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Lectura

Los tiempos de la Revolución rusa (1917-2017)

Prólogo de ‘1917. La Revolución rusa cien años después’, coordinado por Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez

Juan Andrade 28/06/2017

<p>Reunión en la Plaza Znamensky, cerca del monumento a Alejandro III en febrero de 1917.</p>

Reunión en la Plaza Znamensky, cerca del monumento a Alejandro III en febrero de 1917.

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Las imágenes del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado que los bolcheviques protagonizaron la noche del 24 al 25 de octubre 1917 han poblado durante décadas los sueños y pesadillas de buena parte de la humanidad. Todavía hoy están presentes, como un icono inquietante cargado de significados múltiples, en el imaginario de quienes en algún momento se hayan detenido a mirar el no tan viejo siglo xx. Cuando en 2002 el historiador Eric Hobsbawm publicó su autobiografía con 85 años edad, escribió al respecto: «El sueño de la Revolución de Octubre permanece todavía en algún rincón de mi interior». Que aquel sueño sobreviviese en un estudioso de la contemporaneidad, que apenas tenía tres meses cuando se produjeron los hechos, da fe de la onda expansiva de un acontecimiento que dio forma a las aspiraciones políticas y personales de varias generaciones, a veces, como es el caso, a lo largo de toda una vida.

La hostilidad hacia la Revolución rusa también sobrevivió al mundo surgido de ella, como si el encono fuera necesario para sofocar las ascuas que en algún momento de oscuridad todavía lucen bajo sus cenizas. Hace poco Richard Pipes, historiador nonagenario especializado en el tema y asesor en su día del presidente Ronald Reagan, respondía taxativamente lo siguiente a la pregunta que en una entrevista le formulaban sobre el legado de la revolución: «La Revolución rusa fue uno de los sucesos más trágicos del siglo xx. No hubo absolutamente nada positivo ni grandioso en aquel acontecimiento». Si desde los refinados ámbitos intelectuales se ha dado tal confrontación en torno a la vivencia de la Revolución rusa o a propósito de su significado –siempre en favor de sus detractores o desencantados–, no es difícil intuir cuán virulenta ha sido la que se ha librado en el cuerpo a cuerpo de la vida política.

La potencia de la Revolución rusa pudo medirse desde primera hora por su capacidad para lograr una armonía de contrarios. Pese a ser tan novedosa como inesperada, cobró la forma del acontecimiento con el que tanto habían fantaseado, o que tanto habían temido, sus coetáneos. Pese a ser una revolución propiamente rusa –que contradecía los pronósticos de la tradición socialista europea acerca de dónde y cómo habría de producirse el acceso al poder del proletariado–, se expresó en códigos ya entonces universales. Entre otras cosas, porque bebió de una larga tradición popular y plebeya desde la cual el asalto al Palacio de Invierno se prestaba automáticamente a analogías y paralelismos con las imágenes, tan bien impresas en la memoria popular, de la Toma de la Bastilla en 1789, del ascenso al poder de los jacobinos en 1792, de la Revolución de Marzo en la Prusia de 1848 o de la Comuna de París de 1871. En este sentido la Revolución rusa puso de manifiesto lo que Reinhart Koselleck viene explicando a partir de la metáfora de «los estratos del tiempo» con la que trata de zafarse de la clásica disyuntiva entre la representación lineal y la representación cíclica del tiempo histórico: que la recurrencia es un presupuesto básico de la unicidad, que sin las estructuras de repetición no son posibles los sucesos únicos, que sin el retorno –al menos por planificación análoga– de las experiencias revolucionarias previas no hubiera sido posible este acontecimiento inaudito. Lo curioso de la Revolución rusa no es solo que se saltara hacia adelante el estadio intermedio previsto por la socialdemocracia de la época en el largo camino al socialismo, sino que en la remisión a sus antecedentes también se saltó en cierto sentido la etapa más inmediata representada por esa misma socialdemocracia, para enlazar, de manera pocas veces verbalizada, con tradiciones revolucionarias e insurreccionales previas. No en vano en 1918 Rosa Luxemburgo dijo de los bolcheviques que eran «los herederos históricos de los niveladores ingleses y los jacobinos franceses».

Por todo ello la revolución pudo ser inmediatamente leída en medio mundo. En algunos casos lo fue como ejemplo a emular de manera mimética; en otros, como fuente de inspiración creativa; en cualquier lugar, como un hecho trascendental que sacudió las conciencias y aumentó el horizonte de expectativas de buena parte de las clases populares. En este sentido la dimensión mundial del acontecimiento radicó muy especialmente en los anhelos e ilusiones que sobre él se proyectaron. Quienes miraron la Rusia de 1917 a priori entusiasmados se encontraron no ya con lo que entonces podía estar sucediendo, sino con formas imprecisas que, mutatis mutandis,vinieron a encajar en los contornos de sus deseos.

La potencia de la Revolución rusa fue tremenda, porque supuso la materialización de una utopía alimentada secularmente. La Revolución rusa transmutó el ámbito de lo deseable en el horizonte inmediato de lo posible, porque este coincidía por primera vez con lo que se acababa de lograr en uno de los países más vastos del mundo. Con la Revolución rusa la especulación sobre el futuro, tan característica del primer socialismo, cedió a la prospectiva, y la acción experimental, a la estrategia con visos de triunfo. La victoria de los bolcheviques generó una seguridad tremenda en quienes venían desarrollando una acción política cargada de riesgos e incertidumbre, así como un entusiasmo alimentado por la sensación de desquite que semejante triunfo generó en quienes, además de derrotas políticas recientes, sufrían una posición subalterna ancestral.

Pero la revolución también despertó temores, desconfianza y rechazo en buena parte del movimiento obrero occidental, porque dinamitaba las certezas teóricas con las que se venía explicando el mundo, recusaba su proclividad a la integración en el capitalismo y su complicidad con la Gran Guerra y profundizaba las fracturas abiertas en su seno hasta llevarlas a la escisión. También porque en su decurso la revolución contradecía ideales de libertad, democracia y autonomía muy arraigados en la tradición obrera.

Por su contraste con la socialdemocracia, la revolución aterrorizó a las clases dominantes. Para preservar el poder frente al sabotaje interior y los furibundos ataques exteriores, los bolcheviques aplicaron una violencia extrema, con la brutalidad que ello entraña para quien la sufre y el embrutecimiento que genera en quien la ejecuta. Los bolcheviques irrumpieron entonces como un antagonista no solo inasimilable, sino opuesto a cualquier transacción; y convencido además de que, no ya la construcción del socialismo, sino la sola supervivencia de quien se propusiera seriamente la toma del poder con ese objetivo dependería de la eliminación del enemigo. Ese cálculo tan frío como propio de la política moderna resultó más aterrador para los de arriba, en la medida que vino acompañado de una imagen atávica muy familiar: la del levantamiento colérico y tumultuoso, hasta entonces pasajero y neutralizable, de los de abajo. Y esa conjunción de tumulto y política moderna cobró en Rusia la primera forma acabada, contemporánea e infinitamente más peligrosa de la «rebelión de las masas». Más allá de la insurrección, la revolución activó extraordinariamente a la sociedad por abajo y abrió un amplio y creativo campo de experimentación en las formas de autoorganización democrática de la gente común. Con el estalinismo la brutalidad se expandió más allá de la amenaza exterior sufrida y se re-direccionó especialmente contra la disidencia del interior del partido y la revolución. Al cabo del tiempo se disipó hasta dejar como herencia el control burocratizado sobre una sociedad más bien apática.

La Revolución rusa fue el acontecimiento fundante de un tiempo nuevo. La revolución atravesó como un vector el siglo xx con tal intensidad que hasta el ya citado Eric Hobsbawm se atuvo a su trayectoria para acotar y acortar la pasada centuria, con su despegue en el contexto de la guerra de 1914 y su declive con la caída del socialismo real en 1991. La institución de esta nueva temporalidad vino dada por la originalidad del acontecimiento, que dinamitó la piedra angular del modelo civilizatorio imperante, la propiedad privada, y construyó el primer Estado obrero de la Historia. Semejante Estado emergió en el ámbito de las relaciones internacionales para trastocar, primero, los planes de las viejas potencias en la Primera Guerra Mundial y para disputarle, después, la hegemonía a la gran superpotencia consolidada tras la Segunda, Estados Unidos. La Revolución rusa fue concebida como el detonante de una revolución mundial, cuya expansión, sin embargo, se vio frustrada enseguida en los años veinte. La ampliación territorial de la URSS, el avance del Ejército Rojo por Europa a costa del nazismo, el triunfo de Mao Zedong en China y diferentes oleadas revolucionarias producidas al socaire muchas veces de los procesos de descolonización hicieron que varias décadas después un tercio del mundo estuviese regido por sistemas políticos inspirados en ella. Con sus flujos y sus reflujos, el tiempo de la revolución se dilató casi siempre de manera imprevista y nunca de forma lineal.

