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ANÁLISIS

Entender el 12M

El desmontaje del procés es una tarea inmensa y no podrá ser rápida. Exige coraje para meterse en lugares que han sido históricamente inmunes a las alternancias políticas y que siguen emitiendo procesismo

Oriol Bartomeus 18/05/2024

<p>Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. / <strong>Luis Grañena</strong></p>

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. / Luis Grañena

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Descifrar unas elecciones no es nada fácil ni sencillo, porque en ellas pasan muchas cosas que no componen necesariamente un cuadro coherente. El resultado de unas elecciones generalmente es un agregado de cosas inconexas que pocas veces tienen una explicación unívoca, un factor que lo explica todo, las derrotas y las victorias, las continuidades y las rupturas. Así, lo más sensato (y lo menos tramposo, además de facilón) si se quiere explicar lo que pasó en las elecciones al Parlament del domingo 12 de mayo es hacer una especie de trencadís gaudiniano, algo tan catalán como la barretina o los (tristemente desaparecidos) sombreros mexicanos de las Ramblas.

2024 empieza en 2021

Muchas de las cosas que han pasado (y las que no han pasado) en estas elecciones ya pasaron en las anteriores. Fue en 2021 cuando se produjo el gran cambio. Lo que hemos tenido ahora es, si se quiere, una corrección de lo que pasó entonces. ¿Y qué pasó? Principalmente, que el cansancio se apoderó del cuerpo electoral catalán, lo que se tradujo en una abstención récord (53%). Hay que decir que las elecciones al Parlament, como buenas elecciones de segundo orden, tienden a congregar menos público que otras (básicamente, las generales). Ahora bien, el procés nos había acostumbrado a participaciones espectaculares, que en 2017 había rozado el 80%.

El procés nos había acostumbrado a participaciones espectaculares, que en 2017 había rozado el 80%

En 2021, el contexto de pandemia no ayudó a sostener esa movilización. Pero hay más. De hecho, la pandemia acaba funcionando como una excusa para una parte del censo que no quiere ir a los colegios electorales. 1,5 millones de electores se quedaron en casa, de ellos casi la mitad habían votado independentista en la convocatoria al límite de 2017. ¿Miedo al contagio? Tal vez, pero sobre todo cansancio, mucho cansancio después de casi una década de procés. El momento álgido quedaba ya lejos, no se percibía que el resultado electoral pudiese ser determinante para nada, la reedición de la mayoría independentista se daba por descontada. Y algo más. La independencia también se daba por descontada. Tanto es así que el conjunto de los partidos independentistas superaron por primera vez la mítica cifra del 50% de los votos (52% para ser exactos)… y no pasó nada.

Así pues, la gran incógnita de esta convocatoria era si el independentismo era capaz de reanimar a esa parte de su base (setecientos mil votos nada menos) que en 2021 les había hecho ghosting.

Independentismo Bartleby

Una de las cosas sobre las que hay menos discusión es que la mayor parte del voto independentista que se había abstenido en 2021 se quedó en casa el 12 de mayo. Otra cosa es saber por qué lo hizo. Pero no hay duda de que lo hizo. Los avances de participación a lo largo de la jornada electoral ya daban idea de que el incremento del voto no se daba precisamente en el territorio más proclive a los independentistas. Un ejemplo, en Santa Coloma de Gramanet, feudo histórico del PSC, la participación respecto de 2021 crecía el doble que en Sant Cugat, el suburbio bien, tradicionalmente proclive al nacionalismo conservador y a su metamorfosis antisistema.

Al final del recuento, el conjunto de partidos independentistas había perdido 80.000 votos. Puede que no parezca mucho, pero la izquierda no independentista había avanzado en más de doscientos mil, y en más de cien mil la derecha españolista. Además, la clave no era sólo lo que había pasado el 12 de mayo, sino que el independentismo llevaba una bajada acumulada de setecientos mil votos, de los cuales (aparentemente) no había recuperado ni uno.

¿Qué había pasado? Simplemente, que el procés había concluido y los partidos independentistas no habían encontrado un elemento motivador de igual potencia que lo reemplazase. Ni la propuesta de ERC ni la de Puigdemont levantaron del sofá al independentista cansado. Sólo un partido logró movilizar a un segmento significativo del voto, y este es (glups, como diría el maestro Martínez) Aliança Catalana.

Una estrategia desastrosamente acertada

La debacle de ERC en estas elecciones es trágica no sólo por el resultado en sí, puesto que pierde casi tres de cada diez votantes de 2021 o más de la mitad de los conseguidos en 2017 si sumamos las pérdidas de 2021 y 2024. Lo dicho, un drama. Lo más trágico, quizá, es que la estrategia de los republicanos era buena, o como mínimo no era mala. O incluso, era la única posible, lo cual nos llevaría a la conclusión de que, hiciese lo que hiciese, ERC estaba condenada a tener un resultado nefasto.

