1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

  281. Número 281 · Febrero 2022

  282. Número 282 · Marzo 2022

  283. Número 283 · Abril 2022

  284. Número 284 · Mayo 2022

  285. Número 285 · Junio 2022

  286. Número 286 · Julio 2022

  287. Número 287 · Agosto 2022

  288. Número 288 · Septiembre 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

DIÁLOGOS CTXT

La paz y la izquierda

Ni somos políticamente solidarios ni somos intelectualmente internacionalistas. Nos damos lecciones entre nosotros, como dice Carañana, sin salir de nuestro caparazón etnocéntrico, oscilando entre la denuncia ostentosa y la sospecha autocomplaciente

Santiago Alba Rico 25/04/2022

<p>Columna de humo a las afueras de la ciudad de Myrhorod (Ucrania). </p>

Columna de humo a las afueras de la ciudad de Myrhorod (Ucrania). 

Diamante Wero

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Agradezco a Aleardo Laría y a Joan Pedro-Carañana el sosiego dialogante de sus críticas a mi artículo sobre Ucrania y la izquierda. No voy a entrar en el detalle de sus observaciones, algunas de valor y otras menos. Me limitaré a aceptar dos de sus objeciones, a enumerar algunos principios y a plantear algunos dilemas.

Empiezo por aquello en lo que sin duda tienen razón. Tanto Laría como Carañana reprochan a mi texto una tendencia a la “simplificación”. Es verdad. No puedo negarlo. En artículos anteriores había desplegado yo algunas dudas minuciosas y algunas aporías desconcertantes para todos; pero en el que nos concierne ahora, dirigido contra la izquierda de la que formo parte, mi propósito declarado era justamente el de simplificar. Simplificar en dos direcciones: contra una simplicidad de signo opuesto (la de los prorrusos sin ambages) y contra una complejidad cegadora (la de los contextualizadores enclaustrados en el contexto). Frente a los primeros, a los que llamaba “estalibanes”, insistía en defender la legalidad internacional, como hicimos en Irak, y en abandonar dobles raseros tácticos propios de la Guerra Fría. Frente a los segundos, más sutiles y casi siempre honestamente preocupados por la situación, invitaba a no disolver el presente (el de la agresión rusa y el sufrimiento ucraniano) en un historicismo claustrofóbico, cuya minuciosidad mecánica –y a menudo arbitraria– contribuye a emborronar la diferencia entre una presión geopolítica y una agresión militar o, si se quiere, entre Versalles y Hitler. Este exceso de “contexto”, sugería, entraña desafortunadas consecuencias políticas en la medida en que induce, de alguna manera, dos percepciones engañosas: la de que la responsabilidad de la guerra es compartida y la de que no se trata tanto de una invasión como de un conflicto por delegación entre la OTAN y Rusia. Simplificaba, en definitiva, para afirmar, al mismo tiempo, la responsabilidad de Rusia y la existencia de Ucrania, cuestionadas por Putin pero debilitadas asimismo por los que se limitan a considerar a los ucranianos meros peones pasivos o meras víctimas colaterales de la realpolitik, cuando no de la OTAN y de los EE.UU. Simplificaba premeditadamente a la manera en que lo hace, por ejemplo, el Derecho: contra los que consideran que esto es un partido de fútbol entre “nosotros” y “ellos” y contra los que difuminan las responsabilidades en marcos tan complejos o tan abstractos (declaraciones de vicesecretarios de Estado del año 1967 o crisis global de recursos energéticos) que borran el presente y cierran toda salida al futuro. Mi simplificación se llamaba, de hecho, Derecho, un invento humano del que la izquierda a menudo ha desconfiado, como instrumental o hipócrita, ignorando que, incluso incumplido o malversado, ha materializado algunas frágiles victorias de los más débiles contra la barbarie e introducido en el mundo, como recuerda el gran jurista y narrador Philip Sands, “cambios en la conciencia humana”, “imaginación” y “esperanza”.

