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Tribuna

Cuando los coronabonos señalan la luna...

Que nadie intente hacernos caer en la dicotomía trampa de Europa Sí o Europa No. El debate real está en qué Europa queremos construir: una que combata a las personas pobres o una que combata a la pobreza

Miguel Urbán / Gonzalo Donaire 6/04/2020

<p>Unión Europea.</p>

Unión Europea.

Malagón

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“Por culpa de Alemania y Holanda la UE no ha podido desplegar un plan de rescate para la crisis del coronavirus”. Si estos días, entre teletrabajo, preocupaciones, cuidar y cuidarte, solo has podido echar un vistazo a la sección internacional de algún periódico o telediario, seguramente hayas escuchado algo parecido a esto.

La sociedad española siempre ha sido una de las más euro-entusiastas, hasta el punto de volverse acrítica con todo lo que venía de la UE. En muchos países el proyecto de la Unión Europea está hoy en el centro del debate público a raíz del Covid-19. Por aquí, sin embargo, estamos pasando nuevamente de puntillas por esa discusión o, cuando nos animamos, abunda la brocha gorda. Creo que es importante situar algunas claves.

La UE sufre una pérdida creciente de legitimidad entre sectores sociales de toda Europa. Cada vez le cuesta más ser asociada con aquellos supuestos “valores europeos” como democracia, progreso, bienestar o Derechos Humanos. Una crisis orgánica en todo el sentido gramsciano del término, resultado y profundización de la crisis del modelo post-Maastricht del capitalismo europeo que ha supuesto una verdadera camisa de fuerza neoliberal.

Dos modelos de construcción europea por arriba: una disputa con muchos consensos

A raíz del reciente rechazo de los eurobonos o “coronabonos” por parte de Estados Miembros como Países Bajos o Alemania (aunque esas posiciones parecen estar matizándose como resultado del juego político permanente), y del bloqueo en el Consejo de medidas ya aprobadas en la Comisión, el Parlamento o el BCE, parece haber emergido una supuesta confrontación entre dos “almas de la UE”. Y es que, efectivamente, desde su creación hay dos modelos de “construcción europea” en disputa: una más intergubernamental (más peso a los Estados Miembros, o sea al Consejo) y otra más federal (Comisión, Parlamento y BCE). En resumen grueso: quienes, por un lado, apuestan por una Unión Europa de los Estados soberanos pero coordinados y quienes, por su parte, sueñan con unos Estados Unidos de Europa de corte federal con cada vez más competencias cedidas a Bruselas. Es un debate histórico, actual, real y central, pero insuficiente y en gran medida falso para explicar lo que está ocurriendo hoy. ¿Por qué?

Muchos de los Estados miembros que hoy defienden los eurobonos hace una década cerraban filas con Alemania, la Comisión y el BCE cuando Grecia pedía algo parecido

Primero, porque la articulación mutante y conflictiva de esos dos modelos es una constante desde el Tratado de Roma, y su combinación prácticamente representa la propia construcción europea. Segundo, porque ese debate, por real que sea, se da principalmente entre las élites que impulsan el proyecto de construcción europea. Y tercero, y más importante para el caso que nos atañe, porque resulta entre delirante e infame la cadena de equivalencias éticas que se está haciendo a una y otra opción en disputa. Pretender ahora que un puñado de países malos malísimos bloquean a unas instituciones cuya única finalidad es dar servicio a la ciudadanía, es tan irrisorio como defender, en sentido contrario, que los Estados son la única solución para responder a una crisis frente a unas instituciones europeas bloqueadas.

Básicamente porque ambas respuestas son tan ciertas como falsas según el momento y el interés de quien esgrima un argumento o el contrario. Muchos de los Estados miembros que hoy defienden a capa y espada los eurobonos y mutualizar los costes de frenar la pandemia, hace una década cerraban filas con Alemania, la Comisión Europea y el BCE cuando Grecia pedía algo parecido para responder a la crisis de la deuda pública. No es una cuestión de continente, sino de contenido. Esto no va de esencias, sino de políticas reales.

Y esta situación no es nueva ni producto de unos cuantos países “egoístas”, sino que constituye una cuestión estructural consustancial a la propia formación de la UE desde que el Tratado de Maastricht constitucionalizase los principios neoliberales, erigiéndose así como un verdadero sabotaje del proyecto europeo.

