, ahí va el punto 5, muy ecuménico, que habla de afuera y adentro al unísono. Que no hay afuera ni adentro en un mundo globalizado. 

Uno cambia antes de sexo, de pareja, de club de fútbol, que de proveedor energético. Lo que convierte el cambio de proveedores etc. en un indicio de grandes cambios, de reorganización del mundo

5- El mundo está cambiado después de la estabilidad, en modo chusto o muette, de la Guerra Fría, y después del periodo de la experimentación, excesiva, despendolada, de su victoria. Hay nuevos sujetos. Y nuevos objetos. Les paso un cambio de objeto. Desde octubre, con el cierre del gaseoducto de Marruecos, Esp ha cambiado sus proveedores energéticos. Antes de octubre –informa El Periódico, citando a Enagás– el 43% del gas importado era argelino, el 14% de EE.UU, y el 8,9% ruso. El resto venía de Estados cuyo envío de gas modulaba el comportamiento de Esp hacia esos Estados. Como Qatar, esa joya. Pues bien, el mes pasado el 34,6% del gas venía del ya actual principal proveedor: Estados Unidos. Viene en barcos –es una operación carísima; antieconómica, si la economía fuera importante en ese sector regulado–, mientras que el 25,4% viene de Argelia. Si Argelia, en octubre, garantizó mantener su cuota de gas para Esp, o no lo ha conseguido o ha dado igual. Hasta octubre, el 50% del total del gas que venía lo hacía por gaseoducto. En enero el 69% viene a través de No-Love Boats. Uno cambia antes de sexo, de pareja, de club de fútbol, que de proveedor energético. Lo que convierte el cambio de proveedores etc. en un indicio de grandes cambios, de reorganización del mundo sin necesariamente lógica económica –algo muy neoliberal–, aún por leer, y debajo del ruido Super Bowl. Ahora sí, el afuera. Signos de iliberalismo que deben de ser notorios, al punto de impregnar la comunicación de la política internacional en una crisis prebélica con maletines nucleares. Se dice rápido.

6- Prosigue lo de Canadá. Tras un Convoy por la Libertad –ese era el nombre artístico– que llenó Ottawa de lo mejorcito de cada iglú en demanda de libertad frente al comunismo, se ha vivido la proclamación del estado de emergencia en la ciudad y, después, en la provincia. El resultado es una nueva forma de manifestarse. No es la mani de toda la vida. No es un Occupy. No es una acampada, ese intento de crear otro epicentro en la ciudad y, en él, otra información, otras discusiones, otras prioridades. Es la ocupación de una ciudad, impidiéndola, y en presión revolucionaria de algo que no son demandas de progreso, sino reaccionarias. Es la sustitución de una idea de liberalismo por un liberalismo aparentemente radical, pero crispado, intolerante y restrictivo de libertades. El invento se ha exportado a otras zonas de Canadá. Y ha llegado a los USA. Se prepara ahí otro ‘convoy de la libertad’. Empezaría en California y finalizaría en Washington, ese punto en el que se ha despenalizado culturalmente el hecho de ocupar un Congreso. Desde el viernes, Trump se ha apuntado al carro. Cuidadín. El eslogan del asunto es “Unidos nos mantenemos, divididos caeremos”. Muy cercano al Join or Die (Únanse o mueran) de Franklin. Demasiado como para no ver en el aire esa aludida refundación del liberalismo en otro sitio. Opuesto. También se ha extendido el fenómeno a Nueva Zelanda, donde el Gobierno, como el canadiense, se ha aplicado al asunto à l’espagnole, con multas cuantiosas a los manifestantes. Pero también, y esto es más novedoso e inquietante, la cosa ha llegado a un país católico y europeo, menos fascinado por los derechos individuales, como es Francia. Puede ser la continuación de los ‘chalecos amarillos’, ese movimiento que –recordemos, hermanos– también se inició con camioneros, y que puede explicar, en su interior, las ecuaciones que configuraron a Zemmour. El nuevo movimiento, recibido este finde en París por 7.200 polis –sí, la mitad que Piolín, pero franceses; en mi vida he visto nada parecido a la policía francesa disolviendo manifestaciones y tabiques nasales; tal vez solo en alguna de Peckinpah–, ha sido saludado por Francia Insumisa, pero más y con mejor léxico y futuro por Marine Le Pen. Con la llegada a Europa, a su sur, de este movimiento, la cosa se complica. Lo que nos lleva al punto 7. 

