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PRE-TEXTOS PARA PENSAR

Sobre la inmortalidad de Milan Kundera

Con el concepto “imagología”, el autor advirtió acerca de la homogeneización de las ideas y las acciones de los individuos a través de los medios de comunicación y el sistema de producción de la información

Liliana David 8/08/2023

<p>Milan Kundera, durante su entrevista en Televisión Española en 1980. / <strong>RTVE</strong></p>

Milan Kundera, durante su entrevista en Televisión Española en 1980. / RTVE

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La primera vez que escuché al novelista Milan Kundera hablar en su segundo idioma, el francés, fue durante la única entrevista que ofreció a un medio español, en 1980, cuando apareció en el famoso programa de televisión A fondo, donde quedaría retratado y, en cierta forma, inmortalizado. Para entonces, Kundera llevaba cinco años viviendo en Francia, donde se había exiliado tras despedirse para siempre de su tierra de origen, la antigua Checoslovaquia, país que le había retirado su nacionalidad en 1979, convirtiéndolo desde ese instante en un escritor proscrito. Su país natal, que hizo de él un apátrida, determinó para siempre la situación existencial del novelista, quien con una sabiduría libre y creadora, aunque no exenta de nostalgia, escribió posteriormente la novela La vida está en otra parte, eligiendo ese título como huella del destierro, pero también como reivindicación de cierta rebeldía vital.

La devolución de su nacionalidad en el 2019 y, con ello, de una porción de “su identidad”, fue, sin duda, un gesto político. Pero el intento de reconciliación de su país de origen con el escritor no dejó de ser un gesto inútil. Habiendo pasado ya tantos años desde su obligado exilio, Kundera decidió no hacer ninguna declaración al respecto. ¿Qué podría haber cambiado ya? El daño del destierro ya estaba hecho y lo había orillado, obligándolo a migrar y refugiarse en otro país, donde comenzaría una nueva etapa en su ardua y prolífica labor como escritor. Bajo esa condición vital tan particular que experimentan los exiliados, Kundera escribiría muchas de sus mejores páginas para explorar la cuestión y el trasfondo de la identidad humana. A mi modo de ver, lo hizo de una manera especialmente amplia y profunda en su obra La inmortalidad, publicada en 1990, la cual constituye probablemente su novela más filosófica.

¿Qué es la identidad? Esta fue una pregunta cuyas respuestas exploró en el arte de la novela

En aquella entrevista que concedió al programa A fondo, Milan Kundera ofreció claves para comprender su obra novelística. Dos cuestiones son las que quedaron en mi memoria tras escucharlo hablar en francés con su singular acento checo, con ese contraste de sonidos tan propio de quienes nada propio poseen, salvo lo liminal. La primera tenía que ver con el fantasma de la identidad que obsesionó al escritor. ¿Qué es la identidad? Esta fue una pregunta cuyas respuestas exploró en el arte de la novela. La segunda, en cambio, tenía relación con la declaración que hizo el propio Kundera al referirse al totalitarismo, al que definió como “algo más que un régimen político”, como un arquetipo psicológico que se instaura en el alma y en el espíritu de las personas que aspiran a que la humanidad viva y exista en una unión absoluta y soñada.

Que la sociedad se realice en semejante anhelo, y que tal realización la lleve a presuponer que comparte una identidad en la que no existen límites entre la vida privada y la pública, le parecían al novelista ilusiones irrisorias. “El totalitarismo no solamente es un infierno –dijo Kundera en aquella entrevista para TVE–, también es un paraíso, y se confunden”. Pero cuando iba probablemente a profundizar en aquella prometedora idea, se le cayó al suelo el micrófono, y luego el entrevistador no volvió a abordar el tema. Fue una pena que aquel pensamiento quedase abortado en el aire, pero, no obstante, bastaron aquellas frases para configurar en mí una especie de tesis que luego me dedicaría a explorar leyendo las novelas del autor checo-francés; un camino que, por cierto, me llevó un día a desarrollar una investigación doctoral sobre las repercusiones filosóficas de su obra; sobre todo, las concernientes al laberinto de la identidad.

No solo porque el pasado 11 de julio Milan Kundera muriera a los 94 años, sino también, y especialmente, porque se trata de uno de los autores que con mayor lucidez e ironía logró intuir la disolución de la vida privada y pública causadas por lo que podríamos llamar la dictadura de las nuevas tecnologías –hoy sostenida por un imperio de idiotas–, es que deseo recordar aquí su legado literario y rendir un personal homenaje a su pensamiento novelesco. Milan Kundera pronto advirtió cómo se comenzaba a expandir la uniformización, la homogeneización de las ideas y las acciones de los individuos a través de los medios de comunicación y el sistema de producción de la información, y cómo con ello iba imperando en la nueva sociedad de masas esa perversa moda de lo que él mismo llamó la “imagología”, esa mezcla de visibilidad e ideología con la que las imágenes se convertían en el fundamento de una cultura degradada, cosificada, que acaba reduciendo el pensamiento, la reflexión y la curiosidad en caos, confusión y ruido.

