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Análisis

Trump contra Trump

El despido del jefe del FBI refleja dos rasgos básicos de su manera de gobernar: su torpeza política y sus tendencias autoritarias.

Álvaro Guzmán Bastida 14/05/2017

<p>Donald Trump en el CPAC 2011 en Washington DC</p>

Donald Trump en el CPAC 2011 en Washington DC

Gage Skidmore (Flickr)

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"You’re fired!” Estás despedido. Es la frase con la que Donald Trump consiguió hacerse un hueco en el subconsciente colectivo estadounidense, como presentador del programa de telerrealidad The Apprentice, de la NBC, que dirigió durante más de una década. El martes, el Trump ‘despedidor’ volvió a escena, esta vez desde la Casa Blanca. Lo hizo con la vehemencia que caracterizaba sus despidos televisivos, tan habituales como abruptos. Pero esta vez, Trump no mandaba a su casa a un concursante de la tele, sino al director del FBI, James Comey.

Comey se lo tomó a broma. Estaba impartiendo una charla a empleados del FBI en Los Ángeles cuando advirtió cómo uno de los monitores de televisión en la sala emitía la noticia de su despido. Entre risas, comentó que se trataba de un buen chiste. A los pocos segundos, un ayudante irrumpió en la sala para confirmar su cese. La carta de despido, firmada por Trump, llegó a las oficinas del FBI en Washington después de que todas las cadenas difundieran la noticia. Comey, que cumplía el quinto año en un puesto que se le había asignado para un decenio, había perdido su trabajo de la manera más humillante. La explosión de su despido hacía saltar por los aires las trincheras partidistas, redibujando filias y fobias. Abría además la enésima crisis del gobierno Trump, quizá la más grave hasta la fecha.

Desde que Comey enviara una carta a los congresistas estadounidenses a finales de octubre anunciando la reapertura de la investigación sobre el servidor de correo electrónico privado de Hillary Clinton a escasos once días de las elecciones, los líderes demócratas le habían acusado de ser el principal causante de su derrota electoral. El anuncio de Comey, repetían hasta la saciedad, era innecesario y decantó las elecciones del lado de Trump.

La fijación demócrata sobre Comey tenía la ventaja de dejar de lado la autocrítica para explicar cómo pudieron perder unas elecciones ante el adversario más denostado imaginable, y con todo el apoyo financiero y mediático posible. En comparecencias ante el senado, en los medios de comunicación, Comey ocupaba el papel del malo malísimo que explicaba lo inexplicable. Apenas una semana antes de su despido, Hillary Clinton declaraba que, de no ser por “una combinación entre la carta de Jim Comey del 28 de octubre y los WikiLeaks rusos” hubiera ganado las elecciones. “Si se hubiera votado el 29 de octubre, sería su presidenta”.

Una semana antes de su despido, Hillary Clinton declaraba que, de no ser por “una combinación entre la carta de Jim Comey del 28 de octubre y los WikiLeaks rusos” hubiera ganado las elecciones

De pronto, con su despido fulminante, Comey pasa de archienemigo demócrata a mártir de la Resistencia®. El mismo sórdido personaje que capitaneó el avasallamiento de los derechos civiles tras el 11-S, cuando ejercía de asistente al fiscal general de George W. Bush, el mismo sofista que desplegó la cortina de humo de la ‘War on Cops’ (guerra contra los ‘polis’) en plena epidemia de asesinatos de civiles negros a manos de la policía, el mismo descarriado que ordenó a la división antiterrorista del FBI investigar a activistas medioambientales e indígenas, mutó el martes, si hacemos caso a la oposición parlamentaria, en ejemplo moral de cómo plantarle cara al déspota Trump. En un tiempo en el que la sociedad civil llena las calles contra las medidas antisociales del presidente, en el que activistas y abogados voluntarios ponen en jaque sus órdenes xenófobas, la premura con la que las élites demócratas han acudido a ungir al defenestrado director de la policía política al que denostaban hasta hace bien poco deja clara su manera de entender la política como politiqueo de despachos.

Quizá lo único que salve a los demócratas de tamaña hipocresía sean las circunstancias del despido de Comey y, peor, el esperpento comunicativo que lo ha rodeado.

