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El salón eléctrico

Menos samba y más trabajar

Despréndanse de malabarismos ideológicos y recuerden el viejo consejo: si el trabajo fuera bueno, no pagarían por hacerlo

Pilar Ruiz 21/01/2024

<p>Fotograma de la película ‘Tiempos modernos’ (1936). / <strong>Charles Chaplin</strong></p>

Fotograma de la película ‘Tiempos modernos’ (1936). / Charles Chaplin

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“La gente prefiere no trabajar. Es casi más rentable, muchas veces, no hacerlo que hacerlo. Eso es nefasto para la economía y además un mensaje nefasto para los jóvenes”.

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid

¿Saben cuál es una de las primeras películas de la Historia del cine? De las buenas, eh, de esas que se estudian en los manuales. Pues La huelga, de Serguei Eisenstein. Cine mudo, 1925. Pues ¡me cago en los hermanos Lumière! dirá Ayuso, con toda la razón y su gracejo faltón habitual.

La Huelga (Serguéi Eisenstein, 1925)

Aquellos soviéticos inventores del cine hicieron propaganda de lo que tanto teme la procelosa prócer: la aversión al trabajo, propia de las clases llamadas menestrales sin asomo de contradicción. Sobre todo si se convierten en huelguistas, epítome del Mal Absoluto, tanto como para darle una paliza a un bellísimo Marlon Brando, servir como metáfora anticomunista, y de paso limpiar pasados de color subidito en una caza de brujas, véase Elia Kazan en La ley del silencio (1954). Pero para hablar del trabajo puro y duro, sin metáforas y a la manchesteriana manera, está Chaplin y sus Tiempos modernos (1936). ¿Pues no le dio al judío chistoso por criticar al pronazi Henry Ford? Hitler era el presidente del club de fans del empresario racista, antisemita, antisindicatos y antiinmigración, espejo en el que se miran todos los capitalistas de todos los tiempos, incluido el nuestro. Un legado universal, no como el del titiritero pacifista expulsado de los USA por “peligrosamente progresista y amoral”. En 1952, durante la caza de brujas comunistas –citada arriba– y tras ser increpado en una rueda de prensa por un centenar de periodistas –ejem–, se exilió a Europa. Justo castigo por no hacer chistes de gangosos mariquitas, incluso por encumbrar la figura del vagabundo: un vago. Sus películas anticapitalistas ya no tienen gracia, compruébenlo, ya verán como no se ríen ni una sola vez.

Tiempos modernos (Chaplin, 1936)

Trabajar es bueno para la dignidad y la salud: dos de cada tres dentistas liberales en lo económico y conservadores en lo social, lo recomiendan. ¿Un ejemplo? El salario del miedo (Clouzot, 1953) o conducir un camión cargado de nitroglicerina por la selva para que la patronal te dé una medalla al currante del año. Bueno, en su caso, una palmadita en la espalda, que esas medallas son más comunistas que la Orden de la Bandera Roja del Trabajo. 

Yo para ser feliz quiero un camión.

¿Y qué me dicen de las bondades de la rehabilitación con trabajos forzados? Acuérdense de La leyenda del indomable (Rosenberg, 1967) con el feliz Paul Newman recluso, hartándose de huevos duros y asfaltando carreteras. Nada como trabajar al aire libre y silbando en El puente sobre el río Kwai, método de Marie Kondo contra el aburrimiento de ser preso de guerra. 

El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957)

En el otro lado, están los vagos de Las uvas de la ira (Ford, 1940) ¿Gran depresión? ¿Millones de pobres? ¿Colas del hambre? ¡Cuentos! El que quiera prosperar lo conseguirá en la Tierra Prometida del Gran Liberal. Fuera de ella, en una Italia posfascista, está el parado holgazán inventado por Vittorio De Sica en Ladrón de bicicletas (1954). Si es que es lo único que se puede esperar del proletariado; en cuanto pueden, roban a los pudientes… Y eso que en esa época de hambruna de posguerra no podía echarse la culpa a los migrantes ni a las feministas que vienen ahora a quitarnos nuestras bicicletas. Pero, ¡qué bonito es el trabajo! Sobre todo en una mina. ¿A ustedes no les han espetado nunca eso de que “si no te gusta tu trabajo, vete a la mina”? Seguro que a John Ford sí, al menos eso deja entrever en Qué verde era mi valle (1941), con esa familia galesa orgullosísima de jugarse el pellejo y respirar grisú sin sindicatos: a pelo. No como en Germinal, con sus cinco adaptaciones al cine –la primera, en 1903– de la novela original de Zola, el escritor asesinado con una estufilla por ser un poquito zurdo. 

No solo rudos mineros: las chicas también se lo curran, a pesar de las preguntas del CIS. Véase a Meryl Streep en Silkwood (Nichols, 1983), cine activista de cuando se hacía en plan industrial y con estrellas, historia real sobre los males de tomarse el trabajo demasiado en serio. ¿Que te chivas de que tu central contamina plutonio? Pues matarile. Parecido razonable en El síndrome de China (Bridges, 1979) con un Jack Lemmon entre la espada de los reporteros –Jane Fonda y Michael Douglas– y la pared del accidente nuclear en su planta. Estos pollos de las empresas energéticas no se andan con chiquitas, Jack, pregúntale a Meryl.  

