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penas y derechos

Los efectos indeseados del debate de la ley del ‘solo sí es sí’

La controversia centrada en las penas deja fuera a las mujeres, como si la violencia sexual fuera un acto no encarnado en el cuerpo de una mujer

Justa Montero 10/02/2023

<p>Cabecera de la manifestación feminista del 8M de 2020 en Madrid.</p>

Cabecera de la manifestación feminista del 8M de 2020 en Madrid.

Manolo Finish

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Tras unos días de frenético debate a raíz de la reforma planteada por el PSOE a la Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual, cuesta entender, o más bien aceptar, que el foco de preocupación sobre la violencia sexual y las políticas públicas que se tendrían que aplicar haya pasado al Código Penal y al aumento de las penas a los agresores en vez de ser las mujeres y sus derechos.

Como se ha comprobado, la discusión centrada en las penas nos deja fuera, como si la violencia sexual fuera un acto no encarnado en el cuerpo de una mujer, como si la revuelta feminista activada por la violación múltiple de “la manada” no hubiera puesto en cuestión de forma radical la forma de entender las violencias sexuales y puesto en tela de juicio cómo se juzgan. 

La propuesta de contrarreforma del PSOE supone una marcha atrás, un regreso a los tipos penales y a las penas anteriores a la ley del ‘solo sí es sí’. Le pongan el nombre que le pongan, reintroducir la distinción entre agresiones sexuales cometidas con o sin violencia e intimidación es volver al modelo anterior, al que distinguía entre abuso y violación. De esta manera se anula el eje central de la nueva norma: la falta de consentimiento como base que permita su consideración como agresión sexual (con “heridita” o sin ella, por citar a la ministra de Justicia). 

Nuevamente se pone el foco en la víctima, en la resistencia que opuso, en si fue suficiente o no, en demostrar que no consintió en su comportamiento. Ese es el proceso que ha revictimizado a las mujeres en muchos procesos judiciales, mientras que en 2021, de los 3.881 delitos contra la libertad e indemnidad sexual solo en el 12,6% se apreció la existencia de violencia e intimidación, según datos del INE.

Como señala el manifiesto suscrito por más de 200 grupos feministas y colectivos sociales, “el consentimiento es una expresión afirmativa, consciente, voluntaria y reversible y su inexistencia implica delito de agresión sexual”. 

El cambio del PSOE entra de lleno en este marco punitivo cuando el agravamiento de penas ni evita las revisiones, ni reduce la violencia sexual

Se habla de consentimiento en el plano jurídico como herramienta de las víctimas para poder probar una agresión sexual, es decir, una relación donde se ejerce poder patriarcal. Esto ni por asomo agota el debate social que plantea el feminismo sobre cómo se construye el consentimiento, no solo en las relaciones sexuales, sino en las relaciones personales en general; sobre cómo y qué relaciones construimos y en qué medida están atravesadas por las desigualdades de sexo, de clase, de raza. Este debate es central en la propuesta feminista de transformación profundo de la sociedad y por eso está presente en muchas de sus propuestas, por ejemplo, en materia de educación sexual. 

El desencadenante de la desastrosa polémica sobre la nueva ley, que tan poco beneficia a las mujeres, es la alarma producida por el goteo de informaciones sobre la revisión de condenas, algunas rebajas de penas y algunas excarcelaciones de agresores. Estas se han producido por la desaparición de la distinción entre abuso y agresión y su unificación en un único tipo penal –donde la existencia de violencia opera únicamente como agravante–, lo que ha ampliado la horquilla de penas, pero ha requerido de penas mínimas más bajas para que tengan así cabida los comportamientos más leves. No entro en ello al detalle porque no soy jurista y hay artículos muy esclarecedores de estupendas magistradas y magistrados que se pueden leer para profundizar en la cuestión.

