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Las tres muertes de Paul Deman

Las naciones necesitan héroes, y los necesitan cuando estas son jóvenes, territorios que balbucean, cuando aún no han formado del todo su personalidad y están creando las aristas de lo que mañana será historia o mito, dependiendo de quién lo cuente.

Marcos Pereda 30/04/2015

El ciclista Paul Deman.
El ciclista Paul Deman.

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Paul, al que todos llaman Pol, así, a la flamenca, está sentado en el catre de su celda. Escucha pasos que se acercan, botas recias, militares. La puerta se abre, Pol se levanta para afrontar el futuro. El soldado que está frente a él (uniforme inglés lleno de medallas, rubicundo aspecto de sajón saludable, gafitas pequeñas sobre ojos de archivero) sonríe. "Se ha salvado", escucha en acento cerrado, "ha llegado una carta desde Bruselas. Su condena a muerte ha sido revocada". Pol suspira. Es la segunda vez en unas semanas. Empieza a acostumbrarse…

La de Pol Deman es una de esas historias que ningún novelista se tomaría la molestia de escribir. Para qué, si iba a destrozar por completo la presunción de verosimilitud de la obra. Porque Deman fue ciclista de los buenos, fue espía durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes le condenaron a muerte y se salvó, más tarde los ingleses le condenaron a muerte y también se salvó, y, por último, volvió a competir con enorme éxito. Por eso, porque este es uno de esos cuentos que como mejor se cuentan es al calor de la hoguera, disfrutando de cómo la realidad le hace cosquillas a la ficción, merece la pena que el nombre de Deman no caiga en el olvido.

Deman nace en 1889 en Rekkem, a unos pocos cientos de metros del límite lingüístico (y cultural, y nacional, y económico, y simbólico, y literario, y, y, y…) francés, pero en la parte flamenca. Porque Paul (rápidamente conocido con el neerlandés Pol) es puro Flandes, es un hombre hecho a sí mismo, de carácter cerrado y algo huraño, de convicciones tan fuertes como ese acento de deje germánico que le perjudicará en el futuro.

Lo suyo eran las Clásicas, esas grandes pruebas hechas para el dolor, para el sufrimiento, para ese “cuanto peor, mejor” que ha definido al ciclista flamenco durante generaciones

Deman pronto muestra afición por la bicicleta, y se convierte en uno de los amateurs más prometedores del país; vence en el Tour de Bélgica mientras aún compagina entrenamientos y un trabajo como fabricante de alfombras. Sucede en 1909, y la actuación de Deman es fastuosa: gana seis de las siete etapas… se le escapa solo la que termina en su Rekken natal. El Destino, burlón, empieza a juguetear con el taciturno Pol.

En 1911 debuta en el Tour de Francia y termina 13º de la General, buena posición en una prueba que jamás llegará a dominar. Porque lo suyo eran las Clásicas, esas grandes pruebas de un día que parecen hechas para el dolor, para el sufrimiento, para ese “cuanto peor, mejor” que ha definido al ciclista flamenco durante generaciones. Y fue de esa forma como vence en 1914 en la mastodóntica Burdeos-París, nada menos que 592 kilómetros de recorrido. O un año antes, en 1913, cuando entró en la Historia al imponerse en la primera edición de De Ronde van Vlaanderen.

En 1913, y de la mano de Karel van Wijnendaele (otro hombre con una historia por contar) nace el Tour de Flandes, la carrera con la que el orgullo flamenco pretende competir con la decana Lieja-Bastoña-Lieja, el monumento francófono de Bélgica. Y lo que comienza aquel 25 de mayo no es sino una leyenda, la de una prueba por encima de los cánones de la modernidad, la de una Clásica especial, con aroma a antiguo y a cerveza, que coronó en esa primera edición a uno de los suyos, al joven de Rekken. A Pol Deman.

No lo tuvo fácil para entrar vencedor tras los 324 kilómetros de recorrido con los que la organización había separado Gante de Mariakerke, un suburbio de esa misma ciudad. Quizá lo más complicado fuera batir en el sprint final a sus cuatro compañeros de escapada, todos ellos belgas, todos flamencos, en la estrecha pista de ceniza de Mariakerke. En realidad fueron seis los ciclistas que entraron en cabeza al velódromo improvisado, construido alrededor de un estanque con carpas y cisnes, todo muy bucólico. El problema fue que uno de ellos llegaba tan fatigado por el esfuerzo que, en un requiebro, acabó cayendo al agua y espantando peces, aves y todo lo que se moviera. Ante los ojos estupefactos del público, el victorioso rush final de Deman casi pasa desapercibido. No importa, la prueba ha contado con un enorme seguimiento, "en toda mi vida nunca vi tanta gente como en aquel primer Tour de Flandes, miles de personas cubriendo las cunetas", y el nombre de Deman quedará para siempre como el pionero.

Entrar en la Historia no garantiza hacerlo en la Leyenda. Y lo que fijó a Deman en la Leyenda no fue ninguna carrera, sino la Gran Guerra

Y sin embargo, entrar en la Historia no garantiza hacerlo en la Leyenda, porque la una se nutre de libros llenos de notas a pie de página y la otra está hecha con retales de la memoria común. Y lo que fijó a Deman en la leyenda no fue ninguna carrera, sino la Gran Guerra.

