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Exiliados en Transición VI / Verónica Sierra, historiadora

“Las cartas fueron alimento de memoria para los exiliados y exiliadas”

Ritama Muñoz-Rojas 3/07/2019

<p>Verónica Sierra en la Imprenta Artesanal de Madrid. 4 de julio de 2016.</p>

Verónica Sierra en la Imprenta Artesanal de Madrid. 4 de julio de 2016.

Bernardo Pérez para 'El País'

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En las últimas cinco semanas, CTXT ha publicado las cartas que un grupo de exiliados y exiliadas enviaba a la asociación de Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles (AARE). Se trata de una correspondencia única por dos motivos. Por un lado, las cartas comienzan a escribirse a mediados de los años ochenta: casi nadie se acuerda ya del exilio; el dictador lleva diez años bajo el granito de Cuelgamuros y España se presenta ante mundo como una democracia; por otro, la vida de estos ya ancianos republicanos que escriben no ha mejorado mucho desde el 39 y requiere la atención y ayuda de las instituciones, aunque las de su país no hayan mostrado el interés debido y esperado. Por eso fue necesaria la creación de AARE y tan importante su labor de apoyo hacia los olvidados de los olvidados, que, en 1984, eran cerca de 500, repartidos por la región del Mediodía Francés. 

Bajo el título Exiliados en Transición, se ha ido conociendo a través de cartas a hombres y mujeres orgullosas de haber luchado por la República y los derechos de los trabajadores. Hemos comprobado que les obsesionaba la idea de ser olvidados; les hemos escuchado reclamar derechos que les correspondían, por españoles y por haber combatido el fascismo; hemos conocido algo de su vida cotidiana, de su día a día, repartido entre enfermedades y necesidades, y la falta de medios para resolverlas. Y nos han contado sus historias: en el frente, en la retirada, en los campos de internamiento.

Sobres censurados.

Antes de continuar leyendo las cartas de Los exiliados en Transición, recuperando historias, recordando nombres, pueda resultar importante abrir un paréntesis y conocer las reflexiones de la historiadora Verónica Sierra sobre la importancia que tienen las cartas para conocer esa parte de la historia que falta por contar y que tiene que ver con los perdedores de la guerra y las víctimas de la represión del franquismo. Nos lo explica en esta entrevista hecha por correo.

Verónica Sierra, profesora de la Cultura Escrita en la Universidad de Alcalá de Henares, lleva años trabajando en profundidad los testimonios escritos de carácter personal, especialmente las cartas de gente anónima durante la Guerra Civil, el exilio y el franquismo. Fruto de sus investigaciones son libros como Palabras huérfanas. Los niños y la Guerra Civil (2009) y Cartas presas. La correspondencia carcelaria durante la Guerra Civil y el Franquismo (2016). Es también la responsable de la coordinación del Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita (SIECE), del Grupo de Investigación LEA (Lectura, Escritura, Alfabetización) y la Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular en España (RedAIEP). Asesora de distintos documentales históricos, series y películas, responsable científica de la Fundación Antonio Machado de Collioure, es, en la actualidad, la comisaria de la exposición itinerante Entre España y Rusia. Recuperando la historia de los Niños de la Guerra organizada desde el Ministerio de la Presidencia. 

Háblenos de la importancia de las cartas para conocer el exilio

Las cartas son una fuente imprescindible para conocer la historia. Nos aportan informaciones imposibles de obtener en otras fuentes porque nos permiten entrar en el corazón de las personas que las escribieron y las leyeron, nacen de lo íntimo y nos ofrecen por ello la posibilidad de construir una historia “desde dentro”, en primera persona, a través de los actos, ideas y emociones de quienes han vivido una época o acontecimiento determinado.  

Hay quienes las han criticado por su carácter subjetivo, pero precisamente es esa subjetividad lo que las hace únicas. No debemos olvidar que también los documentos oficiales son muchas veces subjetivos o han sido manipulados, porque emanan del poder y reflejan ese poder, obviando informaciones que no interesan o que se quieren borrar, o exagerando y subrayando aquellas otras que se desea que permanezcan en la memoria de todos y de todas.

