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Silvio Berlusconi, en un mitín en Sicilia a principios de noviembre.
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No debe ser fácil gobernar Sicilia. En el bar se hace tarde mientras terminas de saborear un granizado de almendra con brioche caliente -- el desayuno típico de la isla--, y alguien dice que las cosas estarían mejor si los políticos no pensaran solo en sus propios intereses. Consideraciones muy genéricas a propósito, no hacen falta matices. Pero no se trata de populismo, es simplemente resignación.
Leonardo Sciascia, gran escritor y periodista siciliano, afirmaba en su libro Sicilia como una metáfora (1979) que, en Sicilia, que no exista la esperanza se demuestra por la ausencia del futuro. El dialecto siciliano no contiene como tiempo verbal el futuro, una anomalía lingüística que puede interpretarse como que la única certeza es la intangibilidad del presente, igual que el pasado y el futuro. Una circularidad de eterno retorno.
En realidad tampoco debe de ser fácil ser siciliano: Nello Musumeci, ganador de las elecciones regionales del pasado 5 de noviembre, se ha visto obligado a reconocer 5.000 millones de déficit solo unos días después de haber tomado posesión del cargo. El nuevo presidente, político conservador con una larga carrera siempre a la derecha, ex jefe del departamento regional antimafia y líder del movimiento Diventerà bellissima (Sicilia será preciosa) hereda una región a punto de caer en bancarrota. Sin embargo, hace solo unos meses, el expresidente Rosario Crocetta, miembro del Partido Democrático de Matteo Renzi, había anunciado el equilibrio en las cuentas públicas y se había puesto la medalla de haber conseguido, incluso, un saldo positivo en 2015.
Ahora todo vuelve a cuestionarse. Ni tan siquiera los números son datos objetivos en Sicilia: aquí todo es opinable.
Los sondeos apuntan al cambio de viento en Italia, un cambio que apunta hacia la derecha. Silvio Berlusconi es plenamente consciente y, por eso, se ha tomado las últimas elecciones regionales en Sicilia como un test de cara a las legislativas
El gobierno central tendrá que volver a intervenir las cuentas de la región italiana con mayor autonomía. No es la primera vez que ocurre; la última fue durante el Gobierno de Renzi. La próxima podría ser con un gobierno de distinto signo político. Los sondeos apuntan al cambio de viento en Italia, un cambio que apunta hacia la derecha. Silvio Berlusconi es plenamente consciente y, por eso, se ha tomado las últimas elecciones regionales en Sicilia como un test de cara a las legislativas, que seguramente se celebrarán la próxima primavera.
El ex primer ministro ha puesto ya el turbo, a su manera. En su reciente gira electoral por la isla, ha vuelto a enarbolar la bandera --ya gastada-- del proyecto del puente sobre el Estrecho de Messina, una conexión aún inexistente que ya ha costado al Estado 312 millones de euros solo en estudios de consultoría.
Además, se ha sacado de la chistera un truco nuevo: en el país “más viejo” de Europa, con un 21% de ciudadanos mayores de 65 años y un 6,4% que superan los 80 años, Berlusconi ha decidido empezar sus discursos con un “queridos coetáneos” (palabras apropiadas para un hombre que desafía el tiempo con sus 81 años) para, a continuación, proponer un ministerio para la tercera edad. Hace veintitrés años, cuando Helmut Kohl presidía el gobierno alemán y François Mitterrand el francés, Berlusconi prometía a los jóvenes la creación de un millón de nuevos puestos de trabajo; hoy promete pensiones mínimas de 1.000 euros. Y, en un número más de funambulismo, ha encandilado a los ancianos con una ilusión: “Estoy promoviendo estudios en la Universidad y en el hospital San Raffaele de Milán con un objetivo: aumentar la esperanza de vida hasta los 125 años”, ha dicho. La expectativa tiene también el aroma de una advertencia: dentro de 40 años, en 2057, aún podríamos encontrar a Berlusconi subido al escenario de la política italiana.
Si, desde un punto de vista científico, el elixir de una vida casi eterna es una mera aspiración, desde el punto de vista de la política italiana y, según Berlusconi, esa aspiración es ya una realidad. Es el presente, no el pasado ni el futuro. La circularidad del eterno retorno, como metáfora de Italia.
El ex primer ministro se ofrece como director de una película que ya hemos visto, con el mismo guión: la encarnación responsable de la antipolítica, el emprendedor que sabe liderar el equipo de gobierno con el mismo objetivo de siempre: reducir los impuestos, un constante anhelo de los italianos, siempre dispuestos a evadirlos.
Muchos parecen haber olvidado que en mayo de 2013, el político de Arcore (un pueblo de Brianza, en la industriosa Lombardía) fue condenado en la última instancia judicial a cuatro años, tres de ellos condonados después con un indulto, y tuvo que prestar servicios sociales durante un año en un asilo.
Esa condena le impide volver a ser candidato. La aplicación retrospectiva de la Ley Severino, hace ahora cuatro años, acabó con su expulsión del Senado. Ahora Berlusconi espera el dictamen del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que, en una única vista oral celebrada el pasado 22 de noviembre, ha examinado si se violaron sus derechos humanos al aplicar Ley Severino, aprobada en 2013, a hechos que tuvieron lugar entre 1995 y 1998.
Berlusconi sabe que lo que cuenta es el presente, que los italianos tienen poca memoria histórica y, a menudo, muy poca vista.
Poco importa que pueden surgir nuevos casos que le involucren y que comprometan un futuro gobierno apoyado, o incluso encabezado, por él si el Tribunal de Estrasburgo admite su recurso.
En el horizonte parece otearse a los campesinos de Liguaglossa, un pueblecito en las faldas del Etna, cultivando sus preciadas viñas aun sabiendo que el volcán más grande de Europa --siempre activo-- puede volver a cubrir sus tierras en cualquier momento con una lava destructiva.
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Pierluigi Morena es abogado internacional y blogger de Il Fattto Quotidiano.
Traducción de Mónica Andrade
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Pierluigi Morena
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