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Verano, óleo sobre lienzo (V)

Terror en el residencial

Cuando alguien paga un pastizal por unos días de descanso no evalúa el alojamiento en sí, sino su decisión de gastarse un pastizal

Gerardo Tecé 12/08/2021

<p>Gaviota en la piscina.</p>

Gaviota en la piscina.

PublicDomainPictures

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En la improvisada reunión, celebrada al borde de la piscina, la mayoría de propietarios de la finca coincidió en que aquellos saltos en bomba eran culpa de los padres. Hubo quien, como María Eugenia Fernández-De García y López, joven abogada de éxito y una de las últimas en adquirir un caro inmueble en Residencial El Robledal, amplió las responsabilidades al socorrista, que mucho pavonearse delante de niñas de 16 años, pero poco hacer su trabajo. En bañador de cuadros clásicos, Don Anselmo, el más veterano del lugar, uno de los pocos que compró sobre plano en los años 70, enmarcó a los molestos e irresponsables niñatos y sus saltos al agua dentro de la estrategia globalista que se oculta tras el Gobierno Sánchez. Sin-lu-gar-a-dudas, le respondió María Eugenia Fernández-De García y López, a la que le gusta tanto agradar a Don Anselmo como usar e-se-to-no-pau-sa-do que, ella está segura, le otorga contundencia a sus palabras. Era tradición en Residencial El Robledal que los propietarios permanentes despotricasen de los alquilados, esas familias que atraídas por los encantos del 9,4/10 en Booking, invadían cada verano los pisos arrendados del vecindario en estancias de una o dos semanas. Excelente ubicación a escasos metros de la playa, sitio con clase y categoría, reza de forma pedante la última reseña de quien pasó unos días por allí, en línea con el histórico de opiniones de la urbanización. Cuando alguien paga un pastizal por unos días de descanso no evalúa el alojamiento en sí, sino su decisión de gastarse un pastizal.

Residencial El Robledal es un crucero urbano en primera línea de playa formado por cinco bloques de hormigón que, embellecidos con materiales pretenciosos, forman un gigantesco pentágono alrededor de la piscina sobre la que sólo cae el sol en las horas centrales del día. Un reducto para una clase media-alta acomodada, con aspiraciones de montar a caballo en cortijos privados, pero que se tiene que conformar con montar Audis pagados a tocateja. Una embajada de la tranquilidad distorsionada por los de fuera, esa clase media a secas dispuesta a subir un escalón social durante unos días. Gen-tri-fi-ca-ción se llama esto, según María Eugenia Fernández-De García y López. El debate entre los propietarios sobre los saltos en bomba al agua daba a su fin. Poco más que añadir al análisis geopolítico aportado por Don Anselmo y secundado por María Eugenia Fernández Etcétera ante la atenta mirada del resto de propietarios que, si no ratificaban la teoría de que Pedro Sánchez estaba tras aquellos niñatos salpicando agua, tampoco parecían estar en desacuerdo. Cuando el pleno del día acabe al borde de la piscina llegará otro. Si no son los críos será la chabacanería de esos que llegaron hace ya tres semanas, qué pasa con esos, a ver si se van a quedar aquí de okupas. Si no, será el ruido que hicieron la noche anterior los alquilados del segundo o la falta de aparcamiento en la zona, provocada por la inmigración veraniega de esa clase media nómada a la que no le llega para ser propietaria.

De repente, todos esos problemas que azotaban a Residencial El Robledal pasaron a un segundo plano. Lo nunca visto ocurrió. Una gaviota monumental, la madre de todas las gaviotas, surca los cielos del pentágono de edificios de fachadas pretenciosas perdiendo altura hasta acabar posándose, majestuosa, en plena piscina. Animal gigantesco. Horrible observado de cerca con esas plumas mojadas y el pico astillado de haber participado en varios conflictos bélicos. Sin miedo a nada ni a nadie, sin conciencia de clase, sin querer entender que aquello era una finca “de categoría”, el animal, más que bañarse en la piscina, tomó posesión. Espantando a niños y padres, que huyen por las escalerillas tratando de mantener la calma que se intenta mantener en mitad de un incendio. Tras el revuelo inicial, que unió a propietarios y alquilados alrededor de la piscina, Don Anselmo asumió su papel de senador del Acrópolis diciendo que una vez sucedió algo parecido: una gaviota se coló en los 90, allá por el primer o el segundo Tour de Induráin, pero que nada que ver aquella gaviota de entonces con la envergadura y el descaro de la que hoy allí se les presentaba. Tras un par de comentarios previsibles de algunos espectadores, como que quizá el bicho quería ir al mar y, dada la cercanía de la urbanización –excelente ubicación, a escasos metros de la playa–, se había despistado, las miradas se empiezan a dirigir al socorrista. Un chaval de 19 años que, efectivamente, tontea en ese momento con un par de niñas de 16, quizá como forma de cobrarse un complemento salarial por los 750 euros que cobraba en un sobre por un mes entero de soportar niño esto, niño lo otro. ¿Era aquello labor del socorrista? Es decir: ¿aquella gaviota con cara de pocos amigos que se bañaba impunemente en las aguas del Residencial era una situación calificable como emergencia para necesitar que se le aplique un socorro? Quizá, si un abogado laboralista en bañador hubiera aparecido en los alrededores de la piscina, le hubiera dicho al socorrista que siguiera a lo suyo, tonteando con las chicas, que aquello no era su problema, según el convenio. A no ser, claro, que la gaviota comenzase a ahogarse, cosa que parecía poco probable a juzgar por los estupendos largos que se hacía de punta a punta de la piscina. Alguien menos naif que un abogado laboralista, alguien hecho y derecho, con los pies en la tierra, un economista tal vez, diría que claro que sí, que aquello era digno de necesitar socorro y por tanto de la actuación del socorrista: quién sabe si la presencia de aquel bicharraco bañándose en esta nuestra piscina, no estaba haciendo desplomarse la valoración en Booking de los alquileres en la finca causando un grave perjuicio a los propietarios que viven de las rentas. Niño, que es como se conocía al socorrista, sabiéndose observado, decidió abandonar el tonteo para acercarse al borde de la piscina y posar con los brazos en jarra mirando al animal. Como queriéndole mandar, vía lenguaje corporal, el mensaje de que mira bicho, esto no puede ser. La madre de todas las gaviotas no sólo no sabía de urbanizaciones con “clase y categoría”, tampoco parecía saber de lenguaje corporal. O, peor aún, se hacía la tonta para desesperación de una clase media a secas que había pagado un pastizal por una piscina que no podía usar y una clase media-alta poco acostumbrada a que le arrebaten lo que es suyo.

