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Pasado y futuro

Panoplia de personajes de un país que ya fue

En torno a ‘La transición española y la democracia’, de Javier Pradera

David Rodas Martín 18/12/2020

<p>Felipe González y Javier Pradera durante la entrega de los premios ‘Francisco Cerecedo’ (1984).</p>

Felipe González y Javier Pradera durante la entrega de los premios ‘Francisco Cerecedo’ (1984).

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Siempre quiso ser un personaje literario. Esa forma de apretar los labios cuando le fotografían, la raya descuidada en un poblado pelo blanco, impoluto. No se le conoce una sombra de barba en una cara afeitada al raso día tras día. La sonrisa que le hace elevar más la comisura derecha de los labios, ese sonreír cómplice y seductor, convincente. Nadie, o quizá ningún español, ha conseguido llevar una gabardina con más elegancia que Jorge Semprún en París. Es 1977 y acaba de ganar el Premio Planeta por Autobiografía de Federico Sánchez (Semprún, 1977). 

Jorge Semprún, militante y dirigente comunista, cuyo nombre clandestino era Federico Sánchez, siempre quiso ser un personaje literario. Inteligente, seductor, audaz y exhibicionista, ese vicio de la intelectualidad ante los focos. Un hombre que fuma con elegancia –no con esa rudeza de fumar apretando el cigarro entre índice y pulgar, tan gris y castiza, tan de Santiago Carrillo–. Ha conseguido abstraerse de cualquier tipo de refriega política en el año de las primeras elecciones generales democráticas en España después de la dictadura del general Franco y, desde la altura literaria, tan ansiada, que le proporciona París, ha escrito un libro que le encumbra como personaje, que le permite saldar cuentas personales con algunos antiguos camaradas y que pone un palo en las ruedas –notoriedad del Premio Planeta mediante– a las aspiraciones electorales del PCE. Federico Sánchez, en el Madrid democrático, se gusta. De haber militado en la otra banda del telón de acero, hubiera sido un gran personaje para Hollywood. Entre focos, la intelectualidad se exhibe. 

 Pradera eleva la mirada por encima del cadáver del dictador, abandona los contornos del mito y se dispone a empezar su narración de los hechos en 1956

El libro gusta, se comenta, circula por los mentideros de la capital que acaba de enterrar a un grupo de abogados comunistas mientras el gris mandarinato de la Corte prepara los engranajes de un Estado de derecho democrático. Sin embargo, algo se tuerce. Autobiografía de Federico Sánchez está dedicado a dos personas: a Domingo González Lucas, Dominguín, torero, y a Javier Pradera, editor. El primero había muerto hacía dos años, en Ecuador, suicidándose. Se afilió al PCE por influencia de Semprún, en México. Era una cara visible, lo popular. El segundo, un hijo de vencedores de la guerra civil, era la inteligencia del PCE, que le repudió, y, tiempo después, de un país entero. Pradera, que durante 1977 ya estaba en las bambalinas del diario El País, que ya había elegido a su referencia política en lo venidero, Felipe González, y que había sido uno de tantos que había abandonado el PCE por desavenencias con el Comité Central, rompió la dinámica laudatoria hacia el ganador del Premio Planeta. Desde la revista Cambio 16, Javier Pradera acusa a Semprún de “exhibicionismo anticomunista y oportunismo” (Juliana, 2020). Es un golpe notable, obviado por el relato de una transición que encumbró a un PSOE del que tanto Semprún –ministro de Cultura independiente en el segundo Gobierno González de 1988 a 1991– como Pradera son deudores. Sin embargo, esta actitud de Pradera descompasada del relato oficial esconde claves que interpelan a la historia, a la política de la España contemporánea y a la España en transición, mientras dibujan los contornos de un hombre político.

