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menores no acompañados

La memoria de Juana

Juana siempre mantuvo que el momento más feliz de su infancia fue el tiempo que vivió exiliada en Londres. Tenía comida. Tenía ropa. No tenía miedo. Después tuvo que volver. A la guerra. A pensar cada día cómo conseguir comida

María González Reyes 27/08/2022

<p>Juana, protagonista de esta historia, en una foto cedida por ella misma. </p>

Juana, protagonista de esta historia, en una foto cedida por ella misma. 

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Le pregunté a Nati: ¿me cuentas la historia de tu madre?

Antes, en un café compartido con más gente, habló de la voz de su madre numerando las bombas que caían y de que los años en los que fue más feliz cuando era niña fueron los del exilio no elegido. Ojos húmedos al hablar. No hizo falta pañuelo.

Creo que te remueve mucho, si no te apetece volver a hablar sobre ello lo comprendo. Continué. Y ella. La memoria a veces remueve, pero quiero que esa historia se conserve, para que no se olvide. Busquemos un momento en el que podamos charlar con calma y te la cuento.

Unos días después, debajo de un roble, con nubes que tapaban el sol aleatoriamente, Nati me contó la historia de su madre. La historia de Juana Sacristán.

Ahora tiene 95 años y hace poco tuvo que estar hospitalizada. Fue entonces cuando los recuerdos se le avivaron como un fuego junto al que sentarse en las noches de frío y contó cosas que nunca había dicho en voz alta. Quizás fue la demencia la que sacó las palabras, quizás es que no quería que se quedaran atrapadas únicamente en ella para siempre. 

Quizás fue la demencia la que sacó las palabras, quizás es que no quería que se quedaran atrapadas únicamente en ella para siempre

Solo guardaba algunos recuerdos en secreto. Otros no quiso aguantárselos y por eso siempre habló a sus hijas de la guerra y de que su familia era republicana. Quería compartir esa parte de su memoria con ellas. Tenía la convicción, tenaz, de que era imprescindible que permaneciera. Quizás porque pensaba que la memoria era la manera de resistir ante lo difícil de la vida. Quizás porque era la manera de mantener la dignidad presente. Quizás porque creía que esa era la forma de protegerlas. “Os cuento todo esto para que vosotras lo sepáis, para que lo mantengáis en vuestra memoria, para que no lo olvidéis nunca”, les decía, “pero no se lo contéis a nadie”. Y ellas sabían que “nadie” eran las compañeras del colegio, las vecinas y cualquiera que no comprendiera lo que significaba ser republicana. Después, con Franco ya muerto, siempre mantuvo que había que tener cuidado con lo que se decía porque seguía habiendo muchos fascistas. Pensaba que con ellos circulando por los gobiernos la situación podría repetirse. Quería protegerlas y por eso les compartía su memoria. Quería protegerlas y por eso les pedía que mantuvieran esa memoria en secreto. 

Juana nació en Palencia. Cuando tenía tres años su madre murió. Su madre. La que se ocupaba de darle comida, de que no pasara frío, la que la acurrucaba. Su padre sabía que sin cuidados una niña de tres años no puede sobrevivir. Y cuidar requiere tiempo, esfuerzo, dedicación. Por eso la mandó a vivir a casa de una tía. Lejos. En Bilbao. Una tía republicana. También el resto de la familia era republicana. Pero sobre todo su tía. Esperanza Sacristán. Ese hecho marcó todo lo demás.

Comenzó la guerra. Esa guerra. Una guerra brutal. Como todas. Esa guerra. Guerra civil. Su tío va al frente. Lucha. Acaba preso. Cárcel franquista. También su primo. Todo se complica.

Quería protegerlas y por eso les compartía su memoria. Quería protegerlas y por eso les pedía que mantuvieran esa memoria en secreto

Antes de la guerra el barrio olía a chocolate y a galletas porque las hacían allí al lado. Pero la guerra necesita armas y no dulces. Cerca de su barrio había una fábrica de armamento militar. Un lugar que el frente franquista vio como objetivo. La bombardearon. Bombas sobre bombas. Y después de todas esas explosiones Juana perdió el olfato para siempre. Las mañanas no volvieron a oler a chocolate y galletas nunca más.

Su tía Esperanza, la más republicana. Resiste. Cuida a sus hijos. Cuida a Juana. Pero cuidar no es fácil nunca. En la guerra menos. Cuando hay bombardeos las personas desarmadas como ellas van a protegerse al túnel del funicular. Un poco más arriba de ese túnel están las trincheras que tratan de resistir a las bombas. Y una noche, entre el ruido y la oscuridad y las bombas, Juana se pierde. Nadie sabe cómo, pero del túnel llega a las trincheras. Una niña. Perdida en las trincheras. Sola. En la guerra cabe todo contra las niñas y los niños. Los recuerdos de los días que estuvo perdida en las trincheras aparecen en las noches de hospital. Juana habla y se le escapa la memoria que trató de mantener atrapada.