La revolución constituyó la principal amenaza externa para los países capitalistas a lo largo del siglo xx y también su principal peligro interno. A veces penetró en ellos por el impacto de un ariete exterior o en forma de caballo de Troya, pero normalmente fue una sustancia característica del propio cuerpo, sobre la cual los hechos de Octubre, o las interpretaciones que de ellos se construyeron en cada lugar, funcionaron en todo caso como levadura o reactivo. Para hacer frente al peligro de la revolución estos países recurrieron al fascismo o al reformismo social preventivo, por más que la revolución no fuera la causa exclusiva de ambos fenómenos. Sin el mundo surgido de la revolución, el reformismo no hubiera llegado tan lejos. Y sin el mundo surgido de la revolución el fascismo no hubiera sido derrotado, al menos tan pronto.

De acuerdo con la concepción cristiana del tiempo, entonces muy presente todavía aunque fuera en su versión secularizada, la revolución fue vivida como un salto trascendente por unos y como el apocalipsis por otros. Desde una perspectiva racionalista de cuño hegeliano, la razón de la revolución fue abriendo paso con su desenvolvimiento a lo que muchos llamaban futuro. Luego, en los llamados años de la distensión de la Guerra Fría y el estancamiento en la URSS, el tiempo de la revolución se fue ralentizando y, a ojos de muchos ciudadanos, terminó por congelarse en su mortecino declinar. Cuando finalmente sucumbió el socialismo real, la visión escatológica inicial de los revolucionarios fue asumida por sus enemigos para certificar «el fin de la historia».

¿Fue 1991 el último año del tiempo de la revolución, como así vaticinaron los demiurgos de «el último hombre»? Durante un tiempo parecía que así era, y que el capitalismo y la democracia liberal solo eran contradichos como estadio conclusivo de la historia por movimientos regresivos de corte identitario o religioso. Sin embargo, muchos han vuelto a ver al viejo fantasma que antaño recorrió Europa vagar en las últimas décadas de forma más sinuosa por lugares insospechados, camuflado entre las multitudes que arroparon los gobiernos posneoliberales de América Latina, Nepal y algunas regiones de la India, o entre aquellas otras que ocuparon la plaza Tahrir de El Cairo durante las primaveras árabes, la de Sol en Madrid el 15M o el mismo epicentro de Wall Street en 2011. Así lo vieron con entusiasmo muchos partidarios de una revitalización de la idea de comunismo, reunidos en los concurridos congresos que tuvieron lugar, por este orden, en Londres, Berlín y Nueva York entre 2009 y 2011. Para algunos de los ponentes tales movimientos representaban un retorno del espíritu emancipador –«la vuelta de la idea sobre sí misma»–, esta vez depurado de las desviaciones de su experiencia real en el pasado siglo xx. También lo vieron allí con temor quienes antes trataron de matarlo a fuerza de certificar su muerte de manera prematura. Curiosamente, ahora le devolvían a la vida denunciando a voz en grito, frente a quienes se estaban movilizando bajo otros significantes, que en el fondo promovían los viejos significados revolucionarios. En definitiva, en los últimos años el comunismo ha retornado en varias ocasiones, al menos como proyección o exageración, como deseo o estigma.

Así como en la actualidad se ha denunciado el retorno tal cual de aquel pasado amenazante, así también ese tiempo de 1917 ha sido sobre todo considerado, y por extensión juzgado, con los parámetros de hoy día. La actualidad de un acontecimiento histórico puede medirse atendiendo a la perspectiva presentista con que se observa. Cuanto más cercano se siente, más se valora con los criterios del tiempo en curso y más enconados son también algunos de los usos públicos que se hacen de su memoria.

Este año se cumple el centenario de la Revolución rusa y a buen seguro que el acontecimiento cobrará actualidad sobre todo en este sentido presentista. Como en nuestro presente prevalece –aunque siempre en disputa con visiones críticas– un horizonte de pensamiento antiutópico y naturalizador del capitalismo, es de esperar que las visiones sobre la revolución del 17 la caractericen, si acaso, como una anomalía al final corregida por el curso lógico de la historia; más previsiblemente, como la fuente de los grandes males de la pasada centuria que todavía hoy sigue inspirando opciones peligrosas; o, sobre todo en este tiempo de crisis, como un punto de referencia al que recurrir fácilmente para, por la vía de un contraste extemporáneo, subrayar cuán bien estamos con respecto a aquel modelo.

Este libro responde al reto de explicar la revolución desde los parámetros de su propio tiempo, sin dejar de reconocer que cualquier mirada sobre el pasado, por rigurosa que sea, está troquelada por las inquietudes del presente. De igual modo, el libro pretende analizar directamente los discursos que en la actualidad se están produciendo acerca de aquel acontecimiento, el lugar que ocupa en la memoria y los imaginarios de este siglo xxi, sin perjuicio de que cada cual exprese el lugar que ocupa en los suyos propios. Los textos que aquí se presentan comparten el gusto por el rigor y la fundamentación, pero responden a las diferentes y plurales inquietudes de sus respectivos autores. Los editores lo concebimos con la idea de que representara, en general, un enfoque distinto en muchos sentidos (temático, metodológico, discursivo) al de la mayoría de las obras que sabíamos o intuíamos iban publicarse o reeditarse a raíz de la efeméride, sin que por ello constituyera ninguna clase de propuesta interpretativa consensuada colectivamente. Muy al contrario, al tiempo que buscábamos autoras y autores que ofrecieran una visión distinta con respecto a lo que iba a publicarse, buscábamos también autores y autoras que ofrecieran enfoques, en todos esos sentidos, diferentes entre sí. Para ello el libro cuenta con un total de 23 mujeres y hombres pertenecientes a distintas generaciones. La mayoría viene del campo de la historia, pero también los hay que proceden de la filosofía, la ciencia política, el periodismo, la crítica literaria y el arte. Los hay de distintos países, de España la mayoría, pero también de Francia, Italia, Estados Unidos, México y Bolivia.

Cuando concebimos el proyecto, nos preocupaba incurrir en algo frecuente en las obras colectivas: una suerte de miscelánea derivada de la agregación a posteriori de trabajos elaborados por especialistas en lo suyo. Por el contrario, nos planteamos el reto de construir una obra con sentido de conjunto a partir de trabajos que se complementasen al menos temáticamente, ya fuera proponiéndoselos a aquellos que hubieran trabajado en el tema en cuestión, ya fuera proponiéndoselo a quienes, habiendo destacado en otros temas, asumieran el reto de ponerse a pensar en ello.

Con la intención de proponer un orden a ese marasmo de dimensiones temporales que rodea a un acontecimiento de la magnitud de la revolución del 17 y dar vía libre a las inquietudes de cada cual, decidimos estructurar este libro en cuatro grandes bloques temáticos. El primero agrupa los capítulos que tratan de las trayectorias políticas que condujeron al Octubre bolchevique y del proceso que se abrió con el asalto al Palacio de Invierno. El segundo, los que analizan los intentos de expansión de la revolución por Europa y el impacto que tuvo aquí y en otros lugares del mundo. En el tercero se agrupan aquellos que abordan la evolución del mundo surgido de la Revolución rusa desde que esta se consolida definitivamente con el estalinismo hasta que se produce el colapso de los países del llamado socialismo real. El cuarto se ocupa de las memorias, las narraciones, las imágenes y los discursos que a propósito de la revolución de 1917 se han construido en nuestro tiempo.

El tiempo previo a la Revolución de Octubre

Como explican Leopoldo Moscoso y Pablo Sánchez León, la expectativa de la revolución había venido declinando dentro del movimiento obrero occidental, a resultas de medio siglo de crecimiento de la cultura obrera, sobre todo en Alemania, país que, tras la derrota de la Comuna de París y a partir del Congreso de Ámsterdam de 1900, llevaba la voz cantante de la II Internacional. Alemania había experimentado una intensísima industrialización al calor de la cual se había formado un proletariado industrial numeroso, concentrado en grandes unidades productivas, moderno y relativamente compacto, muy diferente de la abigarrada base social –todavía deudora de la tradición artesanal– del primer movimiento obrero. Sobre esta nueva base, la socialdemocracia alemana levantó un partido unificado y poderosos sindicatos, amén de una contrasociedad civil constituida por cooperativas, casas del pueblo, clubs deportivos y una amplia red de periódicos, revistas, editoriales y bibliotecas. La pulsión insurreccional se fue sofocando en beneficio de una orientación reformista que pugnaba por la ampliación del sufragio, la igualdad de derechos, la mejora de las condiciones de trabajo y el incremento de la capacidad adquisitiva de los trabajadores. La actividad parlamentaria, la acción sindical y la gestión de esa contrasociedad hicieron de la socialdemocracia la verdadera vía de integración de los obreros en el Estado y en el mercado.