A Pradera, sin partido desde 1964 como protesta por la expulsión de Semprún y Claudín, le quedan las labores editoriales y periodísticas, y un olfato político que le encumbrará, siempre entre bambalinas, a los altares de la intelectualidad española. Contribuirá a la fundación del diario El País y será su principal editorialista. El “hermano mayor” (Gracia, 2019) de Juan Luis Cebrián y Felipe González se lee a sí mismo y lee una época en los artículos que recopila Joaquín Estefanía en La transición española y la democracia (Pradera, 2014). A priori, otro volumen más para glosar la Transición Española escrito por uno de los principales muñidores de la Cultura de la Transición o CT (Martínez et al., 2015). Pero hay que leerlo con otros ojos. La Transición Española (TE) se consolidó como un mito que va del año 1975 al 1982 y que, como Estefanía señala, es o bien la referencia obsesiva de una determinada nostalgia conservadora o el pelele causante de los males del “régimen”. Sin embargo, Pradera, ese olfato, eleva la mirada por encima del cadáver del dictador muerto en cama, abandona los contornos del mito y se dispone a empezar su narración de los hechos en 1956. 

¿Por qué querer entender la TE desde las postrimerías de la década de los cincuenta? El momento elegido por Pradera no es neutral: primeros repuntes de la contestación universitaria en la España franquista orquestados por él y Semprún como correas de transmisión del PCE, primeras generaciones universitarias que no habían vivido la guerra, primeros compases de la política de “reconciliación nacional” comunista. El manifiesto de rebato comenzaba: “Nosotros, hijos de los vencedores y los vencidos”. 1956. Pero no todo es anécdota. Las cosas se mueven con mucha más velocidad que cuando, en los años cuarenta, la oposición antifranquista esperaba la intervención aliada para hacer caer el régimen de Franco. La época de la guerrilla ha acabado y los cuadros del PCE observan cómo las cosas en el interior del país se están moviendo. En 1956 fueron los estudiantes comandados por Pradera, en 1957 el pozo minero de la Camocha entra en huelga, no será el único. Se gestan las Comisiones Obreras. En 1955 la España de Franco ha entrado en la ONU, en 1959 se firman los Planes de Estabilización. 

Pradera se está refiriendo a su primer distanciamiento del PCE: la lectura y trascendencia de los Planes de Estabilización, la potencia política de la España de los 600 y el éxodo rural. El PCE hervía como principal herramienta de oposición al régimen mientras se incubaba CC.OO., ¿se intuía en el corto plazo una caída del régimen de Franco por la presión popular de una sociedad crecientemente industrializada?, ¿o la despolitización de la clase media que se estaba conformando lastraría el advenimiento de la democracia? Enric Juliana (2020) ilustra magistralmente esta discusión en Aquí no hem vingut a estudiar. La lucha entre la voluntad y la razón. Pradera lo repetirá machaconamente: espera, formación, pausa, calma chicha, los Planes de Estabilización y la apertura exterior anclarán a Franco, no conviene desgastarse en acciones inanes. Será duramente recriminado por el Comité Central. Jorge Semprún, con quien había redactado el manifiesto de 1956, no levantó la mano en su defensa. En 1964, cuando tanto Semprún como Claudín fueron expulsados oficialmente del PCE por ser “unos cabezas de chorlito”, Pradera abandonó el partido. No todo es llevar bien puesta la gabardina. 

Lo que la Transición Española trajo de novedoso, de ruptura con la cultura autoritaria, quedaría sepultado por las décadas de cultura democrática post-1982

Estos episodios marcan los límites materiales en torno a los cuales la realidad política española se podría modular. No es posible emplear un esquema teleológico que guíe cada una de las decisiones, motivaciones o errores de los protagonistas en la etapa constituyente de la España contemporánea. Las leves bases industriales, la “desprimarización” de la economía, la construcción y el turismo se pusieron en fila para servir de pilares fundantes de la España moderna. Los Pactos de la Moncloa, que Pradera (2014) desentraña, y la integración europea en 1986 serían las codas del proceso inaugurado en 1959 con los Planes de Estabilización. 