Su apuesta de superación light del procés se basaba en una lectura correcta de los resultados de 2021: la base está cansada, la gente (su gente) está harta del procés, hay que abrirse a nuevas propuestas. De ahí la apuesta por poner el énfasis en el gobierno y sus políticas y en la figura del president Aragonès. Sobre el papel, nada que objetar. Luego viene la realidad. Ni el govern ni el president han tirado del carro en estos años. Los números cantan. Nunca despegó la “Generalitat republicana”, con lo que se encontraron a las puertas de unas elecciones sin mucho material que ofrecer a los suyos.

En cambio, su apuesta fue sabiamente aprovechada por el PSC, que basó su campaña en las políticas y el gobierno (en las malas políticas del gobierno, de hecho), que resultó ser el factor fuerza de Illa.

ERC no es el PNV

Los republicanos siempre han tenido complejo de hermano pequeño, con todo lo que eso conlleva (díscolo, desorganizado, irresponsable, simpático pero no muy de fiar). La oportunidad de convertirse en la fuerza principal del gobierno (y no en un socio menor) que les dieron los resultados de 2021 les permitían sacarse de encima esa etiqueta de partido infantil, y ERC lo apostó todo a esa carta. El diseño, sin embargo, obligado por las circunstancias (o porque no había forma de sacar a Junqueras), no fue el de una organización presidencialista al estilo CDC, sino el de un modelo bicéfalo en la línea PNV: Aragonès en el govern, Junqueras al frente del partido.

Parte del no despegue de Aragonès como president se debe a la alargada sombra que proyectaba sobre él Junqueras

Visto lo visto, la apuesta no funcionó. Tal vez porque el modelo vasco no tiene tradición en Cataluña, donde la escuela Pujol determina que el president de la Generalitat también debe concentrar el poder orgánico en su partido (algo que ya sufrió Maragall en su paso por la presidencia). Parte del no despegue de Aragonès como president se debe a la alargada sombra que proyectaba sobre él Junqueras, hasta el punto de obligarle a compartir cartel electoral. La escasa figura presidencial de Aragonès, además, contrastaba con el aura mítica de un Puigdemont que sí respondía al ideal pujoliano de gran líder cuasi mesiánico.

Lo que ha pasado en ERC después de las elecciones pone crudamente de manifiesto el carácter de fusible de Aragonès, como si de un lehendakari se tratara, mientras que Junqueras se resiste a abandonar los mandos del partido, en la mejor línea de Arzalluz.

Jugar sin pelota

Si para ERC el gobierno no ha servido para ganar las elecciones, sino todo lo contrario, para Junts no tenerlo le ha otorgado una libertad de movimientos que posiblemente haya sido clave para el resultado final. En fútbol, hemos vivido un período en el que dominaban los equipos con pelota, en la estela de la escuela cruyffista. De hecho, hay dos tipos de equipo, los que quieren la pelota y los que la regalan. Los primeros han sido los dominadores hasta hace relativamente poco. El ejemplo paradigmático es el Barça de Guardiola. En cambio, últimamente se están poniendo de moda los equipos que juegan sin pelota (lo cual parece una contradicción). El Madrid es el ejemplo más claro. Estos equipos desprecian la posesión, pero en el momento que cogen el balón son letales.

Junts, un partido que nació para tener la pelota (y las porterías y la maquinita que dibuja las líneas del campo y hasta los árbitros), ha sabido reinventarse para jugar sin pelota, es decir sin gobierno. Mientras que ERC ha fracasado al intentar mutar en partido de gobierno (es decir, con pelota), Junts ha sabido ejercer de equipo que juega a la contra, como si de un grupúsculo maoísta se tratara.

Muchos analistas aventuraban que Junts no duraría ni un año fuera de las instituciones cuando dejó el govern (y no consiguió el Ayuntamiento de Barcelona, y rechazó entrar en el gobierno de la Diputación). Tenía su lógica, puesto que Junts históricamente ha sido un partido adosado a una administración (la de la Generalitat). Pero no sólo ha sobrevivido, sino que se le ve cómodo en su nuevo papel de outsider, armando contraataques a la carrera como el mejor Real Madrid.

Junts sabe de qué va el negocio

Es verdad que Junts juega a la contra, pero hay que tener en cuenta que ellos son los que inventaron las reglas del juego político en Cataluña. El juego es suyo. Lo ha sido desde 1980. Ellos definieron el terreno de juego y pueden jugar con los ojos cerrados. El 12 de mayo fue un ejemplo palmario. Junts desempolvó el manual de CiU y demostró que la sociedad catalana sigue (al menos una parte) respondiendo con la misma fiabilidad que el perro de Pavlov.

