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PAPELES DE LA PORFIADORA CALAMIDAD (III)

De ratas y otras bestialidades

Notas sueltas de la relectura en modo lento de ‘Los enanos’, de Concha Alós

Natalia Carrero 2/12/2022

<p>Las planchadoras (Edgar Degas, 1886).</p>

Las planchadoras (Edgar Degas, 1886).

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“Hoy, por primera vez después de meses, una cosa, un objeto, ha tenido para mí magia, me ha atraído: un cuaderno”.

“En el cuaderno abierto, una letra descendente y negra parece acaparar toda la luz. María pone lo escrito boca abajo. Las tapas del cuaderno se quedan cobijando lo escrito, como unas alas de cartón”.

Mucho antes de la invención del bolígrafo con el que María escribe en la pensión Eloísa las líneas precedentes, la intimidad de la gente común, o todo eso que al escribir tendemos a modular a través de la primera persona, se prestó a expandirse, explayarse o desparramarse sobre el papel. Recrearse, relatarse, contarse las dudas, las medias verdades, las mentiras a medias, las desventuras, las realidades y los deseos, cada vez con menos frenos y filtros. La escritura de María es, con excepciones, contenida y comedida. Como no puede dormir y la habitación carece de luz, aprovecha la “luz pobre de la bombilla” del comedor para escribir los extrañamientos de su vida recién llegada a Barcelona. Los pasos “lentos y pesados” de la planchadora Sabina interrumpen el discurso íntimo. María “pone lo escrito boca abajo” en previsión de tener que cruzar cordialidades. 

Las tapas del cuaderno “como unas alas de cartón” cobijan algo secreto que todavía no debemos conocer. Esa “letra descendente” no puede desatarse o soltarse tanto y tan deprisa, ni siquiera imagina la posibilidad de llegar a desprenderse del peso de las alas de cartón “decoradas como aquellos camiones de cuando la guerra: a pinceladas verdes, castaño y amarillas”. El contexto histórico que la ha ¿educado?, además de plomizo, es católico burgués, patriarcal, fascista. 

“La vida, para mí, ha sido un juego al que se echan las únicas monedas y se pierden”. 

María ya ha perdido el paisaje-mundo de su vida rural, se ha desplazado a la ciudad para servir en casa de una señora y, a ratos, cumple su deseo de seguir escribiendo, ¿adquiriendo conciencia de su situación? Detalle a detalle va computando las pérdidas sucesivas: el lío en su isla natal con un hombre casado al que creyó amar, adiós romance; adiós también embarazo inconfesado; pierde también ese paisaje lleno de costa; y siguen la salud, el apetito, la vida misma.

María ya ha perdido el paisaje-mundo de su vida rural, se ha desplazado a la ciudad para servir en casa de una señora y, a ratos, cumple su deseo de seguir escribiendo

Qué distinto sería el caso de otras escrituras a su vez confesionales, diarísticas, memorialísticas, epistolares y hasta desvergonzadas, en primera persona de mujer con más poder económico, que hubieran podido y sabido sobreponerse a los temores y prejuicios impuestos por una sociedad demasiado injusta; para qué someterse. Vayamos al personaje de Sabina, que no escribe pero reflexiona en voz alta sobre su vida y la vida en general.

Durante la conversación nocturna, sentencia: “Todo lo que no sea vivir de renta es pesado. Si has de ganarte la vida, ya se sabe”. 

Sabina sabe de ganancias. Después de soltar sus pareceres para que María comprenda, se distancia de ese drama de pérdidas silenciosas. Ella es la acción y el ruido, “pasos lentos y pesados”. Negocia a diario para librarse de la miseria y ganarse el sustento sin importarle qué cotillearán las envidias. Todo es prostitución, intercambio de cuerpos por dinero; también su matrimonio con un señor mayor, el tópico del viudo adinerado.

En otras circunstancias, ¿hubiera prosperado la amistad entre María y Sabina?

¿Sabina hubiera podido ayudar a María a liberarse de las ataduras?

Cuestiones similares podrían plantearse de todo el elenco de personajes de posguerra. Vaya, pero ya son y cuarto, no me da el tiempo. Qué riqueza, cómo es la raza ¡rata! humana, qué buena Alós en su selección. La sonoridad de algunos nombres, diría, transmiten cierta pesadez, grisura, tristura: señor Joaquín y señora Eloísa, Catalina, Filomena, Pepe, David, Alfredo, Fermín.

El imaginario colectivo podría hermanar esta novela con Manhattan Transfer, de John dos Passos y La colmena, de Camilo José Cela (leído en La narrativa de Concha Alós, de Genaro J. Pérez, Tamesis 1993). De repente también se apunta, salvando las comicidades, la historieta 13 Rue del Percebe, que Francisco Ibáñez inició en 1961. 

Numerosas escenas acontecen en los espacios comunes del edificio que Eloísa rentabilizó al disponerla como pensión. Desde el higienismo imperante en la actualidad podría decirse que hay excedente de podredumbre. Apenas pasamos una página en la que no recibamos señales, no hagamos ascos o no demos respingos, al ver y escuchar desde tan cerca expresiones coloquiales que parece que nos manchan y molestan. Casi olemos el tufo de los trapos húmedos y miserias de los seres aludidos en el título, así como de las bestias circundantes.

