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El Mentidero

El acoso sexual de los periodistas occidentales en Asia

@PabloMM 26/05/2018

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En enero de 2018, apenas unos meses después de que estallara el escándalo de Harvey Weinstein, las redes sociales se llenaron de testimonios de mujeres de muy diferente condición social que denunciaban haber sufrido episodios similares en su ámbito personal y laboral. La campaña del #MeToo sirvió para hacer visible una de las violencias machistas más habituales; los abusos sexuales perpetrados por hombres que hacen valer su posición de privilegio para actuar con total impunidad.

Laura Tucker es una de esas mujeres que se atrevió a romper el muro del silencio: "El 15 de marzo de 2015 fui con un grupo de amigos, incluido Jon, a un club. Tomamos unas bebidas y me besó un par de veces. Fuimos a mi apartamento, nos tumbamos en la cama y empezamos a desnudarnos. Después de unos minutos cambié de opinión y decidí que no quería continuar. Recuerdo haber dicho claramente ‘no’ y ‘no quiero hacer esto’. Recuerdo sentirme confundida porque él no se iba, ni siquiera se movía. El vaivén continuó durante varios minutos y entonces comenzó a gimotear. Recuerdo que me enfadé porque me estaba haciendo sentir presionada y muy incómoda, como si fuera demasiado tarde para dar marcha atrás. Jon es muy alto y puede ser muy intimidatorio. Todavía estoy enfadada porque decidí que la forma más fácil de evitar la confrontación era colocar la satisfacción masculina por encima de mis propios deseos. Tuvimos relaciones sexuales y me sentí asqueada por ello". Estas líneas forman parte de una denuncia pública que Laura Tucker hizo a través de la plataforma Medium contra Jonathan Kaiman, por entonces jefe de la oficina de corresponsalía del periódico Los Angeles Times en Pekín. En consecuencia, Kaiman presentó su dimisión como presidente del Club de Corresponsales Extranjeros en China y alegó sentirse arrepentido porque, dijo, "no tuve la intención de presionarla para que realizara un encuentro sexual incómodo y pensé que habíamos zanjado el tema como compañeros y amigos". A pesar de la gravedad de las acusaciones, Los Angeles Times decidió mantenerlo en su puesto, mientras que Laura Tucker comenzó a recibir mensajes vejatorios por parte de otros corresponsales: "¡Es una jodida zorra¡" o "Bienvenidos a la era del victimismo".

Recuerdo haber dicho claramente ‘no’ y ‘no quiero hacer esto’. Recuerdo sentirme confundida porque él no se iba, ni siquiera se movía

Hace escasamente unos días, a principios del mes de mayo, Felicia Sonmez, periodista de The Wall Street Journal desplazada a la capital china, hizo pública en una carta enviada al Club de Corresponsales haber sido víctima de un episodio de abuso sexual por parte de Kaiman. En la misma, asegura que en septiembre de 2017 fue forzada a mantener relaciones sexuales aprovechando su estado de embriaguez. Por su parte, Kaiman repitió la estrategia del malentendido, argumentando en su defensa: "Mi percepción y la percepción de la señora Sonmez de los eventos de esa noche son muy diferentes. Todos los actos en los que participamos fueron mutuamente consentidos". En esta ocasión, Los Angeles Times no tuvo más remedio que suspenderle de sus funciones y llevarlo de vuelta a los Estados Unidos.

El caso de Jonathan Kaiman ha servido para destapar una forma de actuar que algunos periodistas extranjeros desplazados en el continente asiático reproducen más allá de lo que podría considerarse unos pocos casos aislados. Se trata de una proyección del llamado "sexpat", abreviatura de sex (sexo) y expatriate (expatriado), término que se utiliza en los países asiáticos para definir a los turistas que acuden en busca de sexo, y que las mujeres periodistas han extendido para catalogar el comportamiento inapropiado de algunos de sus colegas masculinos.

El pasado 18 de mayo, la reportera Joanna Chiu publicó un artículo en la revista Foreign Policy, en el que ahonda más en el tema. Chiu, canadiense de ascendencia china, se trasladó hace siete años al gigante asiático, donde ha vivido constantes experiencias de acoso y discriminación de género. "Una vez compartí un taxi con un colega periodista. Pensé que simplemente estábamos compartiendo el coche que nos llevaría a nuestros respectivos apartamentos, pero él tenía otras expectativas y de repente tenía su lengua en mi cara. Otra noche, otro periodista me agarró de la muñeca y me sacó de la discoteca sin mediar palabra. Yo estaba demasiado borracha para dar mi consentimiento; era un hombre de las cavernas que me intentaba llevar a la cama aprovechando que estaba intoxicada. Y en otra ocasión, en un restaurante de Pekín, un ejecutivo occidental de relaciones públicas se metió debajo de mi vestido y me agarró la entrepierna".

Para Chiu, este tipo de conductas, que con el paso del tiempo parecen haberse normalizado como algo intrínseco a la profesión, como si se tratase de un peaje que las periodistas tienen que pagar para poder desarrollar su trabajo, está arruinando la cobertura informativa que se hace desde los países asiáticos para Occidente: periodistas varones que firman historias sobre el sufrimiento que padecen las mujeres asiáticas mientras actúan como depredadores sexuales con sus compañeras; hombres que se jactan de haber destapado escándalos contra los derechos humanos que a su vez hacen valer su posición de privilegio para satisfacer sus deseos carnales, crónicas intoxicadas por el sesgo de la discriminación de género donde "los hombres asiáticos son tratados como los únicos actores significativos, mientras que las mujeres son reducidas a víctimas y a objetos sexuales", escribe Chiu.