La campaña de Junts fue ochentera. Por un lado, definió claramente las funciones que debía tener el govern, que son plantarse ante “Madrid” y exigir lo que le corresponde a “Cataluña”. ¿Y qué es eso? No se sabe, o se sobreentiende, no hace falta concreción. En su campaña, Junts no dijo nada de políticas concretas, no prometió nada tangible (al contrario que Aragonès, que se presentó con una lista prolija de medidas). Al público de Junts no le hace falta conocer esos detalles. Hay que “apretarle las tuercas” al gobierno central, no importa en qué se concrete el asunto, con eso ya es suficiente. Esta parte de la propuesta electoral iba claramente dirigida a la línea de flotación de ERC. Era evidente para Junts (y su público) que los republicanos no eran capaces de “imponerse en Madrid” (el síndrome del hermano pequeño otra vez).

La segunda parte del discurso consistía en recordar que el PSC es un apéndice del PSOE y por tanto nunca, nunca, nunca defenderá los intereses de Cataluña (sean estos los que sean). Por lo tanto, no es un partido que pueda gobernar la Generalitat. Es más, sería contraproducente que lo hiciera, sería la muerte de Cataluña, por lo tanto, hay que impedirlo como sea. ¿Cómo? Votando a Pujol (perdón, a Junts).

Este tipo de argumentación a Junts le sale sola, es su naturaleza. Pero no solo. Hay una parte nada despreciable de la sociedad catalana (la que está a favor, y una parte de la que está en contra) que ha asumido este razonamiento desde hace décadas. Lo expresaba perfectamente Puigdemont en su acto postelectoral desde Argelés: me presentaré a la investidura porque Cataluña sólo puede ser gobernada por una fuerza “catalana” (es decir, no el PSC) y negociaré el harakiri del PSC con Pedro Sánchez porque entiendo al PSC como un simple apéndice territorial del PSOE, una “sucursal” (memorable hallazgo de la campaña de CiU de 1980).

La campaña gratis total de AC (o “pon un facha en tu portada”)

El partido de Sílvia Orriols ha sido una de las sorpresas de la noche electoral, aunque su presencia en el Parlament ya había sido anunciada (a bombo y platillo) por las encuestas. Hay algo de normal en la aparición y el éxito de una fuerza de extrema derecha independentista. Cataluña, como buen sistema de partidos complejo, tiene dos partidos de todo: dos de izquierda, uno en el lado independentista (CUP) y otro no (Comuns), dos de centroizquierda (ERC y el PSC) y dos de centroderecha, aunque el electorado de Junts haya emprendido desde 2012 una “larga marcha”, que le ha llevado del centro hacia los confines de la extrema izquierda antisistema (no es broma). La aparición de Vox había dejado al sistema cojo, así que Aliança Catalana ha venido a equilibrarlo. Ahora ya tenemos las dos extremas derechas que nos corresponden.

La aparición de Vox había dejado al sistema cojo, así que Aliança Catalana ha venido a equilibrarlo

Más allá de la (otro glups) “normalización” que suponen las huestes de Orriols, con ellos se ha vuelto a producir un fenómeno que ya va siendo habitual con este tipo de partidos: los medios les hacen la campaña gratis. Pasó con Trump en las primarias republicanas de 2015 y ha pasado con prácticamente todos los partidos ultras que, de la nada (alehop) han conseguido representación parlamentaria. Ya quisieran los esforzados del PACMA tener la cobertura que se les brinda a estas organizaciones.

La dependencia de los medios del clickbait los hace comportarse como tabloides, priorizando aquellas “informaciones” que más puedan llamar la atención de un lector saturado. No son sólo los medios de intoxicación. Medios reputados caen en la trampa de llenar su web de “noticias” impactantes que atraigan lectores. Y en eso los fachas son de lo que mejor funciona. Si a eso le sumamos una encuesta que les da algún escaño, ya tenemos la campaña hecha, y sin que el partido en cuestión se gaste ni un euro. Pasó con Vox y ahora ha pasado con Aliança Catalana, que se ha dado a conocer para el gran público gracias al clickbait y ya está cómodamente instalada en nuestras instituciones. Eso sí, los mismos medios que les han promocionado (involuntariamente) van a ser los primeros en vetar su voz y levantar un autoexculpatorio cinturón antifascista. También lo hicieron con Vox, con magníficos resultados a la vista de lo que vamos viendo en cada elección.