Fue precisamente en La inmortalidad donde el autor nos habló de la imagología y donde nos la presentó como algo que iba adherido a los entretelones del mediocre espectáculo ofrecido a diario por esos nocivos medios de comunicación. Gracias a esta noción elaborada por Kundera en el curso de su novela, hoy podemos mirar con otros ojos –más suspicaces y críticos– muchas de las dinámicas sociales que imponen los medios y, sobre todo, los imperativos de unas redes sociales de las que nos resulta tan difícil sustraernos en la actualidad. Aunque tales canales no existían todavía cuando Kundera escribió su libro, la potencia imaginativa de su concepto imagológico hace igualmente fructífera su crítica a la hora de interpretar el dispositivo mediático en el que tales redes se insertan en el presente.

En La inmortalidad nos aproximamos a las metáforas del paraíso y el infierno, como a una mezcla de intensos sentimientos de amor y odio experimentada por los individuos, que viven atrapados en la vorágine de las miradas extrañas, ajenas, que arrojan juicios de todo tipo sobre las vidas de las que, empero, casi nada conocen. Por un lado, se trata de un paraíso para quienes viven de la visibilidad y de sus réditos capitalistas, así como para todos aquellos que intentan sentirse amados por esa indiscreta y vacua idolatría; pero, por el otro, implica un infierno para quienes viven entregados a la exposición constante frente al “juicio eterno”, como dice en la novela el personaje de Ernest Hemingway. El asunto se reduce de este modo al juego de las valoraciones personales que se producen en la extraña e infundada opinión de los otros. Según Jean Paul Sartre, ningún “yo” logra verse nunca como lo ven sus prójimos; ello supone que ese “yo” acabe siendo siempre un esclavo de las impresiones de los otros, a quienes, además, nunca podrá conocer.

La exigencia de exhibir la vida íntima por encima de la difusión del pensamiento es algo que criticó en sus novelas

Lo que ocurre en las redes sociales tiene mucho que ver con todo esto. Por un lado, se exhibe la intimidad de las personas a una escala dantesca y totalizadora; por el otro, se nos impone tal exposición no sólo como un modelo mediático, sino, a nivel individual, como un “estilo de vida” que nos aleja del conocimiento profundo que podríamos tener sobre los demás y también acerca de nosotros mismos. La exigencia de exhibir la vida íntima por encima de la difusión del pensamiento es algo que criticó Kundera en sus novelas. Semejante situación nos hace vivir entregándonos a lo trivial y lo necio. No es por azar que otros dos títulos del gran novelista así lo muestran. Tanto en La fiesta de la insignificancia como en La ignorancia, el escritor siguió explorando ese estado de enajenación que nos lleva a abandonar toda posibilidad de autognosis y de pensamiento propio. Kundera analizó la situación a través de la metáfora del “ojo de Dios”, que alude a la mirada totalizadora de la técnica, a ese nuevo “totalitarismo” de la cámara de video, de la lente fotográfica (y hoy de las redes sociales), en el que la violación de la intimidad, de la interioridad y de la subjetividad del individuo se estandarizan.

Observamos, pues, cómo ese individuo moderno ha sido puesto en un escenario donde las luces se encienden con el único objetivo de escudriñarlo y de ponerlo a merced de los fisgones. Percibimos, así, la falsa imagen en la que vive. Convertido en una caricatura pobre y simple, ese individuo no es más que un narcisista moderno que sueña consigo mismo como si fuera el amo de las redes sociales mientras sufre las consecuencias de una realidad muy distinta: la de ser simplemente su esclavo. Cada individuo se enfrenta a esa colectividad actual, abrasadora, que aparece dominada por la imagología en su intento de reducir la realidad y la vida a la circulación y venta de ideas simplificadas mediáticamente.

Dado que el control imagológico domina cada vez más –y empobrece– el sentido de las vidas singulares, no es extraño que desde los años noventa el autor de La broma hubiera desaparecido de la esfera pública. Sus intenciones eran claras: hacer que su vida personal quedara tras el telón y que la prensa y las televisiones internacionales, en las que pronto percibió una nueva forma de totalitarismo tecnoideológico, solo pusieran los reflectores sobre sus novelas y ensayos, allí donde se encuentra la mayor riqueza del pensamiento y cosmovisión de un escritor. Milan Kundera lo supo mejor que nadie y, por tal motivo, usó la ficción y la imaginación para hacernos pensar y conjeturar también sobre su muerte antes de que se produjese este año, puesto que en muchas ocasiones yo misma me pregunté si aún seguía vivo. Desde luego, esta fue una última ironía, una broma final para quien había decidido con antelación a su último adiós que lo único que deseaba era que de su vida recordásemos que fue un novelista, y que lo único importante era ahondar a través de sus creaciones en nuestras contradicciones humanas, esas que ahora se quedan cuando él ya se ha ido, y que todavía nos harán pensar en la continua paradoja que supone vivir: deslizarnos entre el peso de la existencia y la insoportable levedad del ser.

La primera vez que escuché al novelista Milan Kundera hablar en su segundo idioma, el francés, fue durante la única entrevista que ofreció a un medio español, en 1980, cuando apareció en el famoso programa de televisión A fondo, donde quedaría retratado y, en cierta forma, inmortalizado. Para entonces,...

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Autora >

Liliana David

Periodista Cultural y Doctora en Filosofía por la Universidad Michoacana (UMSNH), en México. Su interés actual se centra en el estudio de las relaciones entre la literatura y la filosofía, así como la divulgación del pensamiento a través del periodismo.

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