En ese contexto la idea de revolución, que no desapareció ni de la retórica ni de los textos del movimiento obrero, se fue diluyendo del horizonte de expectativas de los trabajadores y dejó de ser, en el sentido que a este concepto dan en su trabajo Moscoso y Sánchez León, objeto de entusiasmo. En las formulaciones de los grandes teóricos del socialismo alemán, la revolución ya había quedado reducida unos años atrás a una remota aspiración al final resultante de un largo proceso acumulativo de reformas (Bernstein) o a un salto a realizar en un futuro indefinido una vez se hubiera recorrido un largo proceso de desarrollo económico capitalista y político parlamentario (Kautsky). En la práctica política de aquel tiempo, la revolución cobró si acaso la forma de una ilusión identitaria o de un órdago a esgrimir en los momentos de transacción con el poder.

La Revolución de Octubre rompió la lógica de los tiempos y quebró los esquemas interpretativos y propositivos de la II Internacional. Los bolcheviques no se resignaron a esa concepción del tiempo lineal, progresiva y teleológica que exigía pasar previamente por un largo estadio de desarrollo liberal burgués antes de llegar al socialismo. Tampoco se sometieron a las limitaciones de lo que, en el argot de la época, se llamaban las condiciones objetivas, ni permanecieron a la espera de que el desarrollo mecánico de las fuerzas productivas les diera luz verde para la subversión. Los bolcheviques leyeron las condiciones materiales como condiciones de posibilidad, acelerando –con ciertas dosis de voluntarismo– el tiempo histórico y dilatando los límites de lo posible por medio de la acción subjetiva. La acción política de los bolcheviques se movió entre la urgencia y el sentido de la oportunidad, entre su negativa a concebir el socialismo como advenimiento fatal y el olfato que les llevó a lanzarse a la toma del poder justo en el momento en el que el poder estuvo al alcance de sus manos.

Esta oportunidad se fundamentó en los análisis de Lenin acerca del «Imperialismo como etapa superior del capitalismo» y en la teoría consecuente del «eslabón más débil». Lenin planteaba que las cadenas del capitalismo no se romperían allí donde el desarrollo económico había narcotizado a una parte de la clase obrera y cooptado a los dirigentes socialdemócratas, sino en los países de la periferia, donde al malestar por la explotación económica podía sumarse el rechazo a la dominación del capital extranjero. La conclusión de que en su fase de desarrollo imperialista el capitalismo canalizaba la competitividad intranacional hacia afuera, lanzando a los países a confrontar militarmente por la apropiación de recursos y la apertura de mercados, fue vista por Lenin como una oportunidad para, apelando al malestar popular, convertir esa guerra de intereses económicos entre Estados en una guerra nacional entre clases, que sería, a su vez, el detonante de la revolución mundial.

En este y en otros muchos sentidos la Revolución rusa fue hija de la Gran Guerra. La Gran Guerra no solo precedió a la revolución sino que la acompañó en todo momento como experiencia, memoria e inercia. La mayor parte del mundo de aquella época estaba familiarizado –y algunos entusiasmados– con la idea de la guerra y con la brutalidad con que vino a librarse. La Primera Guerra Mundial fue respaldada por los viejos imperios y por los emergentes, por monarquías y repúblicas, por la derecha y por la izquierda. El profesor Josep Fontana nos cuenta la facilidad con que –apenas dos años después de que aprobasen lo contrario en el Congreso de la Internacional de Basilea– los diputados socialistas alemanes y franceses aprobaron en agosto de 1914 los créditos necesarios para participar en ella. La idea de la guerra como continuidad de la política por otros medios era transversal a los diferentes sujetos políticos del momento. Ángel Duarte nos recuerda, por ejemplo, que los republicanos españoles, sobre todo los republicanos liberales, extremadamente aliadófilos, defendieron la participación de España en la Gran Guerra como una oportunidad para la revitalización y modernización de un país venido a menos. También nos muestra que en el rechazo del republicanismo español a la Revolución rusa pesó mucho la decisión de los bolcheviques de romper el compromiso de Rusia con los aliados y firmar la paz con Alemania.

La violencia extrema con que los bolcheviques defendieron la revolución ha sido presentada como una anomalía en la época. La brutalidad desatada tanto por el Ejército Blanco como por el Rojo en la Guerra Civil rusa se explica también al considerar que buena parte de los mandos y soldados de ambos bandos habían combatido hasta hacía nada en los frentes de la Gran Guerra, donde se habían familiarizado con el sufrimiento a gran escala y la producción en serie de muertes. Todas esas prácticas, tan macabras como naturalizadas, sin perjuicio de las nuevas formas de terror instauradas, se trasvasaron al interior de Rusia de 1918 a 1921.

Las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de Rusia no se acercaban ni de lejos a las condiciones siquiera suficientes fijadas por el socialismo de la II Internacional para acometer una revolución socialista. Sin embargo, algunas de las claves para entender el triunfo de la revolución socialista en Rusia y sus posteriores limitaciones radica –más que en el contraste en bruto entre la Rusia de entonces y el Occidente europeo– en considerar cómo y en qué lugares del país sí se habían dado importantes y peculiares procesos de desarrollo económico, así como en atender a la larga trayectoria de unos ambientes políticos e intelectuales intensos y complejos. Es cierto que la Rusia de principios del xx era un vasto imperio autocrático compuesto por multitud de naciones y grupos étnicos, donde el campesinado constituía aproximadamente el 80 por 100 de la población y donde los niveles de alfabetismo eran ínfimos. Pero también lo es que en sus principales ciudades, en San Petersburgo y Moscú especialmente, se había producido una vigorosa industrialización impulsada por la inversión de capital extranjero y el respaldo del Estado zarista. Al calor de ese proceso se había formado un proletariado joven cuya conciencia como sujeto político había crecido infinitamente más rápido que cualquiera de los cauces de integración en un mercado interno poco desarrollado y en un Estado autocrático. Por otra parte, el San Petersburgo de principios del siglo xx era un hervidero intelectual donde se daban cita la tradición anarquista de Bakunin y Kropotkin, el populismo radical agrario de los naródnik y, más intensamente, las principales corrientes marxistas de la Europa de la época, dentro de las cuales había destacado la figura del ruso Gueorgui Plejánov. La conexión intelectual del socialismo ruso con el europeo se intensificó y enriqueció gracias al exilio, que a veces tan contraproducente resulta para los Estados que tratan de expulsar la disidencia y aislar a sus países. La pasión y el encono con que se libraba la batalla de las ideas en la Rusia inmediatamente anterior a la revolución prefiguraron en cierto sentido la radicalidad con que se acometió una revolución encabezada por dirigentes políticos que, a su vez, eran intelectuales y que en ningún momento del proceso dejaron de ejercer de tales. Prueba de ello es la ingente producción escrita de Lenin en aquellas condiciones o la imagen espectacular de Trotsky escribiendo su «Anti-Kautsky» en un tren blindado que atravesaba toda Rusia mientras dirigía al Ejército Rojo en medio de la Guerra Civil. Para aquellos revolucionarios, las ideas pesaban tanto o más que las balas.

En ese contexto de contrastes y contradicciones, pasiones e intensidades, represión y movilización, de llamamientos a filas y resistencia, se produjo la revolución de febrero de 1917. Sus protagonistas reactivaron la experiencia organizativa de los soviets ensayada en la revolución de 1905. Si la Revolución de Febrero triunfó fue, entre otras cosas, porque, a diferencia de lo sucedido durante el domingo sangriento de aquel invierno de 1905, los soldados bajo autoridad del Estado, lejos de seguir la orden de reprimir a los manifestantes, terminaron confraternizando con ellos. Además, en 1917 se había ampliado el repertorio de protesta y entraron en escena sujetos políticos fuertes que habían madurado extraordinariamente. En este sentido, la Revolución rusa fue también, como nos explica Wendy Z. Goldman, una revolución de las mujeres. No en vano el detonante del proceso revolucionario fue la huelga y las movilizaciones que estas convocaron el día internacional de la mujer trabajadora (8 de marzo en el calendario gregoriano, 23 de febrero en el calendario juliano vigente a la sazón en Rusia) pidiendo pan y la vuelta de los combatientes del frente, dos peticiones que meses después se grabaron tal cual en el frontispicio de las reivindicaciones de los bolcheviques.

