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Jordi Gracia / Ensayista y escritor

“Javier Pradera daba miedo, mucho miedo”

Sebastiaan Faber 27/03/2020

<p>Jordi Gracia.</p>

Jordi Gracia.

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“El disco duro de la Transición” y “la caja negra de El País”. Así califica Jordi Gracia (Barcelona, 1965) a Javier Pradera (1934-2011), cuya monumental biografía publicó Anagrama en noviembre de 2019: 700 páginas sin bibliografía o notas. Si el libro tiene una tesis central es esta: sin Pradera, el advenimiento y la evolución de la democracia en España habrían sido muy diferentes y, probablemente, bastante peores. Dada su trayectoria política, sus talentos y su talante, Pradera fue la persona adecuada en el lugar y momento adecuados

Nacido en San Sebastián, a los dos años Pradera quedó huérfano de padre cuando este y su abuelo, un carlista destacado, fueron fusilados en la retaguardia republicana, justo antes de la toma de la ciudad por los sublevados. Se crió bajo la pesada sombra de estos dos mártires de la cruzada, en casa de su tío, exdirector del Ya, jerarca del Movimiento y después embajador. De joven, Pradera fue un militante falangista de corte joseantoniano. En 1955, con 21 años, entró en el clandestino Partido Comunista de la mano de Enrique Múgica y Jorge Semprún; pasó varias temporadas en la cárcel. En 1957, se casó con Gabriela Sánchez Ferlosio, hermana de Rafael y Chicho e hija de Rafael Sánchez Mazas, cofundador de Falange, con quien Pradera discrepó políticamente pero con el que tuvo buena relación.

En los años 60 y 70 –mientras se iba alejando del marxismo militante hacia posiciones más moderadas– Pradera se convirtió en uno de los editores más influyentes de España, pasando por el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI, Alianza (crea la serie de bolsillo) y Taurus. En 1976 entró a formar parte del equipo fundador de El País, donde, durante más de doce años, se hizo cargo de la sección de Opinión, incluidos los editoriales. A finales de los 80 se integró en el consejo de administración del Grupo PRISA mientras seguía escribiendo columnas en el periódico. En 1990, creó, junto con Fernando Savater, la revista Claves de Razón Práctica. 

Aunque Jordi Gracia le retrataba como la conciencia por antonomasia de la joven España democrática, Pradera no sale retratado en el libro como una persona agradable. Hosco e impasible, se le conoce desde joven por su “gesto escéptico, la ironía fría y el prurito de veracidad incómoda”. Poco dado a la empatía, la clemencia u otras sutilezas del trato social, es rápido e implacable en sus juicios. Son rasgos temibles en una persona con poder, por más que lo ejerza fuera de los focos. “Daba miedo, mucho miedo”, me asegura el biógrafo una tarde a mediados de marzo. “Y no lo digo yo, ¿eh? Lo dice todo dios”. 

Nos hemos citado en una terraza barcelonesa, un día antes de que el coronavirus cierre todos los bares en la ciudad. Gracia habla con gran energía y rapidez, en largas oraciones casi perfectas, pronunciadas a alto volumen y solo interrumpidas por risas nerviosas, tacos frecuentes y el inseparable cigarrillo.

Cuenta que su amistad con Pradera nació en 2004, cuando usted ganó el Premio Anagrama con La resistencia silenciosa. Pradera acababa de cumplir 70 años. ¿Seguía inspirando miedo?

Ya no. Para entonces se había convertido en un respetado columnista del periódico, sin más función. No tenía nada que ver con lo que había sido la potencia de antes. Su relación con Zapatero, por ejemplo, era muy superficial.

Esa pérdida de influencia afectó a bastantes de sus compañeros de generación, pero no todos la vivieron con resignación. Personajes como Leguina, Cebrián, Elorza o Savater han envejecido bastante mal.

Probablemente, la tonalidad y radicalidad de su discurso transpira poca permeabilidad hacia los cambios profundos que ha vivido esta sociedad en los últimos 20 años. Pero no vivió así las cosas Pradera, o se curó pronto, mejor. Una broma habitual y sarcástica suya era repetir: “¡Con lo que hemos sido!”.