Comentar la suciedad y el bicherío; convivencia obligada. Moscas que asaltan como cuervos la manzana, el tomate o el queso enmohecido. El jilguero. Cucarachas. 

“Montones de bolsas para las polillas.” “Mastodontes.” “Las ratas del patio que siempre dan el espectáculo”.

Al final acontece otro espectáculo, la persecución y matanza de otra rata. Nos enteramos, en composición paralela, mediante la carta que escribe el señor Joaquín con su mejor letra a los padres de María Robles, del fallecimiento de la joven por peritonitis. Unos días antes había dejado de comer. Con su mejor caligrafía, a continuación el contable se encuentra en la tesitura de tener que mencionar los adeudos que dejó pendientes la difunta: 2 meses de alquiler, 8 comidas, lavado de ropa, etc… total 703,30 ptas.

“Tomás y Mohatá siguen con su cantinela eterna, cada vez más lánguida: los ricos, los pobres… si yo fuera rico...”.

En nuestro presente con numerosos asientos en los que acomodarse libro en mano, lámpara iluminando los renglones, ¿cómo leemos la pobreza que Alós elabora de manera tan realista en la novela, qué nos dice?

¿Como un hecho exótico del pasado de la larga posguerra, menos mal que ya finiquitada? Ha pasado hasta una pandemia de por medio, así que la memoria ni se acuerda, ¿todo es pura ficción?

Se diría que algunas conciencias con buenos ingresos preferirían permanecer tranquilas para retomar sus jornadas con ocios y deportes predeterminados

¿Como algo que solo atañe a los “enanos rodeados de enanos”, a quienes de pronto la mala lectura y la mala educación nos induce a considerar, tal vez con la incierta carga de xenofobia que ignoramos que seguimos llevando incorporada, seres inferiores destinados a que todo les vaya mal, y con eso no se puede hacer nada? Se diría que algunas conciencias con buenos ingresos preferirían permanecer tranquilas para retomar sus jornadas con ocios y deportes predeterminados. Tal vez niegan que haya explotación, eso fue cosa de la era analógica. Cómo va a haberla ahora que todo es rematadamente digital. Menudas ideas anticuadas desprende esta novela que nuestra mente no es capaz de actualizar, se halla ocupada trabajando a tiempo completo para el algoritmo; dato que dato que te doy, y así pasan los días límpidos, olvidables; la mente en modo pausa absorbiendo series producidas a la carta implacable del máximo beneficio, la gran desmemoria o el gran descoloque.

Otras voces. Leí hace poco o escuché “pobreza energética”, “pobreza estructural”, “pobreza discursiva”, “pobreza mental”. ¿Son intentos de evadir la cuestión de la pobreza concreta que experimentan a diario personas reales por la falta de dinero, falta del pan como máximo representante, con gluten, de las mínimas necesidades básicas?

El editor de Plaza & Janés Tomás Salvador demoró la entrada en imprenta de esta novela con tendencias socialistas, así lo cuenta Genaro J. Pérez, que él mismo había contratado. La autora decidió presentarla al premio Planeta de 1962, ganó y la polémica estuvo servida. Salió publicada en el sello de Plaza & Janés. Las buenas ventas impulsaron la trayectoria de una de nuestras narradoras más tempranamente beligerantes con la causa de la mujer. 

Por entonces, cabría profundizar al respecto, todavía pululaban las tijeras de la censura. 

Ilustración de Natalia Carrero.

Ilustración de Natalia Carrero.

¡Las cinco treinta! Qué tarde se ha hecho. Calamidad debe interrumpir las divagaciones para llegar a tiempo al Aula 2. Mientras acopia papeles y la novela, un bolígrafo, el móvil, la cartera con el abono transporte, un trozo de queso parmesano, calcula si desplazarse en bicicleta, metro, bus o a pie. Una vez en la calle ve que han caído cuatro gotas; el tráfico rodado será más lento de lo habitual.

A buen paso llega, justo a tiempo. Bebe un vaso de agua, saluda a las alumnas y deja sobre la mesa el ejemplar algo manoseado de Los enanos

Las cuatro afirman conocer esta novela de 150 páginas así como otras de la misma autora nacida en Valencia. Repasan los títulos considerados de la primera etapa de la novelista, hasta 1969: Los cien pájaros, Las hogueras, El caballo rojo, La madama (censurada). Calamidad casi salta de alegría:

— Sois la demostración de que no todo es tan tremendo en esta plaza, qué buena señal que hayáis leído las novelas de esta maestra divorciada, liberada y reconfigurada en escritora. Propongo una puesta en común sobre Los enanos, un comentario de texto improvisado, un intercambio de pareceres. ¿Quién se anima?

— La vida en esta novela parece una carrera de ratas y rencores sin salida, qué desolación, y qué minuciosidad en la captación literal de los coloquialismos de la época —dice Esperanza Pérez—. Me enganchó tanto que la leí del tirón pero, qué asco de gentes, de repente me dieron náuseas, demasiado tremendismo por todas partes. ¿Cómo se puede tener una imaginación tan bruta? Menos mal que es novela y que la vida es otra cosa mucho más limpia.