Las movilizaciones forzaron la abdicación del zar Nicolás II y la formación de un gobierno provisional integrado sobre todo por miembros del Partido Constitucional Democrático y algún socialrevolucionario. Este gobierno convocó la celebración de una futura Asamblea Constituyente, proclamó la amnistía, estableció libertades públicas y decidió, no obstante, continuar con la guerra. La ruptura de los diques represivos desató toda la energía social acumulada, multiplicada por la euforia que en los sectores revolucionarios generó el haber derrumbado, en apenas unos días, una monarquía centenaria. Esa energía se canalizó a través de los soviets, que, de pequeñas asambleas semiclandestinas de obreros y soldados politizados pensadas sobre todo para la acción política reivindicativa, pasaron a convertirse en espacios socialmente amplios y heterogéneos para el ejercicio de la democracia directa, la asunción de los servicios públicos que habían quedado al descubierto ante el vacío de poder y, a través de sus vínculos con los Comités de fábrica, la autogestión de aquellas empresas arrebatadas a la burguesía. De esta forma fue cristalizando una dualidad de poderes representada, de un lado, por un gobierno provisional muy debilitado y, de otro, por unos soviets que, además de atribuirse competencias de este, empezaban a perfilarse como nuevo poder constituyente. La tensión entre ambos poderes pudo amortiguarse porque las fuerzas políticas mayoritarias en los soviets, con los mencheviques a la cabeza, respaldaban al gobierno. Quien, por el contrario, quiso llevar esa tensión al extremo fue Lenin. En las «Tesis de abril» enunciadas al pie del tren que, gracias al corredor abierto por Alemania, le trajo de su exilio, Lenin afirmó que había llegado la hora de poner fin a la guerra, romper con el gobierno provisional y transferir todo el poder a los soviets. Lo hizo con un discurso semánticamente rebajado con respecto a los cánones ideológicos del socialismo de la época, con el que interpeló especialmente al proletariado, pero también al pueblo ruso en general bajo la consigna más básica de «Pan, paz y tierra».

Lenin no fue al principio respaldado por sus correligionarios. Dirigentes muy pegados a los hechos como Kámenev y Zinóviev le dejaron en minoría en los órganos de dirección del partido, lo cual es un ejemplo de que el bolchevique no era exactamente ese partido rígido sometido a la autoridad unipersonal de un líder incuestionable que luego terminó siendo. De hecho, lo que permitió a los bolcheviques navegar con más destreza que nadie sobre la ola revolucionaria fue esa conjunción de plasticidad y acompasamiento al movimiento, por un lado, y capacidad de intervención al unísono, por otro; esa forma de militancia basada, de un lado, en la inserción completa e interacción creativa con las masas movilizadas y, de otro, en la organización meticulosa bajo una fuerte disciplina. Perfilar la composición, naturaleza y práctica del partido bolchevique antes de la revolución es interesante para reorientar el ya largo debate acerca de si el modelo originario de partido de Lenin contenía la semilla del Estado autoritario que se terminó construyendo –en la medida que este se terminó confundiendo con aquel– o si ese Estado fue el resultado de una abrupta dinámica política posterior no predeterminada. En cualquier caso no cabe duda de que el partido bolchevique, luego partido comunista, fue una herramienta sin la cual no se explica la conquista primero y la preservación después del poder; una herramienta que representaba una novedad considerable en la historia del movimiento popular y obrero de la que adolecieron las experiencias derrotadas de los jacobinos en 1795 a la Comuna de París de 1871.

Esta capacidad operativa y movilizadora de los bolcheviques se puso especialmente de manifiesto entre agosto y septiembre, cuando contribuyeron de manera determinante a sofocar el intento de golpe de Estado del general reaccionario Lavr Kornílov. Ahí se multiplicó el prestigio de los bolcheviques y se vislumbró el fatal destino que aguardaba al gobierno presidido ahora por Aleksandr Kérenski. Este gobierno reformista había sobrevivido al golpe de la reacción gracias a la defensa organizada en parte por los mismos revolucionarios que también querían acabar con él.

El acontecimiento y su tiempo:
Octubre y la quiebra del devenir

Como es sabido, los bolcheviques asaltaron la sede del gobierno provisional, situado en el histórico Palacio de Invierno de los zares, sin apenas resistencia, en una acción que, según se dijo de manera irónica después, había causado menos daños que los sufridos durante el rodaje de Octubre, la película de Eisenstein que los rememoraba. La toma del Palacio de Invierno no fue tanto un golpe conspiratorio bien urdido como el audaz colofón a un proceso social que había erosionado irreversiblemente las bases de un gobierno débil y colapsado. Lo que aquella noche se impuso fue la hegemonía que los bolcheviques habían conquistado a nivel capilar entre unos sectores subalternos realmente empoderados frente a un viejo Estado que había perdido, además del control de buena parte de sus dispositivos administrativos y represivos, la base social necesaria para mantenerse en pie. El prestigio de los bolcheviques se multiplicó con creces cuando, al día siguiente, acudieron con el poder recién tomado al II Congreso Panruso de Todos los Soviets, donde la insurrección y el nuevo gobierno de comisarios del pueblo fueron ratificados.

En la Revolución rusa se puso de manifiesto una paradoja múltiple con la que, como nos recuerda Álvaro García Linera, han tenido que habérselas todas las revoluciones sociales contemporáneas. En primer lugar, las revoluciones sociales surgen de la reapropiación de la política por amplios y muy activos sectores populares: de un proceso de democratización radical a pequeña escala, en fábricas, barrios o municipios. Pero imponerse a enemigos internos y externos y consolidarse como verdadera revolución capaz de coordinar esas particularidades a escala nacional requiere de la acción centralizada de una institución especializada en la gestión de lo universal, esto es, del Estado, aunque sea en la perspectiva de su futura autodisolución, como plantea el marxismo. En segundo lugar, la centralización y jerarquía del Estado debe lograrse sin asfixiar la energía transformadora que procede de la autonomía de lo particular, pero sin dejarla tampoco a su suerte para que esta no derive en caos productivo y vulnerabilidad ante el enemigo. En tercer lugar, la rapidez con que se ha producido la formación a nivel particular de unidades básicas de deliberación democrática y ejecución colectiva, los soviets en este caso, va muy por delante, y se desacompasa, con respecto a los tiempos más lentos que necesita la democratización del Estado. La imposición de la revolución requiere en esos momentos de un poder estatal centralizado con amplias atribuciones no fiscalizadas. Entonces, ¿dónde queda la democracia?

Un hito fundamental del proceso revolucionario –que sin duda acaparará la atención de los debates acerca del centenario– fue la disolución de la Asamblea Constituyente por parte de los bolcheviques en enero de 1918. En las elecciones convocadas poco después de la toma del Palacio de Invierno estos quedaron en segunda posición, a una distancia considerable de los socialrevolucionarios. Los resultados evidenciaron la contradicción intranacional antes señalada: los bolcheviques habían sido mayoritarios en las grandes ciudades y el frente occidental ruso, pero los eseristas lo habían sido en las vastas zonas rurales del país. En cualquier caso, los bolcheviques no volvieron a convocar elecciones basadas en la libre concurrencia de partidos e impusieron su particular dictadura del proletariado en un contexto que ya se vaticinaba de guerra civil. Para abordar este debate sobre la naturaleza dictatorial del nuevo Estado soviético resulta oportuna una clarificación semántica en la línea de lo que viene planteando la historia de los conceptos. Ello es obligado para no incurrir en varias formas de presentismo: la que confunde el lenguaje de nuestro análisis con el lenguaje de las fuentes de la época y la que consiste en obviar que los procesos revolucionarios lo son también porque vienen a acelerar cambios semánticos en conceptos políticos ya de por sí polisémicos.

En este sentido, el filósofo Antoni Domènech nos recuerda que el concepto actual de dictadura dista mucho del concepto de dictadura de la Roma clásica, de la Revolución francesa o, por ejemplo, del usado por Engels en sus críticas al proyecto de programa del SPD. En estos casos la dictadura era concebida como una institución republicana comisionada por el órgano representativo del pueblo para dotar de poderes excepcionales a una o varias personas durante un periodo de tiempo limitado, tras el cual deberían rendir cuentas ante ese mismo órgano representativo. Esa dictadura sería, por tanto, una «dictadura fideicomisaria», muy distinta, por otra parte, de la «dictadura soberana» que finalmente terminaron instaurando los bolcheviques. Quien criticó este salto con contundencia y al mismo tiempo abierta simpatía hacia los bolcheviques fue Rosa Luxemburg. La revolucionaria polaco-alemana denunció, al igual que los bolcheviques, que la voluntad popular representada en la Asamblea había quedado obsoleta con respecto al curso de los acontecimientos. Pero su propuesta era acompasar el ritmo del sufragio al ritmo vertiginoso de la revolución. La de los bolcheviques, sin embargo, fue abolirlo por retardatario. En la concepción de Lenin el sufragio era una rémora para una revolución cuya supervivencia dependía de su propia celeridad, un corsé de factura burguesa asfixiante para el desarrollo de una revolución proletaria cuyo refrendo popular siempre iría por detrás de los acontecimientos. Para Rosa Luxemburg aquellas instituciones, de factura sobre todo popular y por supuesto que perfectibles, eran necesarias para canalizar algo más importante: la fuerza emancipadora y propiamente revolucionaria del sufragio popular, que, a su vez, vendría a regenerarlas y orientarlas.