Quizás porque se perdió en las trincheras. Quizás porque es difícil cuidar siempre. Quizás porque es todavía más difícil cuidar durante la guerra. Quizás por todas las cosas a la vez, fue por lo que su tía Esperanza pensó que la única manera de salvarla era inscribirla entre las niñas y niños para los que se solicitaba la evacuación.

Después de todas esas explosiones, Juana perdió el olfato para siempre. Las mañanas no volvieron a oler a chocolate y galletas nunca más

Y Juana se fue en el barco La Habana rumbo a Inglaterra. Iban en la cubierta 4.500 menores. Menores no acompañados. Sin sus madres. Sin sus padres. El puerto ese día se quedó lleno de un dolor duro como una piedra de río, un dolor imposible de romper. Juana tenía diez años. Viajó sin una hermana o un hermano al que coger de la mano.

Llevaba colgada una tarjeta con su foto y su nombre. 4.500 tarjetas con 4.500 fotos y 4.500 nombres de niñas y niños. Niños y niñas sentados con sus tarjetas colgadas en la cubierta del barco. Asustadas. Al poco de partir comenzaron a bombardear el barco. Con todas las niñas y niños en la cubierta. Miedo. Les acompañaban algunas maestras republicanas. 

Juana, posando junto a un cartel en el que se puede leer  “Yo también fui refugiada (Londres, 1937)”. Imagen cedida por la protagonista. 

Juana, posando junto a un cartel en el que se puede leer  “Yo también fui refugiada (Londres, 1937)”. Imagen cedida por la protagonista. 

En las noches de hospital aparecen las trincheras y los bombardeos. Noches en las que la cabeza deja que salgan las palabras que cuando es de día pueden quedar atrapadas dentro. Juana cuenta. Uno, dos, tres, cuatro… cuenta aviones, cuenta las bombas que tiran los aviones. Uno, dos, tres, cuatro…

Iban en la cubierta 4.500 menores. Menores no acompañados. Sin sus madres. Sin sus padres

A pesar de todo llegaron a Inglaterra. Dormían en un campamento y por el día había familias que les acogían y les daban de comer. Hacen falta muchas familias para acoger a 4500 niños y niñas. Juana siempre mantuvo que el momento más feliz de su infancia fue el tiempo que vivió allí. Tenía comida. Tenía ropa. No tenía miedo. Podía pensar en voz alta.

Después de algo más de un año volvió. Tuvo que volver. A la guerra. A las visitas a la cárcel para ver a su tío. A pensar cada día cómo conseguir comida. A correr para evitar los perdigonazos después de robar manzanas. Al hambre.

Salir de Bilbao hacia el exilio no fue fácil por las bombas. Volver tampoco fue sencillo. Solo regresaban con sus familias las niñas y niños que eran reclamados por sus madres. El resto no. Juana no tenía madre, tenía a su tía Esperanza que seguía sin haberse arrepentido de ser republicana. Una tía que la reclamó, pero a Juana ya le habían cambiado el apellido para hacer con ella lo que hacían con las niñas no reclamadas, dárselas a una familia franquista para que trabajara como criada, como sierva, como esclava. 

Pero a pesar de la guerra y del miedo, en el barrio había apoyo porque muchas personas seguían siendo republicanas, aunque por las calles nadie lo decía. Por eso, en cuanto una vecina fue a recoger a sus hijas y vio que Juana estaba allí, avisó a su tía para que la reclamase sin descanso. Eso hizo y Juana pudo volver con su familia.

Bilbao había cambiado mucho. Casi todo estaba roto. La escuela también cambió. La amabilidad del olor a chocolate y galletas fue sustituida por tener que cantar el Cara al sol, hacer la instrucción, rezar. A Juana le encantaban las matemáticas, pero le dijeron que para las niñas era más importante aprender otras cosas. A ella y a otras niñas del barrio que volvieron del exilio les colgaron un cartel con el que tenían que entrar en el lugar que las monjas habían habilitado como escuela. El cartel decía “Soy roja y pobre”. Se acabó el olor a dulce.

A ella y a otras niñas del barrio les colgaron un cartel con el que tenían que entrar en el lugar que las monjas habían habilitado como escuela. El cartel decía “Soy roja y pobre”

La primera vez que su tía fue a pedir comida a las monjas, porque el hambre duele, le dijeron que le daban un pedazo de pan si se arrodillaba, pedía perdón y bautizaba a sus hijas y su sobrina. Eso hizo. El hambre duele por muchas razones.