¿Cómo logró esquivar esa trampa del mal envejecer?

Pradera no discutió la honradez, incluso la convicción con la que los falangistas se hicieron falangistas

Yo creo que tiene que ver con una especie de anclaje insobornable al principio de realidad. Y con una enorme capacidad de alarma contra los síntomas de estar actuando como un llorón quejumbroso respecto a los tiempos modernos. Pradera se da cuenta de que no hay que proyectar el catastrofismo personal sobre la realidad histórica. Creo que es fundamentalmente un rasgo de personalidad, y de una inteligencia superdotada que se ausculta cuando incurre en alguna forma de negligencia intelectual, de debilidad, de falta de consistencia a la hora de explicar convincentemente la realidad. 

Suena severo.

Los hijos recuerdan muy bien la imposición de una forma de verdad implacable en términos morales en casa –te gustase o no te gustase, la digirieses bien o mal–. Una forma de temple autoritario a la hora de defender una determinada verdad, una verdad dura de digerir cuando tienes 14 años o 18 años. 

El autoritarismo no siempre casa bien con la autocrítica.

Pues en Pradera casa. Ahí hay que sumar otros ingredientes personales, como la extraordinaria dificultad que tiene para la gestión de la intimidad. Cuando tú eres incapaz de gestionar la intimidad y los conflictos –las confidencias amistosas, tratar de oxigenar la cabeza, cosas que no practicaba Pradera– lo natural es que tu respuesta tenga un efecto impetuoso, imperativo o autoritario. Y si eres hijo, es natural que lo vivas de una manera no precisamente amable. (Risas.)

La actitud autoritaria de Pradera, entonces, ¿es más que nada una forma de torpeza? 

De una gravísima torpeza. No la quiero rebajar porque no era fácil tratar con Pradera. No solo en casa, también fuera de ella. En la tertulia, por ejemplo, donde llegó a manifestar gran sarcasmo o a expresar de forma cruel su discrepancia. Ahí no se cortaba. Por eso digo que daba miedo. 

En Pradera, da la casualidad que esa torpeza e intransigencia se combinaban con una cuota importante de poder.

El poder de la autoridad. Se hacía el silencio cuando Pradera se ponía a hablar. La gente se callaba. Aunque él hablaba bajito. 

Lo que no deja de ser una forma de poder. 

Pero nunca con cargo, nunca con sello, nunca con tampón, nunca con mesa de ministro.

Ese poder sin cargo, ¿no aterra más, por ser menos visible y más difuso?

Es verdad, fue más difuso y por tanto más temible. Pero, fíjate, no creo que lo fuera desde el punto de vista de las venganzas personales. 

Una autoridad moral, impersonal, ejercida desde la posesión de la verdad. 

Sin duda hubo momentos, en la etapa de mayor influencia en los años ochenta, en que la verdad hablaba por boca de Pradera, o a los demás se lo parecía. Pero si era exigente con los demás, también lo era consigo mismo.

Y me imagino poco receptivo a la empatía, la piedad y el perdón.

Hubo momentos, en la etapa de mayor influencia en los años ochenta, en que la verdad hablaba por boca de Pradera

Me temo que sí. Aunque era capaz de rectificar, como me contaba Miguel Ángel Aguilar. Después de una bronca monumental, incluso al cabo de un mes, era posible que llamara para decir: “¡El jamón para ti!” En el libro, cito cartas a Faustino Lastra, de Siglo XXI, donde él dice algo así como: “Oye, que a los cuarenta años la bestia es como es. Los dos sabemos quienes somos. Yo sé que incurro una y otra vez en esas formas de la intemperancia. A ver si encontramos la manera de relacionarnos”. 

Pero la bestia no siempre fue como fue. Por un lado, parece que Pradera se rigió por una admirable constancia moral. Por otro, podría verse como un veleta que se dejó llevar por los vientos políticos de cada momento: del falangismo al comunismo, a la socialdemocracia y al liberalismo... 

Diría yo que acaba como un socialdemócrata con propensiones social-liberales.

¿Cómo conjuga un biógrafo esas mutaciones políticas con la noción de la constancia moral?