El telón de fondo de la crisis de nunca acabar

Con el objetivo de crear una Unión Económica y Monetaria (UEM), en Maastricht se aprobaron los criterios de convergencia que debían de satisfacer los países que pretendieran formar parte de esta. De la misma forma, también se dio luz verde a los requisitos que tendrían que cumplir los países que finalmente integrasen la futura zona euro. No es necesario entrar en los detalles –pues son bien conocidos–, pero sí procede mencionar la prioridad dispensada por los dirigentes comunitarios a aquellas variables que definen lo que se denomina “convergencia nominal”, esto es, el déficit y la deuda pública, la tasa de inflación y el tipo de interés. Se fijaron objetivos concretos y de obligado cumplimiento para los países aspirantes a integrar la UEM. Lo que supuso una verdadera camisa de fuerza neoliberal, con una letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado: el ADN del actual capitalismo financiarizado que tiene en la Unión Europea uno de sus experimentos más avanzados.

No se trata sólo de la consideración, errónea de que la convergencia alrededor de esos indicadores garantiza un adecuado funcionamiento de una unión monetaria. La cuestión tiene mucho mayor calado. Con los referidos criterios de convergencia se da una vuelta de tuerca a un planteamiento de política económica cuya piedra angular es la implementación de políticas de demanda contractivas, junto a políticas de oferta consistentes en la contención salarial y políticas estructurales encaminadas a la desregulación y la liberalización de los mercados. 

Se suponía que la aplicación de este pack generaría una mejora en la productividad, la competitividad y el crecimiento económico (nos referimos aquí a estos medidores convencionales, conscientes de que, como se propone desde la ecología y el feminismo, deben ser radicalmente impugnados). La información estadística proporcionada por Eurostat revela, por el contrario, que estas expectativas no se han confirmado: la productividad total de los factores productivos ha continuado su senda de desaceleración, la competitividad se ha resentido y el plus de crecimiento asociado a la integración monetaria no se ha obtenido.

Y todo esto a pesar de que supuestamente el Tratado de Funcionamiento de la Unión inscribe en su tercer artículo el objetivo de fomentar la conexión económica, social y territorial, así como la solidaridad entre los Estados miembros. Sin embargo, las políticas efectivas de la UE han ido en sentido opuesto: una Unión Monetaria defectuosa desde su comienzo que ha contribuido a polarizar Europa entre un Sur deudor y un Norte acreedor, y unas políticas de austeridad y desmantelamiento del Estado social que han recortado los derechos de las clases populares. Porque, como hemos recordado en muchas ocasiones, las llamadas “políticas de austeridad” son en realidad un plan estructurado para el control de la actuación de los Estados miembros tanto en el ámbito económico como en el estrictamente social y laboral, pero también en ámbitos como la sanidad o la educación.

Hasta ahora, Alemania y, en general, los países más competitivos han sido los mayores ganadores de un proceso de integración crecientemente dominado por los mercados, que es lo mismo que decir las grandes corporaciones. La eliminación de todo tipo de barreras, arancelarias y no arancelarias, que se ha llevado a cabo a lo largo de las últimas décadas, así como la formación de la Unión Monetaria, han ofrecido grandes oportunidades de negocio a las firmas alemanas y centroeuropeas. Y en general a las empresas más competitivas y adaptadas a la ley de la selva neoliberal, independientemente de su supuesta nacionalidad.

Oportunidades que han aprovechado bien, y no sólo para colocar sus bienes y servicios en los mercados de los países socios. También han realizado un formidable negocio reorganizando y reestructurando su cadena de creación de valor. La desintegración del bloque excomunista fue, en este sentido, una gran oportunidad que reportó grandes beneficios a las empresas que intervinieron en la privatización de activos estatales y que realizaron inversiones en esos territorios. De nuevo Alemania estuvo a la cabeza de este proceso. Un país que se ha visto privilegiado por una arquitectura europea que no pone contrapesos a la acumulación de superávits externos. Estos, en suma, tienen su espejo en los déficits externos de las periferias, que conduce a desequilibrios económicos que suponen una de las razones que obstaculizan la buena vecindad y que dividen a Europa agrandando los desequilibrios territoriales. Y que tienen en el superávit de la balanza comercial alemana su espejo más obsceno.

