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Simeone durante el partido ante el Barcelona. / Club Atlético de Madrid
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Ayer fue uno de esos días en los que es imposible contar en ochocientas palabras todo lo que ha ocurrido en el campo. Anoche asistimos a una especie de oda al fútbol; una antología de las diferentes formas que existen de jugar a este deporte, de lo que es competir y de lo que es dar todo lo que uno tiene. Un episodio fantástico de lucha que, de forma poética, ha concluido en un bonito empate a cuatro. Una gozada, vamos. ¡Viva el fútbol!
Los de Simeone salieron bien al partido. Muy bien, diría yo. Agresivos, con intensidad y teniendo claro lo que había que hacer. Y tardaron apenas un minuto en llevar esa idea al marcador. Griezmann colgó un balón al segundo palo tras la salida de un córner, Lenglet lo cabeceó y Julián Álvarez, como suele ser habitual, tocó la pelota para meterla en la portería. La cosa no podía empezar mejor. Bueno sí, porque cinco minutos después, el propio Julián robó un balón en su campo, condujo un contraataque perfecto hasta el área contraria y dobló la pelota al lado derecho para que Griezmann, con la derecha, hiciese el segundo gol.
Visto lo anterior, parece mentira que el Atleti se fuese al descanso por debajo en el marcador, pero eso es exactamente lo que ocurrió. ¿Por qué? Pues en parte porque el Barça es un equipo muy bueno, que juega de forma brillante y que tiene a Pedri y a Lamine Yamal en estado de gracia. Pero en parte también, porque el equipo colchonero eligió el peor momento y el peor escenario para cometer errores que no suele cometer.
Asustó ya el equipo blaugrana a los diez minutos, cuando Ferrán falló un gol cantado delante de Musso, después de que Pedri lo hubiese dejado solo. A esas alturas, los de Flick monopolizaban el juego y hacían daño por una banda derecha en la que Javi Galán sufría demasiado. Por ahí, de hecho, llegó el primer gol local. Un error de coordinación entre el jugador extremeño y Gallagher fue aprovechado por Koundé para ganar la línea de fondo, cruzar el balón y dejar que Pedri lo empujase a la red.
El Barça era un vendaval en ese momento. Jugaba a toda velocidad y la presión adelantada era tan intensa, que prácticamente hacía desaparecer a su rival. El Atleti era incapaz de dar dos pases seguidos o de salir jugando, pero no es raro verlo en esa tesitura. Lo que es raro es verlo cometer errores de principiante. A los 20 minutos, tras un córner de lo más convencional, Cubarsi empató el partido rematando un córner en el que su marcador, Barrios, ni siquiera saltó. Otra muesca más del canterano en un partido de altura.
Faltaba prácticamente todo el partido y parecía que el equipo catalán era imparable. Daba miedo, la verdad. Sobre todo, con fallos como el de Llorente a la media hora, que retrasó un balón de forma defectuosa dejando a Ferrán otra vez delante del portero. Afortunadamente el jugador blaugrana volvió a tirar al muñeco, en lo que parecía un gol cantado.
El Atleti consiguió reducir el acoso a partir de ahí, quizá porque su rival bajó un poco el ritmo, pero volvió a dispararse en el pie cuando en el minuto 40 Llorente se quedó enganchado en la salida de otro córner. El error supuso que Iñigo Martínez rematara sin oposición e hiciera el tercer gol. Y otro que pudo llegar antes del descanso, si Musso no hubiese detenido un buen disparo de Lamine Yamal, en mitad de los cinco minutos de prolongación que de forma ridícula concedió el colegiado.
Uno esperaba cambios en el descanso, porque el Atleti había desaparecido del césped, y aunque no los hubo de inicio, Simeone no esperó más de diez minutos. Le sentaron bien al equipo, además, porque las sensaciones fueron otras. El Barça seguía dominando y Pedri seguía dando un recital de lo que es ser un centrocampista, pero los de Simeone ahora salían y también llegaban. En esa fase de dominio local y de moderado sufrimiento visitante transcurrió la mayor parte del tiempo. Hasta que Yamal se saltó el guion de la lógica y, llegando la media hora, se sacó una jugada espectacular por la derecha, en la que primero dejó sentado a Reinildo y después le puso el balón en bandeja a Lewandowski para que hiciese el cuarto tanto.
Mal pintaba la cosa para los colchoneros. La eliminatoria no solo se había puesto muy difícil, sino que daba la sensación de que podía ponerse peor. Los aficionados locales lo vieron tan claro, que se pusieron a cantar olés con cada pase. Ingenuos. Olvidan que este Atleti es un fabuloso animal competitivo.Y si lo es, es gracias a ese señor que está en el banquillo y que tanto odio genera entre sus enemigos. En el tramo más crítico, el equipo volvió a demostrar dos cosas: que tiene mentalidad de ganador y que maneja una preparación física excelente. Los rojiblancos se fueron tan arriba, que acabaron empatando el partido. Primero, con una buena jugada por la izquierda que llegó hasta al área y en la que Correa puso un buen balón atrás, que consiguió rematar Llorente. Después, ya en el descuento, con un excelente pase de Lenglet al hueco que aprovechó Lino para llevar el balón hasta el centro del área y que remató Sorloth en lo que parece ser ya una costumbre noruega.
Y así, como si todo hubiese pasado en un suspiro –es lo que tienen las cosas divertidas–, el partido concluyó para dejar todo como había comenzado: con dos equipos empatados. Quedan noventa minutos, pero esta vez se jugarán en el Metropolitano, bajo el cielo de Madrid y con el aliento de la afición colchonera soplando en el cogote. Qué ganas tengo de que llegue ese momento.
Ayer fue uno de esos días en los que es imposible contar en ochocientas palabras todo lo que ha ocurrido en el campo. Anoche asistimos a una especie de oda al fútbol; una antología de las diferentes formas que existen de jugar a este deporte, de lo que es competir y de lo que es dar todo lo que uno...
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