A mí me parecen muy interesantes, precisamente por lo que tienen de coherencia plástica. Dicho de otra manera, en una expresión que me gusta mucho: por lo que tienen de pragmatismo virtuoso. Es todavía común denunciar o deplorar el pragmatismo como una forma de oportunismo coyunturalista y ventajista. Eso me parece una degradación miope de una actitud pragmática donde prevalece la virtud en la medida en que el criterio central es el objetivo del bien común. Esa doble dimensión del pragmatismo, virtud y bien común, absuelve a esa conducta de ser mero oportunismo para convertirse en inteligencia virtuosa. El pragmatismo virtuoso suele renunciar a las utopías, a las quimeras. Supone el abandono de planes que no solo no serán posibles, sino que generarán un freno contraproducente a una intervención en la realidad que quizá no culmine con el éxito perfecto pero, cuando menos, habrá conseguido avanzar con respecto al pasado. 

¿Cuándo se entrega Pradera a ese pragmatismo virtuoso?

Lo encarna formidablemente desde los años 60, cuando comprende que la estrategia de resistencia del Partido Comunista es improductiva porque el partido no ha sabido leer la realidad política y social del franquismo. Después impulsó, a principios de los 70, la reeducación democrática de las juventudes revolucionarias. Y de nuevo en el 79, cuando animó e instó a los socialistas a desmarcarse del marxismo para ser partido de gobierno y no de perpetua oposición. Pero siempre, desde la lógica del bien común. Y del poder real, claro. 

Dejarse guiar por la lógica del bien común no impide los autoengaños. No dudo de que un Juan Luis Cebrián, por poner un ejemplo del mismo entorno de Pradera, también creía que obraba por el bien común. De hecho, no me sorprendería que lo siguiera creyendo hoy. Sin embargo, no es difícil leer la vida profesional de Cebrián como una larga serie de decisiones oportunistas, incluso en un sentido crematístico, por más que, durante un tiempo, ese oportunismo suyo pareciera coincidir con el bien común. 

La formación intelectual de Pradera era muy superior a la de Cebrián y a la mayoría de la redacción

Creo que la comparación es improcedente. Cebrián es alguien con una extraordinaria capacidad para organizar, controlar y dirigir una redacción de periódico, como hizo en El País durante doce años, entre 1976 y 1988. Ese me parece el momento más alto de su trayectoria profesional. Después ya entra en otra guerra. Pero en el caso de Pradera estamos hablando de un ideólogo con una formación intelectual –en ciencias políticas, en ciencias sociales, en historia y pensamiento– muy superior a la de Cebrián y a la mayoría de la redacción. Entre otras cosas, porque Pradera ha sido editor en términos reales, profesionales, en Alianza Editorial, de todos los grandes textos en esos campos. Ahora bien, esta rara pareja que hicieron Cebrián y Pradera funcionó. Cebrián fue un buen técnico. Supo organizar una redacción cuya edad media era de 30 años. Pradera, a su vez, supo dirigir intelectualmente esa nave desde una autoridad respetada: les llevaba diez años y tenía un aura inconfundible de resistente veterano. 

¿Y Jesús de Polanco?

Polanco entiende que esa es la operación: respetar la independencia de la redacción –muy, muy de izquierdas– y asegurar que el consejo de administración no intervenga en ella, aunque esté cada vez más encabritado con la línea editorial del periódico. 

¿Para Polanco esa postura era menos ética que comercial? 

Es una combinación de las dos cosas. Polanco tiene un enorme respeto por Pradera, como lo tiene el cofundador del periódico, y de Alianza, José Ortega Spottorno. De hecho, Polanco es el primero que le dice a Cebrián que tiene que hablar con Pradera. Polanco, además, sabe que, si quiere hacer un negocio real, se ha de conectar con lo que es el futuro democrático del país. Hay un oportunismo allí, desde luego. Pero me parecería mezquino reducir esa estrategia, que le costó muchos disgustos a Polanco con la empresa, al único objetivo de hacer un negocio más boyante. Sería muy poco justo con ese momento. 

¿Y después?