Calamidad no sabe qué responder ni qué hacer, traga saliva. Menos mal que al instante Marti pide la palabra, y planta en la mesa un libro con la cubierta roja.

— Para expandir la novela recomiendo este producto cultural titulado Vivir el tiempo. Mujeres e imaginación literaria, de Noelia Adánez (Bellaterra, 2018). Lo leí ayer en el autobús mientras volvía de Hoyo de Manzanares, donde residen mi madre y mi tía. Os leo un fragmento, si me permitís, y con eso lo digo todo: “Este libro pretende recuperar los nombres y los títulos de algunas escritoras nacidas en las dos primeras décadas del siglo XX, que vivieron durante la guerra y la dictadura, y que habiendo gozado del reconocimiento de la crítica y de respaldo editorial en décadas pasadas, dejaron de hacerlo hace tiempo. Es cierto que he leído y mencionaré a escritoras más conocidas como Carmen Laforet o Carmen Martín Gaite, pero también lo es que muchas de las que aparecerán citadas en estas páginas han caído en el más completo olvido. Todas ellas, de cualquier manera, escribieron en los años de la posguerra y el desarrollismo, en una época particularmente crítica de la historia reciente de nuestro país. Las novelas y relatos que menciono se escribieron en los años cincuenta y sesenta, durante la dictadura franquista, en condiciones especialmente adversas para las mujeres”. Concha Alós sería una de esas mujeres que se atrevieron a vivir el tiempo, según Adánez, que asumieron el riesgo real de vivirlo a través de la escritura.

— Pues yo también tengo otra recomendación para complementar la lectura y disfrute de Los enanos —interviene Paul—, aunque no he traído el libro. Se titula ¿Quiénes somos?, de Constantino Bértolo (Periférica, 2021), y es una selección de 55 títulos, algo así como los mejores malos libros de la literatura española. Resulta una selección única porque, al parecer, nadie más que el gran lector que es Constantino Bértolo conocía la totalidad de las 55 obras de nuestro campo literario. Ah, y otra cosa, a riesgo de que parezca publicidad: recomiendo el prólogo, me parece una lectura obligatoria para seguir asistiendo a estas clases que, como venimos comprobando, no siguen ninguna metodología.

La profesora Calamidad no se da por aludida; es su manera de admitir la desorganización del programa. Se ha quedado pensando en el libro de Bértolo. ¿Quiénes somos?, el título, ¿podría referirse a la búsqueda o a la construcción de identidades; las producciones literarias de un determinado lugar, que vienen a dar cuenta de quiénes son sus habitantes? De pronto interviene la alumna que faltaba:

— Si se trata de seguir expandiendo o complementando la lectura de Los enanos, tengo muy clara una aportación que al lado de las vuestras a lo mejor resulta desmedida o fuera de lugar, yo qué sé, pero que no puedo guardarme. ¿Alguien conoce al ilustrador y experto en animación Steve Cutts? En su corto Happiness encontramos las ratas del patio de la pensión Eloísa tomando las calles en busca del dinero. Os paso el enlace si queréis, lo busco: aquí.  

Después de cenar en casa un bol de quinoa con pasas, aceite y limón adquirido en la nueva tienda de la esquina por 4,5 euros, Calamidad entra en la plataforma de docencia online para ver los mensajes. Le sorprende no encontrar ningún comentario que cuestione o arremeta contra sus prácticas de lecturas entremezcladas. Ayer, presa de un arrebato, arrancó las páginas de una novedad cuyo título no volverá a nombrar. Katherine Mansfield también tenía mucho carácter y arrancaba páginas de los libros que, a saber por qué, le provocaban ataques de mal humor. Localiza en la estantería el ejemplar de su Diario (traducción de Aránzazu Usandizaga, Debolsillo, 2009), hojea la escritura íntima y desprendida sobre cuanto leía, conjeturaba, discutía con sus parejas, exparejas y amistades; un gran aliento de vida que se dirigía sin saberlo a esta posteridad digital en la que algunas noches transcurren extrañamente calmas, como a resguardo de las malas noticias que sin duda siguen sucediéndose. Se detiene a leer: “Todavía no he escrito prácticamente nada, y de nuevo se me está agotando el tiempo”.

“Hoy, por primera vez después de meses, una cosa, un objeto, ha tenido para mí magia, me ha atraído: un cuaderno”.

“En el cuaderno abierto, una letra descendente y negra parece acaparar toda la luz. María pone lo escrito boca abajo. Las tapas del cuaderno se quedan cobijando lo escrito, como...

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Autora >

Natalia Carrero

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1 comentario(s)

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  1. Marcoafrika

    El tiempo se agota, también, en la escritura y no solo en lo que nos queda por escribir sino en lo escrito qué debemos destruir e incluso en lo que no podrá ser nunca escrito. El tiempo se agota y no sé si huye, quizás lo hace de nosotros y nosotros de su inexistencia. "Tempus fugit ma non troppo".

    Hace 2 meses 2 días

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