Orriols vota Illa

La paradoja del resultado de Aliança Catalana es que puede haber facilitado la investidura de Salvador Illa como president. Si se tiene en cuenta que la mayor parte de sus votos provienen de Junts (y otros, bastantes, de los nuevos votantes y la abstención), se deduce fácilmente que su éxito ha impedido a Puigdemont obtener un número de escaños que le acercara lo suficiente al PSC para reclamar la posibilidad de ser considerado (de verdad, no sólo de boquilla) aspirante a la investidura. Es complicado de calcular, pero sin Orriols en liza (o con una Orriols disminuida) Junts podría haber alcanzado 38 actas, por 41 los socialistas, lo cual hubiese dejado el panorama mucho más complicado de lo que ya ha quedado.

No te vayas todavía

Para paradojas (o no tanto), el debate sobre si el procés ha muerto o no, con el PP agarrándose a su cadáver como si fuese la viuda, consciente de que, sin el procés, parte de su argumentario y de su capacidad de movilizar su espacio se desvanecen. Siempre se ha sabido. El procés no ha sido sólo interés de los independentistas. La derecha siempre ha sabido sacarle partido, como hizo con la reforma estatutaria de Maragall para atizarle a Zapatero.

Ahora la cosa consiste en negar la muerte del porcés y en atribuir a Pedro Sánchez un interés pérfido para mantenerlo con respiración asistida, incluso facilitando a Puigdemont la presidencia de la Generalitat, aunque eso suponga el sacrificio ritual del PSC en el altar del perrosanxismo (pequeño detalle: el voto socialista catalán es imprescindible para que el PSOE pueda seguir en el gobierno).

Hay quien dice que el PP se equivoca intentando revivir el procés, puesto que sin él le sería más fácil contar con el apoyo del nacionalismo catalán en una hipotética mayoría en el Congreso, después de unas nuevas elecciones. La cosa es más compleja. Visto lo visto, el PP no podrá contar con el apoyo de Junts en el futuro próximo básicamente porque los populares seguirán dependiendo de Vox para llegar al gobierno central, y el apoyo simultáneo de uno y otro es sencillamente imposible. La única posibilidad razonable para que el PP pueda llegar al gobierno es de la mano de Vox, y en eso el espantajo del procés no molesta sino todo lo contrario. Lo más interesante es que si se llegara a producir un escenario de un gobierno PP-Vox podrían darse las condiciones de (entonces sí) una resurrección del procés, que ya no sería el procés que el 12 de mayo enterró sino otro, igual pero distinto. En el PP saben (o tal vez no) que el procés sólo fue posible con ellos en el gobierno.

Visto lo visto, el PP no podrá contar con el apoyo de Junts en el futuro próximo

Desmontar un mundo

El 12 de mayo certificó la muerte política del procés que ya anunciaba la campaña electoral. La muerte social se había ido produciendo desde enero de 2018. Ahora bien, esto no significa que no quede nada de ese periodo, al contrario, el andamiaje que creó el procés en muchos ámbitos sigue en pie. El procés ha calado muy hondo en la sociedad catalana, hasta el punto de modificar la manera que tenemos de mirarnos o el lenguaje que utilizamos. El procés creó un mundo propio, una telaraña de significados que en su mayor parte sigue ahí. En parte por interés, porque al calor del procés también creció un mundo de oportunidades para mucha gente. Oportunidades de todo tipo, económicas obviamente, pero no sólo. Oportunidades de reconocimiento público, de ascenso profesional. Y todo eso sigue ahí. Pero el procés también influyó en los no procesistas que hoy en día siguen mirando, analizando, Cataluña en lógica procés, con las gafas que el procés les dio y a través de las que se han acostumbrado a mirar de tal manera que incluso se han olvidado de que las llevan puestas.

El desmontaje del procés, que puede iniciarse a partir de ahora (puede, recalco) es una tarea inmensa y no podrá ser rápida, y exige coraje para meterse en fregados complicados, lugares que han sido históricamente inmunes a las alternancias políticas y a los cambios de rasante, habitaciones en las que se ha preferido no entrar para no salir carbonizado y en las que se ha instalado un monopolio de la verdad desde el que se sigue emitiendo procesismo como si aquí no hubiese pasado nada, de la misma manera que se siguió emitiendo pujolismo entre 2003 y 2010. Que se emprenda esta tarea o se soslaye marcará la diferencia entre hacerle al procés un funeral a lo grande o, en cambio, apañar un entierro discreto, con posibilidad de resurrección cuando las condiciones lo permitan.

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Oriol Bartomeus es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Derecho Público de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Descifrar unas elecciones no es nada fácil ni sencillo, porque en ellas pasan muchas cosas que no componen necesariamente un cuadro coherente. El resultado de unas elecciones generalmente es un agregado de cosas inconexas que pocas veces tienen una explicación unívoca, un factor que lo explica todo, las derrotas...

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Oriol Bartomeus

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