Es verdad que luego, en los años noventa, todo cambia. ¿Por qué? Pues porque, como decía Pradera, el PSOE toma por asalto el poder del Estado. Por eso, desde muy temprano, Pradera empezó a escribir muy críticamente contra los socialistas. Tardó en romper con Felipe González, hacia el 90 o 91, por el caso Juan Guerra, pero el marcaje político al gobierno empezó prácticamente en diciembre de 1982. Luego se recuperó la amistad, aunque tardaron mucho.

Y con Cebrián, ¿siguió llevándose bien?

Tanto en los años finales como antes, la relación fue puramente profesional. No había relación amistosa, no se iban a tomar copas. Pero la clave del secreto del funcionamiento estuvo en que se respetaron en público. Pradera honró siempre el papel de Cebrián como director del periódico. El que mandaba finalmente era él. La discusión en público, por tanto, nunca era con Cebrián. Lo que no quiere decir que luego no pudiera irse al despacho de Cebrián a decirle lo que fuera. Pero siempre en privado.

En el libro, cita una carta de Pradera al editor José Martínez, de Ruedo Ibérico, en la que pone verde a Semprún por su Autobiografía de Federico Sánchez. Le pide a Martínez que no le diga nada a Semprún. Escribe: “Trataré de decirle lo mismo con palabras eufemísticas”.

Porque se conocían desde principios de los años 60, pero luego, cuando publica un artículo sobre el libro de Semprún, en enero del 78, de eufemismo no hay nada. Se molesta de verdad Pradera por los silencios y omisiones en los que incurre y por la hosquedad y la agresividad de Semprún hacia sus antiguos compañeros de partido, incluidos los más abnegados, los más sacrificados. Pradera se cabrea porque Semprún va demasiado de víctima inocente, sin culpa. De alguien que está por encima del bien y del mal. Pradera le viene a recordar que era su jefe y él estuvo a sus órdenes en una estructura estalinista. Pradera, que también había sido estalinista, lo sabía bien. ¿Qué carajo iban a ser todos ellos si no?

Bueno, en su biografía usted matiza el estalinismo de Pradera, retratándole como una especie de “desestalinizado nativo”, una condición que después facilitará su conversión a la socialdemocracia. Esta conversión, ¿cuándo ocurre?

Desde principios de los 70 empezó a darse cuenta de la inviabilidad de la revolución y la funcionalidad efectiva de la socialdemocracia en Europa. Pero seguramente la aparición de Felipe González es lo que le dió el empujón decisivo. 

¿Porque González desvincula al PSOE de su tradición marxista?

No, eso sucede más tarde: ya en 1978, Felipe avisó de la restricción electoral que supone definirse como partido marxista, y Pradera apoyó esa declaración explosiva y muy mal recibida por su militancia. Como dice Clemente Auger, Pradera lo apostó todo a Felipe –es decir, no exactamente al PSOE y desde luego nada a Alfonso Guerra– por su talante, su inteligencia, su rapidez mental, su capacidad de absorción. Por la esponjaque es Felipe, como le llamaban los amigos, que aprendía a toda castaña. Por ser capaz de interiorizar la complejidad de la política real, la de la verdad.

Felipe González, por cierto, diría yo que es de los que envejecen pronto y mal. ¿Cuándo se da cuenta Pradera de que González ha dejado de ser el Felipe con el que se encandiló en los 70? 

No creo que Felipe González envejeciese temprano y mal: aprendió y aprendió muy rápido, pero pareció pasarse de frenada, sobre todo con la segunda legislatura y la huelga general de 1988, con la sorprendente y fulminante rectificación inmediata que promueve. Pradera escribió un artículo en el que se preguntaba: “Si se podía rectificar, ¿por qué no lo has hecho antes?” Lo cual no disminuye la enorme lealtad de Pradera a la figura política de Felipe González. 

¿Una lealtad basada en un recuerdo de lo que había sido?

Y también del balance global inequívocamente positivo pero progresivamente desmoralizador, al menos desde 1990, con el primer caso de corrupción, hoy irrelevante, pero mal gestionado por González. Lo que le reprochó a Semprún, precisamente, fue que no tuviera esa lealtad con aquello que uno había sido y se convirtiera en anti-comunista. O anti-Felipe González. De ahí que no se toleró a sí mismo hacerse antisocialista, y por eso debió aplazar la publicación de su formidable libro sobre la corrupción española en democracia, incluida la socialista. ¿Era crítico con Felipe? Sin ninguna duda. Pero anti no.