Es verdad –y aquí también tiene razón Carañana– que mi texto, con pocas referencias de autor, parece difuminar la línea entre los dos grupos mencionados. Pido disculpas si no me tomé el trabajo de marcar con trazo rojo una diferencia que la mayor parte de los lectores han captado sin dificultad, del mismo modo que han identificado, también sin dificultad, a ese sector de la izquierda, evocado en el artículo, que es todo lo contrario –por desgracia– de un “muñeco de paja”. Como sabemos, hay un nutrido racimo estalibán, más allá de los grupúsculos rojipardos, dentro del PC, de IU y de UP, y muchos más en gobiernos y partidos de América Latina; y hay multitud de contextualizadores suspicaces que, en nombre de Chomsky (¡y de la paz!), dictan de alguna manera el pensamiento mainstream de la izquierda. En cuanto a nuestro admirado lingüista y disidente, creo que es muy capaz de escuchar una crítica como la que le dirige Yassin al-Haj Saleh y de modificar a partir de ella su posición. Esa crítica presupone, en efecto, el innegable compromiso de Chomsky con la verdad, compromiso que constituye en sí mismo una invitación a no dejarse intimidar por su autoridad intelectual; lo criticamos porque lo sabemos tolerante y receptivo, porque no solo valoramos su influencia planetaria sino que admiramos también su rigor, honestidad y sensibilidad. Obviamente ni a al-Haj Saleh ni a mí se nos ocurriría jamás incluir a Chomsky entre los “estalibanes”, a los que se ha enfrentado durante toda su vida; pero sí le concierne, a mi juicio, el reproche bien razonado que le dirige el intelectual sirio. Carañana, que a veces parece estar contestándole más a él que a mí, ignora, sin embargo, el alcance y tenor de sus argumentos, limitándose a llamar la atención sobre una menudencia un poco torcida. Al-Haj Saleh no ha tildado nunca a Chomsky de “anti-estadounidense”; más bien, al contrario, lo considera “demasiado” estadounidense. Todos los imperialismos, porque son injustos e inhumanos, producen sus disidentes y ningún imperialismo ha producido uno tan valiente y lúcido como Chomsky. Pero Chomsky es también, si se quiere, igual que todos, un producto del imperialismo estadounidense, como Bartolomé de Las Casas –por ejemplo– fue un producto del imperio castellano. De Las Casas tuvo sus ángulos ciegos, como los tiene Chomsky. De Las Casas juzgaba el mundo nuevo desde la Castilla cristiano-vieja, con sus prejuicios de sangre pura; Chomsky, dice con razón al-Haj Saleh, juzga el resto del mundo desde los EE.UU., lo que le lleva a veces –y así ocurrió con Siria– a considerar marginales o negociables las voces locales que, equivocadas o no, reivindican la autonomía de las luchas y el derecho equivalente de todos los sujetos políticos a defender la democracia en cualquier lugar del mundo, y ello con independencia de su inscripción en el tablero de la realpolitik global.

Que al-Haj Saleh critique a Chomsky ofende a Carañana, nos ofende un poco a todos, porque Saleh nos habla desde fuera y se atreve a censurar a nuestro tótem

Si creemos que esos sujetos están equivocados, nuestro deber es dirigirnos a ellos para convencerlos de que no tienen razón. La cuestión va más allá del intelectual estadounidense. Porque es ese un ángulo ciego, me temo, que compartimos todos. Me refiero al hecho de que los debates de estos días –como éste que nos traemos entre manos– se desarrollan “entre nosotros”, en el ecosistema de la izquierda occidental. Que al-Haj Saleh critique a Chomsky ofende a Carañana, nos ofende un poco a todos, porque Saleh nos habla desde fuera y se atreve a censurar a nuestro tótem; a duras penas, por lo demás, encontramos estos días en los medios progresistas artículos, manifiestos o declaraciones de las izquierdas ucraniana y rusa, cuyos puntos de vista deberíamos buscar, al contrario, con denuedo e interés. El viejo internacionalismo de la Guerra Fría acababa imponiendo en las provincias las estrategias del komintern; hoy, muerto el internacionalismo, ni siquiera escuchamos las voces de nuestros pares sobre el terreno. Los que creemos que también las víctimas tienen sus ángulos ciegos deberíamos buscarlas e interpelarlas y no necesariamente para –invirtiendo la vieja lógica colonial– acatar sin resistencia sus análisis y demandas sino para, además de solidarizarnos con ellas, discutir juntos una estrategia de salida común a la crisis. No hacemos ni una cosa ni la otra; ni somos políticamente solidarios ni somos intelectualmente internacionalistas. Nos damos lecciones entre nosotros, como dice Carañana, sin salir de nuestro caparazón etnocéntrico (o levocéntrico), oscilando entre la denuncia ostentosa y la sospecha autocomplaciente. Somos demasiado desconfiados para la solidaridad; somos demasiado sabios para el internacionalismo. Y se las entregamos –la solidaridad y el internacionalismo– a la UE y a la OTAN, lo que tiene la ventaja inestimable de que acaban dándonos la razón sobre el carácter intervencionista de nuestras malvadas instituciones occidentales.