En el fondo de la polémica latía, como nos recuerda Domènech, la disyuntiva acerca de si los derechos democráticos eran principios inalienables o instrumentos circunstanciales. Los bolcheviques, sumidos en una feroz guerra y a la espera de que la revolución mundial acudiera en su auxilio, resolvieron automáticamente que en esas circunstancias era necesario prescindir de aquellos derechos. Pero lo hicieron en un contexto europeo que no era, como de forma anacrónica se plantea muchas veces, el del edén de la democracia. De hecho, la democracia parlamentaria basada en el sufragio universal fue más bien una construcción posterior a la Primera Guerra Mundial, en la que mucho tuvo que ver el empuje del movimiento obrero. En el momento de la revolución de octubre del 17, en Europa predominaban las monarquías autoritarias, las monarquías constitucionales con parlamentos débiles o las repúblicas –a excepción de algunos países nórdicos– con sufragio censitario o universal solo masculino.

La revolución no acabó con la toma del Palacio del Invierno, ni con la supresión de la Asamblea Constituyente, ni siquiera con el triunfo bolchevique en la Guerra Civil. Las revoluciones son acontecimientos tan sorprendentes como imprevisibles que no se dejan atrapar siquiera en las imágenes puntuales, en las fotos fijas, que, convertidas en iconos venerables por sus acólitos, se las suponen más representativas. Las revoluciones, como nos explica Álvaro García Linera, son procesos caóticos y creadores, procesos que licúan las estructuras osificadas de la sociedad, las instituciones políticas, las relaciones de clase y las clases mismas hasta dar paso a una nueva solidificación, a una nueva institucionalidad donde la nueva y excepcional correlación de fuerzas se hace ley y derecho colectivo. Con la Revolución rusa cambiaron las relaciones de clase por las transformaciones acometidas sobre la estructura de la propiedad, pero también sobre la estructura de poder moral que habían levantado durante décadas las viejas clases dominantes. En Rusia se invirtió el orden lógico de la sociedad cuando los sectores subalternos dejaron de serlo al autoconstituirse en sujetos portadores de un nuevo mundo que anticipaban en su cotidianidad a través incluso de pequeños gestos de insumisión y dignidad, desde la decisión de las mujeres de llevar pantalones a la decisión de los camareros de no aceptar propinas. La revolución fue también una lucha encarnizada por la construcción de una nueva hegemonía ideológico-política a largo plazo por impulso del nuevo Estado en construcción. La revolución fue también, como dice García Linera, un nuevo proceso de nacionalización de la sociedad rusa.

En ese proceso cambiaron los propios sujetos del cambio. Como explica Rosa Ferré, la Revolución rusa fue un «asalto a las mentalidades», un proceso que desató, incluso entre sus partidarios, esperanzas y desconcierto, expectativas e inseguridad, excitación y ansiedad, entusiasmo y también mucho vértigo. El tiempo de la revolución fue un tiempo sincopado, un tiempo de desacompasamientos donde la celeridad de los acontecimientos fue por delante de la capacidad adaptativa de sus protagonistas. Semejante ritmo fue alimentado por una pulsión verdaderamente iconoclasta con respecto a un pasado que se quería superar por medio de la voladura de cualquier posible camino de regreso. También por una pulsión creativa y experimental que se dispuso a quebrar los límites del orden social e incluso físico. Ferré nos cuenta cómo ambas pulsiones quedaron impresas en el mundo del arte. La iconoclasia de primera hora se llevó por delante iglesias, monumentos del poder zarista e incluso manifestaciones de arte clásico desvinculadas de ambos. Por otra parte, no hubo, según la autora, un periodo de la historia del siglo xx donde se concentrara tanto talento creativo y vocación experimental. Los años de la revolución fueron los años de los debates entre el arte proletario y el futurismo, y los años del Frente de Izquierda de las Artes (Lef) con el constructivismo de Ródchenko, la poesía de Mayakovski y la invención del montaje cinematográfico moderno de Eisenstein. Fueron los años de la vinculación de la producción cultural y artística a las investigaciones fisiológicas y psicológicas de Pávlov. Los años en que Bogdánov pasó de la novela de ciencia ficción a los experimentos de transfusión de sangre en busca del rejuvenecimiento del hombre. No es de extrañar que el arte y la investigación entraran en pugna con los límites materiales. Al probar que era posible romper con una jerarquía social secularmente naturalizada, la revolución empujaba a romper también con los límites de la naturaleza gracias a una combinación entusiasta de ciencia y voluntad. La revolución amplió en la mentalidad de la época el campo de lo posible hasta hacerlo coincidir con la imaginación.

La experimentación política, social y estética de la revolución generó aprensión incluso en los más convencidos revolucionarios. En este sentido es sintomática la actitud del propio Lenin ante las vanguardias artísticas. Pese a que las toleró y supo aprovechar su energía trasformadora, las miró con cierto desdén, e intervino expresamente para preservar de su pulsión iconoclasta el legado cultural clásico de Rusia, por el que sí sentía realmente aprecio. En esta actitud de Lenin podía advertirse el vértigo ante la expansión de un mundo nuevo que venía a destruir el viejo mundo en el que habitaban buena parte de sus certezas y seguridades de tipo estético y cultural. No es de extrañar que sectores no comprometidos con la revolución la vivieran con el pánico con que se vive la pérdida del mundo en el que habían arraigado también sus certezas políticas y aun existenciales.

Los bolcheviques restauraron en parte la censura abolida en la Revolución de Febrero, pero esta fue desbordada por el hervidero creativo de la época. La propia concepción revolucionaria, tecnólatra e industrializadora desde sus orígenes, entraba en contradicción con el recurso a la censura, pues la tecnificación de la producción, el arte y la comunicación que impulsaron liberaba y amplificaba las posibilidades de circulación de ideas y visiones.

El estalinismo vino a poner freno a estas corrientes experimentales tachadas de formalistas, en un ejemplo, a nivel artístico, de la proclividad de la revolución a la hora de construir un nuevo lenguaje propagandístico estigmatizador. Se crearon nuevas y centralizadas unidades de encuadramiento de artistas y escritores, esta última presidida por Maksim Gorki, y se recuperaron los clásicos de la literatura y el arte rusos. Como arte representativo del nuevo régimen se promovió el llamado «Realismo socialista», en el fondo una nueva forma de idealismo estético que exaltaba figuras arquetípicas o alegóricas que solo en su sublimación se correspondían con la realidad social.

Los bolcheviques tuvieron que hacer frente de 1918 a 1921 a una guerra civil de proporciones descomunales, que acarreó la muerte de alrededor de ocho millones de personas, entre combates, hambrunas y epidemias. La libraron frente a las viejas fuerzas del zarismo y una poderosa coalición de ejércitos extranjeros. Pero también contra las revueltas de campesinos contrarios a la confiscación de sus cosechas, protestas obreras y levantamientos de sectores revolucionarios como los marinos de Kronstadt. Vencieron gracias al despliegue de una política de terror para con el viejo enemigo y el nuevo. La lógica militar con que tuvo que librarse aquella guerra penetró en la forma de construir el socialismo en Rusia y promoverlo fuera de ella. La revolución nació combatida desde dentro y sobre todo acosada desde fuera mediante el recurso al terror en ambos casos. La experiencia de esa doble amenaza fue interiorizada con posterioridad a la guerra en forma de alerta constante y despliegue de mecanismos represivos preventivos. Como señala Alain Badiou, de aquellas circunstancias surgió «una subjetividad política construida por un imperativo superyoico y una ansiedad crónica» que condujo a una unidad popular muy débil, basada en el miedo y la pasividad de la gente. El terror primero, y los mecanismos coactivos burocráticos después, no llegaron a ser una solución al problema de las contradicciones o antagonismos que se daban en el seno de la sociedad, por suponer una supresión del problema mismo. Al alivio relativo que se dio durante los años de la Nueva Política Económica (NEP), con la que se logró revitalizar temporalmente la economía gracias a la coexistencia de la empresa pública con la privada bajo directriz del Estado, siguió el despotismo industrializador de los planes quinquenales de Stalin, que requirió de mecanismos disciplinarios extremos aplicados especialmente sobre el interior del partido. Más de setecientas mil ejecuciones tuvieron lugar durante las grandes purgas de 1936 a 1939. Aunque estos niveles represivos jamás volvieron a darse ni de lejos en la URSS, la inercia de aquel terror cobró la forma de una muy inflacionaria burocracia de la sospecha.