¿Y antifalangista?

Antifalangista abiertamente y sin ninguna duda. 

Lo digo porque Pradera también militó en Falange.

Claro, pero hasta los 19 años, y naciendo en la familia en la que nace. Si no eres falangista en aquella familia, ¿qué coño vas a ser? 

¿Pero no es aplicable el mismo principio de lealtad a esa etapa de su vida? 

Por fortuna Pradera aprendió a cambiar sin perder coherencia, que es lo más difícil. Pradera tiene un libro sobre el falangismo que no se publica hasta después de su muerte, en el que intenta comprender la ideología falangista. No es un libro antifalangista. Es un desmontaje de las comedias, pamemas y camelos ideológicos que lleva dentro el discurso falangista. Pero él no discute la honradez, incluso la convicción con la que los falangistas se hicieron falangistas. Entre otras cosas, porque lo fue él y porque lo fue Ridruejo. Como menciono en el libro, recuerdo bien el día en que Pradera y yo compartíamos un taxi y me dijo: “Jordi, las tres personas que me han impresionado en esta vida como nadie son Ridruejo, Semprún y Felipe”. Lo dijo así, como queriendo hacer una declaración formal. Era una cosa muy de Pradera, estar mucho rato callado y de golpe soltar algo así. 

Gracias a José María Maravall pude acceder a unas cintas maravillosas con una entrevista a Pradera de más de una hora en el verano de 1972. Maravall estaba entonces haciendo la tesis doctoral sobre la movilización antifranquista de los años 50. De esa conversación, lo más importante para mí es lo que cuenta del falangismo como vivencia y como creencia de un chaval de 16 años que quiere cambiar el mundo y descubre que el falangismo no sirve para cambiarlo –y el franquismo obviamente menos todavía–. Hacerse comunista significó, en sus palabras, operar una inversión totalitaria, lo que me parece un hallazgo. 

Su libro describe a Pradera como “caja negra” o “disco duro”, hombre en las sombras que dirige el país desde su despacho. 

Lo que intento explicar es que ejerció en la trastienda el poder que permitía opinar desde el medio más influyente y poderoso de la primera democracia. Da instrucciones, sí, pero sin otro poder que el de la autoridad que le asignan los demás, como el gurú que fue entonces para la izquierda española. Y es esa autoridad la que hace que la clase política y periodística no pierda ripio de lo que dice Pradera. 

Pero esa autoridad moral incluye la capacidad de castigar a quien no le obedece. Una cosa es tomar en cuenta un editorial de El País y otra es saber que, si no le haces caso, al día siguiente habrá otro editorial que te castiga duramente por ello. 

Castigar no sé si es la palabra o, mejor dicho, no lo es: mantener sus posiciones firmes sí lo es, y valorar la acción política del poder y la oposición con crudeza y sin muchos disimulos, también. 

¿Pradera era un demócrata de verdad? Esa fe enorme que tiene en su propio juicio, en su papel de guía de su país y sus élites... ¿no entra en tensión con una concepción democrática de la cultura y de la política?

No tenía ese talante elitista o dogmático, aunque toleraba mal la estupidez ajena o los egotrips de muchos intelectuales, como el de Octavio Paz

No tiene sentido la pregunta; no sólo es demócrata de verdad, sino que está entre los primeros ideólogos de algo que casi nadie sabe qué es en la España de 1977 y se llama democracia representativa –en lo que casi nadie creía en la oposición antifranquista, por supuesto–. Y como editor en Alianza desarrolla una labor pedagógica cuyo espíritu hereda de Arnaldo Orfila en Fondo de Cultura Económica y que, junto con Jaime Salinas, pone en práctica en España. Entienden que la función del libro de bolsillo ha de ser meter en las casas, en los coches –¡en las gabardinas!– de todo el mundo libritos muy baratos con el más alto pensamiento de la tradición occidental, incluido el presente, desde Horacio y Platón a Keynes.

Pero una cosa es educar. Otra es escuchar, tomar en serio...