La carta de despido de Trump a Comey citaba sendos informes de la fiscalía general que sugerían su cese. “He aceptado las recomendaciones y le comunico su cese inmediato”, escribía Trump.  Pronto trascendieron los informes, en especial el del asistente al fiscal general, Rod J. Rosenstein. Rosenstein censuraba a Comey por su investigación de los correos electrónicos de Hillary Clinton durante la campaña. La explicación era inverosímil: tanto Trump como su fiscal general, Jeff Sessions, habían celebrado públicamente hasta la saciedad la “valentía” de Comey en su gestión de la investigación sobre Clinton durante la campaña.

¿Por qué castigarle ahora por algo que habían aplaudido hace seis meses? Al verse señalado como responsable último del cese, el fiscal Rosenstein amenazaba con dimitir, abriendo otro boquete en la coartada del presidente, y dejando en evidencia su esperpéntica racionalización del despido de Comey. Trascendió la amenaza de dimisión, y trascendió también que el bueno de Rosenstein se la envainó, logrando retratar a su jefe como un torpe mentiroso y a sí mismo como un alcahuete desvalido. Para completar el grotesco tríptico, el siempre humeante portavoz de la Casa Blanca se escondía entre unos arbustos evitando responder a los periodistas.

Pero el presidente, haciendo gala de una incontinencia verbal patológica, no dejaba en eso su carta a Comey, sino que añadía: “Aunque agradezco que me haya informado, en hasta tres ocasiones, de que no estoy siendo investigado, concurro sin embargo con el Departamento de Justicia en que usted no está en condiciones de liderar eficientemente el FBI”. La frase es para enmarcar: Trump parece sugerir que para mantener su puesto el director del FBI debe calmar los miedos del presidente ante una supuesta investigación criminal. En cualquier caso, ¿a qué viene la mención de la investigación a Trump en la carta de despido de Comey, supuestamente cesado por su deficiente gestión de la investigación a Hillary Clinton?

Trump parece sugerir que para mantener su puesto el director del FBI debe calmar los miedos del presidente ante una supuesta investigación criminal

Trump, enredado en su propia red, ponía pues el foco sobre la única otra causa imaginable del cese de Comey: la investigación, confirmada por el propio Comey en el congreso hace semanas, de los supuestos lazos entre la campaña presidencial de Trump y el gobierno ruso.

‘The Russia Scandal’, la hipotética confabulación entre Trump y Putin, es la otra gran obsesión demócrata desde las elecciones. Hasta la fecha, se basa en el pirateo de los servidores de la Convención Nacional Demócrata y la filtración de correos electrónicos de Hillary Clinton y una serie de conexiones sospechosas entre miembros del equipo de campaña de Trump con oligarcas rusos y políticos partidarios de Putin en Ucrania. Ha trascendido que Comey había reclamado pocos días antes de su cese más recursos para la investigación. El FBI seguía la pista del posible lucro en rublos del general Michael Flynn, que dimitió como asesor de seguridad nacional de Trump tras saberse que mintió sobre sus conversaciones con diplomáticos rusos durante la campaña, y Paul Manafort, su turbio exdirector de campaña, propenso a las amistades peligrosas.

Para cerrar la catastrófica jugada comunicativa, Trump concedía una entrevista a la NBC el jueves, en la que se desdecía de su propia carta, recalcando que el despido de Comey había sido, dijo, “mi decisión” y que lo hubiera cesado “independientemente de los informes del Departamento de Justicia”. Por si quedaba alguna duda, y sin que se lo preguntase el entrevistador, Trump insistía: Comey le había asegurado “tres veces –una cenando y dos por teléfono—, que no me están investigando”. Esa misma tarde, el New York Times relataba una cena privada en la Casa Blanca entre Trump y Comey una semana después de la investidura del primero. En ella, Trump espetaba a Comey: “¿Puedo contar con tu lealtad?” hasta tres ocasiones. Comey le prometió “honestidad”. Horas después, el presidente tuiteaba lo que a todas luces parece una amenaza a Comey: “Ya puede cuidarse de que no haya grabaciones de nuestras conversaciones antes de empezar a filtrar información a la prensa”. ¿Sugería Trump que graba sus conversaciones privadas para presionar a hipotéticos adversarios?

El episodio refleja dos rasgos básicos de la manera de gobernar de Trump: su torpeza política y sus tendencias autoritarias.

