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CARTA A LA COMUNIDAD DE CTXT

Nuestros muertos

Vuestra ayuda, que siempre me emociona, esta vez me llena el corazón del todo. Porque estáis diciendo que los palestinos son nuestros hermanos, que no los abandonaremos. Y que nunca un genocidio en nuestro nombre

Vanesa Jiménez 6/11/2023

<p>Funeral de víctimas de los bombardeos israelíes en Deir al-Balah (Gaza) el 20 de octubre. /<strong> AP (Youtube)</strong></p>

Funeral de víctimas de los bombardeos israelíes en Deir al-Balah (Gaza) el 20 de octubre. / AP (Youtube)

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Querida comunidad de CTXT:

Esta semana he cumplido 48 años y, como todos los 1 de noviembre desde hace ya muchos, me he vuelto a ver el día de mi octavo aniversario, con un chándal azul noche sin marca que me habían regalado mis padres y que guardo en mi memoria como la cosa más bonita que he tenido nunca, delante de la enorme tarta de galletas que me cocinaba mi tía Avelina, siempre en la misma olla esmaltada en blanco con margaritas naranjas, en la cabecera de una mesa larga que había construido mi tío Juan, en la casita que habíamos levantado entre toda la familia en un campito de un pueblo de Cádiz.

Mientras celebraba que me acerco al medio siglo en un estado de revista razonable y con las necesidades razonablemente cubiertas, pensaba en mis muertos y en que los años también, o sobre todo, consisten en ir sumando pérdidas. De aquel cumpleaños no quedamos tantos. Avelina y Juan se fueron antes. Y después mi padre. Y después mi madre. El 7 de octubre, cuando Hamás atacó Israel y Netanyahu respondió con el inicio del infierno, yo me encontraba ahuyentando las nubes negras que me provoca el aniversario de la muerte de la mujer que me parió y vivió para cuidarnos y querernos, que hace una semana habría cumplido 78 años. Tengo por maldición una memoria prodigiosa que se encarga de devolverme los detalles.

Las nubes no se me han ido. Me acompañan otras, también muy tormentosas, porque desde aquel sábado terrible todas y todos hemos sumado a nuestra cuenta de pérdidas a miles de personas. No son muertos corrientes, esperables, lógicos, naturales. Ni siquiera son vidas rotas de pronto, por la enfermedad sobrevenida o el azar. Son personas asesinadas, en virtud de la legítima defensa, del derecho a defenderse, de conceptos que un día nos inventamos para hacer de la guerra –otro término que acuñamos para igualar bandos– una ficción de normalidad, de asepsia, de rutina; una forma de legitimar la paz, siempre en cuestión, siempre en peligro, siempre atenazada por los sátrapas del mundo y la industria de las armas, que tiene por dueños a BlackRock, Vanguard o State Street, entre otros pocos, que también son los principales accionistas de las grandes corporaciones alimenticias mundiales, de empresas gasísticas y petroleras, de farmacéuticas, tecnológicas…

Mientras escribo esta carta, el número de civiles asesinados por las bombas de las FDI asciende ya a 9.061. Entre ellos, 3.760 niños y niñas y 2.326 mujeres. Son muertos sin patria, sin país, sin Estado. Muertos a los que habíamos encerrado en un trozo de tierra, con la vida controlada, prestada, amenazada. Muertos que ya antes solo malvivían [“Déjame que te explique lo que quiero que entiendas: aquí ya estamos sangrando. Sangrando en silencio, constantemente”. Del testimonio de un joven periodista gazatí publicado en la revista en 2021]. Y que ahora, finalmente, son los muertos de nadie. Y no podemos permitirlo.