Cuando se desata la Primera Guerra Mundial Alemania pasa literalmente por encima de la neutral Bélgica. Ahí cometen los germanos su primer error de cálculo, por ahí se les empieza a torcer su infalible Plan Schlieffen. Pensaban cruzar el pequeño país en pocas horas y llegar casi sin bajas a la frontera francesa. Nada de eso: la resistencia belga es feroz, y en algunos pueblos las mucho mejor preparadas tropas alemanas tienen que ir casa por casa derrotando a milicias mal armadas y sin adiestramiento alguno. El comportamiento del Ejército imperial resulta especialmente cruel en estos primeros compases de la guerra, y provoca un movimiento de repulsa internacional. Pocas veces se dice, pero esta resistencia suicida permite a los franceses ordenar sus propias defensas, e impide una invasión alemana mucho más profunda en el Hexágono…

Mientras esto sucede, nuestro héroe, Paul Deman, continúa entrenando. Pero no lo hace por mantener la forma física, sino por un motivo más importante. Aunque sea otro de esos puntos apenas recordados por la historiografía convencional, Bélgica jamás estuvo bajo completo control germano. No, en una pequeña zona del Flandes Occidental los combates fueron crudos y constantes durante los cuatro años de guerra. De ahí la importancia de los espías. Y Deman era uno de ellos.

Paul Deman formaba parte de la llamada Dama Blanca, una línea de resistencia subterránea organizada por Henry Landau, agente de la inteligencia británica, que cooperaba con los aliados en Bélgica y el norte de Francia. La labor de Deman dentro de la misma era sencilla: tenía que aprovechar sus largas cabalgadas en bicicleta para llevar documentos e informar sobre los movimientos de tropas germanas. El sitio donde el joven Pol guardaba aquellos valiosísimos archivos no podía ser más discreto: un diente de oro hueco que tenía desde hacía años… Otros llevaban alubias escritas, mensajes dentro de pastillas de jabón en escobas huecas…

Deman era rápido, era listo, era fuerte. Todo eso le llevó a completar nada menos que catorce misiones con éxito. Pero la fortuna se le terminó una tarde de noviembre del año 1918, cuando una patrulla alemana le somete a una inspección especialmente meticulosa, y descubre la verdadera razón de aquellos viajes. Es arrestado y conducido a la prisión de Leuven, al este de Bruselas, donde rápidamente se organiza su juicio. El tribunal alemán lo encuentra culpable de traición y lo condena a muerte. Lo fusilarán al día siguiente. Su suerte, la suerte del héroe, está echada.

Deman era rápido, era listo, era fuerte. Todo eso le llevó a completar nada menos que catorce misiones con éxito. Pero la fortuna se le terminó una tarde de noviembre del año 1918

O no, porque el día de su juicio es el 10 de noviembre de 1914, y el momento fijado para su fusilamiento es el 11 de noviembre por la tarde. Precisamente ese día, a las once de la mañana, se firma el Armisticio de Compiégne. En otras palabras, en esas 24 horas entre el proceso y la ejecución de Deman se termina la Primera Guerra Mundial. La sentencia no se lleva a cabo. Pol, nuestro Pol, sobrevive a su primera muerte.

Ocurre que no es la única. Unos días después el Ejército británico libera a los reos que aún están en la prisión de Leuven. No se sabe muy bien la razón, pero alguien se toma especiales molestias con Pol Deman. Quizás fuera su aspecto fuerte y atlético, quizás el cerrado acento “alemán” que su origen flamenco le confiere, quizás fuera alguna mala contestación del rebelde ciclista. El caso es que los ingleses le creen un germano, y deciden continuar con la ejecución. En otras palabras, Deman vuelve a ser un condenado a muerte, que espera otro día más sentado en la misma celda donde sus enemigos le encerraron y donde ahora le vigilan sus aliados. Afortunadamente para él una carta de la Autoridad Belga llega al recinto de Leuven, explicando su verdadera identidad e importancia durante la guerra. Así es como Pol consigue sobrevivir a su segunda muerte.

Entre esta y la tercera, la definitiva, esa que se lo llevará en 1961, muchas cosas positivas le pasan al bueno de Pol. Vence una París-Roubaix y una París-Tours, recibe la Cruz de Guerra del Gobierno francés en agradecimiento a los servicios prestados y se convierte en entrenador de ciclismo. Pero hasta el último día, hasta ese postrer final que le sorprende en Outrijve, en su Flandes natal, donde había abierto una tienda de bicicletas, siempre será el primer ciclista en ganar De Ronde van Vlaanderen. Bueno, eso y el hombre que se burló hasta en dos ocasiones de la muerte. Que no es poco.

Paul, al que todos llaman Pol, así, a la flamenca, está sentado en el catre de su celda. Escucha pasos que se acercan, botas recias, militares. La puerta se abre, Pol se levanta para afrontar el futuro. El soldado que está frente a él (uniforme inglés lleno de medallas, rubicundo aspecto de sajón saludable,...

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Autor >

Marcos Pereda

Marcos Pereda (Torrelavega, 1981), profesor y escritor, ha publicado obras sobre Derecho, Historia, Filosofía y Deporte. Le gustan los relatos donde nada es lo que parece, los maillots de los años 70 y la literatura francesa. Si tienes que buscarlo seguro que lo encuentras entre las páginas de un libro. Es autor de Arriva Italia. Gloria y Miseria de la Nación que soñó ciclismo y de "Periquismo: crónica de una pasión" (Punto de Vista).

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