Lejos del perfil del turista sexual que acude a los mercados esclavistas de la prostitución, el mayor perjuicio está provocado por extranjeros influyentes en el ámbito del periodismo, la diplomacia o los negocios que se habitúan con facilidad a los roles de género tan extendidos en algunos países asiáticos, donde los hombres forman el eje vertebral del relato mientras las mujeres son relegadas a sobrevivir en los márgenes.

periodistas varones que firman historias sobre el sufrimiento que padecen las mujeres asiáticas mientras actúan como depredadores sexuales con sus compañeras

Joanna Chiu mantiene que una de las principales causas de esta problemática radica en la falta de control que las oficinas centrales tienen sobre sus corresponsalías. Comportamientos que a menudo supondrían el despido inmediato en Londres o Nueva York pasan inadvertidos en Bangladesh o Kuala Lumpur, e incluso cuando algún episodio llega a oídos de los grandes jefes, estos se limitan a "trasladar silenciosamente a sus corresponsales a otra parte de Asia".

El panorama es aún peor para las conocidas como "asistentes de noticias", en su mayoría mujeres jóvenes locales que los medios emplean con contratos draconianos para realizar labores de traducción, o para descifrar los complejos entresijos de la burocracia. No tienen respaldo sindical, y a menudo, el ínfimo salario que perciben es su único medio de vida y a la vez una mordaza para silenciar los abusos que sufren.

En suma, todas estas actitudes están alejando a las mujeres de las corresponsalías internacionales, donde también soportan la brecha de género, incluso en medios de comunicación que presumen de pedigrí. En enero, Carrie Gracie, editora de la BBC en China, con más de 30 años de experiencia en la cadena británica, dimitió de su puesto tras conocer que los editores internacionales masculinos ganaban un 50% más que sus homólogas femeninas. En una carta abierta anunció la decisión irrevocable de regresar a su anterior puesto en la redacción, donde, escribió, “espero que me paguen de forma igualitaria". Gracie quiso recalcar que no se trataba de una cuestión económica porque "creo que estoy muy bien pagada, especialmente siendo una trabajadora de una organización financiada con dinero público. Simplemente quiero que la BBC acate la ley y valore a los hombres y a las mujeres por igual".

Tela usada

"Un proverbio camboyano dice: 'los hombres son de oro y las mujeres son de tela'. Las que han perdido la virginidad antes de conocer a su marido son consideradas tela usada. Manchada. Rota. Los hombres, no importa la vida sexual que lleven, solteros o casados, siguen siendo oro". La periodista mallorquina Ana Salvá describe así el ostracismo al que es relegada la población femenina en algunas zonas de Asia, donde ha pasado cinco años documentando el paradigma político y social, y experimentando en primera persona las vicisitudes de una profesión que tiene reservada para las mujeres sus propias singularidades. Aunque se dice afortunada por coincidir con un grupo de profesionales mixtos que se apoyaban mutuamente, reconoce haber tenido que enfrentar situaciones en las que minusvaloraron su capacidad profesional por una cuestión de género: "Alguna vez me han dicho que puedo ser freelance y vender mi material porque estoy buena. Nunca he entendido si se refieren a que me voy a ligar a mi editor o a mis fuentes con esas supuestas armas".

Entre la comunidad que forman los reporteros expatriados son habituales las noches de confraternización tras las jornadas de trabajo, un tiempo para establecer relaciones humanas más allá del oficio "cuando dejamos de ser periodistas y nos convertimos en hombres y mujeres, y a veces el flirteo existe, por ambas partes", asegura Salvá. Más allá del grado de intimidad que cada cual decida libremente otorgar a sus compañeros, hay episodios en los que se aprecia una repetición de los roles de género que parecen circundantes a la profesión, cuando, por ejemplo, "alguna vaca sagrada del periodismo o la fotografía", utiliza un tono paternalista con intenciones que no tienen nada de paternal. "Una de esas vacas sagradas de la fotografía, que había regresado de la revolución de los paraguas de Hong Kong, comenzó a darme lecciones cuando estaba tomando unas copas con varios compañeros en un bar de Bangkok", recuerda Salvá. "Deberías ir a vivir la revolución", me dijo, mientras apartaba el pelo de mi cara para colocármelo detrás de la oreja con un tono muy paternal. Esa noche también se ofreció a mostrarme su piso, eran alrededor de las dos de la mañana. Casi todas las periodistas que conozco en la región han recibido algún tipo de oferta o flirteo por su parte".

Para Salvá, que ha trabajado en Tailandia, Camboya, Birmania, Laos, Malasia, Indonesia, Filipinas, China e India, el desempeño de las periodistas es especialmente sensible en el trato con los locales, "que no entienden que una mujer viaje sola y mucho menos que quedes con ellos solo por cuestiones de trabajo". Recuerda un episodio ocurrido en Aceh (Indonesia): "Tras entrevistar a un hombre sobre la sharia, recibí mensajes suyos deseándome los buenos días y las buenas noches durante varios días".

Resulta complejo establecer las causas que favorecen este tipo de comportamientos, más aún cuando se trata de todo un continente que tiene elementos diferenciadores en cada región. Aunque el machismo sea un factor compartido, la influencia de Occidente, donde las mujeres han conquistado cotas de igualdad inimaginables en algunos territorios de esta parte del mundo, lejos de ayudar a derribar las estructuras patriarcales ha contribuido a distorsionar todavía más la imagen de la mujer asiática. "Muchos periodistas viajan a Asia a trabajar en un único reportaje durante unos pocos meses. Es un período de tiempo tan breve que no les permite conocer el contexto general y tampoco el de las mujeres en particular. Algunos extranjeros se pasan de la raya con las mujeres, especialmente con las locales, que es lo que a mí más me preocupa, porque, al fin y al cabo, yo tengo un hogar al que volver", concluye Salvá.

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