Estos días me asaltan muchos sentimientos, la rabia, la tristeza, la frustración, y el miedo. Pero un miedo nuevo, que me asusta más. Tengo miedo por lo colectivo, porque estamos viendo un genocidio en directo, hora a hora, y no podemos frenarlo. Y tengo miedo porque nos hemos quedado solas ante unas instituciones supuestamente democráticas, de países supuestamente democráticos, que, por acción u omisión, están legitimando la matanza de un pueblo. Nunca las violaciones de los derechos humanos, los asesinatos colectivos, han estado tan documentados como en este momento. Y tampoco nunca antes un genocidio se ha negado como se niega este. ¿Dónde están los líderes europeos que dicen defender la justicia y a las personas cuando Israel bombardea, y lo admite, el campo de refugiados de Jabalia y asesina a decenas de personas en un evidente crimen de guerra? ¿Dónde están al día siguiente, cuando Israel sigue bombardeando la misma zona, en la que la ONU tiene 21 refugios con miles de personas? ¿Qué necesita Europa para decir basta?

Lloro por dentro y lloro por fuera. Por los miles de palestinos asesinados, por los que sobreviven entre escombros, por los niños sin padre ni madre, por los padres sin hijos, por las madres solas, por las familias rotas. Lloro al ver a Mohammed Abu Louli, un pequeño de tres o cuatro años con unos ojos negros inmesos, que tiembla de miedo frente a la cámara que lo graba. Lloro días después al ver al mismo niño, que parece otro distinto, en uno de los refugios de Gaza, mientras sonríe y saluda a la cámara con un coche de juguete amarillo en la mano, aún con el plástico. Lloro al ver a una niña tendida en la cama de un hospital que en una mano sostiene unas pocas monedas con las que espera comprarse una muñeca. No sabe que ha perdido a toda su familia en un bombardeo. Lloro por ellos y también por nosotros, porque no sé cómo saldremos indemnes de este genocidio televisado, porque nos siento muy cerca del desfiladero del colapso civilizatorio, porque no sé si al mirarnos al espejo podremos seguir reconociéndonos como personas, si conseguiremos sortear esta grieta tan enorme.

Lloro por ellos y también por nosotros, porque nos siento muy cerca del desfiladero del colapso civilizatorio

En este momento no tenemos mucho a lo que aferrarnos, quizá solo nos queda el miedo y nuestra humanidad. Esa que Israel negó desde el principio a las personas palestinas. Llamarlas animales fue premeditado, era la forma de despojarlas de lo humano y convertirlas en blancos legítimos de sus bombas. Hoy esos muertos de nadie son mis muertos y esas personas que luchan por vivir son mis hermanos. Hoy tengo 9.061 muertos más. Es la única forma que encuentro de reivindicar mi presencia en el mundo. Llorarles, compartir su sufrimiento, su lucha. Guardar a esos hombres, mujeres y niños en el sitio en el que guardo las ausencias que me duelen.

Y después está ese miedo colectivo, que les comparto como una oportunidad, porque no es paralizante, al revés, es la plena consciencia de que el infierno, ese lugar en el que tantas religiones someten para siempre las almas de los pecadores, existe, lo estamos viendo, está en los 365 km² de la Franja de Gaza. Usemos ese miedo para rebelarnos todo lo que podamos. Estamos a punto de tener nuevo gobierno. Podemos empezar por exigirle una condena rotunda a Israel. No hay muchos ejemplos esperanzadores. De momento Bolivia, que ha roto relaciones con el país por “la desproporcionada ofensiva militar” en Gaza. Por detrás, Chile y Colombia, que han llamado a consulta a sus embajadores, y México y Argentina, que han condenado los bombardeos de Netanyahu.

Hace ahora nueve años, los que hicimos CTXT nos reunimos por primera vez para pensar en la revista que queríamos. Europa se enfrentaba a los neofascismos, el bipartidismo español parecía roto después de 40 años, el planeta ya daba signos suficientes de extrema fatiga, el feminismo se presentaba como el gran motor de cambio... Sabíamos que venía un mundo distinto, y los primeros años los pasamos cubriendo elecciones, mirando a Catalunya y viendo cómo los ultras se iban encaramando a gobiernos de todo el mundo. Después llegó la pandemia de covid, algo inimaginable, y tras ella una guerra muy cerca. Pero si les soy sincera, ni en mis peores pesadillas, que las tengo, pude ver cómo algo tan monstruoso iba a ser legitimado por el supuesto lado bueno del mundo.