Pero ¿y por qué es tan importante dejar esto claro a la hora de mirar hacia la TE? Porque la despoja de cualquier carácter finalista, autoconclusivo y aislado en la historia. La TE, si bien por motivos taxonómicos, se puede circunscribir al periodo que va de 1975 a 1982, no tiene lógica ninguna ajena a su periodo histórico inmediatamente anterior y posterior. Hacer esta aclaración podría parecer innecesario, pero es la aclaración que todo proceso histórico precisa para no ser elevado a una hornacina venerable o reducido a un muñeco de vudú. La TE, como periodo histórico convulso, solo se puede definir como una “improvisación atrevida, colectiva y pura obra en construcción” (Gracia, 2019). Nadie pudo entrar en 1975 con una hoja de ruta clara que condujera a la victoria de González en 1982, a la entrada de España en la CEE en 1986, a la aprobación de la Ley del suelo en 1998 o a la modificación de la Constitución Española (CE) en 2011. La TE se consumó, como recuerda Pradera (2014) citando a Manuel Vázquez Montalbán, como una mera “correlación de debilidades”. La gran pregunta que arroja la situación hasta aquí planteada, y a la que Pradera no da respuesta, porque no es la función de sus textos, no es tanto la naturaleza de la TE, sino, ¿qué se hizo con ella?, ¿qué le ha pasado a la TE en 40 años de cultura y vida democrática? Conviene ahondar en ello a través de algunas rendijas que se intercalan entre la memoria oficial. 

El constitucionalismo es la corrupción del ladrillo, es la no renovación de los órganos judiciales, la endogamia de las altas jerarquías del funcionariado español

No quedaba un solo sitio en las tribunas de invitados. El pleno del ayuntamiento se estaba empezando a caldear mientras los concejales de UCD elevaban cuestiones de orden contra la mesa de edad. Tierno Galván, que esa mañana del 20 de abril de 1979 sería investido con los votos del PSOE y el PCE, era el candidato a alcalde-presidente del Ayuntamiento de Madrid. La verdad es que, entre los invitados, la pareja que conformaban dos hombres, uno larguirucho, que no alto, con un pelo liso y bien peinado con raya, con las mandíbulas alargadas bien definidas y unas gafas de pasta cuadrangulares; y otro más bien bajito, de cara redondeada y pelo de vocación ondulada, pero igualmente enderezado a raya, debía de ser algo cómica. La pareja no tuvo más remedio que sentarse en las escaleras de la Casa de la Villa de Madrid, entonces Ayuntamiento. El larguirucho, un preeminente cargo orgánico del PSOE, convino en recomendar a su acompañante que su futuro no estaba dentro de la dura y rígida política partidista. Él, académico activo en el mayo francés, acababa de recibir una oferta de cátedra en el extranjero y, para poder aceptarla, debía rechazar las ofertas políticas que el nuevo alcalde de Madrid, para quien había hecho campaña activa en barrios, repensando el urbanismo de la ciudad, le ofrecería. La conversación en las escaleras acabó por decantar su decisión. 

En la TE pasaron cosas interesantes que se suelen olvidar. 1979. Elecciones municipales a un par de meses de las primeras elecciones generales constitucionales. La izquierda española se pone de acuerdo: el PSOE y el PCE gobernarán juntos allí donde puedan. Una tupida amalgama de movimientos autónomos, radicales, socialdemócratas, nacionalistas de izquierdas, que van desde el PSA de Rojas Marcos hasta la Liga Comunista Revolucionaria, se arremolinan aquí y allá, surgen, luchan, se desintegran. A lo largo de los años setenta se genera una “Cultura en Transición (CnT)” (Echevarría et al., 2020), uno de cuyos frutos sería la coordinación entre fuerzas de izquierdas en las elecciones municipales de 1979. Sin embargo, todo lo que la TE trajo de novedoso, de heredero de la heterogénea lucha antifranquista, no consensual, de ruptura con la cultura autoritaria, quedaría sepultado por las décadas de cultura democrática post-1982, la CT. Sin duda, el socialista sentado en las escaleras del Ayuntamiento de Madrid vislumbró con claridad el futuro de aquellos que concebían de forma diferente la política. Alfonso Guerra decidió el futuro político del que sería catedrático de Berkeley y esbozó el trazado de una manera de hacer política. Visto en perspectiva, y apelando a categorías que Guillem Martínez gusta de utilizar, el fruto más depurado de la CnT sería la Constitución de 1978; el hijo predilecto de la CT sería el reverso de la CE, el constitucionalismo. 