Al revestir el despido de Comey de la peor excusa posible – el supuesto perjuicio causado a Hillary Clinton y los demócratas en campaña, aplaudido por el propio Trump en su momento—, Trump se revela como un comunicador omnipresente pero ineficaz, como los entrenadores mediocres que pueblan la defensa pero no logran detener los avances de su adversario. No es la primera vez que sus excesos comunicativos se le vuelven en contra: los jueces que han echado atrás sus dos intentos de veto migratorio a los musulmanes han utilizado las palabras del propio Trump en campaña para demostrar que, efectivamente, sus medidas discriminaban por motivo religioso. La semana pasada, en la enésima vista judicial sobre el asunto, un magistrado señaló que durante el juicio la web de Trump seguía teniendo colgados discursos y materiales defendiendo un “freno total a la entrada de musulmanes” en Estados Unidos. Como para recalcar el tropezón, la Casa Blanca se apresuró a borrar dichos textos.

El despido de Comey apenas tiene precedentes: Bill Clinton prescindió de un director del FBI en los 90, pero lo hizo solo después de que trascendieran groseras corruptelas personales del mismo. El ejemplo histórico que muchos rescatan ahora es la ‘masacre del sábado noche’, de junio de 1972, cuando Archibald Cox, el fiscal especial de la investigación que culminó en el Watergate, se negó a dar su brazo a torcer al reclamar las grabaciones del despacho oval de Nixon. Tanto el fiscal general como su asistente se negaron a despedir a Cox, y dimitieron en señal de protesta. Nixon instauró a un pelele como fiscal general, que completó el despido de Cox.

Hay quienes ven en la ‘masacre del sábado noche’ el principio del fin del gobierno de Nixon, y auguran un futuro parecido a Trump a raíz del despido de Comey. Pero dicho análisis ‘a posteriori’ obvia un dato fundamental: Nixon arrasó en su campaña de reelección escasos meses después de la ‘masacre’, y no terminó depuesto hasta que la investigación del Watergate produjo pruebas fehacientes de sus crímenes.

Para los demócratas, jugar todas sus cartas de oposición a la confabulación rusa supone un riesgo enorme, y una irresponsabilidad política: bien podría ser que Trump resulte indemne de la investigación sobre los contactos entre su campaña y el gobierno ruso. Hasta ahora, la investigación parece afectarle sólo tangencialmente, y en cualquier caso podría llevar años para completarse.

Mientras tanto, Trump sigue avanzando en una agenda reaccionaria, xenófoba y de concentración de poder. A la aprobación (pendiente de su paso por el Senado) de una contrarreforma sanitaria que dejará sin acceso a millones de personas, entre ellas las víctimas de violaciones, se ha sumado esta semana el anuncio del departamento de justicia del endurecimiento de condenas mínimas para los pequeños traficantes, recuperando así las prácticas de los años más duros de la Guerra contra las drogas, que arrasó a las poblaciones latinas y negras. Trump acaba de ordenar además la escalada de la Guerra de Afganistán, que cumple su decimoséptimo año, y de encargar una comisión sobre la “integridad electoral” a un consumado arquitecto de la exclusión de los negros de las urnas. (Si el problema es la intromisión en el proceso electoral, no parece mal lugar para depositar las energías de la oposición). En lo que va de año, y después de que Trump cumpliera su promesa de “soltar las cadenas” de la policía migratoria, se ha detenido a un 35% más de indocumentados que el año anterior.

Hasta ahora, el ‘Russia Scandal’ ha servido a los demócratas para desertar de la verdadera oposición política, que sucede –como en la era Nixon— en la calle y a sus espaldas. Pero Trump parece empecinado en alimentar la sombra de la sospecha. Sólo en una semana, ha conseguido crearse un enemigo en el exdirector de la institución más dotada para el juego sucio en la historia de EEUU desde que la fundara J. Edgar Hoover, y abrir la puerta a la sombra del único delito que ha llevado al juicio político a dos presidentes: la obstrucción a la justicia. “You’re fired!”. Preparen las palomitas.

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Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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2 comentario(s)

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  1. Mark

    #1. Ilumínanos, maestro de la sabiduría y la argumentación insultando escondido tras un nick gañán. :D

    Hace 4 años 6 meses

  2. mesu dalapolla

    Alvaro, eres un necio ignorante.

    Hace 4 años 6 meses

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