CTXT es ahora más triste de lo habitual, porque las y los que hacemos la revista lo estamos. Pero también se encuentra más comprometida que nunca con el derecho a la información, que también está siendo atacado con extrema dureza por Israel. Nuestras vidas, las de los periodistas, no valen más que otras, pero sí evidencian una realidad: Israel no quiere testigos. En los primeros 23 días de bombardeos, 31 informadores han sido asesinados, más que todos los caídos en todos los conflictos del mundo juntos en un año. [También han muerto asesinados (por el momento) 70 trabajadores de UNRWA, la agencia de la ONU que trabaja con los refugiados y refugiadas de Palestina. Mi homenaje para ellos, también son mis muertos, como lo son –y me siento ridícula al escribirlo porque me parece evidente– los 1.400 asesinados por Hamás].

Desde el pasado 7 de octubre, casi todos nuestros esfuerzos están puestos en contarles con el mayor rigor posible lo que está pasando. Análisis, contexto, entrevistas, y, sobre el terreno, las magníficas crónicas en vídeo de Marta Maroto desde Beirut, y los artículos que traducimos al castellano del diario independiente israelí Haaretz y la estupenda revista +972, con periodistas que informan desde Gaza e Israel [Aquí pueden ver todo lo que hemos publicado]. Pero todo eso cuesta dinero, y ya saben bien que no nos sobra. Por eso volvimos a pedirles ayuda, y la ayuda está llegando. Ahora sabemos que podemos hacer frente a los acuerdos con los medios, las traducciones, el pago a los periodistas, la compra de material... Y, además, hemos podido sumar a la revista unos ojos importantes, los del joven periodista palestino Mahmoud Mushtaha, que, cuando encuentra electricidad y algo de internet en Gaza, nos cuenta el infierno a trocitos por mensajes de WhatsApp.

Vuestra ayuda, que siempre me emociona, esta vez me llena el corazón del todo. Porque sé que en este caso implica más que nunca el firme compromiso que tenéis, suscriptoras y suscriptores de la revista, con el derecho a la información. Pero, sobre todo, porque sé que es la forma en la que estáis diciendo que son nuestros hermanos, nuestros muertos, que no los abandonaremos. Y que nunca un genocidio en nuestro nombre.

Gracias por formar parte de esta gran familia que es CTXT. Hoy, lamentablemente, esa máxima con la que nacimos, que se resumía en dar voz a quienes no la tienen, es más importante que nunca.

Un gran abrazo,

Vanesa

* Israel no quiere testigos, ¿nos ayudas a conseguirlos?. Estamos cerrando acuerdos con medios y periodistas locales para cubrir el genocidio de Israel en Gaza. Creemos que es nuestra obligación moral como periodistas y ciudadanos dar a conocer lo que está sucediendo. Y por eso necesitamos tu ayuda.

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Querida comunidad de CTXT:

Esta semana he cumplido 48 años y, como todos los 1 de noviembre desde hace ya muchos, me he vuelto a ver el día de mi octavo aniversario, con un chándal azul noche sin marca que me habían regalado mis padres y que guardo en mi memoria como la cosa más bonita que he tenido...

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Autora >

Vanesa Jiménez

Periodista desde hace casi 25 años, cinturón negro de Tan-Gue (arte marcial gaditano) y experta en bricolajes varios. Es directora adjunta de CTXT. Antes, en El Mundo, El País y lainformacion.com.

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1 comentario(s)

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  1. maria23

    Hay que parar el genocidio israelí a Palestina

    Hace 6 meses 21 días

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