En lo que respecta al exilio, las cartas nos permiten medir el pulso del sufrimiento de todas aquellas personas que se vieron forzadas a huir de su país en plena guerra o tras la victoria de Franco para poder salvar sus vidas. Leer una carta de un exiliado o exiliada, sea un hombre o una mujer, un adulto o un niño, un personaje destacado o alguien anónimo, es la mejor manera de “ponernos en situación” y entender lo que supuso abandonar España para ese medio millón de españoles y españolas republicanos: es como abrir un agujerito en la pared del tiempo y asistir en vivo y en directo a lo que esas personas vivieron entonces.

las cartas nos permiten medir el pulso del sufrimiento de todas aquellas personas que se vieron forzadas a huir de su país en plena guerra

En las cartas de los exiliados y exiliadas ha quedado registrado un exilio plural, diverso, complejo, fruto de la suma de sus experiencias individuales, y gracias a ello, los historiadores e historiadoras hemos podido contar cada historia particular que esas cartas nos han dado a conocer e inscribirla en una historia colectiva, recuperando así la memoria de estas víctimas de la dictadura, porque el exilio fue también una forma de represión. 

Carta abierta por censura.

Como fuente para conocer la historia, en este caso la de las víctimas del franquismo ¿pueden las cartas equipararse a los testimonios orales?

Ya Cicerón, y luego lo harán también los humanistas, como Juan Luis Vives, definieron a la carta como un diálogo entre ausentes. Pedro Salinas, por su parte, define a la carta como “un hablarse y mirarse sin presencia”. Quiero decir con esto que las cartas tienen mucho en común con los testimonios orales, no sólo porque constituyen, al igual que estos, pequeñas autobiografías de quienes las escriben y/o leen, sino también porque la oralidad es consustancial a ellas: primero, porque el remitente escribe su carta como si estuviera conversando con su destinatario, aunque esta conversación pueda resultar a veces más o menos coloquial en función del tipo de carta que se escriba y los formulismos cambien; y segundo, porque para que una carta sea “carta” ha de ser leída. Si no lo es, la carta se queda “huérfana”, no cumple con su función principal, que es la de comunicar algo a alguien. 

para que una carta sea “carta” ha de ser leída. Si no lo es, la carta se queda “huérfana”

Por mucho que consideremos a la carta como una escritura íntima, sus lecturas a lo largo de la historia han sido tanto individuales y en silencio, como grupales y en alta voz, es decir, que muchas cartas se han compartido y se han hecho públicas de numerosas maneras. Y esto es algo que se puede comprobar especialmente bien en el caso del exilio, ya que la comunidad exiliada, por el uso que hizo de la correspondencia y por la importancia que las cartas tuvieron en su configuración y en su destino, fue una “comunidad epistolar”, como he afirmado en alguno de mis trabajos. Vivieron en cuanto que escribieron cartas, y escribieron cartas en cuanto que vivieron. Escribir y vivir fueron en este contexto una misma cosa.

Ahora bien, hay una diferencia esencial entre una carta y una historia oral, y es el momento de producción de cada testimonio y la influencia que esa distinta temporalidad tiene en el mismo. Por lo general, los testimonios orales se producen a posteriori, una vez han pasado los hechos que en ellos se narran, y quienes lo hacen han realizado previamente un proceso de reflexión y de asimilación, han tamizado, podríamos decir, su memoria. Sin embargo, las cartas son producto y consecuencia del momento, se crean en el mismo tiempo en el que los hechos que reflejan se están sucediendo, y por eso la memoria que en ellas reposa es una memoria más inmediata, menos trabajada, más “limpia”, menos “contaminada”.

Siempre estremece leer una carta escrita desde el exilio; uno se siente involucrado, comprometido, casi parte de ese presente lejano. Pero ¿son realmente un buen reflejo de la realidad?

Completamente lo son. Como decía antes, las cartas hacen posible que nos pongamos en el lugar del otro, y que ese otro siga presente. Son un retrato de quien las escribe. Aunque ya no esté, podemos seguir escuchando su voz, y su voz nos traslada al acontecimiento histórico del que fue protagonista muchos años después, reviviéndolo con toda la intensidad que entonces lo caracterizó. 

Ahora bien, debemos tener en cuenta que son muchos los condicionantes que pueden influir y que pueden, de alguna manera, transformar la realidad. En el caso del exilio, por ejemplo, fue muy importante en este sentido la censura postal, que mediatizó enormemente el contenido de las cartas y que provocó que los exiliados y exiliadas tuvieran que inventar múltiples estrategias para poder comunicarse con sus seres queridos y hacerles llegar sus cartas (cifras y claves, tintas invisibles, recurso a intermediarios clandestinos, engaños, sobornos…). También influyó mucho la autocensura, es decir, el hecho de que los exiliados y exiliadas ocultaran informaciones para evitar represalias o para no preocupar a sus familias. 