La guerra les hizo más pobres. En la cárcel no daban comida para los presos y tenían que llevársela a diario a su tío. La barbería en la que él trabajaba, se la habían cerrado hacía mucho tiempo y tenían que inventar la manera de seguir. Juana y su tía freían patatas para ir a venderlas frente al museo de Bellas Artes. Un museo que siempre pensó que estaba prohibido para ella. Con cada paquete de patatas fritas que vendía aumentaba su deseo de ver todo lo que había allí dentro. Cuando fue mayor visitó ese museo muchas veces.

Juana nunca supo encontrar la manera de volver a contactar con la familia que la acogió. Nunca. No pudo volver a agradecerles lo que habían hecho por ella. No pudo decirles que el momento más feliz de su infancia fue el tiempo que pasó allí. Exiliada. Durante mucho tiempo continuó haciéndose la misma pregunta: ¿Por qué no me dejaron quedarme allí?

Siempre se le quedaron esas ganas de volver. Volver al lugar donde no pasar hambre. Volver a la paz. Londres se quedó para ella como el lugar de refugio. El lugar donde se acababa todo lo malo. Su Ítaca. Cuando algo no iba bien siempre decía “En Londres todo es diferente”. En las noches de hospital decía algunas palabras en inglés.

Después, los años se fueron tropezando unos con otros y acabó casada con un hombre gallego que quería llegar a Suiza. Ni ella volvió a Londres ni él llegó nunca a Suiza. Tuvieron tres hijas y un hijo, y se quedaron en Bilbao. Siempre tuvo que tener cuidado con lo que decía por la calle, nunca dejó de ser la sobrina de una mujer republicana. De la más republicana de toda la calle.

Juana piensa que si está viva es porque, cuando fue una niña, hubo una familia que la acogió, porque pudo exiliarse de las bombas y del hambre. Londres continúa teniendo un enorme valor simbólico para ella. Cuando Nati estudiaba en clase de historia ese periodo, Juana le decía “te voy a contar yo ahora la historia desde la República y desde lo que viví cuando era niña, desde cómo lo vivimos las republicanas, pero solo para que tú lo sepas, no lo cuentes en el colegio”. Juana sabe que Londres no salva de los fascistas, por eso les decía siempre que guardasen la memoria en voz baja. “Los fachas siempre van a saber de qué bando eres y no te van a dejar respirar si las cosas se ponen feas”.

La tía Esperanza nunca se rindió. Tuvo escondido su carnet de republicana detrás de un azulejo de la cocina todos los años de dictadura. Guardó también algunas monedas de la República. “Algún día van a volver a servir” decía. 

Guardó también algunas monedas de la República. “Algún día van a volver a servir” 

Juana no quiere hablar de algunas cosas, pero en las noches de hospital las dice en voz alta. Nati recoge las palabras porque sabe la importancia de que quede su relato en la memoria colectiva. Porque sabe cómo ella misma está construida a partir de esa historia. “Cuando estuve en los campos de refugiados de Grecia mi madre me decía todo el rato que si allí veía a alguna niña sola que la ayudase en todo lo que necesitara”, dice, “también fue muy importante para ella participar en un montón de actos sobre la memoria histórica, era saber que la dignidad sigue teniendo un lugar en nuestra sociedad”.

Juana tampoco quiere hablar de la muerte. Sus hijas piensan que, cuando muera, podrían llevar sus cenizas a Londres y colocarlas junto a las de la mujer que, con mucho empeño, consiguió que el barco lleno de niñas y niños pudiera salir para dar una oportunidad a la vida.

Le cuento a Nati que ya he terminado el texto y que se lo mando. Sé que es improbable que se ajuste al relato que ella tiene guardado. Así funciona la memoria, cada cual la hace un poco suya y decide lo que quiere que se borre y lo que quiere que permanezca. Aunque, a veces, hay recuerdos que no desaparecen por mucho empeño que pongamos. La memoria en ocasiones es cabezota y consigue que salgan cuando menos lo esperamos, en las noches de hospital donde los recuerdos se desprenden sin pedir permiso.

Juana. Esperanza. Nati. Forman parte de una memoria que no debería ser individual, sino colectiva. Una memoria que muestra que ahora no estamos tan lejos de este relato. Si cambiamos las fechas y los lugares sabemos que está sucediendo ahora mismo. Que hay muchas niñas Juanas y muchas Esperanzas que no pueden pronunciar palabras en voz alta. Y, sin embargo, lo más importante de esta historia es que, una detrás de otra, estas mujeres se han ido transmitiendo entre ellas las cosas que sí consiguieron. Lo que sí fue posible a pesar de todo. Las formas de abrir camino a la vida.

Le pregunté a Nati: ¿me cuentas la historia de tu madre?

Antes, en un café compartido con más gente, habló de la voz de su madre numerando las bombas que caían y de que los...

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Autora >

María González Reyes

Es escritora, activista de Ecologistas en Acción y profesora de Educación Secundaria.

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