Como quiera, en todo caso, que mis últimos textos parecen prestarse a equívoco, me importa aclarar brevemente mi posición, en la medida en que yo mismo pueda hacer luz dentro de mi cabeza. Lo intentaré mediante la exposición de dos principios –lo simple– y tres dilemas –lo complejo.

El primer principio es el de la responsabilidad. ¿Esta guerra era evitable? Sí, lo era. Rusia, en efecto, podía haberla evitado. La OTAN, es verdad, podía haber evitado la ampliación hacia el este; Ucrania podía haber evitado pedir una incorporación a la Alianza que nunca le concedieron; los EE.UU. podían haber evitado tirar de las orejas al oso imperial ruso; la UE podía haber evitado las divisiones internas y las dependencias energéticas; y los votantes europeos podían evitar, en general, votar contra sus intereses. Pero la guerra sólo la podía evitar Rusia, que es quien la desencadenó.

El segundo principio tiene que ver con el legítimo derecho a la defensa del pueblo ucraniano y, por tanto, con el pacifismo. Lo decía de manera sucinta el tuit reciente de una mujer ucraniana: “Si Rusia deja de luchar ya no hay guerra; si Ucrania deja de luchar ya no hay Ucrania”. El pacifismo es un medio de lucha, no una inhibición equidistante o un expediente de capitulación. Hay que apoyar la resistencia pacífica en las ciudades ya ocupadas de Ucrania; hay que apoyar el pacifismo arriesgado de la izquierda rusa; hay que apoyar el pacifismo activo del papa Francisco –siempre silenciado– porque, pese a su fracaso con el patriarca Kirill, es el único que tiene la autoridad para mediar sin alineamientos previos. Pero hay que apoyar también, mientras no decidan rendirse, la resistencia armada de los ucranianos, víctimas de una invasión militar.

A partir de aquí todo son dilemas.

El primero tiene que ver con una evidencia que todos compartimos. Cuanto más dure la guerra, más armas se entreguen a los ucranianos y más belicistas se muestren los europeos, más posibilidades hay de que el conflicto bélico se extienda al resto de Europa y desemboque en una confrontación nuclear. Es un hecho. Pero hay otro adherido a él. Porque la paradoja es que, al mismo tiempo, solo si los ucranianos resisten los rusos accederán a negociar. Este es un principio elemental de realpolitik que me asombra ignoren precisamente los que siempre han insistido en que “las relaciones internacionales se rigen por la fuerza, no por el derecho”, esos mismos que ahora, de pronto, quieren dejar indefensos a los ucranianos en nombre de la paz mundial. ¿Para qué va a negociar Rusia si puede vencer? Solo las negociaciones pueden poner fin a la guerra, sí, pero las negociaciones mismas, a su vez, solo pueden ser el resultado de nuevas relaciones de fuerza establecidas en el escenario bélico. No se puede seguir luchando y no se puede dejar de luchar. Esa es la maldición de las guerras de conquista y por eso el delito mayor es desencadenar una. Los que sí creemos en el Derecho, nos resignamos a aceptar que, en determinadas condiciones, el Derecho solo se puede imponer, restablecer o revisar impidiendo militarmente la victoria del agresor militar: siempre y cuando, claro, los ucranianos –a los que no se puede obligar ni a luchar ni a rendirse– así lo decidan. Es normal, por otra parte, que los ucranianos cierren filas en torno a su gobierno y que reclamen el aumento de una ayuda militar que nosotros, en cambio, juzgamos excesiva o peligrosa. La ventaja de los que no estamos obligados a ser ni pacifistas ni soldados es esta: podemos dar la razón a los ucranianos sin hacernos ilusiones sobre Zelensky o sobre los que, en su propio interés y casi siempre de manera irresponsable, le prestan ayuda desde fuera. Deberíamos utilizar esa ventaja para alertar, como hacemos, sobre el peligro de la escalada armamentística (¿cuántas armas? ¿cuáles? ¿a dónde?) pero también para disputar el monopolio de la solidaridad a nuestros gobiernos. Los palestinos y los saharauis se sienten abandonados por los Estados y acompañados por las izquierdas; a los ucranianos les ocurre exactamente lo contrario. En cuanto a los sirios, los abandonaron todos.