¿Estaba esa deriva predeterminada en las premisas revolucionarias de los bolcheviques del 17? ¿Fue Stalin el producto necesario de la revolución liderada por Lenin? Así se ha planteado insistentemente desde una perspectiva genético-determinista renuente a reconocer en la Revolución rusa lo que sí se reconoce en otros procesos de cambio más remotos: su curso imprevisible a partir de los giros producidos ante circunstancias sobrevenidas, la concurrencia en ellos de regresiones, discontinuidades y rupturas. En este sentido, el estalinismo tuvo mucho de disrupción, de reacción termidoriana frente a la revolución popular espoleada tiempo atrás por los propios bolcheviques, pese a que esta reacción se nutrió también de tendencias ya entonces latentes.

Expansión, estancamiento y colapso del comunismo

En la primavera de 1919 se creó la Internacional Comunista, concebida no como agregación de partidos nacionales independientes, sino como un solo partido mundial de la revolución, integrado, a su vez, por distintas secciones nacionales. La Komintern consagró una fractura profunda, nunca restañada, entre los viejos partidos socialdemócratas y los nuevos partidos revolucionarios surgidos en gran medida de ellos. Como nos cuenta Serge Woli­kow, la Internacional Comunista surgió ligada a la expansión de la revolución mundial, que, habiendo arrancado en Rusia, estaba aconteciendo en Centroeuropa. Cuando en el verano de 1920 se constató el fracaso de la revolución mundial ante la derrota de los conatos en Hungría, Berlín y Baviera y el reflujo de las movilizaciones en Francia, Reino Unido y Checoslovaquia, la orientación de la nueva Internacional, que desde su origen tuvo su sede en Rusia, pasó a hacerse más dependiente de los intereses de Estado soviéticos.

Entre 1921 y 1922, en el tránsito del comunismo de guerra a la NEP, se aprobó entre el tercer y el cuarto congreso de la Komintern la nueva línea política de «frente único», que apostaba por una nueva acción concertada con el resto del movimiento obrero. Como nos explica José Luis Martín Ramos, en los congresos siguientes la línea política de frente único se fue reformulando hasta cristalizar en una orientación distinta, la del «frente único por la base» y la posterior consideración de los partidos socialdemócratas como partidos «socialfascistas». Si con lo primero se aspiraba a sustraer las bases socialistas a unos dirigentes que se consideraban irrecuperables para la causa obrera por su alianza o pertenencia a la burguesía, con la segunda se daba una vuelta de tuerca a su estigmatización para considerarlos directamente aliados o parte del fascismo. Semejante desenfoque, construido con numerosas trampas teóricas, fue sintomático de la infravaloración inicial del riesgo que suponía el fascismo y condujo en muchos casos a la autoexclusión de los partidos comunistas de la dinámica política de sus respectivos países.

No obstante, los trabajos presentados en este volumen muestran que las directrices de la Internacional Comunista no fueron automática e irreflexivamente aplicadas por todos los partidos comunistas. En el caso de Italia, por ejemplo, se fue construyendo –sobre todo a partir de la llegada de Mussolini al poder– una concepción mucho más compleja, ajustada y creativa –aunque en ningún caso abiertamente confrontada con la concepción oficial de la Komintern– de la mano de figuras de extraordinaria relevancia también en nuestro tiempo, como Palmiro Togliatti o Antonio Gramsci. En esa línea apunta igualmente el capítulo que escribe Elvira Concheiro a propósito del impacto de la revolución del 17 en América Latina. A partir del análisis de varios casos, la autora contradice aquellas visiones que han explicado el avance de la revolución por América Latina en términos de exportación de modelos prefabricados en otras latitudes, injerencia estatal a través de partidos de obediencia extranjera o, en el mejor de los casos, recepción pasiva y mecánica de lo sucedido en Europa. Concheiro critica que parte de esta visión se ha construido a partir de los prejuicios propios de una tradición de pensamiento colonial y eurocéntrico. Para probar el diálogo que, en su opinión, se dio entre las prácticas políticas latinoamericanas –algunas, como la mexicana, previamente revolucionarias– y la Revolución rusa, señala las impresiones y aportaciones de figuras tan distintas como el mexicano Emiliano Zapata, al poco tiempo asesinado, o de dirigentes políticos de gran consistencia teórica como el chileno Luis Emilio Recabarren o el peruano José Carlos Mariátegui.

Las noticias sobre la Revolución rusa fueron también un fuerte estímulo para la izquierda norteamericana y, como nos cuenta Aurora Bosch, un peligro exagerado que sirvió para consolidar un nacionalismo estadounidense muy conservador tallado frente a un radicalismo propiamente estadounidense estigmatizado a partir de entonces como extranjero. Bosch nos habla también de la doble presencia de Estados Unidos en la Revolución rusa como proyección internacional de ese conflicto interno. Esta presencia se dio a través de figuras tan distintas de la izquierda estadounidense como John Reed, Emma Goldman y Alexander Berkman, por un lado, y contribuyendo, por otro, con soldados y recursos al Ejército Blanco en una intervención que anticipaba el más largo enfrentamiento posterior de la Guerra Fría.

Las teorías simplistas que hacen de la práctica de los partidos comunistas una mera prolongación en sus respectivos países de los intereses de Estado soviético quedan arrumbadas en el trabajo de José Luis Martín Ramos al explicar la génesis de la nueva política de Frente Popular, en virtud de la cual los partidos comunistas abandonaron su sectarismo con los partidos socialistas y republicano-progresistas para frenar el avance del fascismo. Sin negar que esta línea política debió mucho a la irrupción de la Alemania nazi como una amenaza geopolítica para la URSS, Martín Ramos prueba, a partir de la historiografía más reciente, que sobre todo en el caso francés la movilización unitaria antifascista fue previa y siempre por delante de la directriz de la Internacional Comunista, llevando a esta incluso más lejos de donde pretendía llegar. La nueva propuesta se desplegó en tres tiempos: el de la experimentación siempre por delante de Thorez en Francia, el de la oficialización por parte de Dimitrov y el de la teorización más sofisticada de Togliatti.

¿Cuál fue el impacto de la Revolución de Octubre en la política española y en concreto sobre las organizaciones obreras? Los trabajos que aquí se publican huyen de cualquier explicación lineal y, sin dejar de afirmar la extraordinaria influencia que los hechos acaecidos en Rusia tuvieron en el devenir político de España, se centran en señalar la significación de la que fueron objeto y cómo influyeron al imbricarse en una realidad nacional regida por una dinámica política y social muy diferente a la de la patria de los zares. Este contexto, que analiza Sebastiaan Faber, fue el de la oleada de movilizaciones que condujo a la impotente huelga general de agosto de 1917, al final duramente reprimida: una huelga de cariz revolucionario anterior a los hechos de octubre. La huelga no fue para nada episódica, sino la expresión de una poderosa clase obrera que había emergido definitivamente como sujeto político de un país donde la crisis social se anudaba con la política, un sujeto vigoroso que fue espoleado por las noticias que le llegaron de Rusia.

Frente a la posibilidad tecnológica actual de conocer en tiempo real acontecimientos políticos remotos, las noticias de la revolución bolchevique llegaron con la lentitud propia de las posibilidades comunicativas de entonces, tanto más limitadas si se atiende al sistema de corresponsalías que tenía el periodismo español, a sus ritmos de difusión intranacional y a la no demasiado fluida red de contactos exteriores del movimiento obrero español. Ese desfase temporal entre los acontecimientos y la información que llegaba fue colmatado con la proyección de significados propios, más tarde revisados a partir de los datos concretos que iban llegando o de los testimonios de los dirigentes españoles que viajaron a la URSS.

Eso explica, en parte, la abierta simpatía que el anarcosindicalismo español tuvo en un primer momento hacia la Revolución de Octubre, así como su adhesión provisional a la nueva Internacional creada un año más tarde. El caso de la CNT pone de manifiesto cómo en aquel contexto comunicativo más lento y entrecortado las adhesiones se construían de manera intuitiva y con altas dosis de proyección. La CNT leyó al principio la Revolución de Octubre como una revolución bakuninista de fuerte cariz consejista. Resulta particularmente llamativo que en España, como en otros lugares, las lecturas del naciente comunismo que cristalizó en la Tercera Internacional sirvieran durante un tiempo para salvar en el imaginario de una parte importante del movimiento obrero la falla que entre anarquistas y socialistas se había abierto durante la Primera.