La precarización del trabajo –y del salario– ha consistido también en el desinterés de la socialdemocracia hacia ese votante, que antaño era el suyo

7- Desde, con mayor nitidez, 2007, no todo el mundo cabe en democracia en el sur. La precarización del trabajo –y del salario– ha consistido también en el desinterés de la socialdemocracia hacia ese votante, que antaño era el suyo. Ahora la socialdemocracia parece interesarse por el gran tema de la clase media. La identidad. Solo se interesa por ese sector social huérfano y cutre, de manera efectiva, la extrema derecha. De ese interés no tardarán en surgir resultados. Tal vez estéticamente similares a lo que viene de América. Explosiones. Ocupaciones del espacio. Una revolución nacional que nos devuelva el Detroit que nunca fuimos. Costará discernir, cuando vengan, entre izquierda y derecha. Pero será posible. En general, los desahuciados por la socialdemocracia son nuestros, de las izquierdas. Con todas las letras. Tal vez tengan un vocabulario diferente. O no. Estarán desesperados y habrá que defenderles, supongo. Porque les darán hasta en el paladar. La ley ya no les defiende. Ni las instituciones. La votación de la reforma laboral es una metáfora del desinterés generalizado hacia ese sector. Si el 15M paró algo por años, ya no puede, porque no existe. Hasta que todo se desboque –¿está pasando ya en Francia?–, las extremas derechas locales parecen ser solo –¿solo?– un objeto revolucionario en manos de las clases medias locales. Y con eso y un bizcocho, nos vamos al 8, aka el adentro.

8- Las extremas derechas locales son extrema-derechas-cobardes, por usar su vocabulario. Esto es, son aún clase media. No han apostado por los llenapistas de otras extremas-derechas americanas y europeas, como la cosa antivacunas y la cosa social. De hecho, no han votado a favor de la reforma laboral, pudiendo hacerlo, porque su límite lo ponía Bruselas, que no el POUM. En todo caso, lo han dado todo, hasta llegar a su propio límite, con la votación de la reforma laboral. Su límite es a) la confusión y b) deslocalizar la política en la Justicia. En ese sentido, a Batet, presi del Congreso, le han caído tres palos. A) Dos peticiones de amparo que el PP ha plantado en el TC. No hay por dónde cogerlas. Pero un sistema judicial que no tiene por dónde cogerse está para coger esas cosas. La otra es B) una demanda en un juzgado de MAD, que aún se plantea el fallo informático, y una tercera C) en el TS, vía Manos Limpias, una ANC/Òmnium de la clase media metida a extrema derecha en el nacionalismo esp. Esta semana, The Economist –liberalismo clásico y, por tanto, y tal y como está el patio, gamberro– descendía a Esp de la Primera Liga de los Estados democráticos. Tras observar su dinámica judicial en las alturas. Lo que habla de un ya dilatado contacto entre la Justicia y la política, a través de la parapolítica. En Esp, vamos, la Justicia es poli y mili. Deberían tener suficiente con ello y darse con un canto en los dientes. Pero no pueden parar, porque la vida ya les empuja / como un aullido interminable. Ese aullido viene de América.