Cuando los eurobonos no nos dejan ver el bosque

La crisis del coronavirus está abriendo las costuras de la impopular construcción neoliberal de la UE.  Por ejemplo, hace 10 años Grecia no podía mover ni una coma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que ahogaba a su población, generando un sacrificio terrible, no solo desigualmente repartido, sino que ha fracasado en todos los países en donde se ha practicado. De hecho, las políticas económicas autoritarias han prolongado y agravado la crisis, han intensificado las fracturas productivas y territoriales entre países y regiones, han contribuido a que se dispare la desigualdad y, paradójicamente, han llevado la deuda pública a cotas muy superiores a las de antes de la crisis.

Hoy el corsé del techo de gasto, como llevábamos tanto tiempo demandando, ha saltado por los aires y se ha abierto la barra libre al gasto para enfrentar una crisis que ya no tiene origen financiero sino vírico, pero que igualmente tendrá consecuencias económicas y sociales determinantes para toda Europa. Y la pregunta hoy es cómo se pagarán esos gastos excepcionales, quiénes los asumirán y en qué condiciones se devolverán en el futuro las deudas que hoy se contraigan para contener la pandemia. Este y no otro es el debate de fondo realmente.

Si consisten en créditos y no en meras transferencias, los eurobonos para hoy serán hombres de negro para mañana

Porque a pesar de todo el debate público sobre los dos supuestos modelos europeos en juego que cristaliza en el binomio “coronabonos” sí o no, lo cierto es que estos no cuestionan el modelo de construcción europea neoliberal y profundamente desigual, sino se limitan a maquillarla. Este intento de crear un instrumento de deuda común para el conjunto de la UE que mutualice los costes fiscales de combatir la crisis supone una corrección menor en forma de ligera redistribución centro-periferias, que sin embargo no modifica ni ataca el funcionamiento de la maquinaria europea neoliberal.

Tal y como se está planteando, el debate de los “coronabonos” parece reducirse a dos opciones supuestamente excluyentes y pretendidamente dispares: mutualizar entre todos los Estados miembros los costes de la crisis o que cada uno se las vea con sus recursos propios (si aún los tiene) o con lo que consiga prestado de otros (por lo general organismos financieros internacionales y bancos que ya se salivan). Es decir, eurobonos o acogerse al Mecanismo de Estabilidad Europeo (MEDE), el fondo de rescate creado en la crisis de la deuda de 2010 por el cual cada país que quiera acceder a la financiación de emergencia de la UE tendrá que firmar un Memorándum de Entendimiento (MoU) controlado por la Troika (Comisión Europea, FMI y BCE).

Pero en el fondo se trata de un debate tramposo y muy limitado. Primero porque en esa disyuntiva entre coronabonus y MEDE no cuenta tanto la visión de cada parte sobre el futuro del proyecto europeo, como se está pretendiendo plantear, ni tan siquiera sus prioridades sanitarias, sino más bien sus intereses económicos, geopolíticos, estratégicos e incluso electorales. Y segundo y más importante, porque mientras siga consistiendo en un mecanismo de crédito, poco importará que el “rescate a la economía europea amenazada por el coronavirus” se vista de MEDE o de eurobonos. En cualquier caso, seguirán alimentando una trampa de la deuda que solo conseguirán maquillar y aplazar.

Si consisten en créditos y no en meras transferencias, los eurobonos para hoy serán hombres de negro para mañana. Porque, aunque, como ya empieza a conceder Merkel, los Estados miembros más afectados, como Italia o España, pudiesen acceder al MEDE para recibir dinero prestado “sin condicionalidad”, cuando en un futuro cercano tengan que devolver ese dinero, deberán pedir nuevos préstamos para pagar los ya contraídos (de deuda en deuda y trampa porque me toca) y entonces sí llegarán los planes de ajuste estructural como contrapartida. Los mismo ocurriría si ese dinero viene en forma de eurobonos que, igualmente, tocaría devolver a medio plazo. Y es que la gestión neoliberal del Covid-19 corre el riesgo de producir una crisis de la deuda y reformas austeritarias derivadas como las de 2008 pero en diferido. Por eso, aunque un pequeño paso positivo a muy corto plazo, ni los eurobonos son la panacea ni la discusión en torno a ellos agota en absoluto el debate de fondo en el que nos jugamos las próximas décadas.

