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LECTURAS

Érase una vez un ángel ebrio y una hiena proletaria

A propósito de ‘Pensión de animales’, de Pablo Silva Olazábal, y ‘Animales feroces’, de Manuela Buriel

Rubén A. Arribas 17/12/2023

<p><em>Ángel borracho</em>, Zentralfriedhof (Viena). <strong>/ Aramisse</strong></p>

Ángel borracho, Zentralfriedhof (Viena). / Aramisse

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Algún día se estudiará la influencia de una historieta como 13 Rue del Percebe en otros ámbitos artísticos más allá del cómic. Si bien no fue Ibáñez quien inventó el formato –una casa con tres alturas, altillo, colmado, portería y un vecindario hilarante–, sí fue él quien rellenó ese esquema fijo más veces y con más gracia (casi 350 páginas tiene el volumen donde Ediciones B compiló todas las rues que dibujó el artista barcelonés). De hecho, ese espacio físico de ficción está tan integrado ya en la cultura popular que funciona como una estructura reconocible cuando aparece en series, películas o novelas.

Eso es lo que ocurre con Pensión de animales (Contrabando, 2023), del escritor uruguayo Pablo Silva Olazábal, quien sitúa la acción de su novela en un inmueble que remite a 13 Rue del Percebe. Aunque la pensión uruguaya comparte sentido del humor, situaciones inverosímiles y personajes peculiares con la española, se diferencia en que lo narrado se inclina claramente hacia lo irracional. Silva no solo corrige y aumenta la realidad, como le pedía Ibáñez a sus historietas, sino que busca expandir sus límites. Aquí la apuesta es conectar con lo inconsciente.

Nada más entrar en la novela, los lectores nos topamos con un cartel algo gastado que dice: “En este edificio está prohibida toda tenencia de niños y animales”. Niños no hay, pero no tardamos mucho en descubrir que casi todo el mundo tiene algún animal. Con todo, lo que más llama la atención es que la primera voz que escuchamos es la de un ángel –acaso el de la cubierta del libro, obra del animal Luis Eduardo Aute–, que toma la palabra y comienza a contarnos su historia. Así, por él, sabemos que vive en la penumbra del altillo del inmueble y que le pueden la ebriedad y la melancolía.

Silva no solo corrige y aumenta la realidad, sino que busca expandir sus límites

En términos narrativos, el artificio que plantea Silva resulta sugerente. Por un lado, nos deja escuchar al ángel como narrador protagonista. Por otro, aprovecha la condición celestial de este –y una teoría del filósofo sueco Swedenborg– para relatarnos lo que ocurre en cada casa. Puesto que el ángel del altillo está obligado a escuchar los pensamientos del resto de habitantes del edificio, se va conectando con todos y deja que hablen en primera persona a través de él. En conjunto, asistimos a una emulación de la visión simultánea del ángel, esto es, disfrutamos de esa mirada abarcadora que tenemos ante 13 Rue del Percebe.

En cualquier caso, miremos la pensión casa por casa o globalmente, lo esencial es que este ángel uruguayo está harto de su don. Es más: lo vive como una condena porque le obliga a escuchar permanentemente el resentimiento y el odio que todos los vecinos se profesan. La única manera que ha encontrado de lidiar con tanta inquina y mediocridad es entregarse a la bebida y la desidia. Ya ni siquiera despliega las alas y se da una vueltecita por ahí.

El inconsciente como llave maestra

Los personajes que construye Silva se caracterizan por estar algo despegados de la realidad. Entre otros, destacan el tipo que quiere rebanar un tumor ocular a una cacatúa con un cuchillo o el perro de la portera, en cuyo monólogo asegura que es humano y que su condición canina se debe a un conjuro de su dueña. Asimismo, hay un vecino que se relaciona de una manera rara con su gato y otro que está obsesionado con envenenar a un pequeño animal monstruoso que espera agazapado en alguna parte.