Karen Silkwood verdadera y de ficción.

También activista pero en sentido contrario es Melanie Griffith como la currita hortera de Armas de mujer (1986), sorprendentemente, del mismo director que Silkwood  –Nichols, ¿qué te pasó en tres años?–. El título original, Working girl, deja más claro de qué va la historia de esta desclasada nada feminista que derrota a la pija Sigourney Weaver y se lleva el triunfo – un curro de mierda– y al entonces triscón Harrison Ford. Un win-win que certifica el despliegue propagandístico con que el sistema Hollywood nos bombardeó a los chavales y chavalas ochenteras. Y de esos polvos… Estos votos.

Paisaje de mujeres ochenteras con hombre en medio.

Después de la juerga y la infinita resaca poscrisis financiera, vienen los hermanos Dardenne y sacan a una mujer muy distinta, Marion Cotillard en Dos días, una noche (2014). Cámara en mano para seguir los avatares de una trabajadora intentando convencer a sus compañeros de que voten entre ella y una paguita de mil euros. Spoiler: pierde, pero como los mineros masacrados de Germinal, ha aprendido a luchar. De eso se trata, de dar la batalla o morirte de asco, poco a poco, como en Los lunes al sol (León de Aranoa, 2002), junto a esos parados a los que no les compensa el trabajo, una vez que la reconversión industrial –hola, PSOE– los expulsó a la felicidad de la paguita. Aranoa vuelve a asuntos laborales en El buen patrón (2021). ¿Quién será? ¿Amancio Ortega, Juan Roig o el frutero de la esquina? Hagan sus apuestas. Aquí votamos por Marta Ortega, ese ejemplo sin par de meritocracia agresiva. Como la de cierta periodista sin currículum pero “pecosa”, que ahora rige con mano de acero la comunidad de Madrid, esa España. Milagros del trabajo bien entendido. Para ese tipo de curros no hace falta ser brillante como los brokers al borde de un ataque de nervios de Margin call (Chandor, 2012), sino más bien su versión psicópata y trilera de El bobo, perdón, El lobo de Wall Street (Scorsese, 2013). El mercado financiero como un entramado mafioso, más parecido a la ruleta amañada de un casino de carretera que al ídolo monoteísta que nos quieren vender, nunca mejor dicho.

El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2014)

Despréndanse de malabarismos ideológicos y recuerden el viejo consejo: si el trabajo fuera bueno, no pagarían por hacerlo. ¡Pero si hasta la Biblia lo considera una maldición divina! Estos sepulcros blanqueados que nos conminan a doblar el lomo desconocen aquel “trabajarás con el sudor de tu frente”, sentencia del personaje de ficción favorito de Homer Simpson. Pero, ¿quién puñetas escribió esto? Pues el gabinete de prensa de alguien que jamás salió del Paraíso, amigas y amigos de… ¿clase media? Ja. Por muy alto que sea su sueldo –es un decir– si usted vive de su trabajo y no de rentas, sentimos revelar la triste verdad: es usted currela, machaca, don nadie, obrerete. Y si usted habita en su pisito afanosamente pagado, tampoco es propietario sino mindundi. Por eso debe estar ojo avizor con los cantos de sirena –de fábrica– mil veces repetidos: subir sueldos o el salario mínimo o garantizar las indemnizaciones por despido o respetar el derecho fundamental a la huelga, acabarán con la economía. La de ellos, claro. Porque si, merced a sus políticas carroñeras, mañana usted envejece, enferma o se embaraza y le despide el patrono, no podrá pagar un alquiler ni una sanidad privatizada y para acceder a ella tendrá que malvender su casita, y se convertirá en pobre mendigo de subvenciones y subsidios, es decir, subhumano –si no le suena el término, es nazi–. Así es como nos quieren ver estos adalides de la libertad en el incivismo, el egoísmo y la rapiña, con terror a convertirnos en parias al perder las migajas que caen de sus privilegios, cogidos por el cuello con un sueldito de mierda y una hipoteca elefantiásica. Algunos curritos ya se han dado cuenta e intentan escapar de esa noria de explotación. 

Y mientras, la mayoría sigue dando vueltas buscando esos derechos laborales perdidos o en solfa, arrumbados en el trastero con las viejas películas en DVD, mientras el mundo se desliza cada vez más rápido, hacia la tiranía.  

PS: El plan de la CAM para mejorar el mercado laboral ha funcionado en este caso: gracias a sus exabruptos diarios, la señora Ayuso nos deja las columnas casi escritas. Te debo unas cañas, Isa, guapa.  

“La gente prefiere no trabajar. Es casi más rentable, muchas veces, no hacerlo que hacerlo. Eso es nefasto para la economía y además un mensaje nefasto para los jóvenes”.

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid

¿Saben...

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Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y cada tanto publica novelas. Su último libro es "La Virgen sin Cabeza" (Roca, 2003).

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