El marco punitivista deposita la confianza de su seguridad en el Código Penal y desencadena los efectos del discurso del pánico sexual

Aunque se desconozca la cifra exacta de las revisiones de condenas, pero se sepa que son pocas, su tratamiento mediático ha producido un efecto tremendo en el imaginario colectivo, porque conecta con el plano de las emociones, de la rabia, los miedos y la inseguridad. Lo mismo que sucede en el caso de la ocupación de viviendas, de las personas migrantes o de las personas trans que tan bien instrumentalizan algunos y algunas. Este pánico generado provoca que se llegue a aceptar como normal que un homicidio esté penado igual que una violación. Y con esta alarma social se produce el pistoletazo de salida en la carrera del populismo punitivo neoliberal por la subida de penas. Explicar que era posible la revisión de condenas sin que esto suponga mayor desprotección para las mujeres, y que una ley no garantiza más derechos porque haya penas más altas (sobre todo en un país que ya tiene las más altas de Europa), no hubiera sido fácil, pero sí necesario.

Y es ahí, en la pugna por la representación de la violencia, donde la derecha y la reacción patriarcal ganan por goleada, ya que logran controlar el marco del debate político. Explica la satisfacción del PP y Vox, cuya ideología y políticas sobre la libertad y derechos de las mujeres es de sobra conocida (no hay más que mirar lo que sucede en Andalucía, Castilla y León y Madrid). Estos partidos se muestran prestos a situar el Código Penal como marco de la resolución de conflictos –como la violencia sexual–, que en vez de encararlos de forma estructural como plantea el feminismo, los individualiza. De esta manera, tienen vía libre para aparecer como defensores de las mujeres frente a los agresores mediante el endurecimiento del Estado penal.  

Lo preocupante es que el cambio que propone el PSOE entra de lleno en este marco punitivo cuando, y vuelvo a referirme a lo dicho estos días por “expertas y expertos”, el agravamiento de penas ni resuelve el problema, ni evita las revisiones, ni reduce la violencia sexual.

El movimiento feminista autónomo en el Estado español tiene una tradición antipunitivista. De la mano de la criminología crítica ha defendido el principio del derecho penal mínimo y abogado por una justicia garantista desde el convencimiento de que el Código Penal y el sistema de penas y cárcel no es el marco para resolver los conflictos sociales. Por eso la exigencia de justicia y de acabar con la impunidad va acompañada de señalar las limitaciones y problemas que plantea la lógica del populismo punitivo, la crítica al sistema penal, la falta de eficacia persuasiva del Código Penal y “el continuum de dispositivos sociales y legales de control”, como señala la abogada Laia Serra. “El antipunitivismo como alternativa práctica estaba y está en construcción, y alerta sobre la necesidad de complejizar y revisar las consecuencias individuales y sociales de las estrategias de respuesta frente a las violencias”. 

El marco punitivista daña a las mujeres doblemente, porque deposita la confianza de su seguridad en el Código Penal y desencadena los efectos del discurso del pánico sexual. El miedo y la inseguridad que produce pensar que los violadores salen de la cárcel refuerzan las narrativas del peligro sexual y dan coherencia a las políticas de mayor control social y sexual, de restricción de movimientos y autonomía de las mujeres. Es el mismo efecto que se produjo el pasado verano a raíz de los pinchazos en las discotecas, o lo que sucedió en el caso de la desaparición forzada, violación, tortura y asesinato de Antonia Gómez, Desireé Hernández y Míriam Garcia (las jóvenes de Alcásser), explicado en Microfísica sexista del poder. El caso Alcásser y la construcción del terror sexual. Nerea Barjola, la autora, documenta la complicidad de los medios de comunicación en un relato  tenía un mensaje correctivo del comportamiento de las mujeres, señalando los límites que estas no debían traspasar, y de resultados paralizantes. 

No pienso que esto vaya a suceder porque el feminismo tiene ahora una enorme potencia, pero son riesgos que se deben considerar, porque estos mensajes penetran con enorme facilidad en el imaginario colectivo, azuzados por una ultraderecha que los convierte en una de sus batallas culturales.

Acabo este artículo por donde en realidad debería haber empezado y, no siendo ajena a la bronca que hay liada, me pregunto si es posible (espero que lo sea) recuperar un debate que sitúe a las mujeres que sufren violencia sexual en el centro y permita hablar del sentido y las implicaciones de los avances que supone la ley del ‘solo sí es sí’ para su atención, derechos, seguridad y acompañamiento y de cómo y cuándo se van a implementar. Porque de esto se trataba.