En definitiva, como en toda buena novela de imaginación, Pensión de animales recompensa al lector con el placer de zambullirse en el mundo irracional ajeno. Para Silva, la conexión con el inconsciente es la llave maestra que abre la literatura a imágenes y situaciones novedosas con las que construir una narración llena de intensidad. Este parámetro, como subrayó cuando presentó la novela en octubre en Madrid, lo considera más importante incluso que lo estructural, lo dramático o lo estilístico. Al punto que la apuesta formal consiste en elegir una anécdota mínima y de duración breve –una mujer sube y baja las escaleras de la pensión echa una furia y va golpeando las puertas con su bolso–, y narrarla lo más intensamente posible.

Los personajes que construye Silva se caracterizan por estar algo despegados de la realidad

Eso sí, no se trata de un mero ejercicio de estilo, pues el libro ofrece varias lecturas. Una de ellas nos la da la epifanía final del ángel, quien menos melancólico y más reconciliado con su condición celestial que al inicio, asegura que es fundamental despertar esa voz interior capaz de hacernos comprender y disfrutar mejor la textura de cada rincón de la vida. Eso, a la luz de una novela tan extraña, original y compleja –los adjetivos son de la poeta Circe Maia–, solo puede leerse de un modo: debemos escuchar más a nuestra imaginación. Mucho más.

Comunismo adolescente, queer y transespecie

En Animales feroces (Aristas Martínez, 2020), de Manuela Buriel, los animales y la imaginación ocupan un lugar diferente. En esta novela no tienen que ver con utilizar el inconsciente para expandir los límites de la realidad, sino con proponer una suerte de utopía queer donde humanos y animales formemos parte de una misma revolución anticapitalista. En vez de utilizar la imaginación para operar como Silva en clave levreriana, Buriel apuesta por hacerlo en clave gopeguiana, pues lo suyo es imaginar una alternativa al sistema neoliberal.

Como señaló Nadal Suau en un artículo para El Ministerio, Animales feroces mezcla con gran acierto y de manera novedosa elementos como el manga adolescente, el rencor de clase, la capacidad emancipatoria de lo colectivo o las ideas de la filósofa poshumanista Donna Haraway. El resultado, según el crítico mallorquín, es el “texto sagrado de una revolución proletaria y antiespecista”.

La novela está protagonizada por Arcas, un chaval de 16 años procedente de una familia obrera al que su familia obliga a cambiar de instituto. En vez de seguir yendo al instituto público de Pueblo, como él hubiera preferido, sus padres eligen apretarse económicamente y obligarlo a ir a uno privado en Ciudad. Arcas, cuya conciencia de clase está alimentada por lecturas de Mao Tse-Tung o Karl Marx, terminará encajando mal en un centro educativo copado por el pijerío.

Por suerte, la experiencia le traerá dos buenas noticias. La primera es que puede aprovechar la ida y vuelta en el cercanías para escribirle cartas a Simón Pedro, su mejor amigo, que ahora vive en Capital, a 500 km de Pueblo. La segunda es que él no es el único elemento extraño en la clase; también está Tengu, una chica adoptada de origen chino que tiene lecturas comunistas más avanzadas que él y que viste de manera algo estrafalaria.

El tercer personaje importante en esta historia es Lucero, la abuela de Arcas. Si bien ella murió hace unos meses, lleva un par de semanas apareciéndose a su nieto, pero transformada en mula. La señora se sienta a los pies de la cama, apoya la cabeza en el colchón, le propina algún lametón que otro al chaval y le da conversación. De vez en cuando, Lucero pregunta o puntualiza algo; pero, sobre todo, escucha lo que Arcas le cuenta de su día a día. En la cuarta y última parte de la novela, concebida como una profecía –escrita en tinta roja–, esta abuela mula se convertirá en protagonista.