No tenía ese talante elitista o dogmático que sospechas, aunque toleraba mal la estupidez ajena o los egotrips de mucho intelectual, como Octavio Paz, por ejemplo. En música, sin ir más lejos, iba muy pez. Sabía muy poco de música y le gustaba lo que nos gusta a todos: Chaikovsky. A su hijo Máximo, que es buen músico, le preguntaba culpablemente, ¿pasa algo si me gusta Chaikovsky?

Hay también un elitismo práctico. Si algo queda claro de las memorias de Cebrián, y también de esta biografía de Pradera, es que la cultura de la Transición está marcada por dos cosas: primero, una enorme promiscuidad entre el mundo de los medios, del Estado y de la cultura; y segundo, que son muy reducidos los círculos que diseñan y construyen la España democrática, entre llamadas nocturnas, citas secretas y cenas en reservados de restaurante. 

Yo no lo creo. Ese relato de la Transición es autocomplaciente con la actualidad y cicatero con el pasado. Lo que pasó en la Transición fue una movilización alucinante en múltiples sectores, y desde luego también en el de las élites políticas e intelectuales. Basta con irse a la exposición que organizó el Reina Sofía. Hubo mucho más: música, cine, movimiento vecinal, cultura popular, feminismos, activismo gay. Lógicamente, Cebrián y Pradera no están ahí. ¿Lo rechazan? No solo no lo rechazan, sino que lo promueven activamente. 

¿Pradera desconfiaba de un electorado marcado por el franquismo sociológico? Si perseguía el bien común, ¿lo hacía asumiendo que el pueblo quizá no entendiera cuál era ese bien?

Precisamente para eso El País quiso convertirse en un periódico capaz de meter de inmediato a las voces más heterodoxas, más radicales, más díscolas, de un Umbral a un Almodóvar pasando por un Savater. El Savater de aquellos años es un formidable perfil anarcoide y radical que irá aprendiendo las nuevas tareas del héroe, por citar su libro de 1982. Por eso, precisamente, me parece muy importante recordar los conflictos que causa el periódico como tal con el consejo de administración. ¡No es el periódico que querían! Querían uno liberal-conservador, como mucho, próximo al reformismo franquista de Fraga y Areilza, y nada más: no hay ninguna aportación socialista de capital, aunque esté el entonces comunista y hoy ultramontano Ramón Tamames. En El País escribe toda la izquierda española, la vieja y la nueva, incluida la ‘Movida’ y, por cierto, en gran medida atraída por el jefe de Opinión, que fue Pradera. Alguien un día hará el trabajo de mirarse de verdad las páginas de Cultura y libros de El País durante los primeros diez años, y se llevará una sorpresa de campeonato al comprobar la pluralidad, riqueza y frescura de aquellas páginas –desde el cuidado al exilio hasta la atención a las heterodoxias de cualquier signo. 

Hasta que Babelia se convierte en escaparate de Alfaguara. 

Eso viene después, en los 90, y desde luego no lo diría de esa manera. En los primeros diez años, El País no es un poder ajeno a la movilización de la calle en términos populares. Cosa distinta es que Pradera llevase muy mal otra mutación que vive el sistema editorial entonces –no sólo en España, sino en Europa, en Occidente y desde Norteamérica–, que consiste en creer que la edición solo sobrevivirá por vía de grandes concentraciones editoriales y creer que la edición humanística puede obtener rentabilidades comerciales como las de cualquier otra empresa. Y ahí es donde ya no entra.

Es la lógica empresarial de PRISA.

Claro. Pero después. En el momento en el que esto surge como fenómeno empresarialmente real es cuando Pradera se va de Alianza Editorial, en 1989. Y entonces Polanco lo refugia en el consejo de administración de PRISA. Es la forma que busca Polanco de agradecer a Pradera lo que había hecho y, al mismo tiempo, de aprovechar su conocimiento del medio editorial e intelectual.

Pradera abandona el consejo de PRISA once años después.

Hay una extraordinaria carta de Pradera a Polanco que me pasó Mercedes Cabrera que ayuda a situarnos de veras en ese momento. ¿Por qué se va Pradera del consejo? Porque cree que ha estado durante diez años haciendo un papel irrelevante y testimonial, mientras a la vez emprendía la aventura –felicísima– de la más importante revista de ideas de aquellos años, Claves de razón práctica. A Polanco le confiesa que en ese consejo él ya no pinta nada y que ese ya no es su mundo.