La ley ha dejado espacios de impunidad al no garantizar los derechos de las migrantes en situación administrativa irregular

El número de mujeres que sufren violencia sexual y denuncia es muy reducido (las estimaciones hablan de un 17%) y esto sucede por muy diversos motivos, entre otros por la desconfianza en un sistema judicial que se lo ha ganado a pulso. Así, en la ley se plantean medidas para atender a las distintas situaciones a las que se enfrentan las mujeres. Por eso se reconoce que para acceder a los recursos especializados que se tienen que crear, a esos centros de emergencia y acompañamiento abiertos 24 horas y a la atención integral especializada para todas las mujeres y niñas y niños, no es necesaria la denuncia previa. La condición de víctima se puede acreditar mediante un informe de los servicios sociales o de los servicios especializados, igual que no será necesaria la denuncia previa para que el forense pueda actuar y garantizar la custodia de las pruebas. 

Se recogen medidas para modificar el procedimiento judicial, evitar la revictimización de las mujeres y acabar con los obstáculos en el acceso de las mujeres a la justicia, garantizando también la asistencia jurídica gratuita en los procesos. Y muchas otras medidas en materia de prevención, de reparación y de responsabilidad del Estado.

Pero la ley ha dejado también espacios de impunidad importantes al no garantizar los derechos de las mujeres migrantes en situación administrativa irregular. Mientras no se modifique la ley de extranjería las mujeres que denuncien, si no consiguen una condena de sus agresores, se arriesgan a ser expulsadas, además de quedar impune la agresión.

La historia muestra que la movilización de las mujeres y la potencia del feminismo interseccional es la mejor forma de enfrentar estas tendencias 

Aún así, la ley, por buenas herramientas que proponga, no garantiza acabar con la violencia sexual. Ninguna ley podría hacerlo. Eso lo señala con claridad el feminismo autónomo que apunta el carácter estructural de la violencia en un sistema patriarcal y propone un abordaje en toda su complejidad. Porque su solución requiere también modificar las ideas que justifican las agresiones y exime de culpabilidad a los agresores. ¿Cómo abordar el hecho de que muchas mujeres sufren estas agresiones sexuales en entornos familiares y de amistades?, algo que ha señalado Nuria Alabao en varias ocasiones. ¿O cómo garantizar que la violencia sexual no es un componente más de las formas de explotación cuando las trabajadoras carecen de derechos laborales como puede suceder con las trabajadoras de hogar internas, las jornaleras de la fresa, las trabajadoras sexuales, o todas las que están en condiciones de máxima precariedad?

La historia –y nuestra experiencia más reciente– muestra que la movilización de las mujeres y la potencia del feminismo interseccional es la mejor forma de enfrentar estas tendencias que pueden marcar más duramente la vida de todes y todas. (Sirva a modo de llamada para salir a las calles con las comisiones feministas del 8M).

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Justa Montero es activista feminista.

Tras unos días de frenético debate a raíz de la reforma planteada por el PSOE a la Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual, cuesta entender, o más bien aceptar, que el foco de preocupación sobre la violencia sexual y las políticas públicas que se tendrían que aplicar haya pasado al Código Penal y al aumento...

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3 comentario(s)