Un hiena proletaria

Animales feroces propone que nuestra imagen exterior –tan humana ella– no coincide con la identidad que se desprende de nuestra “médula íntima”. Arcas, por ejemplo, siente que su cuerpo es una prisión y que no le pertenece; es más: él se identifica con la hiena parda. Quizá por eso le resulta “más fácil comprender los movimientos de una bandada de pájaros” que “la individualidad humana, esa extraña identidad”. Ser una hiena, como le explica epistolarmente a su amigo Simón Pedro, es su “íntima condición inhumana”.

Gracias a Tengu, Arcas descubrirá que lo suyo es normal, y no solo cosas de adolescente. De hecho, pasada la prueba de acceso de rigor, formará parte de un singular colectivo cuyo nombre tiene resonancias bíblicas: las Tetramorfas, donde las otras tres integrantes –ellas siempre hablan de sí mismas en femenino– se identifican con un pájaro, una rana y un escarabajo. Mediante rituales y lo que las Tetramorfas llaman transmigraciones –auspiciadas siempre por un hongo psicotrópico, Arcas experimentará varias “alucinaciones lúcidas” que abrirán sus “ojos mentales” a nuevos niveles de conocimiento. Este rito de iniciación le hará sentir en carne propia algunas historias de explotación universales, que él conectará con otras más locales o familiares.

Lo transgénero que recorre la novela salta hacia lo transespecie para profundizar en lo político

Ahora bien, esas experiencias transmigratorias no se ciñen únicamente a sujetos individuales humanos, sino que abarcan también sujetos colectivos animales (una manada de cincuenta hienas, por ejemplo). En ese punto, lo transgénero que recorre la novela salta hacia lo transespecie para profundizar en lo político. En una interpretación literal e hiperbólica del aforismo maoísta “El único Hombre son los ricos”, las Tetramorfas asumen que solo los varones, blancos, heterosexuales y ricos pueden decir con propiedad que son seres humanos; el resto somos más bien animales que ponemos nuestra fuerza de trabajo al servicio del capital. Y esto, por raro que nos parezca, nos hermana con otros animales explotados por la clase dominante.

Animales políticos

Por así decirlo, la novela ahonda en la literalidad de frases tan coloquiales como trabajar como un burro o ser una mula de carga. En caso de ser ciertas, tenemos una salida posible: puesto que somos tratados como animales, unámonos en una misma revolución con bueyes, cerdos, vacas, caballos, ciervos o cebras, y combatamos juntos para librarnos de la opresión del ser humano capitalista. Eso sí, quienes aparentamos ser humanos antes debemos recobrar nuestro cordón umbilical y averiguar qué dice nuestra médula, cuál es nuestra íntima condición inhumana, qué animal estamos reprimiendo sin saberlo.

Pero, vamos, seamos gatas, osos panda o guanacos, hay sitio para cualquiera en ese ejército queer interespecies. Lo importante es formar una columna enorme y avanzar al estilo del Ejército Rojo en la Gran Marcha china combatiendo contra el enemigo común. Al paso por pueblos y ciudades, abriremos campos de reeducación donde la clase alta será despojada de sus privilegios económicos, sociales o culturales, y recolocada como fuerza de trabajo en los oficios del proletariado.

Y es que para las Tetramorfas, las transmigraciones están muy bien como “metáforas aleccionadoras” para comprender la realidad, pero lo importante es que sirvan para pasar a la acción y transformar esa realidad. Por atractivas, lisérgicas o conmovedoras que resulten esas ficciones, son solo un punto de partida en el camino a unirse con otros colectivos oprimidos y emprender la revolución. Esa es la diferencia, según las Tetramorfas, entre contemplar una hoguera y formar parte de un incendio. Ellas, fieles a su intransigencia y ardor adolescentes, nos proponen unirnos y, juntas, ser el fuego mismo.

Algún día se estudiará la influencia de una historieta como 13 Rue del Percebe en otros ámbitos artísticos más allá del cómic. Si bien no fue Ibáñez quien inventó el formato –una casa con tres alturas, altillo, colmado, portería y un vecindario hilarante–, sí fue él quien rellenó ese esquema fijo más...

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