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Trump y Taiwán: del eufemismo al terremoto

La cautela es la máxima que gobierna a los taiwaneses y aunque en privado el ‘asunto Trump’ se comenta entre la alegría y el miedo a las represalias, en público reina el silencio

Barbara Celis Taipei , 14/12/2016

<p>Periodicos taiwaneses reaccionan al anuncio de Trump de la salida de EE.UU. del TTP.</p>

Periodicos taiwaneses reaccionan al anuncio de Trump de la salida de EE.UU. del TTP.

Barbara Celis

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Taiwán es un país. Decir esto puede provocar una queja formal de la Embajada de China en España al director de esta publicación. Y en esa queja, y en la imposibilidad de hacer esa afirmación en la prensa sin que China se moleste, se concentran y se resumen muchos de los problemas de esta isla que Donald Trump sacó del ostracismo internacional el 2 de diciembre al responder al teléfono a su presidenta, Tsai Ing-Wen, y al provocar aún más desasosiego internacional al afirmar el pasado domingo que incluso podría utilizar la isla como moneda de cambio con China: “Estados Unidos no tiene por qué estar vinculado al principio de una sola China a menos que lleguemos a un acuerdo con Pekín en el que entren otras cosas, incluido el comercio”, espetó en una entrevista en la cadena Fox.

En esa frase, en la que Taiwán ni siquiera se nombra, también se refleja ese juego de silencios y eufemismos que ahoga a este no país cuyos 23 millones de habitantes viven sumergidos en una bipolaridad geopolítica que sin duda podría llevar a muchos de ellos a sentarse en el sillón de un psiquiatra. No estoy exagerando. Piensen que aún está viva la generación de taiwaneses que se crió bajo el protectorado japonés, que duró casi seis décadas, desde finales del siglo XIX, cuando China entregó Taiwán a Japón al perder la primera guerra sino-japonesa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

Piensen que en 1945, esos mismos taiwaneses, que habían combatido en el lado japonés contra los chinos, se encontraron de nuevo siendo parte de China y en manos del partido Kuomintang, el de los nacionalistas, y en 1949, dos millones de personas, consideradas hasta cuatro años antes el enemigo, se exiliaron en Taiwán siguiendo al general Chiang Kai-shek, que se instaló allí tras perder la guerra civil contra los comunistas de Mao. Su partido aterrizó en la isla al más puro estilo Gürtel: expropiaron a su antojo para quedarse con las mejores propiedades de la isla y repartirlas entre los líderes del partido (una rémora de aquello es que aún hoy Taiwán no permite consultar libremente el registro inmobiliario) mientras la corrupción hacía estragos en la economía local. En 1947 la población se rebeló y la respuesta fue una represión brutal que hoy se recuerda como la masacre del 28 de febrero, en la que entre 10.000 y 50.000 personas fueron asesinadas.  

Chiang Kai-Shek fue responsable de lo que se llamó desde ese momento ‘el terror blanco’, es decir, la ejecución o encarcelamiento sistemático de cualquier disidente que se opusiera a sus políticas. Mientras, chinos y taiwaneses se casaban entre ellos, y aprendían a callar. El dictador falleció en 1975 pero la ley marcial que impuso en Taiwán en 1949 se prolongó hasta 1987. Piensen que en esta isla a la que China espera que los periodistas nos refiramos como ‘autogobernada’, sin que nadie sepa muy bien qué significa ese concepto, no tuvo elecciones democráticas hasta 1996. 

Piensen que, pese a todo, el también llamado generalísimo, que llegó a transformar Taiwán en una de las fábricas del mundo (predecesora de la que hoy es China), es extrañamente venerado como un héroe en un memorial estilo Valle de los Caídos en el centro de Taipei. Piensen que en los colegios aún se habla de él como del ‘padre de la nación’. Cuentan que cuando estaba vivo a los niños les enseñaban que los pedos del dictador olían a rosas, aunque eso sólo se lo he escuchado decir a algunos jóvenes que repiten palabras de sus abuelos, ningún mayor me lo ha confirmado, aunque no me sorprende ya que en Taiwán es muy difícil conseguir que alguien te hable claro: llevan toda la vida cabalgando entre palabras que no se pronuncian. ¿La principal? Independencia.