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  1. pepepevi

    Quiero dejar una reflexión, que no tiene que ver con la ley 'solo sí es sí' (con la cual estoy de acuerdo), pero que me parece imprescindible en estos momentos que estamos viviendo. Acabo de entrar en la web de la Asociación Española de Feministas Socialistas y leo que uno de sus objetivos es: apoyar la protección y la defensa de los derechos humanos de las mujeres en el ámbito nacional e internacional, supervisando su respeto e impulsando la denuncia y reparación de las violaciones contra los mismos. Entonces pregunto... ¿La violación que se produce en una guerra no es la más desgarradora que existe? Mujeres y niños que tienen que abandonar sus casas, cuando no están atrapados en el fuego cruzado y mueren en el intento. Sin entrar en todos los detalles de lo que supone una guerra, ya los conocemos de sobra, yo quisiera saber ¿por qué las feministas no están siendo valientes para defender un movimiento de paz, exigiendo la negociación como la mejor forma de buscar resoluciones en las disputas internacionales y el desarme como requisito obligatorio para marchar hacia un mundo desmilitarizado? Nadie dice que es fácil, y ya está bien de que nos tachen de simples e ingenuas. La realidad es que la mayoría de nosotras no somos belicistas y sabemos que la guerra nunca ha salvado o mejorado la vida de nadie. Entonces, ¿es que el asunto de las guerras y sus consecuencias indescriptiblemente horrorosas no puede ser puesto encima de la mesa en el movimiento feminista? Hay muchas cosas que no entiendo, pero en estos momentos nuestra indiferencia, nuestro silencio con relación a la miseria absoluta de tantas mujeres y niños alrededor del mundo por culpa de las guerras me deja perpleja. Creo que no es comprensible, en un momento histórico del feminismo en el que estamos mucho más que nunca muy conscientes de nuestros derechos, que no estemos gritando a pleno pulmón que queremos un mundo de paz. Queridas feministas del siglo XXI, es hora de que escuchen nuestras voces. No queremos apoyar la maquinaria de guerra. No queremos escuchar más mensajes de odio. Queremos construir no destruir. Queremos estar en el lado correcto de la historia y sobre todo apoyar la vida. El poder de la razón debe ser mayor que el poder de las armas y el lenguaje de la paz tiene que encontrar su espacio.

    Hace 1 año 3 meses

  2. pipe49

    Efectivamente, a toro pasado es muy cómodo ser equidistante, decir "yo no he sido" y cargarle el muerto a Irene Montero, al Ministerio de Igualdad y a Podemos. La Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual no es técnicamente mejor ni peor que otros cientos de leyes, el problema para sus poderosos enemigos es su contenido y quién la promueve. No es la crítica, es el contexto, estúpido, que diría aquel.

    Hace 1 año 3 meses

  3. juan-ab

    “Explicar que era posible la revisión de condenas sin que esto suponga mayor desprotección para las mujeres, y que una ley no garantiza más derechos porque haya penas más altas (sobre todo en un país que ya tiene las más altas de Europa), no hubiera sido fácil, pero sí necesario.” Afirma Justa Montero. Ahora, después que se haya puesto en marcha la “operación acoso y derribo”contra Igualdad es fácil pensarlo (no tanto decirlo). Cuando la ley fue elaborada, revisada y aprobada por un montón de personas de varios ministerios, especialistas, etc, seguramente no se contaba con tan burda y feroz campaña. Quizás algunas personas sí la habíais previsto. ¿Ingenuidad, candidez del Ministerio de Igualdad? Pudiera ser. Pero una vez que la jauría (política, judicial y mediática) señala, acorrala y ataca a la principal valedora de esta ley (tan acosada ya que no sé ni cómo sobrevive aún políticamente) ¿cabe reprocharle todavía que tenía que haberse resistido con más ahínco, apretar los dientes y enfrentarse a “brazo partido” contra esa manada? // En su interesantísimo artículo de hoy en eldiario, “Violencia e intimidación vs consentimiento”, Laia Serra Perelló dice: “La intimidación se ha venido interpretando de forma inapropiada. Los operadores jurídicos no han querido o no han sabido ver qué factores atravesaban las situaciones de violencia sexual y han venido realizando un análisis de brocha gorda de la intimidación, reservándola demasiado a menudo para casos extremos en los que había amenazas o uso de instrumentos peligrosos. El análisis de la intimidación no ha comprendido que la misma reside en un entramado de factores coercitivos e inhibidores que son los que logran imponer las relaciones sexuales no consentidas.” Y añade: “A su vez, el debate debería situar en su debida medida la disputa sobre el redactado de los delitos sexuales. A fin de cuentas, a quienes se debería interpelar con más ahínco es a los operadores jurídicos, que son quienes -con la aplicación práctica de las leyes- tienen la llave del acceso a la justicia de las mujeres en materia de violencias sexuales.” Me gusta eso de “interpelar con más ahínco a los operadores jurídicos”. También a los mediáticos. Porque en ciertas situaciones extremas hemos de ser capaces de identificar las prioridades, el “separar el grano de la paja” de toda la vida.

    Hace 1 año 3 meses

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