Como analiza Francisco Erice, la posición oficial del PSOE varió levemente a lo largo del proceso revolucionario ruso. El recelo con que inicialmente miró los acontecimientos de octubre (editoriales de El Socialista) cedió por poco tiempo a una actitud más ambigua y expectante (congresos extraordinarios de 1919 y 1920) para recalar finalmente en la abierta oposición a las tesis de la IC (Congreso Extraordinario de 1921). Por el camino se escindió la federación de Juventudes Socialistas, fundando en 1920 el Partido Comunista Español, una formación que acusaba un fuerte radicalismo izquierdista y que, por la escasez y juventud de sus primeros militantes, pasó a ser conocido como el «partido de los cien niños». Un año después, cuando el rechazo del PSOE a la IC ya era claro, se produjo otra escisión más amplia que dio vida al Partido Comunista Obrero Español (PCOE). A instancias de la Internacional se produjo en seguida la fusión de ambos partidos, de la que surgió el Partido Comunista de España. El PCE llegó a la dictadura de Primo de Rivera agotado y escuálido. Como explica Erice, no es solo que fracasase en su pretensión revolucionaria inmediata, sino que también lo hizo en el más humilde reto de constituirse en el instrumento de una parte considerable de la clase obrera. Ni el entusiasmo de la Revolución rusa ni los intentos adaptativos de aquella experiencia lograron abrir brecha entonces entre un anarcosindicalismo revolucionario muy potente y un socialismo que no había sufrido un descrédito comparable al de otros partidos socialistas europeos de países participantes en la Gran Guerra. A ello contribuyó también la inmadurez, el sectarismo inicial y la fuerte represión de la que el PCE fue objeto desde primera hora. Aunque el temor que en las elites cobró la experiencia rusa se tradujo en un incremento general de la represión sobre el movimiento obrero, se ensañó con quienes se reclamaban sus directos herederos.

El PCE no tuvo su despertar hasta bien avanzada la Segunda República, donde al calor del Frente Popular fue cobrando un prestigio considerable que vio multiplicarse durante la Guerra Civil. Como nos cuenta Josep Puigsech, la memoria de la Revolución rusa durante la Guerra Civil Española fue transversal a casi todas las fuerzas del bando republicano. Todas ellas hicieron entonces una lectura del acontecimiento adaptada a sus respectivas apuestas estratégicas. Para el POUM, España estaba inmersa en un proceso revolucionario, el gobierno de la República era equiparable al gobierno de Kérenski, Franco venía a representar un papel parecido al del general Kornílov y, como entonces en Rusia, la mayoría de los dirigentes de los partidos obreros españoles eran incapaces de ver las posibilidades del momento. Por el contrario, el resto de los partidos obreros del Frente Popular, con el PCE a la cabeza, negaban que fuera el momento de la revolución proletaria. A la hora de identificar su situación con la Revolución rusa lo hicieron con respecto a la guerra que los bolcheviques libraron contra la intervención extranjera, instando a la necesidad de formar, como entonces, un ejército regular que, sometido a un poder central, conquistara la victoria. La fuerza y el alcance de la Revolución rusa sobre el movimiento obrero fue tal que a partir de entonces el presente se interpretó muchas veces con categorías surgidas de ella, y buena parte de las decisiones del momento se vinieron a legitimar en función de cuán análogas fueran con respecto a las que se adoptaron en la Rusia del 17.

La fuerte presencia de la Revolución rusa en el imaginario republicano español debió mucho al apoyo militar soviético, de tal forma que, sin dejar de estar presente, las muestras de exaltación institucional de la revolución fueron decayendo, como nos explica Puigsech, a medida que el apoyo ruso trató de disimularse para así lograr también el de Francia y Gran Bretaña. Antes de eso se asistió a auténticos y masivos actos conmemorativos de la revolución, como el organizado en noviembre de 1936 en Barcelona, donde el día 8 entre trescientas y quinientas mil personas desfilaron durante más de cinco horas por las calles del centro de la ciudad para conmemorar su XIX aniversario. Lo hicieron ante el balcón del Palau de la Generalitat donde aguardaba Lluís Companys junto al cónsul ruso Vladímir Antonov-Ovseenko, el mismo que 19 años atrás había dirigido el asalto al Palacio de Invierno.

Mientras España libraba su Guerra Civil la URSS desplegaba, bajo Stalin, su proceso de industrialización gracias a la planificación centralizada de la economía, a los recursos obtenidos de la colectivización agraria y a la explotación intensa de la fuerza de trabajo de todo el país. Se trató de un macroproyecto impuesto férreamente desde arriba que requirió de una movilización social de tal magnitud que no se explica exclusivamente a partir del dirigismo –por autoritario y coactivo que este fuera, que lo fue– practicado desde el poder. Esa conjunción de dirigismo coactivo desde arriba y movilización al unísono de todo un país por abajo cobró una envergadura mayor, realmente descomunal, en la llamada Gran Guerra Patria contra el invasor nazi. Las profundas transformaciones económicas del proyecto modernizador del estalinismo y el papel determinante de la URSS en la derrota del nazismo, con su coste brutal de vidas humanas, permitió al Estado surgido de la revolución del 17 no solo recuperar y ampliar el prestigio perdido años atrás entre buena parte del movimiento obrero, sino seducir a buena parte del mundo liberal e incluso conservador occidental, con dirigentes como Winston Churchill a la cabeza de las loas a Stalin. Eso fue antes de que estallase la Guerra Fría, periodo en el que en mayor medida se construyó la memoria negra de la Revolución rusa que todavía hoy pervive, lo cual es un ejemplo de que esta memoria ha sido algo más que una memoria móvil y maleable en función de los ritmos de las guerras políticas y culturales del siglo xx.

El comunismo se expandió en los años cuarenta y cincuenta a una velocidad otra vez de vértigo, sobre todo porque al mundo de obediencia soviética vino a sumarse la irrupción de un nuevo gigante, la China de Mao, que se constituyó en un aliciente añadido para muchos procesos de descolonización en toda Asia. Como explica Josep Fontana, tal expansión estimuló en los países capitalistas el recurso al «reformismo del miedo» como mecanismo profiláctico ante el contagio revolucionario. Amén de la movilización social y de relaciones económicas desiguales con el llamado Tercer Mundo, la construcción del Estado del bienestar en Occidente se realizó también con los materiales de ese miedo. La expansión del comunismo por medio mundo tuvo su eco en parte del otro en forma de reducción de las desigualdades.

En la URSS la época de los grandes sacrificios, de la movilización en masa y de la represión brutal cedió lugar, desde finales de los cincuenta, a un mundo basado en la mejora de las condiciones materiales de vida, un consenso social muy pasivo en torno al modelo construido y un sistema punitivo muy burocratizado fundado en el miedo y la sospecha, que en términos proporcionales no generó más población reclusa a finales de los ochenta que la que por ejemplo tenía en aquella época Estados Unidos.

En el mundo occidental los partidos comunistas más grandes centraron su práctica política en el impulso del mundo sindical, en la gestión municipal y en la puesta en marcha de una contrasociedad de cooperativas, periódicos y editoriales, asociaciones vecinales, lúdicas y culturales. En España, Portugal y Grecia fueron fundamentales además en la lucha contra la dictadura. Contribuyeron así de manera muy importante a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la democratización general de sus países. Vinieron a desempeñar con brío el importante papel que la socialdemocracia prerrevolucionaria había dejado de jugar en muchos países. De hecho, en varios casos estos partidos comunistas quedaron enredados de nuevo en esa misma conjunción de radicalismo retórico y posibilismo práctico tan característica de aquella. En el caso de los partidos comunistas de los países del socialismo real –y en el de otros partidos comunistas occidentales–, la cultura del miedo y la obediencia heredada de los años de plomo del estalinismo, así como el burocratismo y la propia pereza, condujeron a la construcción de una ortodoxia teórica intelectualmente conservadora y anquilosada pocas veces acompañada de una orto-praxis trasformadora. Esta mezcla de autoritarismo, pérdida de mordida revolucionaria y falta de atractivo cultural alimentó, como explica José María Faraldo, el surgimiento de las heterodoxias de vocación revolucionaria que cristalizaron por Occidente en torno al año emblemático de 1968 o los intentos de regeneración y democratización del socialismo que ese mismo año fueron reprimidos por los tanques soviéticos en Praga.

Con la idea de hacer frente a ese anquilosamiento analítico, ajustar la práctica política a los cambios sociales de las últimas décadas, reafirmar su autonomía frente a Moscú y reconciliarse definitivamente con la tradición democrático-parlamentaria a la que tanto había contribuido el movimiento obrero desde sus orígenes, surgió, teóricamente, el eurocomunismo, visto con perspectiva el canto del cisne en Occidente de muchos partidos surgidos de la Komintern. No obstante, en el caso de España, el eurocomunismo, lejos de funcionar como una estrategia revolucionaria de largo alcance, funcionó más bien como un instrumento legitimador del tacticismo del partido en la transición política de la dictadura de Franco a la Monarquía parlamentaria y, sobre todo, como un recurso propagandístico con el que proyectar una imagen más amable en los términos que le reclamaban sus adversarios. En la práctica, el eurocomunismo vino a certificar la renuncia a la transformación radical de la sociedad en un momento en el que estos proyectos de la transformación radical resultaban inviables al menos a corto plazo, pero una renuncia sublimada, sin embargo, en una estrategia especulativa de transición al socialismo que servía para justificar, en el marco de una cultura donde el ideal revolucionario seguía ocupando un lugar destacado, una línea política cotidiana no muy distante de la de la socialdemocracia clásica. Ni siquiera en Italia, donde, como Michelangela Di Giacomo y Novella di Nuzio nos cuentan, el eurocomunismo fue objeto de un desarrollo más serio y profundo, el Partido Comunista de Italia (PCI), que a mediados de los setenta había llegado a cosechar ni más ni menos que el 30 por 100 de los votos y se había distanciado con creces de la URSS, logró encontrar otra salida a la crisis de autoestima que trajo el desmoronamiento del socialismo real que la de incorporarse de nuevo al cauce de la socialdemocracia europea. Con la disolución del PCI, su reconversión en Partido Democrático de la Izquierda y su incorporación a la Internacional Socialista se cerraba un ciclo en el que el tiempo transcurrido desde 1917 parecía curvarse sobre sí mismo para hacer coincidir en cierto sentido el punto de llegada con el de partida.