Hoy a los niños ya no les hablan del aroma de los gases de un tirano y aunque tampoco les enseñan que Taiwán es la verdadera China como antaño, nadie les explica qué es Taiwán: cuanto menos se hable de historia contemporánea en los colegios, mejor. Sin embargo, cada niño tiene un pasaporte en el que dice Republica de China (ROC por sus siglas en inglés), reconocido sólo por 22 países en el mundo, mientras que al otro lado del estrecho de Taiwán que ven en Google maps el país se llama República Popular de China. Si los niños quieren entender esta extraña dicotomía deben preguntar en sus casas. Pero en la privacidad de los hogares taiwaneses, “es preferible no hablar de política, sobre todo entre distintas generaciones. Si además sabes que los otros no piensan como tú, la conversación siempre se evita”, me confirma una amiga taiwanesa, Natalia H., que vivió en España y aún se sorprende de la soltura con la que se discute de política en nuestro país.

El principio que Donald Trump está osando romper consiste en que sólo hay una China en el mundo, ahora con capital en Pekín

Pero con pasaporte taiwanés ni siquiera se puede acceder a la ONU de visita puesto que en ese organismo Taiwán no existe oficialmente desde 1979. Fue entonces cuando la política de una sola China viró en detrimento de la isla. El principio que Donald Trump está osando romper consiste en que sólo hay una China en el mundo, ahora con capital en Pekín (antes del 79 en Taipei), y la antigua isla de Formosa no es más que una provincia rebelde a la que el gigante asiático permite (de forma similar que a Hong Kong) tener un estatus especial por vía de lo que en 1992 se bautizó como el ‘consenso del 92’, un pacto tácito entre Taipei y Pekín por el que existe una sola China con dos gobiernos que resuelven sus diferencias internamente. 

Ese principio inalienable es a los chinos como la mano incorrupta de Santa Teresa a los católicos. Y ponerlo en duda es pura herejía, como ha demostrado la airada reacción de Pekín no tanto a la llamada de teléfono congratulatoria de Tsai, a la que Pekín se refirió casi como a una chiquillada de Trump, sino a las palabras que éste pronunció el domingo. Atreverse a poner en duda el principio de una sola China, y encima proponerle que por aceptarlo Pekín debería darle algo a cambio, es una macarrada diplomática  que rompe con cuarenta años de interesada cordialidad. Pekín amenaza ahora con romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos si ese país decide reconocer la existencia de Taiwán. 

Nixon fue el encargado de darle un portazo a Taiwán en 1972 al reunirse con Zhou Enlai, y anunciar su reconocimiento de la China comunista en detrimento de la de Chiang Kai-Shek. En 1979 Jimmy Carter cerró la Embajada estadounidense en la isla para abrir una en Pekín y desde entonces los presidentes de ese país que durante los años duros de la guerra fría sólo se relacionaban diplomáticamente con Taiwán sólo admiten la existencia de China, aunque mantengan relaciones comerciales con la isla y le hayan vendido armamento por valor de miles de millones de dólares desde entonces. El resto de países ‘de peso’ ha seguido la línea marcada por Washington, que obligó a la ONU a expulsar a Taiwán de su asamblea. Esa decisión se ha trasladado también a otros organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud o el Comité Olímpico Internacional, que no reconoce a la República de China pero sí un híbrido llamado China Taipei. Los aficionados al deporte sabrán que los deportistas taiwaneses compiten bajo una bandera que ni es china ni taiwanesa y que ondeó por primera vez en las Olimpiadas de 1984. También se compuso un nuevo himno para esas ocasiones. 

Una vez más, se trata de eufemismos puesto que en Taiwán la vida hoy discurre exactamente igual que en cualquier democracia occidental, con sus manifestaciones constantes, sus elecciones democráticas, su libertad de prensa y su consumismo compulsivo. El problema hasta que apareció Trump no ha sido tanto lo que se decía como lo que no se decía. En enero Tsai Ing-Wen era elegida presidenta de este no país. Su partido, el Democrático Progresista, aboga por la independencia de Taiwán aunque Tsai nunca ha pronunciado esa palabra desde que asumió su cargo. Aun así la presidenta se negó a reconocer durante su investidura el mencionado consenso del 92. Y eso enfureció a China, que en junio congeló las relaciones diplomáticas con esta isla cuya dependencia comercial del gigante asiático es quizás su mayor problema. Desde entonces los turistas chinos que viajaban en masa a Taiwán han dejado de hacerlo: de los cuatro millones que solían venir anualmente este año sólo han llegado la mitad.  

