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Deposite su odio / Malagón
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En la tragedia griega el concepto de catarsis servía para definir cómo el espectador se purgaba de sus anhelos, pasiones y deseos más corruptos al transferirlos a los actores que representaban la obra. Conteniendo ahí estas pulsiones que comprometían la vida en sociedad, el espectador salía limpio y se mantenía el orden social. A uno le gustaría imaginar nuestro internet como algo así, aunque pronto la fantasía se desmonta: por un lado, asociarlo con Sófocles es otorgarle demasiada épica a José, de cuarenta y siete años, en su sofá, llamando “subnormal” a un desconocido en Facebook; por otro lado no está claro el potencial purgador de esta constante necesidad de gresca, si acaso, la ansiedad de estar continuamente con la espada en la mano probablemente nos haga un poco peores.
Cuando uno piensa en haters –término que, debido al exceso de uso, hace las veces de herramienta de autocomplacencia para las microcelebrities: su existencia avala su relevancia– siempre imagina que son los otros, pero el odio en internet ha experimentado un proceso de domesticación que hace que pocos escapen de esas dinámicas. Esta domesticación podría responder a la transformación de las redes sociales en redes de reacción. Si bien en la década de los 2010 los influencers early adopters disfrutaban de un internet más unidireccional, compartiendo su contenido a menudo en blogs o en redes como Youtube, donde la jerarquía entre creador y consumidor era más marcada, las redes han vivido un proceso de horizontalización entre usuarios. O lo que es lo mismo: da igual lo famoso, respetado y alabado que seas, eso no te libra de entrar en Twitter (actualmente conocido como X) y poder salir trasquilado por la prosa de una cuenta sin foto de perfil y con quince seguidores. Esta horizontalización nos lleva al usuario anónimo, a aquellos que no somos nadie, a tener un micrófono contra los gigantes que veíamos inalcanzables, lo cual unido a nuevas interfaces que nos permiten contestar, repostear, compartir y citar lo que ha dicho el otro, hacen irresistible generar un contenido propio a costa de añadir un comentario ingenioso o directamente humillar a otros usuarios. Como un giro cenizo al clásico truco de repetir más alto el comentario gracioso que alguien acaba de hacer.
Señalar lo estúpido que es el otro, a menudo, es proyección de nuestras propias inseguridades, y aunque sospecho que es el punto de partida para el usuario común sin ninguna agenda secreta, el rápido proceso de prescripción que tiene todo en internet hace que nada tenga consecuencia real –o no parezca tenerla, tanto para el que ataca como para la víctima– y que la ofensa fácil se convierta en costumbre. Un gran porcentaje de los tweets publicados son menciones y las cuentas populares en Instagram o TikTok publican contenido a base de comentar el contenido de otros, y ya no es tanto por una necesidad de opinar o de dejar salir el odio y la frustración, es también porque son generadores de engagement que funcionan estupendamente. Hay personas, marcas, artistas que conozco única y exclusivamente porque los perfiles a los que sigo han compartido su contenido para criticarlo. Si seguimos tirando del hilo no es difícil ver que una de las mejores maneras de publicitar y dar alcance a tu producto es el ragebait: conseguir números a base de que gente enfadada le dé alcance mediante su reacción.
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Este contexto de impunidad favorece la proliferación de ciertos discursos ideológicos reaccionarios, los cuales aprovechan para atacar directamente ya no al que ha metido la pata sino a cualquier minoría. Es escalofriante mirar las respuestas de cualquier publicación viral de una mujer: atractiva o no, joven o mayor, estos usuarios anónimos la adscribirán a alguna de sus categorías ficticias para atacarla.
Aunque lo fácil es señalar a la alt right, los incel o los extremistas, es interesante observar cómo se asimilan ciertas inquinas desde la oposición ideológica a estos grupos. Internet se ha convertido en un campo de minas donde la hipervigilancia acota la experiencia y las cámaras de eco que conformamos con los perfiles afines a nosotros dictaminan las dinámicas y nos dicen que hay odios socialmente aceptables y situaciones en las que está justificado atacar a alguien. Es especialmente revelador el caso del odio hacia la pija, como señaló la usuaria BuArena en este tweet.
Entre pijas y cayetanos, famosos diciendo tonterías y esa persona que nunca te ha caído muy bien (y a la que convenientemente puedes señalar sus fallos anónimamente desde un perfil privado para que no pueda verlo) es difícil resistirse, y pocos podrán presumir de haberlo hecho. Después viene la claridad y la humillación, porque claro, tras diez minutos acribillando a alguien a descalificativos uno puede llegar a plantearse: “¿Qué cara pondrían mis seres queridos si les leyese en voz alta esto que acabo de escribir?”.
Quizá nos quede el consuelo de que nadie está libre de este escrutinio, pero tampoco de ser un idiota de mirada inquisitiva que busca lamerse las heridas del ego a través de hacer a alguien de menos. A veces desearía que el espacio de Elon Musk desarrollara los avances tecnológicos pertinentes para poder cargar mis pulsiones violentas directamente en la nube, junto a las de las personas que me caen mal, que me han hecho un feo, a las que les parece que digo tonterías o aquellas cuyas ideas de perogrullo me ponen nerviosa. Que los agravios encuentren su sitio y puedan ser clasificados y puestos en diálogo mediante tecnología IA, y aquí abajo, en nuestros timelines y feeds, por fin tener espacio para decir lo que realmente queríamos decir.
Aun así cuesta abandonar la teoría de que quizá haya algo terapéutico en el odiar, en el mirar por encima del hombro. Un arranque de ira digital no puede purgarme, hacer mi realidad menos monótona, mis relaciones personales más llevaderas o mi vida laboral menos asfixiante. Pero quizá cincuenta metros de scroll en el timeline de alguien que me cae mal, observándole humano, diseccionando sus presencia online mientras busco sus deslices, pero sobre todo, viendo mi ceño fruncido devolviéndome la mirada desde el reflejo de la pantalla, sí pueden reconciliarme un poco con la realidad: probablemente ambos seamos pequeños, insignificantes, y sin ninguna duda a nadie le importe nuestra opinión. Sin embargo, como dijo Marcelo Criminal, seguiremos en internet.
En la tragedia griega el concepto de catarsis servía para definir cómo el espectador se purgaba de sus anhelos, pasiones y deseos más corruptos al transferirlos a los actores que representaban la obra. Conteniendo ahí estas pulsiones que comprometían la vida en sociedad, el espectador salía limpio...
Autora >
Carmen Salas
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