Se refiere al mundo empresarial.

Claro, pero de una empresa que ya no es fundamentalmente una editorial de periódicos y de libros. 

Retrata a Pradera como una figura clave en varios momentos. Hay dos formas de ver a ese tipo de figura clave. Una es que fueron clave a pesar suyo: el papel que tuvieron estuvo determinado por la coyuntura histórica, por lo cual lo pudo haber tenido cualquier otra persona. Otra visión, más tradicional, es que tuvieron un papel clave gracias a que ellos mismos reunían una serie de rasgos y experiencias únicos. Para el caso de Pradera, ¿hacia dónde se inclina?

Aunque suene antiguo o rancio, yo me inclino por esta segunda explicación. Hay una confluencia grande de razones y de circunstancias objetivas y subjetivas que justifican afirmar que la peripecia de Pradera fue singular. Y luego resultó que esa singularidad, que en el año 75 sólo se podía haber quedado en ser muy buen editor, tiene una segunda vida que nadie podría haber imaginado, ni él. ¿Qué hacía escribiendo editoriales y artículos Pradera si no había escrito más que contraportadas y una tesis doctoral que dejó inédita? Pues pasó que Polanco y Cebrián le confiaron la dirección editorial del periódico a la vista de sus análisis privados, conversados y del nivel de conocimiento real, directo, que poseía de cada personaje de la transición en todos los ámbitos políticos. Fue una herencia de su papel en el PCE y después del PCE: generar sinergias. Hay una confluencia de azares, de coyunturas e improvisaciones que hacen posible algo enteramente imprevisto, un poco como la misma Transición: un afortunado conjunto de improvisaciones, sin nada que ver con una supuesta planificación secreta de lo que había de suceder, como Pradera repitió en directo y siguió repitiendo en diferido hasta el final de su vida. 

Habría sido un buen profesor. 

Ha habido quien ha echado de menos que yo no subrayase más esa auténtica vocación de catedrático de universidad, en el sentido antiguo y solemne de los catedráticos de antes. Eso seguramente estuvo en el talante, la figura en la primera juventud de Pradera, aunque yo me resisto a creer que eso durase más allá de la fundación de Alianza Editorial en 1988. Porque esa fue la auténtica felicidad: el mejor oficio del mundo, decía, era la edición. 

Describe la personalidad de Pradera con sus luces y sombras. Habla de una “propensión autista”.

Algunos de sus más fieles han reconocido en el libro su intemperancia, su hosquedad, su incapacidad para escuchar sentimentalmente a alguien porque le ponía a él contra sus propias cuerdas sentimentales. Lo del autismo fue la imagen que se me ocurrió para trasladar esa impresión que muchos me transmitían de un persona blindada e incapaz de penetrar en la dimensión íntima. Igual es verdad que nunca acabó de digerir suficientemente la muerte del padre y del abuelo y por tanto la ausencia de padre en toda su vida. Ese chico tiene dos años y medio cuando se cargan a su padre y su vida cambia del todo.

Menciona varias veces a su propio padre, Vicente Gracia, diez años más joven que Pradera, pero, como él, periodista y huérfano de padre. Me han sorprendido estas referencias personales, poco comunes en sus otros libros. Cuando explica el ambiente político de los 70, por ejemplo, escribe: “Durante algunos años de mi adolescencia, lo primero que veía cada mañana al levantarme era una pegatina del FRAP en la ventana, seguramente tras el fusilamiento rubricado por Franco de tres de sus militantes y de dos miembros de ETA en septiembre de 1975”.

Es verdad. Parte de mi propia formación política y de mi curiosidad por el mundo del periodismo tiene que ver con que mi padre fue periodista. Vicente se radicaliza entonces, como Pradera y como todos, e imagino que la pegatina del FRAP que yo tenía puesta seguro que era de Vicente. Yo era muy jovencito. Milité en las Juventudes Comunistas con 14 o 15 años. 

¿Cuánto duró?

Nada, me curé en nueve meses.

Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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1 comentario(s)

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  1. Peoe

    Periodistas que hablan de periodistas

    Hace 1 año

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