es fundamental tener en cuenta los modos de conservación, dónde se conservan las cartas, pues no es lo mismo que encontremos un conjunto epistolar en un archivo público que el que las cartas estén custodiadas en asociaciones o en archivos familiares

Si pensamos en momentos posteriores, es fundamental igualmente tener en cuenta los modos de conservación, dónde se conservan las cartas, pues no es lo mismo que encontremos un conjunto epistolar en un archivo público, como pueden ser los archivos departamentales franceses, el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca o el Archivo General de la Nación de México, entre otros, que el que las cartas estén custodiadas en asociaciones o en archivos familiares. Los caminos recorridos por una y otras cartas son muy diferentes, como lo son los motivos de su conservación y el uso que de las mismas se ha podido hacer: desde el represivo o el propagandístico hasta el reivindicativo o el memorialístico. 

¿Qué nos puede decir sobre lo que transmiten los exiliados y exiliadas en sus cartas?

Lo que nos cuentan las cartas de los exiliados y exiliadas es su experiencia del exilio. Si somos capaces de captar toda su riqueza, de recabar todos los detalles que en ellas se dan cita, podemos perfectamente entender cómo fue para ellos el exilio en todas sus dimensiones: no sólo lo que les pasó en cada una de las etapas que fueron atravesando, sino también el modo en el que respondieron a las difíciles circunstancias que les tocó vivir y las superaron.

Fernanda Urruti, escribiendo cartas en Nueva York. 1942.

Las cartas los exiliados y exiliadas nos hablan de la huida y de la persecución, del hambre y del hacinamiento; del miedo y de la angustia, de la incertidumbre y de la tristeza; de la separación forzosa de la familia y de la obsesiva búsqueda de sus seres queridos para volver a estar unidos; del rechazo y del recelo, de la ilusión de emprender una nueva vida y de la desilusión de encontrar una traba tras otra en el intento; de la adaptación a un nuevo lugar, a unas nuevas costumbres, a unas nuevas gentes, y al tiempo de la necesidad de mantener la identidad de procedencia; de la nostalgia del retorno y, en fin, del ser exiliado.

Esa España soñada e idealizada, su España, la construyeron a partir de las cartas, y estas les sirvieron también para salvaguardar su identidad, para recordarles quiénes eran y por qué estaban allí

Porque ser exiliado es un estado mental también; un exiliado siempre piensa en que va a volver al lugar del que llegó y que todo lo que vive es algo temporal, irreal, transitorio… pero lo cierto es que no fue así para muchos de los republicanos españoles que decidieron o se vieron forzados a salir de España antes, durante y después de la Guerra Civil, porque no pudieron regresar, o si lo hicieron, el país que se encontraron distó mucho de aquel que guardaban fosilizado en su memoria.

Las cartas fueron para los exiliados y exiliadas alimento de memoria. Esa España soñada e idealizada, su España, la construyeron a partir de las cartas, y estas les sirvieron también para salvaguardar su identidad, para recordarles quiénes eran y por qué estaban allí, siendo claves en la creación de la comunidad exiliada. Gracias a las cartas se tendieron puentes de un lado al otro del mundo: familias enteras pudieron seguir unidas en la distancia a través de la escritura. Por eso mismo, las cartas tuvieron el valor salvífico o terapéutico que tuvieron: porque trasladaban a sus destinatarios consuelos, ánimos, afectos, esperanzas, ganas de vivir. Lo que más llama la atención es cómo fue posible que en medio de todas esas vicisitudes, y tras tanto ir y venir, estas cartas hayan llegado hasta nuestros días. Salvo aquellas que fueron enviadas a las autoridades o robadas por estas, las cartas que guardan hoy los hijos y nietos de aquellos exiliados y exiliadas demuestran que su conservación fue un modo más de resistencia y un deseo de poder hacer justicia, de contar y denunciar lo ocurrido. Guardar todas esas cartas ha hecho posible que hoy se conozca su historia, y que la misma entre a formar parte de la Historia con mayúsculas. 

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Autora >

Ritama Muñoz-Rojas

Periodista y licenciada en Derecho. Autora de 'Poco a poco os hablaré de todo. Historia del exilio en Nueva York de la familia De los Ríos Giner, Urruti'.

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1 comentario(s)

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  1. yyorepublicana

    Memoria, JUSTICIA y REPARACIÓN ya!!!un pueblo que olvida su pasado esta condenado a repetirlo , no lo permitamos NUNCA MAS!!!

    Hace 2 años 3 meses

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