Los palestinos y los saharauis se sienten abandonados por los Estados y acompañados por las izquierdas; a los ucranianos les ocurre exactamente lo contrario

El segundo dilema, prolongación del anterior, es aún más inquietante. Porque si los rusos llegan de pronto a la conclusión de que no pueden ganar esta guerra, reputada una “cuestión existencial” (una especie de lebensraum putinesco), existe el riesgo no desdeñable de que Rusia, en lugar de ceder, acabe recurriendo al armamento nuclear. Una Rusia fuerte es peligrosa para Ucrania; una Rusia débil es peligrosa para el mundo. Otro motivo, se dirá con razón, para negociar. Sin duda. Ahora bien, este es el tercer dilema concomitante: ¿para negociar quién? ¿Para negociar qué? ¿Qué quiere Rusia? Nos tomamos muy en serio –y hacemos bien– viejas declaraciones de Albright, Brzezinski o Kaplan, pero no hacemos lo mismo con las de Putin, Lavrov, Medvédev o Karaganov. No solo no escuchamos a las izquierdas locales, ucraniana y rusa, sino que, contra todas las evidencias, atribuimos a Rusia una racionalidad geopolítica que su declarado proyecto ideológico-imperial desmiente. No hay ningún motivo fundado para pensar que Rusia se conformaría con la neutralidad de Ucrania y un estatuto de autonomía para el Donbass. La idea de que habrá que ofrecer a Rusia una salida para evitar males mayores es sin duda realista y sensata; la idea de que Rusia está pidiendo o deseando esa salida –que la UE y la OTAN le negarían– no se corresponde, me parece, con la realidad. Al menos de momento. Lo malo es que la prolongación del “momento”, responsabilidad rusa, mérito de la resistencia ucraniana, renueva sin parar todos los dilemas y agrava sin solución todos los peligros.

Habida cuenta de estos principios y estos dilemas, ¿cuáles son nuestras propuestas?

Faltos de recursos y de imaginación, creemos suficiente repetir la palabra “paz” tantas veces como sea necesario para que pierda todo significado. Lo pierde, entre otras razones, porque los que la pronuncian con solemne unción moral no la dirigen contra el belicismo activo de Rusia sino contra el presunto ardor guerrero y el ansia de victoria de los ucranianos, a los que estas voces imaginan ya tomando y destruyendo Moscú con ayuda de la OTAN. No sé cuántos generales o políticos en Washington estarán soñando esa escena; seguramente algunos; pero sí sé que es necesario inventarla y anticiparla para dar sentido al pacifismo suntuario de los que no estamos en guerra. Solo se puede ser pacifista en Madrid si se considera que España es causante o cómplice de la guerra; y solo se puede solicitar que las instituciones internacionales se hagan cargo de los daños causados por Rusia –como proponía un reciente manifiesto– si se considera que Rusia es, de alguna manera, inocente de la destrucción “natural” de Ucrania. Puede que mi fantasía haya excogitado un “muñeco de paja”, pero son muchos los articulistas de izquierdas que, con la mejor intención del mundo, acostumbrados a pensar contra los EE.UU. y la OTAN, están defendiendo estos días un pacifismo vacío que, sin querer, invierte los papeles: como la OTAN no está interesada en la democracia –lo que nadie puede negar– es que la OTAN está atacando Rusia; como los ucranianos desean la victoria en una guerra que se les ha impuesto, son los ucranianos los que están invadiendo Moscú. No es un muñeco de paja: es –dice un amigo– el pasadocentrismo de tantos y tantos que no son capaces de concebir ni su militancia ni su prestigio sin la centralidad de los viejos enemigos y sin la soledad heroica de las viejas izquierdas derrotadas.

Reconozcamos que la izquierda española, incapaz de movilizar a los ciudadanos, puede hacer muy poco. Puede hacer apenas dos o tres cosas. Una, no utilizar de manera partidista la guerra en Ucrania para dirimir luchas internas destructivas. Otra, situarse públicamente al lado de los ucranianos y de la mayoría social que los apoya, de manera que nadie pueda obtener ninguna ventaja política de nuestra ambigüedad o nuestro elitismo. Otra, dar visibilidad a las izquierdas ucraniana y rusa que, por distintas vías y con distintos recursos, se oponen a la invasión de Ucrania; lo que incluye, sin duda, esa resistencia no violenta a la que se refería Gerardo Pisarello en un reciente artículo. Otra –en fin– deliberar sobre el papel de Europa en un contexto complejo de guerra en el que, desunida y desnortada, pero más necesaria que nunca, tiene que compartir el mundo con un imperio fallido (Rusia), un imperio en decadencia (EE.UU.) y un imperio en ciernes (China), tres potencias peligrosas con las que habrá que llegar a acuerdos sin renunciar a los propios valores. Y todo ello, ay, en medio de una sociedad global que, de alguna manera, da por perdidos o por inútiles el Derecho y la democracia –y busca apenas un mechinal con techo, a cubierto de la lluvia, en las angosturas de la realpolitik.

Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

4 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Marcoafrika

    “Si Rusia deja de luchar ya no hay guerra; si Ucrania deja de luchar ya no hay Ucrania”. La frase de la señora ucraniana, tiene un sentido íntimo y doloroso para ella y otros (que no todos, ni mucho menos) ucranianos. Desde luego en la fase actual del conflicto, guerra o invasión (si esa es la palabra preferida del filósofo para definir este estado de violencia), sin olvidar la ética necesaria, digo y lo digo muy alto aunque sea consciente de su horror: prefiero que desaparezca Ucrania a que desaparezca toda la especie humana. No, señor Alba Rico, no es admisible defender aunque sea por pasiva, al verdadero responsable de todo esto y de todas las guerras posteriores a la segunda guerra mundial hasta nuestros días: Los gobiernos plutocráticos de EEUU y sus aliados en ese bloque que ahora pretende "internacionalizarse", la OTAN. Sin especie humana en el planeta nuestras profundas reflexiones humanitarias y filosóficas habrán dejado de existir. Solo hay una guerra posiblemente ética: la de salvarnos luchando contra el deterioro del planeta, el cambio climático y la increíblemente estúpida ceguera humana.

    Hace 4 meses 27 días

  2. enrbalmaseda

    "Rusia es culpable" fue el eslogan de la División Azul y del franquismo, y ahora , según el Sr Alba, también la izquierda. Por favor, Sr Alba , que no es usted un cualquiera, un poco más de rigor y menos sectarismo. Que Putin es un nacionalista ultracapitalista corrupto y muy dañino para Rusia y Europa en general, es una cosa, y otra muy distinta, que usted silencia, es la política que USA , su brazo armado OTAN y la UE han mantenido con Rusia desde la caída del comunismo, que está bien documentada y que en lo esencial ha consistido en primero -y lo más grave- engañar a Gorvachov, no aceptar su propuesta de paz y seguridad en Europa "desde Lisboa hasta los Urales", luego apoyar al régimen corrupto y de saqueo a Rusia de Yeltsein, y simpre tratar de convertir a Rusia en un guiñapo, o sea, "Rusia delenda est". Eso son hechos perfectamente documentados, Sr Alba, y usted lo sabe. También es un hecho documentado, que usted igualemente silencia, que desde 2014 el régimen nacioanlista de Ucrania ha bombardeado sistemáticamente el este proruso de Ucrania, provocando más de 14.000 muertos, la inmensa mayría civiles filorusos, según la ONU. Pero como el pasdo no puede cambiarse, lo que ahora, tras la guerra, es la cuestión más relevante es si lograr que Rusia y Ucrania evolucionen hacia un sistema más democrático y pacífico -supongo, Sr Alba, que en eso fin estará usted acuerdo-, se favorece más: a) Armando a Ucrania y apoyando la carrera armamentista que propne EEUU; o b) Contribuyendo a estableer caunto antes mejor un nuveo Tratado de paz, no agresión y seguridad en Europa -Rusia incluida-y paralelamente fomentando las ayudas y relaciones comerciales con Rusia y Ucrania, que son algo más importante -y duradero- que Putin y Zelensqui juntos. En este segunda parte -los medios, la táctica y la estrategia- , caben distintas posiciones porque la realidad es compleja. Usted , Sr Alba, es por lo que expone an su art parece partidario de la alternativa a) (armar a Ucrania),pero no le exime de que tener que fundamentar su prpuesta (lo queno hace), ni poco menos que insultar a quienes defiendan la alternativa b) (un nuevo tratado de paz y segruidad europea), considerándoles izquierdistas de pacotilla y compañeros de viaje de Putin,

    Hace 4 meses 29 días

  3. cmvjulio

    Lo mejor de este intercambio de opiniones o pareceres a partir del artículo de Alba Rico (sin olvidar el de al-Haj Saleh) es que le sacan más detalles y entresijos al filósofo que sirven para aclarar aun mejor su pensamiento, lo que, en mi opinión, nos acerca al camino a seguir en esta intrincada y triste historia para la izquierda.

    Hace 5 meses 14 horas 4 minutos

  4. pipe49

    Es axiomático: uno no puede evitarse a sí mismo, y el Sr Alba mucho menos: nos sigue dando lecciones para que no seamos unos izquierdistas garbanceros. Gracias mil. Pero, después de este mareante artículo, sólo me queda claro que el pacifismo en la guerra de Ucrania está fuera de lugar y que armar a los ucranianos para que el conflicto continúe sí procede. Ufff! No sé, no sé, si daré el nivel.

    Hace 5 meses 14 horas 4 minutos

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí