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LITERATURA

‘Paperbacks from Hell’: precariedad en el horror de los setenta y ochenta

Grady Hendrix indaga en la historia de los ‘paperbacks’ de horror

Albert Gómez 17/12/2024

<p>Robert Mitchum en un fotograma de <em>El cabo del terror</em> (1962).</p>

Robert Mitchum en un fotograma de El cabo del terror (1962).

J. Lee Thompson

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Las expectativas ante la traducción del ensayo Paperbacks from Hell (2017) de Grady Hendrix eran elevadas entre los amantes de la literatura de género. En primer lugar porque se trata de un autor indie prestigioso, con exitosas novelas a sus espaldas, como El exorcismo de mi mejor amiga (Minotauro, 2022) o Guía de apoyo para final girls (Minotauro, 2022). En segundo lugar porque se trata de un ensayo que ha levantado fiebre coleccionista en la anglosfera, haciendo que viejas ediciones que valían dos o tres dólares se revalorizaran en centenares, ávidos por un argumento que prometía ser de lo más pasado de vueltas de los setenta y ochenta. 

Mi investigación empieza con un comentario malintencionado en X, si es que acaso los hay de otro tipo, en el que un usuario se quejaba por la edición de Paperbacks from Hell aduciendo que era una “estupidez” publicar un libro sobre libros que no podría encontrar en español. Allí saltó la alarma de mi Doppelgänger editor: ¿existía un tesoro de manuscritos de horror virgen a ojos de los editores españoles? Se reflejaba en mi pupila la sonrisa del Tío Gilito mientras esperaba mi ejemplar.

El ensayo tiene una cuidada edición que da lo que promete: un vistazo en forma de catálogo a las portadas y argumentos de los paperbacks de horror de los setenta y ochenta. Según la entrevista, el número de ejemplares que leyó Hendrix varía, de los 250 a los 400, pero os hacéis ya una idea de lo exhaustivo que puede resultar. Su tesis es que el público de la literatura de horror mutó de 1967 a 1973 con la aparición de La semilla del diablo, El otro y El exorcista. A partir de ahí se desataría una fiebre de copias y pastiches que duraría hasta la aparición de nuevas amenazas para la sociedad estadounidense, del satanismo a la fertilización in vitro (o el orgasmo femenino). 

Yongüein’s Massacre (Colectivo Juan de Madre Presenta, 2024) es un pastiche de Bighead (1997) en la sierra de Gredos publicado este año. En el prólogo, un tal Valero tiene a bien señalar una larga lista de películas que debían ser pastiches y ahora recordamos con nombre propio. A Hendrix le hace falta recordar eso, porque lo explica casi todo en clave de exploitation y hay novelas que con el tiempo han ganado empaque más allá de la inspiración original, por no mencionar el hecho de que dichas “copias” han inspirado nuevos libros que no tienen nada que deber al primero (pienso ahora en las novelas de cangrejos asesinos y la saga Clickers de Brian Keene y J. G. González, o la importancia de Fritz Leiber en la saga de Ciudad infernal de Edward Lee).

Por cierto, como editor quedé decepcionado porque, efectivamente, una cantidad apreciable de esas novelas sí han sido publicadas en castellano, o al menos una selección representativa. Hace nada leía Némesis de Shaun Hudson gracias al servicio de préstamo interbibliotecario de Cataluña; también conseguí de segunda mano, en la librería Gigamesh, muchos números de Martínez Roca que aparecen en el ensayo, como Los engendros de L.J. Key, La crueldad de la bestia de Shaun Hudson o La luz al final del túnel de Skipp y Spector. A Anne Rice y Ramsey Campbell también pueden encontrárselos de este modo. Por no hablar que otra de las disparatadas novelas a las que se refiere es la serie Blackwater (1983), fenómeno del año pasado gracias a Blackie Books, que ha logrado vender más de dos millones de ejemplares en Europa en un año. Otras muchas de esas novelas han quedado desactualizadas por su exceso de male gaze, como le ha sucedido a Richard Laymon, de quien me decía un editor hace un año que le había sido imposible conseguir los derechos por desinterés de sus beneficiarios, algo que les ha pasado también a otras de las novelas del ensayo.

Pueden leerse numerosas cosas entre líneas del ensayo: las importantes dosis de misoginia de muchos autores, los excesos de otros escribiendo novelas en una semana (algo al orden del día desde que Stevenson escribió Dr. Jekill y Mr. Hyde con vino de coca) o la sensibilidad clasista y capacitista de la clase medía estadounidense. 

Thomas Ligotti a lo mejor inventó el horror corporativo, porque el horror precario no había que inventarlo. Esa es una cuarta cosa que puede leerse entre líneas: un desfile terrorífico de malas praxis, pagos paupérrimos (Zebra Books pagando a sus autores el 2%), explotación ciega (como la de Joseph Nazel en Holloway House, Brian McNaughton en Carlyle o el pánico satánico de Russ Martin en Playboy Press) o las compras de grandes grupos que terminarían matando exitosas colecciones (como Penguin con la recién mencionado Playboy Press o los últimos estertores del splatterpunk en los noventa con Abyss).

Precariedad

He titulado este artículo refiriéndome a la precariedad de los setenta y ochenta que puede verse en el ensayo de Hendrix, en el que quienes más se enriquecieron del fenómeno de los paperbacks fueron unos cuantos editores, pero la verdad es que la miseria se extiende en las dos direcciones de la línea temporal. En el pasado encontramos a Edgar Allan Poe y a H.P. Lovecraft empobrecidos (como puede leerse en las cartas publicadas por Javier Calvo o en la magnífica biografía Yo soy Providence de S.T. Joshi en Aurora Dorada, el bueno de Lovecraft apenas cobró por sus historias y se alimentaba como un adolescente).

¿Y qué encontramos en el futuro? Al menos para conocer el panorama en España he contactado con tres prestigiosos autores: Emilio Bueso que ha publicado horror en Valdemar y Gigamesh y recientemente publicó Naturaleza muerta en Ediciones B; Nieves Mories, que ha publicado las prestigiosas novelas de horror Todas las chicas descalzas y Asuntos de muertos (Ediciones El transbordador) y con Santiago Eximeno, también con una larga carrera con el horror y los juegos de rol a sus espaldas que recibió el premio 42 el año pasado en la ciudad de Barcelona. 

Nieves Mories opina que sí hay una precariedad endémica en el horror: “Muchos editores tienen la falsa percepción de que el terror es el sótano de la literatura de género. No hay más que ver que incluso, en alguna convocatoria de premios de cuyo nombre no quiero acordarme, el número de ejemplares de la tirada variaba, dependiendo de si la obra ganadora era ciencia ficción y fantasía o si, por el contrario, se trataba de una novela de terror (en este caso, se redujo a la mitad). Ese es solo uno de tantos agravios comparativos con los que nos encontramos cuando, con datos objetivos de la mano, no hay tanta diferencia entre los géneros del fantástico en número de difusión y ventas ni, por supuesto, el terror es el que menos beneficios deja. También encuentro que muchas editoriales pretenden buscar obras en el terror con una cierta dulcificación que sí se ha visto en el resto del fantástico cuando, por concepto, es imposible que se dé. Si le quitas al género sus particularidades diferenciadoras, ¿qué le queda? Es difícil llegar a la tan necesaria dignificación de este género cuando a veces, lo que te piden, es solo otra historia de monstruos, sangre y gritos que solo tiene de terrible el continente, no el contenido”. 

Emilio Bueso es un pesimista natural, pero difiere de la opinión de Nieves y no piensa que el horror esté más castigado que, por ejemplo, el fantástico: “No creo que haya una precariedad especial en la industria de la literatura de terror, hay muchos otros géneros y subgéneros que ofrecen peores condiciones y oportunidades ahora mismo, como la ciencia-ficción o el fantástico. El panorama con estas letras concretamente de hecho presenta editoriales especializadas bastante solventes, como Valdemar, la Biblioteca de Carfax y Obscura. También hay editoriales generalistas con colecciones y líneas especializadas que tratan bien a los autores, como Ediciones Nocturna. Y por último hay gente como Stephen King, Mariana Enríquez o un humilde servidor que consigue hasta publicar en grandes editoriales y colocar su trabajo al lado de los referentes de contemporánea, thriller o histórica”.

Santiago Eximeno añade en la misma línea: “No más precario que en cualquier otro nicho editorial alejado de la industria y las grandes editoriales. Pienso en la poesía, en el ensayo alejado de las corrientes hegemónicas, en géneros como el microrrelato o incluso el relato. Vemos libros de terror de autores de renombre publicados en grandes editoriales, hay premios literarios que ofrecen miles de euros por obras de este género. No siento que la edición de literatura de terror sea más precaria que otra. Es evidente que los fríos números nos dirán que se vende más literatura romántica que de terror, pero eso no evidencia precariedad, sino la inexistencia de una masa lectora de igual calibre para un género que, muchas veces, solo ofrece lo que explícitamente indica: terror”.

Historias para no dormir

Cuando les pregunto por historias de horror precario no sé si darles límite de extensión, no vayamos a convertir esto en un ensayo breve. Esto me comenta Bueso: “Una historia de terror precaria sería la de cualquiera de esos autores que firman con un sello que quiebra declarando destrucción de los stocks de almacén cuando en realidad lo que hace es vender las tiradas a un saldista, bajo mano, en B. El autor no tiene a quién cobrarle ni exigirle nada y asiste impotente al paseo por las mesas de oportunidades de una montaña de ejemplares fantasma de su novela, cuya trazabilidad se supone que es la propia del estocaje residual no devuelto al sello pero que en realidad es una auténtica reposición del libro a precio de derribo”.

Eximeno añade esto: “Yo he sufrido en mis carnes el cierre de editoriales que habían publicado mis libros. Al final el dolor viaja en todos los sentidos. A ti como autor te deja un libro muerto, que una vez cierra la editorial se convierte en un objeto maldito que tardarás años en poder volver a reeditar. A la editorial, evidentemente, también le castiga. El género fantástico en general es proclive a la existencia de microeditoriales que, por amor a lo extraño y a lo que se aleje de lo impuesto por la industria, a veces no valoran bien el mercado en el que se meten. Porque lo importante para una editorial, más allá de compartir gustos y abrir puertas a otras voces que de otra forma no encontrarían un hogar, es vender. Y lo fantástico siempre atrae a románticos que publican maravillas que, desgraciadamente, no tienen el público que creen”.

Finalmente, este es el parecer de Nieves: “¿Cuántas quieres? En todos estos años he vivido de todo, y seguro que todavía me queda mucho por ver. Editores que no pagan, los que se olvidan de que existes, los que hacen falsas promesas para que te quedes en su editorial y no las cumplen, manuscritos retenidos durante años, lo poco gracioso que es que, en nombre de la familiaridad no te hagan llegar el contrato… Tiradas minúsculas, discriminación de género, obras sin una sola presentación, editoriales que cierran de la noche a la mañana, 36 céntimos de liquidación por 700 ejemplares vendidos… Por desgracia, ya me he tenido que enfrentar a algún editor del brazo de mi abogado. ¡Ni siquiera tenía abogado antes de eso! Pero creo que lo peor de todo es cuando algún iluminado (que pertenece a esta industria sin ser escritor) nos echa la culpa a nosotros de todo lo que nos ocurre. De nuestros royalties diminutos, de los adelantos que apenas existen. Eso es lo peor: la soledad”. 

Lista de deseos

Quiero despedirme con algo más positivo, como una wishlist de autores que nos gustaría ver reeditados. A Nieves Mories le gustaría ver el material de Ramsey Campbell y Tom Piccirilli; a Santiago Eximeno a Steve Rasnic Tem, Robert Aickman, también a Campbell y a Robert McCammon, aunque tiene a bien señalarme que algunas cosas han sido rescatadas ya del olvido, como Amparo Dávila con Páginas de espuma o los bolsilibros con Alberto López Aroca. 

Emilio Bueso… esto es lo que me contesta, haciendo que termine arrastrándome por el barro: “Todos los autores de narrativa de terror serán olvidados muy pronto. Nadie recordará ni a Bram Stoker cuando los humanos nos extingamos antes del 2030. Los xenoarqueólogos procedentes de alguna estrella distante que investiguen las ruinas de nuestra civilización dentro de miles y miles de años no le darán apenas importancia a una forma de literatura como esta... Puede que incluso procedan a destruirla, inspirados por la eficiencia de los sellos en activo al ajustar sus stocks de almacén”.

Las expectativas ante la traducción del ensayo Paperbacks from Hell (2017) de Grady Hendrix eran elevadas entre los amantes de la literatura de género. En primer lugar porque se trata de un autor indie

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Autor >

Albert Gómez

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