9- Campaña para las elecciones de CyL. En las encuestas, y en el ambiente, fluye cierta sensación de que el PP se la puede pegar. Pero las encuestas y el ambiente no son una orientación en un momento en el que el voto es inconfesable. Esto es, vergonzante. Sorprende, en todo caso, el papel continuado que ha tenido, en campaña, el líder del PP, Casado. Ha entendido, y eso ha sido motivo de humor, que las nuevas derechas, en efecto, deben crear confusión. Pero en la sociedad, no en su partido, o en su electorado. El PP –este PP, al menos– no ha fabricado lo que sabe crear el PP MAD. Electricidad a partir de declaraciones ilógicas. Los sofismas y absurdos emitidos por Casado no le llegan a la pantorrilla a Ayuso. Y hablan de la gran dificultad –tal vez momentánea– de esa extrema derecha para acceder a los eternos campos de caza de la nueva extrema derecha. Abandonar –los referentes de– la clase media. Casado no lo ha hecho. La perla, la esencia de ello, ha sido su inclusión de la remolacha en una campaña en Castilla. Una remolacha remite al Sindicato de Cultivadores de la Remolacha, y eso a Onésimo Redondo, y eso al PP de 1996. Una antigualla de cierta clase media, en pleno mundo 5G. Funcionó en su día. Hoy pinta que no. La extrema derecha 2.0 está por la libertá, ese significante vacío. Y, para que pite, se debe cuidar muy mucho de estar por el pack Onésimo. Les costará.

10- Cat, otra extrema derecha consagrada a una parte de su clase media. Esta semana ha trascendido el plan de Laura Borràs para esta temporada. Era aprovechar la expulsión, vía JEC y judicial, de un diputado para que –en Cat no hay Judicial– el Ejecutivo desapareciera en el Legislativo, que lanzaría proclamas non-stop y para el resto de legislaturaZzzz. No ha sucedido porque ERC y CUP han pasado del asunto. Es posible que vieran en ello un trumpismo, ya nítido. O es posible que vieran que ello, sin desobediencias efectivas, no conduce a nada, por lo que la revolución anunciada se parecería mucho a la política, esa cosa que no ofrece cambios, sino repeticiones. Esta semana, por otra parte, la Gene ha acabado con un corte de tráfico procesista, que colapsaba, cada día a la misma hora, la entrada a la ciudad por la Meridiana, uno de los accesos a BCN más humildes. Duraba desde la publicación de la sentencia del juicio al Procés. La tira. Era una suerte de ocupación del espacio ciudad, sin más conflicto que el de evitar que la ciudad existiera. Como sucede con estas ocupaciones mundiales de extrema derecha –y tal vez sean tan solo eso–, no provocaban enfrentamiento político –de hecho, en este caso, el poder político permitía ese colapso de tráfico diario– sino ciudadano. En la mani final, de despedida del asunto, estuvo Borràs. La presi del Parlament que pretendía simular una desobediencia sin desobediencia –es decir, otra vez– fue aclamada. Estas ocupaciones revolucionarias, en América, o –más pequeñitas, enclenques, aún de clase media– en el sur de Europa, tan solo pretenden la teatralización de la revolución. Políticos que mientan. Para participar en esa revolución teatral con más teatralidad sentimental. En cierta manera, ese tipo de manifestaciones exigen a los políticos que mientan, o que sigan mintiendo. Esto es, actuando. La clase media es, en fin, una sobreactuación. 

11- Igual una guerra, o una guerra Super Bowl, esas cosas que sirven para poco, sirven para acelerar la jubilación de la clase media como público consumidor de extrema derecha 2.0. Y para ampliar su público. Ese tipo de ampliaciones se paran con mucho 1945 –no tenemos de eso–, pero se inician con poco 1939 –empezamos a tener demasiado–.

1- Estados Unidos dice que la guerra es inminente. El mensaje coincide en el tiempo con la final de la Super Bowl. Tanto que no se sabe si, en efecto, es parte de la Super Bowl, ese acto en el que cabe cualquier hecho comunicativo, salvo, al parecer, una teta. Lo que nos lleva a la...

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Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo), de 'Caja de brujas', de la misma colección y de 'Los Domingos', una selección de sus artículos dominicales (Anagrama). Su último libro es 'Como los griegos' (Escritos contextatarios).

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