La presidenta Tsai no ha dicho nada ni tras las últimas declaraciones de Trump ni tras escuchar la airada reacción de China

La cautela es la máxima que gobierna a los taiwaneses y aunque en privado el ‘asunto Trump’ se comenta entre la alegría del “por fin existimos” y el miedo a las represalias (en Taiwán se ha crecido con el miedo a una invasión china, aunque nadie lo considera hoy muy realista), en público reinan, como siempre, el eufemismo y el silencio. La presidenta Tsai no ha dicho nada ni tras las últimas declaraciones de Trump ni tras escuchar la airada reacción de China. Y tras la polémica que generó su llamada se limitó a reafirmar que aquello era sólo una llamada de cortesía y no tenía intención de modificar el statu quo. Otros líderes políticos de la isla parecen mantener la misma cautela, como si lo que ha hecho el presidente electo estadounidense, más allá de sus motivos interesados de presión hacia China, no pudiera ser utilizado a favor de Taiwán para acabar con lo que muchos expertos consideran un anacronismo.

“A la mayoría de la gente no le preocupa la independencia de Taiwán. Todos aquí nos consideramos ya independientes. Es un debate muy viejo, aunque no se discuta. La gente lo único que quiere es que le aseguren que va a seguir teniendo trabajo y ahora mismo la economía taiwanesa depende mucho de China así que nadie quiere problemas con ellos. No veo a la gente aprovechando las cosas que dice Trump para salir a la calle a pedir la independencia aunque igual me equivoco”, me cuenta una periodista local que acaba de regresar tras años fuera de su país. “He vivido en China, donde consideran Taiwán una provincia suya, y en Europa, donde tuve que hacer una denuncia ante la policía y no pudieron escribir que era taiwanesa porque mi país no aparecía en su lista de nacionalidades. Es una situación extraña pero hablo con mi familia, con mis amigos, y no veo que haya ninguna ansia por tener un pasaporte normal”.   

Pero quizás entre los más jóvenes la situación se viva de otra manera: de todo lo que se ha escrito en las últimas semanas creo que es necesario escuchar las voces de quienes en 2014 ocuparon el Parlamento taiwanés durante casi un mes precisamente para oponerse a una ley que haría de Taiwán un país aún más dependiente de China. El llamado Movimiento Girasol, el equivalente al 15M español, consiguió bloquear aquella ley y dejó claro su rechazo a la política de una sola China. Recientemente, varios líderes de aquel movimiento, Lin Fei-fan, Chen Wei-ting y June Lin, que hoy trabajan como activistas en diversos grupos internacionales, publicaron una tribuna en The Washington Post reproducida después en el diario taiwanés The News Lens en la que se acusaba a la prensa y al establishment político estadounidense de utilizar el doble rasero hacia Taiwán. Merece la pena leerlos para entender cómo respiran las nuevas generaciones, que ven en la llamada de Tsai a Trump el principio incipiente para la “más que necesaria reconsideración de una política enferma y anacrónica. Rechazar la democracia de Taiwán es más que una afrenta hacia Taiwán, es una afrenta contra la democracia en el mundo. Los americanos deberían dejar de utilizar la isla como una herramienta para ganar puntos políticos en casa o contra China y empezar a examinar sus compromisos con los derechos humanos, la libertad, y la democracia”. Léanlo entero, pero no busquen en el texto la palabra independencia porque no la encontrarán. Esto, con o sin pasaporte, sigue siendo Taiwán, un país de terremotos y tifones donde cada palabra puede provocar un seísmo.

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Autor >

Barbara Celis

Vive en Roma, donde trabaja como consultora en comunicación. Ha sido corresponsal freelance en Nueva York, Londres y Taipei para Ctxt, El Pais, El Confidencial y otros. Es directora del documental Surviving Amina. Ha recibido cuatro premios de periodismo.Su pasión es la cultura, su nueva batalla el cambio climático..

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