Malas noticias. Una segunda gaviota aparece por el espacio aéreo de Residencial El Robledal y comienza, como hizo la primera, la maniobra de descenso. Peores noticias aún. La madre de todas las gaviotas emite un sonido terrorífico que espanta a la segunda haciéndola irse por donde había venido, lo cual indicaba que aquello, definitivamente, era su territorio. Madre mía, acaba de marcar territorio, asegura Don Anselmo. Sin-lu-gar-a-dudas, responde María Eugenia de los Etcéteras como única aportación al gabinete de crisis. Miradas de te estás jugando el puesto dirigidas al socorrista que, consciente de que los brazos en jarra no funcionan, decide ponerse a cuatro patas en el borde de la piscina cual zahorí buscando un manantial subterráneo, intentando salpicar al animal con agua de la que ahora es su piscina, a ver si así lo espanta. Está intentando salpicar a la gaviota a ver si la espanta, anuncia Don Anselmo a los presentes y Maria-Eu-ge-nia-sin-lu-gar-a-dudas le vuelve a dar la razón. Nada. El animal no sólo no se va, sino que parece disfrutar de su dominio territorial sobre esa treintena de miembros de la supuesta especie dominante. Pasados unos minutos, cuando el ambiente era ya de derrota, con algunos proponiendo tirar del Estado y avisar a la policía o la guardia civil, con Don Anselmo planteándose encargarle a María Eugenia de los Etcéteras que, como abogada de prestigio, le llevara la venta de su inmueble antes de que los precios se desplomasen por la crisis de la gaviota, un niño ajeno a todo lo ocurrido sale del baño anexo que hay a unos metros de la piscina. El chaval, llegado hace un par de días de quién sabe dónde a Residencial El Robledal junto a sus padres y su hermana pequeña, visiblemente gordito y aparentemente feliz tras su paso por el baño, sale al césped como sale un Miura al albero de La Maestranza. Recorriéndolo a toda velocidad en dirección al agua, sin caer en la cuenta de que todos los allí presentes rodean una piscina que en ese momento está vacía de humanos. Sin más perspectiva en la vida, a sus doce años, que la que le aporta la visión en túnel que conduce sus pies al objetivo final. Los propietarios y alquilados enmudecen como se enmudece en las escenas épicas vividas en primera fila. El chico, a pesar de ir a toda velocidad, parece correr a cámara lenta, y en la cabeza de todos los presentes suena la cabalgata de las valkirias de Wagner. No fue hasta que el chico estaba suspendido en el aire y abrazando sus rodillas con los brazos cuando sus padres, en este caso su madre, reaccionó: José Luiiiis, nooooo. Un noooo tan prolongado que acompañó la huida de la gaviota, aterrorizada por el tremendo culetazo contra el agua de José Luis. Un noooo que casi se mezcló con los aplausos de júbilo que unieron, todos a una, a propietarios y alquilados. Mientras su madre lo secaba, su padre le explicaba que, chaval, eres un héroe. Tan héroe José Luis que fue capaz de unir a la clase media dispuesta a dejarse un pastizal por unos días de vacaciones con la clase media-alta propietaria de inmuebles en un Residencial El Robledal que volvía, por fin, a recuperar su normalidad. El socorrista comentaba la jugada con dos niñas de 16 años, don Anselmo anunciaba que, solucionado el asunto, se subía a casa a comer y María Eugenia Etcétera le-da-ba-la-ra-zón-ya-e-ra-ho-ra-de-co-mer no sin antes puntualizar: ¿habéis visto el bañador que trae la madre del gordito?

En la improvisada reunión, celebrada al borde de la piscina, la mayoría de propietarios de la finca coincidió en que aquellos saltos en bomba eran culpa de los padres. Hubo quien, como María Eugenia Fernández-De García y López, joven abogada de éxito y una de las últimas en adquirir un caro inmueble en...

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Autor >

Gerardo Tecé

Soy Gerardo Tecé. Modelo y actriz. Escribo cosas en sitios desde que tengo uso de Internet. Ahora en CTXT, observando eso que llaman actualidad e intentando dibujarle un contexto.

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