La revolución hoy

¿Qué queda en la actualidad de la memoria de la revolución de 1917? En España, como explican Jesús Izquierdo y Jairo Pulpillo, el recuerdo colectivo de la revolución se fue apagando en los últimos cuarenta años. Su extinción tuvo mucho que ver con la incomodidad que ese recuerdo generaba dentro de la izquierda que decidió sumarse a la construcción de los consensos por los que discurrió la transición política española. De hecho, en el ecuador de la transición la vieja memoria de Lenin y de la revolución de 1917 salieron a colación y sirvieron, en el caso del PCE, para catalizar debates muy pegados, sin embargo, a aquella coyuntura de los años setenta. Los debates se saldaron con el sacrificio del icono del leninismo en el altar de los medios de comunicación, de acuerdo con una escenografía que se pretendía funcional a las batallas inmediatas que entonces se estaban librando.

Las décadas posteriores de gobiernos del PSOE y el PP, de modernización y consumo, de precarización y disolución de las identidades de clase, de orden y representación institucional, fueron dando forma a subjetividades hostiles, o más bien ajenas por completo, a las utopías revolucionarias. Quienes en los ochenta y noventa no dejaron de mirar con inquietud la sombra que todavía proyectaba la Revolución de Octubre, aprovecharon esa contracción sociológica del horizonte de expectativas para promocionar un pensamiento contrautópico, a la postre hegemónico, según el cual los sueños de la razón revolucionaria engendran inevitablemente los monstruos distópicos de la escasez material, la homogeneización social y la tiranía política, o, en términos menos dramáticos, un saldo negativo en eficacia, rentabilidad o sostenimiento del modelo.

Con el desplome del socialismo real entre 1989 y 1991 esta perspectiva se fue imponiendo como forma natural de ver las cosas. La mirada criminalizadora, deformante o aparentemente técnica que se venía proyectando sobre los idearios de transformación radical de la sociedad –muy en boga en los discursos institucionales y en el ensayo politológico– fue acompañada de otra mirada más paródica y displicente –muy frecuente en el periodismo o la literatura– sobre las culturas militantes comunistas. Como explica Constantino Bértolo, aquellas militancias que en los sesenta y setenta giraron en torno a la expectativa revolucionaria han sido habitualmente retratadas desde una actitud altanera por parte de quienes no las experimentaron, o desde un descreimiento, a caballo entre el sarcasmo y la penitencia, por parte de quienes necesitaban hacerse perdonar su pasado o liberarse de él. En cualquiera de los casos, aquellas expectativas de transformación y aquellas militancias han quedado retratadas en la cultura hegemónica de nuestro tiempo, hoy sin embargo en redefinición, como cándidas, obsoletas y estéticamente feas.

Ese anticomunismo, como nos explica Guillem Martínez, se ha reactivado en términos parecidos en la política actual, a pesar de que no funcione ya un partido expresamente comunista que suponga, por sí solo, una amenaza. Lo que ha habido, por ejemplo en España tras el 15M, es un movimiento social muy potente –hoy en declive– y un conjunto de fuerzas políticas emergentes –ahora en tensa confluencia– que, además de romper el sistema de partidos, están apuntalando un ideario fuerte de cambio y en cuyo seno hay algunos militantes, activistas, parlamentarios y dirigentes de primera línea que se identifican con episodios, imaginarios y aspiraciones de aquella revolución de 1917. Se trata de una remisión en la mayor parte de los casos poco o nada orgánica y apenas programática que, según Martínez, viene a ser más bien «un carácter». No obstante, semejante «carácter» se sigue percibiendo como amenaza. En aquella herencia del 17 –por simbólica y refinada que sea– sigue habiendo algo inasimilable e inquietante para un poder que parece tener una memoria más fresca del peligro que supone el levantamiento de los comunes –aunque esta memoria se exprese con frecuencia en términos histriónicos y demagógicos– que la de muchos de los vástagos formales de la revolución. Junto a este «carácter», otros «caracteres» conviven en el movimiento y los partidos del cambio, inspirados o referenciados en tradiciones emancipadoras –libertarias, consejistas, autónomas– con las que se entretejió o colisionó la de raigambre bolchevique. El eco de aquel acontecimiento sigue siendo tan sonoro que permite trazar –como hace Martínez– analogías entre las voces que entonces discreparon en el movimiento obrero y aquellas que hoy se desacompasan en un movimiento aún más polifónico.

Esto es así en España, pero por todo el mundo –de las resistencias al neoliberalismo en varias regiones de Asia y sobre todo en América Latina, pasando por las movilizaciones que llevaron a Syriza al gobierno en Grecia; de las primaveras árabes a las protestas de los indignados del 15M, Occupy Wall Street o la Nuit Debout, pasando por multitud de luchas sociales fragmentarias difíciles de cartografiar– discurre un fino hilo rojo del que, apenas se tira, terminan por asomar los rostros sobre todo anónimos de quienes hace un siglo lograron la vieja aspiración de subvertir el orden social de su tiempo.

Entender 1917 supone ampliar el campo de visión y tomar conciencia de la propia perspectiva. Aquellas visiones orientadas sobre todo a apuntalar su propio punto de vista, su posición de seguridad y confort en el campo visual hegemónico, apenas llegarán a percibir poco más que el curso lineal de un proceso brutal al final fracasado. Desde esa perspectiva, resultarán regresivas todas aquellas experiencias de la revolución que entren en contradicción con el orden actual; quiméricas todas aquellas que no lograron sobrevivir al curso primero de los acontecimientos, e imperceptibles aquellas otras que dieron vida a algunos derechos hoy integrados en el sentido común democrático. Liberar la perspectiva permitirá ver un proceso apasionante de aceleración y expansión del tiempo histórico, motorizado por conflictos, tensiones y contradicciones, donde, como subraya Enzo Traverso, se sucedieron de manera vertiginosa, y a veces se solaparon, la democracia directa de amplios sujetos empoderados con el dirigismo de una vanguardia devenida en elite, la violencia emancipadora con la pura violencia ciega, la imaginación más utópica con la dominación burocrática. Liberar la perspectiva permitirá ver una trayectoria muchas veces dislocada, repleta de emergencias y jalonada por bifurcaciones, donde los caminos que no se tomaron quizá no sean caminos que se perdieron para siempre.

Cualquier movimiento que se pretenda emancipador no podrá escamotear esta experiencia de dimensiones colosales. El impulso que necesariamente habrá de tomar para dar ese salto, si no se quiere que ese salto se dé en el vacío, se topará a sus espaldas con la tradición ya secular nacida de Octubre. El reto, como plantea Traverso, radicará en extraer el «núcleo emancipador» que todavía arde bajo las ruinas de aquella experiencia revolucionaria. Esa operación de desescombro a la búsqueda de algunos pilares sobre los que levantar un nuevo proyecto de igualdad y democracia tendrán que hacerla con su acción colectiva los hombres y mujeres que lo deseen. Quizá una historización crítica de la Revolución rusa pueda servirles de ayuda. Con la intención de contribuir un poco más a esa historización se ha editado también este libro.

 

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Este texto reproduce el prólogo de la obra 1917. La Revolución rusa cien años después, coordinado por Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez. Akal, 2017.

Las imágenes del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado que los bolcheviques protagonizaron la noche del 24 al 25 de octubre 1917 han poblado durante décadas los sueños y pesadillas de buena parte de la humanidad. Todavía hoy están presentes, como un icono inquietante cargado de significados...

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Autor >

Juan Andrade

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2 comentario(s)

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  1. Mark

    Ah, que son cooautores del libro. Perdón que no lo pillaba.

    Hace 4 años 4 meses

  2. Mark

    El artículo anuncia un librazo. Gracias, Andrade. ¿Podrías poner una brebe bibliografía de lo que citas aquí? Obviamente no de los clásicos pero sí de los autores contemporáneos.

    Hace 4 años 4 meses

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