El autosabotaje del proyecto europeo

En cualquier caso, ese supuesto enfrentamiento entre Estados miembros insolidarios e instituciones impotentes no suma nada de cara a una ciudadanía que no distingue proyectos en disputa ni hila tan fino. El resultado es un nuevo saco de frustración y cabreo hacia una Unión Europea incapaz de dar una respuesta rápida, solvente y coordinada entre sus partes a desafíos centrales. Resulta sorprendente la inaudita capacidad de las instituciones europeas para fabricarse ellas solas las campañas de euroescepticismo que tanto les obsesionan luego.

Resulta sorprendente la inaudita capacidad de las instituciones europeas para fabricarse ellas solas las campañas de euroescepticismo que tanto les obsesionan luego

Porque hace años que, en la práctica, la UE se parece más a un Estado fallido que al protoestado federal con el que sueñan muchos en la burbuja de Bruselas. El antiguo presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, abrió hace unos años el debate sobre El futuro de Europa con un Libro Blanco que planteaba varios escenarios posibles. La discusión constituyó el enésimo ejercicio eurócrata estéril y terminó reforzando el statu quo y el bloqueo como fuerza motriz del proyecto europeo. Para salir del paso, las élites europeas concluyeron que, en el próximo periodo, la UE avanzaría a varias velocidades con procesos de integración a la carta. O sea: que cada cual hiciese lo que quisiese. Exactamente lo que está ocurriendo estos días con la gestión del Covid-19.

Cuando la austeridad se convierte en la única opción político-económica de unas instituciones alejadas de los intereses de la ciudadanía, la UE se vuelve un problema para las mayorías sociales y construir una Europa diferente emerge como la única solución a la deriva que vivimos. De esta forma, un cambio de rumbo no solo es posible o deseable, sino que resulta urgente y necesario. Más aún cuando, frente a esta UE neoliberal realmente existente, paralizada y antisocial, la Internacional Reaccionaria emerge para proponer un giro de vuelta autoritario, xenófobo, patriarcal y nacionalista que tiene en Hungría su puesto más avanzado de una lepenización de los espíritus que recorre el continente.

Ante la UE neoliberal y su alternativa siamesa reaccionaria, necesitamos impulsar una tercera vía, un Plan B a esa dicotomía tramposa. Un plan alternativo para Europa que exija un conjunto de medidas que no solo se queden en desterrar la mal llamada austeridad, sino que aborden una regulación bancaria y la intervención en este ámbito, la armonización fiscal y laboral progresivas, el impago de las deudas ilegítimas como instrumento de disciplinamiento político de los pueblos del sur o la necesidad de un plan de inversiones europeos que destierrre definitivamente el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Tenemos que salir del actual debate vacío –continente sin contenido– que tanto complace al statu quo y que en nada contribuye a identificar los graves e inaplazables desafíos que enfrenta Europa y menos aún a acumular fuerzas para enfrentarlos. Que nadie intente hacernos caer en la dicotomía trampa de Europa Sí o Europa No. El debate real está en qué Europa queremos construir: una que combata a las personas pobres o una que combata a la pobreza; una Europa que genere desigualdad o una que reparta la riqueza; una Europa sin derechos o una con derechos. La pandemia del coronavirus abre una crisis social y económica, pero también una puerta a la necesidad urgente de darle la vuelta a Europa. Nosotros ya hemos tomado partido.

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Miguel Urbán Crespo es eurodiputado y militante de Anticapitalistas.

Gonzalo Donaire es economista y militante de Anticapitalistas.

“Por culpa de Alemania y Holanda la UE no ha podido desplegar un plan de rescate para la crisis del coronavirus”. Si estos días, entre teletrabajo, preocupaciones, cuidar y cuidarte, solo has podido echar un vistazo a la sección internacional de algún periódico o telediario, seguramente hayas escuchado algo...

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2 comentario(s)

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  1. Luis

    Si no tuviéramos tantos políticos, coches de políticos, ayudantes de políticos, asesores de políticos, etc. etc. Tantos que comen de nuestros impuestos sin ganárselo. Seguramente en Europa nos tomarían más en serio

    Hace 1 año 7 meses

  2. CapitanRed

    Sin la UE, en España quedamos a merced de los jueces prevaricadores que tanto abundan en la piel de toro. UE sí, pero como usted dice, otra UE.

    Hace 1 año 7 meses

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