Sin una industria fuerte, que recupere un cierto sentido comunitario de la vida laboral y social, no habrá república en el horizonte

Constitucionalismo entendido como una ideología vertical, orquestada política, mediática y judicialmente, en contra de la democracia y que hoy se codea con las extremas derechas de todo signo y procedencia: desde Trump hasta su hermano gemelo, el procesismo. El constitucionalismo es Aznar diciendo que el 11M fue ETA, es Alfons Quintá convenciendo a Juan Luis Cebrián de que era mejor no tratar mediáticamente el Caso Banca Catalana (Amat, 2020). El constitucionalismo es la puesta a punto del nacionalismo nacional-conservador de Menéndez Pelayo: el de la reconquista, el imperio y la no contradicción. El constitucionalismo es la corrupción del ladrillo, es la no renovación de los órganos judiciales, así como la endogamia de las altas jerarquías del funcionariado español. El constitucionalismo es la destrucción paulatina, vía propaganda y discurso, del edificio cívico-constitucional que sentó sus bases en 1978. El constitucionalismo es la campaña de acoso y derribo contra Javier Pradera durante los gobiernos de José María Aznar a través de la prensa conservadora. 

Y ahora, ¿qué? Es perceptible el nerviosismo en el mandarinato de Madrid, especialmente en su rama mediática y judicial. Parece que, amplificada por las redes sociales, los medios de comunicación de la capital del reino copiaran con diferentes palabras aquella columna premonitoria firmada por Luis María Ansón sobre “el rumor de ratas abandonando el barco” en las postrimerías del régimen franquista. Hay rumores: dinero europeo, discursos sobre modernización económica y cambio de modelo productivo, industria, digitalización, hidrógeno verde, nuevo marco laboral para el siglo XXI. El hombre bajito que, sentado junto a Alfonso Guerra, se desligó de la política institucional es hoy ministro de universidades. Se dibujan nuevos mapas entre la Commonwealth mediterránea y el eje atlántico que postula Lisboa, la UE vacila entre Keynes y la ortodoxia mientras el constitucionalismo acaba por vaciar la CT. El panorama internacional es ignoto, pero Donald Trump ha perdido las elecciones estadounidenses, una batalla. Pulso de materialidad, digeridos Zoom y Skype, industrialización, por imperativo, verde, para superar a Glovo y rebajar la dependencia del turismo. Momento para una nueva generación del 56: la materialidad se impone, de nuevo, entre la realidad y el deseo. O dicho de otra manera en el debate actual: sin una industria fuerte, que recupere un cierto sentido comunitario de la vida laboral y social, no habrá república en el horizonte. Hijos e hijas de muchas procedencias y distintas lenguas, muchas cabezas de chorlito y un futuro que precisa de nuevos personajes y de nuevos guionistas. Un futuro, que es el suyo. “Españolito que vienes al mundo”, ¿a qué vienes y qué te guardará?

 

Siempre quiso ser un personaje literario. Esa forma de apretar los labios cuando le fotografían, la raya descuidada en un poblado pelo blanco, impoluto. No se le conoce una sombra de barba en una cara afeitada al raso día tras día. La sonrisa que le hace elevar más la comisura derecha de los labios, ese sonreír...

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Autor >

David Rodas Martín

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